Dic 12, 2025 | Música, Periodismo
La primera vez que tuve a Björk delante no podía imaginar que se convertiría en una de las artistas más singulares, originales e imaginativas de las décadas siguientes. Corría 1989 y ella era todavía Björk Guðmundsdóttir, una de las integrantes de The Sugarcubes, el grupo que había puesto a Islandia en el mapa de la música pop. Hacían escala en Valencia para presentar en directo Here Today, Tomorrow Next Week!, su segundo álbum, y aproveché para hacerles una entrevista que apareció en Cartelera Turia. Poco podía sospechar que solo cuatro años más tarde revolucionaría la escena musical con Debut, su estreno como solista. En realidad, la precoz cantante ya había grabado un disco a su nombre en 1977, cuando solo contaba 12 años, pero no había tenido repercusión fuera de su país.
Mucho tiempo después de aquel primer encuentro, en agosto de 2001, volví a hablar con ella, esta vez para el suplemento Neo, del diario Levante. El motivo fue la publicación de Vespertine, su cuarto LP. Por entonces era una estrella mundial, que venía de protagonizar la película Bailando en la oscuridad a las ordenes de Lars von Trier.

BJÖRK
MAGIA BLANCA
Han pasado cuatro años desde Homogenic, el anterior disco de Björk. La cantante islandesa pasó la mayor parte de ese tiempo literalmente inmersa en el universo del realizador danés Lars von Trier, a cuyas órdenes trabajó en Bailar en la oscuridad, una experiencia cinematográfica que le reportó el prestigioso premio de interpretación femenina en el Festival de Cannes, pero también la dejó emocionalmente exhausta. En el plano musical, Selmasongs, la banda sonora del film, atenuó la impaciencia de una escena que había personificado en la menuda y frágil vocalista una de las escasas vías de escape del permanente callejón sin salida en que lleva años sumergida, gracias a la extraña y fascinante combinación entre humanidad y maquinismo desarrollada en sus anteriores discos.
Ahora, Vespertine ratifica su voluntad de mantenerse en un universo sonoro propio, singular, y ya característico, pese a que ella prefiere establecer claras distancias con su obra precedente. «Este disco marca mi madurez. Es un paso adelante en un nuevo territorio, y en ningún caso es una continuación de mis anteriores trabajos», comenta para acentuar las novedades de un álbum que, efectivamente, marca una frontera en su trayectoria, pero al mismo tiempo habría sido imposible sin todo su bagaje previo.
A menudo, su imagen fría y sus eventuales pataletas han convertido a Björk en un cliché que dista bastante de la realidad. A punto de cumplir 36 años, la islandesa se muestra pletórica con su nueva criatura, bromea e incluso se emociona abiertamente cuando habla de la espectacular gira que le espera. «Las actuaciones en teatros suponen algo muy especial para mí, por la puesta en escena que se creará en ellas. Habrá una orquesta sinfónica, un coro de niñas esquimales y músicos acompañantes: arpa y un nuevo instrumento creado ex profeso. También contaremos con el apoyo de algún DJ».
Vespertine es un disco intimista. ¿Por qué, entonces, ese despliegue de medios en los conciertos?
Creo que cuando trabajas con cierto nivel de introversión y lo disfrutas realmente, acaba por convertirse en lo contrario, en algo que se hace universal, y la música que estás escuchando en tu corazón deja de ser un susurro y se convierte en coros exuberantes. Quizá todo sea cuestión de ego. Desde luego, resulta contradictorio hacer un disco intimista y tener a tanta gente contigo, pero a nivel puramente sonoro, el coro y la orquesta están implicados en proyectar ese ego.
En alguna ocasión has dicho que este disco era como una liberación de Selmasongs.
Sí, sin duda, porque Selmasongs fue un trabajo muy duro y una experiencia única, pero necesitaba poder avanzar en mi carrera. Vespertine es el paso definitivo.
¿Consideras, entonces, que fue un puente necesario para llegar hasta donde estás ahora?
Claro. Estoy muy orgullosa de Selmasongs. Es mi música, y escribirla, grabarla con los músicos, mezclarla, es un proceso con el que disfruto mucho. Además, como había pasado también en Homogenic, me permitió investigar con las posibilidades de mi voz.
¿Cómo ha sido la grabación?
Se realizó en diferentes sitios. Comencé en España, en Málaga, uno de mis lugares favoritos; después continué en Londres y Nueva York, donde estoy viviendo desde hace un año. Me ha gustado la experiencia de grabar canciones en lugares tan variados, porque cada uno me aporta un feeling diferente.
Homogenic era un disco que se proyectaba hacia el exterior, mientras que Vespertine parece replegarse sobre sí mismo. ¿Estás de acuerdo?
Sí, es una buena forma de definirlo. Homogenic era extrovertido, mientras que esta vez he preferido situarme en el lado opuesto: mostrar que uno de los mejores lugares del mundo puede ser tu propia habitación. De hecho, el primer título que barajé fue Domestika. Compuse la mayoría del material únicamente con la ayuda de un ordenador portátil y abordo pequeños placeres caseros que deseaba compartir con la gente. Por eso he escogido locales tan especiales para esta gira.
Tanto en los conciertos como en el disco, los coros han adquirido gran protagonismo.
Es cierto. En directo me acompañan quince chicas que seleccioné personalmente. Tenía claro que no quería un coro tradicional, porque siempre es fácil detectar su procedencia geográfica, ya que cada uno posee sus propias especificidades a la hora de cantar, así que cuando estaba de vacaciones en casa, puse un anuncio en el periódico buscando chicas. Fui de un pueblo a otro probando a las que contestaron y formaron el coro. Algunas ni siquiera habían salido nunca de allí, y dos semanas antes de la gira tuvimos que prepararles visados.
La utilización de las cuerdas también ha cambiado.
Sí, en Homogenic estaban en primer plano, tenían su propia personalidad, pero cuando empecé a escribir las canciones de Vespertine de inmediato tuve claro que esta vez las cuerdas no debían estar tan próximas, sino situarse detrás, ser más panorámicas, como un paisaje, para que las voces tuvieran mayor protagonismo.
Repites con muchos colaboradores a nivel musical, como Mark ‘Spike’ Tent y Marius de Vries, pero en los textos trabajas por primera vez con el director de cine Harmony Korine. ¿Cómo ha sido la experiencia?
Nos conocimos hace unos cuatro años y surgió una amistad entre ambos que yo sabía que tarde o temprano se vería reflejada en el trabajo. Surgió de un modo natural. Es algo que me ocurre a menudo. Conozco a alguien, y años después volvernos a vernos o me visita, y acabamos colaborando artísticamente.
¿Qué música escuchas actualmente?
Material orquestal, Matmos, Oval…El noventa por ciento de lo que oigo es realmente oscuro. Cosas como un tipo que hace música con cinco insectos y solo ha publicado cinco copias de su CD en todo el mundo. Escucho mucha música abstracta, basada en ruidos, narrativa, con texturas electrónicas, aunque creo que mi papel consiste más en ser una narradora en situaciones abstractas.
¿Te sientes cómoda en tareas de promoción?
Bueno, es cuestión de lograr un equilibrio entre hacer música y hablar sobre hacer música, lo cual es complicado. Respeto a la gente que se muestra puritana en este aspecto y prefiere no conceder entrevistas. Pero, en mi caso, cuando publico un nuevo trabajo, me parece importante hablar de él.
¿Sigues siendo la enfant terrible que se desgañitaba al frente de The Sugarcubes?
Considero que con este disco he abandonado para siempre esa imagen de niña o enfant terrible, y una forma de demostrarlo son las actuaciones en teatros.

El único concierto de The Sugarcubes en Valencia tuvo lugar en Arena Auditorium, el 8 de noviembre de 1989. Ese mismo día, por la tarde, me acerqué a la zona de backstage para entrevistarlos. Y lo que me encontré fue a una troupe que parecía funcionar como una comuna hippie, que viajaba con sus hijos (algunos correteaban felices a nuestro alrededor) y celebraba la oportunidad de recorrer mundo gracias a sus canciones. Björk estaba a punto de cumplir 24 años, yo tenía 22 recién estrenados. Manuel Noguera les hizo fotos encaramados en la estructura metálica de un puente de luces que los operarios de la sala habían depositado allí y de inmediato comenzó una charla en la que contestaban uno u otro según les apeteciera, de ahí que no se especifique en el texto quién lo hacía cada vez. El artículo apareció en una Cartelera Turia que, como he señalado en otras ocasiones, era muy distinta a la actual. Aquel número, por ejemplo, llevaba en portada a The Angelopoulos, protagonista de una entrevista de 4 páginas, y contenía otras con el cineasta checo Jiří Menzel y el artista estadounidense Jerry Kearns, además de textos de Alfons Cervera, Ignacio Carrión y Juan Miguel Company, así como las críticas semanales de cine, teatro, música en directo y exposiciones. Nada mal para tratarse de una guía del ocio cultural de carácter generalista.
THE SUGARCUBES
EL GRUPO QUE SURGIÓ DEL FRÍO
La aparición del LP Life’s Too Good durante 1988 supuso un auténtico revulsivo dentro del anquilosado mundo de la música pop. Con él, The Sugarcubes se convertían en el primer grupo islandés que sobrepasa sus fronteras naturales para alcanzar un éxito totalmente inesperado (300.000 discos vendidos en Estados Unidos). Acaba de editarse Here Today, Tomorrow Next Week!, su nuevo trabajo a 33 rpm, en el que los cambios no son sustanciales, pero que lleva camino de repetir el fenómeno. Estas son sus opiniones sobre el éxito, la música pop, la cultura, etc.
Ser islandés y tener éxito
«La primera vez que vinimos a España, el año pasado, solo nos preguntaron cosas acerca de Islandia. Nuestra cultura es la misma que la de toda Europa, somos bastante normales (risas). Nos desconcertó el éxito obtenido con nuestro primer LP, pero ahora ya no nos sorprendemos de nada, porque vivimos aislados, y esa es una de las causas de que seamos diferentes a grupos de otros países. Es un privilegio vivir en una isla, porque debes buscar otras cosas fuera. Estados Unidos es tan grande que los americanos no tienen que salir, ya que se creen el mundo mismo, autosuficientes, pero nosotros dependemos mucho del mundo exterior, y eso es muy bueno».
La situación musical islandesa y los Sugarcubes
«En Islandia no existe una tradición musical. En el año 1.000, la Iglesia Católica prohibió toda música y baile, considerándolos pecado, y n había más que tradición de recitado poético. Ahora, evidentemente, las cosas están mejor. En el 81/82 se acabó el movimiento de la new wave, pero en los últimos años se han formado muchos nuevos grupos. Solo en Reikiavik hay ahora entre 50 y 100 grupos de rock».
Here Today, Tomorrow Next Week!
«La principal diferencia de un disco al otro es que desde que Magga comenzó en el grupo [se refiere a Margrét Örnólfsdóttir, que no participó en el primer ábum] hemos compuesto las canciones con teclados. También ha cambiado la producción, pues el primer disco se realizó durante catorce meses, mientras que el nuevo lo grabamos en tres, aunque tardamos bastante en mezclarlo. Además, esta vez lo hemos hecho todo en el mismo estudio, y la primera vez utilizamos varios. Es más agradable grabar en poco tiempo, el resultado siempre es más espontáneo. En cuanto a las letras, en este nuevo trabajo pretendemos contar menos historias y hablamos más de comida, plásticos, etc.»
Mal gusto y pop
«Tenemos una editora en Islandia llamada Bad Taste (Mal Gusto), con la que hemos publicado discos de cuatro o cinco grupos representativos de la música independiente islandesa. También hemos editado libros y el director de nuestros clips prepara un cortometraje que distribuiremos. Precisamente nuestra intención al formar The Sugarcubes fue producto del deseo de que hubiera un grupo pop en Bad Taste».
Ser diferentes
«Aunque mucha gente dice que nuestra música es muy diferente de todo lo demás, es muy normal, es solo pop. No queremos influencias, la única que reconocemos es la música que no nos gusta, la bazofia que se escucha por la radio. Queremos evitar hacer esa música, buscamos algo distinto. No estamos de acuerdo con las comparaciones con Siouxsie o The B-52’s. En el sentido de que tenemos dos cantantes que se alternan, sí, pero la música es diferente».

Foto de apertura © ZUMA Press, Inc. / Alamy
Dic 10, 2025 | Cine, Libros, Música
La reciente publicación en nuestro país por parte de Anagrama de El día que apagaron la luz, de Camila Fabbri (aparecido en Argentina en 2019) y de Cómo desaparecer completamente, de Mariana Enríquez (originalmente editado en 2004), pone de manifiesto las dificultades del lector español para mantenerse al corriente de la actualidad y evolución de la literatura latinoamericana en tiempo real. De hecho, es muy posible que si Enríquez no se hubiera convertido en una escritora popular y Fabbri no hubiera quedado finalista del premio Herralde hace dos años, ninguna de las dos novelas hubiera llegado nunca a nuestro mercado.
No son, además, ejemplos aislados. Las Afueras ha sacado este año Prontos, listos, ya (2006), dando a conocer aquí a la escritora y guionista uruguaya Inés Bortagaray, que dispone de libros bastante más recientes, como Cuántas aventuras nos aguardan (2019). Turner tardó relativamente poco en poner en el mercado español la magnífica La comemadre (2010), debut del argentino Roque Larraquy, que llegó en 2014 y sigue siendo la única novela escrita en español seleccionada por el National Book Award for Translated Literature (además de estar publicada en veinte países), pero pasó totalmente desapercibida hasta que Fulgencio Pimentel la recuperó en 2022, tras haber publicado antes La telepatía nacional, escrita una década más tarde. Y sigue sin estar disponible Informe sobre ectoplasma animal, tan original y recomendable como las otras dos. Por su parte, Ediciones Comisura ha publicado con puntualidad el imprescindible ¡Mujeres, mierda!, de María Teresa Andruetto, y ha cubierto el incomprensible olvido editorial que existía en España con Rosario Bléfari al rescatar Diario del dinero, aparecido en Argentina en 2020 y disponible aquí en 2025, con el añadido de un prólogo de Julieta Venegas y varios collages de Susana Blasco.
Pese a los retrasos, pueden considerarse escritores afortunados. Otros no tienen tanta suerte. Barrett sacó Madrid es una mierda, de Martin Rejtman, a propuesta de Patricio Pron, pero no hay nada más disponible en editoriales españolas de un autor que es, además, uno de los nombres fundamentales del cine argentino de los últimos 35 años. Y eso que algunos de sus libros han aparecido en su país de la mano de Random House Mondadori, con lo que al hecho de no tener que traducir el original se suma que el sello editorial está establecido aquí y podría poner los libros al alcance del público con suma facilidad, tal y como hacen con los autores estadounidenses un buen puñado de sellos editoriales independientes españoles que, a la vista de su catálogo, parecen pasarse la jornada laboral bebiendo bourbon, tocando el harpa de boca, calándose el sombrero Stetson y lustrando sus botas vaqueras.
El de Rejtman tampoco es un caso único. El de José Agustín es de los que claman al cielo. Figura clave de la literatura de la onda, movimiento contracultural mexicano con origen en los años sesenta, ha publicado con las filiales aztecas de Random House, Seix Barral o Debolsillo, pero es un absoluto desconocido aquí, pese a contar con títulos de referencia como La tumba o De perfil, que no solo demuestran su calidad como escritor, sino que inventan nuevas maneras de utilizar el lenguaje. Y seguimos esperando también edición en España de Perreo, una revolución, el libro de la argentina Cazzu, aparecido en el mercado latino en mayo de 2025.

No hace falta extenderse, la lista es mucho más larga y me estoy ciñendo a autores que me resultan cercanos, seguro una cantidad ínfima en comparación con las decenas que deben sufrir el mismo abandono por parte de la industria editorial española, algunos de ellos igualmente celebrados en su países de origen, como C.E. Feiling, otro argentino, cuya fantástica novela El mal menor solo sigue siendo accesible a través de ediciones latinoamericanas del Fondo de Cultura Económica. Y eso que fue un libro de cabecera para la Enríquez.
Parece que solo si vienen en grupo, como parte de algún fenómeno que traspasa fronteras, pueden llegar con cierta normalidad las novelas a nuestras librerías. Pasó con el boom de los años sesenta y setenta (García Márquez, Cortázar, Vargas Llosa, Fuentes) y, en los últimos años, con lo que se ha dado en llamar gótico latinoamericano (o gótico andino), protagonizado casi exclusivamente (o sin el casi) por mujeres: la propia Enríquez, Mónica Ojeda (Ecuador), Samantha Schweblin (Argentina), María Fernanda Ampuero (Ecuador), Flor Canosa (Argentina), Liliana Colanzi (Bolivia), Agustina Bazterrica (Argentina), Giovanna Rivero (Bolivia) o Fernanda García Lao (Argentina). El éxito de la etiqueta ha propiciado que aparezcan la mayoría de sus libros en España, aunque sigue quedando material suyo por publicar, como La piel dura, de García Lao. Y aprovechando la coyuntura se ha incluido a veces en la lista a la mexicana Fernanda Melchor, pero sus libros, altamente recomendables, son otra cosa, aunque también dejan al lector con muy mal cuerpo. Y justo es reconocer también que excelentes escritores como el chileno Alejandro Zambra, el mexicano Juan Villoro o el peruano Gustavo Faverón, por poner tres ejemplos, han encontrado su espacio en nuestro mercado, gracias a un merecido reconocimiento crítico y a unas novelas que han sido capaces de conectar con un público no masivo, pero al menos suficiente.
Editoriales del cono sur como Interzona, El Cuenco de Plata, Walden, Criatura, Letra Sudaca, Banda Propia o Eterna Cadencia, por citar solo algunas, están editando un material muy valioso al que cuesta mucho acceder desde España, ya sea porque nadie se preocupa de adquirir los derechos de sus catálogos o porque no cuentan con una distribución normalizada aquí. En el otro extremo, y cuando celebra veinte años de existencia, la argentina Caja Negra parece haber encontrado la fórmula para asentarse en el mercado español. Y menos mal que lo ha hecho: sin ella no tendríamos traducciones al castellano de pensadores tan influyentes como Mark Fisher, McKenzie Wark o Simon Reynolds y de teóricos de la imagen como Harun Farocki, Jean-Luc Godard, Jonas Mekas, Wim Wenders o John Waters. Es uno de esos sellos en los que no hay ni un solo título de relleno, pero hasta que no llegaron ellos no estaban al alcance del lector hispanohablante.
Sorprende el desinterés de muchas editoriales y distribuidoras españolas por lo que sucede en Latinoamérica. Especialmente porque no les falta tiempo para poner los libros en el mercado al otro lado del charco si tienen la ocasión de hacerlo. Las librerías de Buenos Aires, Ciudad de México o Montevideo, por citar tres ciudades que conozco bien, están literalmente anegadas de libros importados desde España. Pero el trabajo recíproco ya es otra historia. Y está mal generalizar, pero ese desinterés parece alcanzar también a una parte del público lector. La prueba es la librería Lata Peinada, que abrió en la cosmopolita Barcelona en 2019, en pleno barrio multicultural del Raval. Su especialidad: autores y autoras latinoamericanos. Ante la dificultad que suponía conseguir determinados títulos solo editados allende el océano, aparecía por fin una solución práctica. Y se las prometían tan felices que al año siguiente abrieron sucursal en Madrid, en Malasaña. A fecha de hoy, la de la capital está cerrada y para mantener la de Barcelona han recurrido a la puesta en marcha de un verkami, siempre mal síntoma.

No quiero pensar en las causas que pueden explicar el desinterés por escritores y escritoras con quienes compartimos lengua (que, además, se enriquece notablemente con sus peculiaridades nacionales) y, por lo tanto, cultura. Prefiero evitar creer en que, tantos siglos, después, continuamos mirando con condescendencia hacia Latinoamérica. Pero lo cierto es que, por desgracia, el mundo editorial no es una excepción.
En el de la música, por ejemplo, se da un caso bastante similar. Latinoamérica ha sido terreno abonado para muchas compañías discográficas españolas que promocionaron a sus artistas para encontrar al otro lado del océano a un público tan receptivo (de nuevo, el idioma une) como apasionado, que en no pocas ocasiones permitió a bandas en horas bajas mantenerse en activo y que cuando aquí no atravesaban su mejor momento, allí se lamían las heridas ante auditorios más que generosos, sin olvidar a artistas que incluso encontraron mejor acogida que en su propio país, como fue el caso del primer Bunbury en solitario, mirado con recelo desde algunos sectores en España, o de Javier Corcobado, que casi siempre ha tenido mayor repercusión en México que aquí. La lista de bandas que se han paseado por Latinoamérica cosechando gran éxito incluye nombres tan dispares como los de Hombres G, Ilegales, La Polla Records o Ska-P.
Por el contrario, esas mismas compañías discográficas multinacionales no han puesto el mismo empeño en que las bandas latinoamericanas llegaran a España. CBS (hoy Sony) puso en circulación en su día algún disco de Soda Stereo o Los Fabulosos Cadillacs, dos nombres totémicos del rock argentino, pero la promoción brilló por su ausencia. En los ochenta, BMG Ariola llevó a cabo la campaña Rock en tu idioma, una serie de recopilatorios que pretendían reunir formaciones de México, Argentina y España y en la que participaron los propios Soda Stereo, Caifanes o Radio Futura. Tuvo mayor repercusión en América que en España, máxime cuando en la década siguiente los grupos españoles que aspiraban a ser mayoritarios decidieron cantar en inglés. Pero es muy probable que fuera el embrión de lo que después se lanzó desde España como Rock en Ñ, con el objetivo de fomentar los conciertos de artistas españoles en el continente americano.
Bien es cierto que bandas como las citadas Soda Stereo o Los Fabulosos Cadillacs no necesitaban al público español. Llenaban estadios en su tierra y para triunfar en España tenían que establecerse aquí (como hizo Julieta Venegas) o venir con mucha frecuencia (caso de Maná). No les hacía falta. Tampoco había festivales en aquellos años, una manera de introducirse más fácilmente en territorios por explorar. Lo saben los españoles que han participado en Vive Latino, y los propios Cadillacs, que, dada su longeva trayectoria, han terminado por comprobarlo también.
Como todo tiene su lado positivo, cuando venían artistas latinoamericanos a España, la población migrante ha tenido la posibilidad de disfrutar de ellos como nunca. Una amiga porteña no podía creerse que iba a ver a Gustavo Cerati en primera fila, cuando recaló en la sala Cormorán de Valencia durante su gira europea de 2006. Un mito absoluto del rock argentino que en su país arrasaba en grandes recintos y aquí actuaba en una sala de apenas mil personas.

Como en el caso de la literatura de terror, las compañías trataban de vender paquetes, y lo siguieron haciendo en los noventa. En 1998, el nombre de la gira fue Calaveras y diablitos, tomado de una canción de los Cadillacs, que por fin empezaban a ser reconocidos tras el éxito de Matador (con clip protagonizado por Eusebio Poncela). Junto a ellos, el cartel incluía a los colombianos Aterciopelados y a los mexicanos Julieta Venegas y Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio, huracanado combo de infalible directo. Todos ellos, estrellas en sus respectivos lugares de origen. Hubo recopilatorio y algunos conciertos, pero en general se entendió como una iniciativa exótica, que no abrió puertas como se esperaba, aunque seguramente fue por la que se colaron Molotov y lo intentaron, sin llegar a audiencias masivas, Attaque 77, Illya Kuryaki and the Valderramas, La Renga o Bersuit Vergarabat, entre otros.
Retomando el inicio de este texto, en España pocos conocen, por ejemplo, a Callejeros, la banda que actuaba en la sala República Cromañón cuando en 2004 se produjo la catástrofe que rememora Camila Fabbri en su novela El día que apagaron la luz. Fue uno de los grupos asociados a la subcultura rolinga argentina de los ochenta, de la que poco se ha escrito o sabido aquí. Como tampoco del rock chabón. Y, sin embargo, cuando llegaba la modernidad a España tras la muerte de Franco, argentinos como Moris o Ariel Rot y Alejo Stivel, ambos en Tequila, contribuyeron de manera decisiva a mostrar un posible camino para hacer rock and roll en español.
Supongo que, como dice el refrán, la venganza es un plato que se sirve frío, y la ironía en la actualidad es que hay música latinoamericana que llega tan puntualmente a España como al resto de rincones del planeta, porque se ha convertido en un fenómeno global, que arrasa incluso en el mercado anglosajón gracias a una serie de artistas que, ay, no se dedican precisamente al rock, como Karol G, Bad Bunny, J Balvin, Mon Laferte…
En el cine, se han establecido puentes entre ambos lados del charco gracias a las coproducciones. Hace ya muchas décadas que existe una relación fluida en ese sentido, aunque la circulación posterior de las películas no siempre resulta sencilla ni, desde luego, equitativa. La presencia de nombres populares como los de Federico Luppi o Ricardo Darín, apreciados por el público español, ha servido a menudo para que algunos títulos encuentren su lugar en las salas de estreno, pero la cantidad de películas que se quedan por el camino es inmensa. Se nota incluso entre las cinco nominadas al Goya a Película Iberoamericana: A veces, varias de ellas ni siquiera han llegado a los cines. La producción argentina, y en menor medida la mexicana, tienen a veces ese privilegio, pero es complicado encontrar cine de otros países latinoamericanos entre los estrenos semanales, incluso si ha ganado algún premio en festivales internacionales. Pocas copias, pocos pases y escasa permanencia en cartel son la tónica dominante. Del mismo modo, tampoco abunda su presencia en las listas del año cuando los medios especializados hacen recuento de la temporada. Al contrario: si la hay, suele ser testimonial. Y no es por falta de calidad.

Al final, su refugio natural son los festivales, donde es posible mantenerse al día de lo que sucede en el cine en lenguas hispánicas. Los hay especializados, como el de Huelva o la Muestra de Cine Latinoamericano de Cataluña (Lleida), pero en casi todos los de ámbito internacional hay presencia latinoamericana. El de Málaga empezó siendo exclusivamente de cine español, pero en 2016 tuvo el buen criterio de abrirse definitivamente a todo el cine en español, y la crítica coincide en que le ha hecho mucho bien y ha servido para elevar el nivel de calidad medio de las películas en liza cada año. Por su parte, San Sebastián ha sido siempre una de las ventanas más importantes para su entrada en España, y además tiene la sección Horizontes Latinos, que si bien vuelve a recurrir a esa manera ya mencionada de presentar el producto como paquete, es indudable que sirve para añadir títulos de procedencia latinoamericana a los ya presentes en secciones como la oficial o Zabaltegui.
Los festivales, en general, cumplen con su cometido. Pero como las editoriales, los promotores y los sellos discográficos, los distribuidores cinematográficos forman parte de un negocio y, por lo tanto, pretenden obtener beneficios. Si no estrenan más cine latinoamericano se entiende que debe ser por lo mismo por lo que no se publican más discos o libros: porque no es rentable. A no ser que se convierta en fenómeno de temporada. También es cierto que a veces se invierte generosamente en promocionar determinados productos y que si se dedicara el mismo esfuerzo a dar a conocer otros diferentes quizá despertarían el interés de mayores audiencias. Unas inercias problemáticas que relegan injustamente a la producción cultural latinoamericana a un papel testimonial.
Dic 1, 2025 | Libros, Periodismo
Rescato en esta ocasión una entrevista con Peter Bagge fechada en junio de 2001 y aparecida en Neo, la separata que incluía La Cartelera, suplemento semanal del diario Levante. Los contenidos estaban mayoritariamente relacionados con la música, pero el perfil de la sección permitía con frecuencia introducir artículos y entrevistas que mantenían conexión con la otros ámbitos de la cultura joven, como el cine, la animación, la literatura underground, la televisión, internet o el cómic. Al margen de la entrevista, el reportaje incluía un despiece con información sobre las tres series más conocidas de Bagge por entonces (Odio, Buddy y los Bradley y Mundo idiota) y un perfil biográfico a cargo de Óscar Palmer, extraído del libro Cómic alternativo de los 90. La herencia del underground, editado por La Factoría de Ideas en el año 2000.

PETER BAGGE
VIÑETAS «GRUNGE»
El autor más importante del cómic underground de los 90, creador de Odio y Mundo idiota, planea reanudar las aventuras de Buddy Bradley, su personaje más carismático.
Aunque ya había visitado Barcelona con anterioridad, Peter Bagge fue una de las estrellas del pasado Salón del Cómic. El creador de Buddy Bradley y la serie Odio, heredero directo de Robert Crumb, muestra en sus historietas la cara menos complaciente de la célula familiar norteamericana, utilizando un corrosivo humor que le ha granjeado seguidores en todo el mundo. La editorial catalana La Cúpula sigue reeditando sus trabajos más conocidos mientras Bagge trabaja en Yeah! con Beto Hernández y prepara el regreso de su serie más emblemática.
¿Marca Odio un antes y un después en tu trayectoria profesional?
Supongo que sí, porque es mi serie más famosa. Anteriormente, había estado buscando mi estilo. Cuando hice Odio ya estaba preparado para desarrollar diferentes personajes, etc.
¿Es cierto que estás preparando una película de animación basada en el comic book?
No. Intenté en dos ocasiones convertir Odio en una serie de animación televisiva. Primero con la MTV y después con la HBO. Incluso llegaron a pagarme por escribir los guiones. Las cadenas de televisión están desarrollando constantemente series que nunca pasan de esa fase. Ahora estoy trabajando en Yeah!, un cómic para niños que hice con Beto Hernández y que puede convertirse en una serie para MTV.
¿Puede ayudaros el éxito de South Park o Los Simpson?
En EEUU pasa algo muy curioso: cuando un show se convierte en un fenómeno popular, todas las cadenas buscan hacer lo mismo, y se satura el mercado con productos de muy baja calidad, realizados a toda prisa. Entonces, los ejecutivos piensan: «Vaya, el público se ha cansado de la animación», y vuelve a haber un periodo de estancamiento. Después de Los Simpson pasó eso: Mike Judge creó Beavis & Butt-Head y después King of the Hill, y todos quisieron hacer lo mismo.
Al menos, Buddy Bradley ha protagonizado un corto de Steve Loter.
Sí, lo rodó en 1996, pero casi no lo recuerdo. No me gustaron las voces que le pusieron a los personajes, pero en cuanto al resto, hicieron un buen trabajo de animación.
En Yeah! te encargas del guion. ¿Te resulta cómodo dejar el dibujo en manos de otro?
Escribir me resulta muy fácil, mientras que dibujar me cuesta mucho, lo hago muy lentamente, me lleva mucho tiempo terminar una página, así que prefiero darle historias a otra gente para que las dibuje.
La editorial Fantagraphics fue tu catapulta al éxito. ¿Se puede establecer un paralelismo entre su trabajo en los últimos años 80 y los 90 con el de los editores underground de los 60 y 70?
Seguro. Entre los 80 y los 90 se enmarca el trabajo de Denis Kitchen con la editorial Kitchen Sink y el de Gary Groth con Fantagraphics, que publicó una gran variedad de títulos y dio nueva vida al catálogo underground durante años. Pero poco después se repitió la historia de décadas anteriores y Fantagraphics fue vendida a una gran empresa, que acabó con la editorial. No les culpo por haberlo hecho, cada uno obtiene dinero como puede, pero Fantagraphics nunca haría algo así, de hecho se enemistaron con Kitchen a raíz de su decisión.
Se te considera portavoz de toda una generación. ¿Te gusta la definición?
¡Por supuesto! (risas). Lo único que me resulta embarazoso es que no formo parte de esa generación de la que se me considera portavoz. Soy demasiado viejo, tengo 43 años, técnicamente pertenezco al baby boom, no a la generación X. Me pasa lo mismo que a Douglas Coupland. Muchas veces, cuando voy a las convenciones, observo la larga cola de gente que hay esperando a que les firme un ejemplar y veo un montón de chavales jóvenes con piercings, tatuajes, el pelo rosa… Todos esperan en la cola mirándome extrañados. Recuerdo a un par de chicas a las que oí comentar: «¡Agh, pero si el tipo es viejo!»
¿Esperan encontrarse a Buddy Bradley?
Claro. Y la verdad es que me parezco bastante a él cuando estoy en casa. A veces paso muchos días trabajando, sin salir, y no me afeito, ni me cambio de calzoncillos… Mi mujer y mi hija me dicen: «Por favor, date un baño…» (risas). Así que cuando salgo es una oportunidad para ducharme y vestirme bien. A mi edad, me sentiría ridículo vistiendo como un chaval de 20 años.
¿Todavía tocas la batería en The Action Suits?
No. Era muy divertido, porque los otros miembros del grupo eran todos quince años más jóvenes que yo. Estaban más cerca de la edad de mi hija que de la mía. Y asistir a sus fiestas era terrible: pensaba que me arrestarían por estar allí, rodeado de menores.
Hablando de música, siempre se te identificó con el grunge. ¿Te gusta?
No es mi estilo favorito, pero había algunas bandas muy buenas. Hace poco coincidí con Dave Grohl y Kris Novoselic, de Nirvana. Y me gustaba mucho Mudhoney. Tengo una historia divertida relacionada con ellos. Unas vez, en una convención de cómics en Berlín, vino un punk y me preguntó si les conocía. Le contesté que sí, y que vivo en la misma calle que el batería, con el que a veces coincido en el banco cuando vamos a hacer gestiones sobre nuestros préstamos. Me miró muy serio y me dijo: «¿El batería de Mudhoney tiene una hipoteca?» No podía creerlo (risas). «Y yo también», continué. «Es la única manera de comprar una casa». Se dio media vuelta y se fue, completamente decepcionado.
¿Qué música escuchas mientras trabajas?
Cuando era más joven, disfrutaba con el punk, pero siempre me han gustado los Beatles y los Beach Boys, aunque a veces me veo forzado a escuchar a las Spice Girls por culpa de mi hija. En América siempre ha existido la rivalidad Beatles/Stones. Si te gustaban los Beatles eras popero, mientras que si te decantabas por los Stones se suponía que preferías la música basada en el blues, más pantanosa y pesada. Yo siempre estuve en el lado de los Beatles.
Al citar tus influencias, siempre se habla de otros dibujantes. ¿Reconoces también afinidades con el cine?
Probablemente el único director al que puedo considerar una referencia obvia es Woody Allen. Annie Hall fue una revelación para mí. Y la sigo considerando maravillosa. Me gusta por lo mismo que Robert Crumb, por cómo es capaz de reírse de sí mismo al tiempo que cuenta una historia. Visualmente me siento cercano a Preston Sturges y a Frank Tashlin. De sus películas, me encantan The Girl Can’t Help It y Una mujer de cuidado, que es realmente divertida. De los más recientes, me gusta David Lynch, especialmente Terciopelo azul, y John Waters, cuyo sentido del humor es tremendo.
¿Qué preparas para el futuro?
Estoy trabajando en el guion de Yeah! para la televisión, y con la web www.suck.com, que está muy interesada en colocar mi trabajo en la red. Y voy a empezar Odio de nuevo, aunque serán entregas anuales.

Nov 27, 2025 | Cine, Música, Periodismo
Empecé a publicar sobre música a finales de los ochenta. La revista se llamaba Ritmo de Rock y era producto del entusiasmo de Antonio M., un joven de Rentería que se embarcó en la loca empresa de publicar un mensual de pago en formato tabloide, a imagen y semejanza de los que se editaban en el Reino Unido. Pese a que llegó a tener distribución nacional, merced a un sistema de ediciones locales (como Mondo Sonoro muchos años después), hoy nadie parece recordarla, quizá porque destilaba cierto espíritu amateur, pero sus páginas acogieron los artículos de muchos aficionados a la escritura, el periodismo y la música de toda España que posteriormente hicieron carrera y siguen en activo, como Silvia Grijalba (novelista), Pablo Carrero (fundador del sello Rock Indiana), Blas Fernández (reputado crítico sevillano), Darío Vico (Efe Eme, Rolling Stone), Íñigo Pastor (fundador de Munster Records), el escritor Felipe Juaristi y hasta José Luis Rebordinos, actual director del Festival de Cine de San Sebastián, que firmaba algunas reseñas de cine.
Éramos veinteañeros incipientes que se atrevían con todo: reportajes, entrevistas… y críticas. No puedo hablar por los demás, pero en mi caso, leer aquellos textos más de 35 años después, y a poco que se tenga capacidad autocrítica, es un ejercicio que puede resultar un poco cruel. Veo a un bisoño aspirante a periodista, tan apasionado y cargado de buenas intenciones como todavía escaso de herramientas, tanto en lo que se refiere al manejo de la expresión escrita como en las referencias históricas y argumentaciones que deben cimentar el andamiaje de la crítica cultural. También me encuentro con alguna sorpresa, como un texto sobre Viviendo en la era pop, el álbum debut de Los Flechazos, que pese a la gran acogida general que recibió, a mí me pareció blando, complaciente, insustancial y demasiado nostálgico en su mirada retrospectiva a los sonidos de la escena mod de los sesenta, sobre todo en comparación con Fuzz Face, el estreno de Sex Museum, aparecido con pocos meses de diferencia y claramente enfocado en recuperar la vertiente más inconformista y agreste del mismo momento histórico. Sigo pensando igual.
No tardé en debutar en Cartelera Turia, en 1988, gracias a la generosidad del nunca suficientemente ponderado Juanma Játiva. En aquella guía del ocio semanal, que era mucho más que una guía del ocio (nada que ver con su versión actual), empecé escribiendo críticas de conciertos, y con los años también fui publicando entrevistas y artículos, tuve una sección fija de noticias de cine y acabé formando parte del plantel de críticos de los estrenos de la semana.
Por entonces era común el desempeño de la crítica. No solo común, era normal. E implicaba que, a veces, hubiera quien se tomara las cosas a mal y no aceptara esa crítica como lo que era, una opinión. No una opinión cualquiera, no la del cuñado autosuficiente que, con el palillo entre los dientes, dice lo primero que se le ocurre en la sobremesa sobre el último disco de Rosalía, sino la de alguien formado (se supone) para emitirla y, sobre todo, justificarla, aunque en el fondo no dejara de ser eso, una opinión. Hablamos, claro, de una era preinternet, en la que los medios ejercían un papel de intermediario (o prescriptor) entre el objeto cultural (libro, disco, película) y el consumidor. Con mayor o menor acierto, en función de su preparación y bagaje previo, el periodista trataba de analizar y desentrañar el contenido de la obra y, en última instancia, elaborar un juicio sobre ella. A riesgo de equivocarse. Y lejos de poseer la verdad absoluta.
Varias décadas después, la crítica prácticamente ha desaparecido del mapa o ha quedado relegada a nichos muy concretos, minoritarios y dirigidos a un público especializado, porque pocos pierden el tiempo en leerse dos folios cuando tienen mucho más a mano un reel de medio minuto. Los medios generalistas cubren el expediente sin levantar demasiado la voz mientras se ha impuesto el parloteo promocional, generalmente pagado por las propias empresas que ponen el producto en el mercado. Incluso en las promos y presentaciones se escoge con cuidado a inofensivos influencers cuqui para que el diálogo con los creadores no incluya ninguna pregunta incómoda. Solo el hecho de compartir charla con ellos es ya un privilegio que disfrutan mostrando abnegada pleitesía. Un mero masaje promocional remunerado que, dada la precariedad del sector, todo el mundo acepta sin rubor alguno. Ni siquiera sorprende que la misma persona que recibe dinero de la marca de turno para presentar un evento sea quien después firma la reseña, siempre positiva, de ese evento. El intercambio se ha convertido en algo tan normal que nadie quiere asumir que implica un evidente conflicto de intereses o pone en cuestión aquella asignatura de Ética periodística que nos enseñaban en la carrera. En el colmo del cinismo, a veces incluso se alega que este tipo de actividades son «una extensión» del trabajo periodístico. Sin ir más lejos, una cabecera cinematográfica de prestigio, con décadas de historia a la espalda, lleva tiempo publicando elogiosas crónicas de festivales firmadas por los propios programadores, sin que a nadie se le caigan los anillos. La credibilidad, ya saben, está sobrevalorada.
Es un hecho que, en la actualidad, la crítica molesta. Sobre todo, si es negativa. Nadie acepta de buen grado que se cuestione su trabajo. Ninguna gran empresa relacionada con la cultura está dispuesta a perder ingresos por culpa de una reseña desfavorable. Y eso que la prensa ha perdido su poder y se supone que ya nadie presta atención a lo que dice. No se lo crean del todo. Hay quien todavía pone el grito en el cielo y remueve Roma con Santiago cuando se siente maltratado por una reseña, en función de dónde se publique y quién la firme.
Para evitar conflictos, hoy se impone una versión edulcorada de la crítica, o blanda, como la ha calificado Jordan Ruimy en la web World of Reel. «¿Son demasiado benévolos los críticos de cine?», se pregunta. Su resumen de la situación es modélico: «Hoy en día, la mediocridad se califica de ‘atrevida’, los éxitos de taquilla olvidables se etiquetan como ‘clásicos instantáneos’ y la palabra ‘obra maestra’ se lanza por todas partes como palomitas en una proyección de Marvel un jueves por la noche. Alguien tiene que contraatacar. […] La crítica significaba algo. Se trataba de exigir a los cineastas un estándar. ¿Ahora? Demasiadas reseñas se leen como comunicados de prensa desinfectados. Casi todas las películas reciben entre 3,5 y 4 estrellas; películas que, hace veinte años, no habrían llegado a un festival, y mucho menos alabadas por el New York Times». La reflexión es aplicable igualmente si cambian la palabra película por disco, libro, representación teatral, exposición, concierto y hasta restaurante.
El diagnóstico es general y afecta por igual a todos los ámbitos de la cultura. Que Babelia, el suplemento de El País, dedique un amplio espacio cada año a despellejar la novela ganadora del premio Planeta mientras cada semana reparte benevolencia con el resto de producción editorial estatal (y más si la editan sellos de la misma empresa que publica el periódico) dice más del diario que de un libro que no hace falta leer para saber que es bazofia. Sobre todo, porque se trata de un caso en el que la crítica no tiene utilidad práctica alguna: venderá ejemplares a miles igualmente, por mucho que se cuestione su calidad.
El banner mató a la crítica cultural. No estoy revelando nada que no sepa todo el mundo en el gremio. Las agencias de comunicación se dirigen a festivales y eventos culturales con las tarifas por delante: El número de artículos que tendrás en los medios dependerá del dinero que inviertas. Por eso aparece en algunas cabeceras hasta el último detalle sobre algunas iniciativas culturales, pero no hay ni rastro de otras, incluso más interesantes. El que paga, manda. Y, por supuesto, condiciona los contenidos. No hace falta ni insistir, el periodista ya viene aleccionado de casa y se autocensura convenientemente, porque de otro modo se pierde la inversión. Y no están los medios para despreciar dinero. Así que proliferan las webs cuyo contenido es, en un 80%, un copia-pega de comunicados de prensa, es decir, publicidad encubierta. El colmo: que muchas de esas informaciones van firmadas por el redactor de turno, que no ha añadido ni una coma al texto recibido. El índice de temas lo determinan los inversores (a veces, a base de cantidades ridículas), las webs son clónicas unas de otras (la mayoría, ni cambian el titular), los gastos se reducen (no hace falta pagar a nadie para que escriba algo original) y todos contentos. Hemos llegado al punto en que sale más a cuenta publicar una galería de fotos (a veces, proporcionada por los organizadores del evento), que hacer un reportaje.
Que la principal comunidad de periodistas de cine del país se denomine Asociación de Informadores Cinematográficos de España (AICE) es todo un síntoma. Se trata de informar, no de evaluar. De trasladar los contenidos recibidos previamente mediante nota de prensa y darles difusión. De tratar con amabilidad. De ser correa de transmisión acrítica.
Curiosamente, cuando un cineasta es nominado en los premios que organizan (los Feroz, jamás un nombre respondió menos a unas intenciones), suele comentar con astucia que es candidato a los «premios de la crítica», sabiendo que de ese modo da lustre a su trabajo. Nada más lejos de la realidad, como demuestra que, en un porcentaje muy elevado, los galardonados suelen coincidir con los de los Goya, que otorga la propia industria.

Un revelador artículo publicado por Rubén Arranz en El Independiente, en febrero de 2025, sacaba a la luz algunas interioridades de los Feroz que, lejos de escandalizar, simplemente explican el modo de funcionamiento de un colectivo, el de la prensa, que en su mayoría ha olvidado por completo su papel crítico y se ha lanzado por el despeñadero de la frivolidad, el compadreo y el selfie junto al famoso en el photocall de turno. La presidenta de AICE, María Guerra, lo dejó claro también en una entrevista para la web Cine con Ñ: «No puedes decir que una película de Almodóvar o Segura no es buena y aspirar a una entrevista con ellos». Y claro, todo el mundo quiere hacer la entrevista. Que además será de lo más amable, sin arista alguna, porque de lo contrario no te concederán la siguiente. Y eso puede resultar catastrófico: No hay más que ver el alto porcentaje de podcasts, talk shows, late nights y suplementos que se dedican, casi en exclusiva, a hablar con famosos de todo pelaje y condición con guiones basados exclusivamente en pueriles chascarrillos y anécdotas inofensivas. ¿Es grave la situación? Hasta el punto de que un productor como Enrique López Lavigne la denuncie en redes sociales:

Evitar la crítica negativa es ahorrarse problemas. Y más aún cuando el afectado puede vivir a diez manzanas de tu casa. Al fin y al cabo, no te vas a cruzar en un restaurante con un Steven Spielberg molesto por lo que escribiste sobre su nueva película. Se puede comprobar fácilmente: A más distancia, más coraje. El problema surge cuando, como señala Guerra, puedes perder una entrevista. O un diente. Dice la leyenda que Loquillo llegó a agredir al periodista Ignacio Julià por un artículo que no fue de su agrado. Y yo llegué una vez a una entrevista con Presuntos Implicados en la que el guitarrista del trío, Juan Luis Giménez, me dijo que se había prometido a sí mismo que me partiría la cara cuando me viera. No había digerido todavía una mala crítica a un concierto del grupo, publicada años atrás. «¿Sabéis lo que escribió este tío sobre nosotros?», le decía a su hermana Sole y al bajista Nacho Mañó. La cosa no llegó a mayores, pero la charla posterior, en principio un funcionarial encuentro de carácter promocional (nuevo disco, entrevista, adiós muy buenas), fue particularmente tensa. En otra ocasión, un promotor me recomendó no acudir a un show de Héroes del Silencio, porque Enrique Bunbury había asegurado que si me cruzaba con él también me haría una cara nueva. Qué manía con la cirugía estética a puñetazos. Al parecer, no le había gustado el artículo previo a la actuación.
Seguro que todo periodista veterano tiene anécdotas similares. A un profesional del calibre de Jordi Bianciotto le retiraron la acreditación en el Primavera Sound. Un artículo suyo, dijeron, les había «indignado». El festival rectificó cuando El Periódico hizo públicos los hechos. Emitir una opinión es un deporte de riesgo. Y el colmo de la situación es la crítica de proximidad. Así que si hablamos de escenas locales, es casi como jugar a la ruleta rusa. Porque, como a Spielberg, es difícil encontrarte a Bunbury en tu bar habitual, pero con los artistas de tu ciudad sucede exactamente lo contrario. Por eso se tiende a suavizar las opiniones, no emitirlas, edulcorarlas o, en el peor de los casos, magnificarlas.
Lo comentaba el prócer Diego A. Manrique en una de las numerosas entrevistas concedidas a raíz de la publicación de El mejor oficio del mundo, un entretenido libro publicado por Efe Eme donde recoge una selección de sus columnas periodísticas: «Lo peor que puede hacer un periodista musical es intimar con los artistas, porque si eres amigo de un artista te va a comer la oreja para que expliques que el disco no ha salido tan bien porque la discográfica no puso lo suficiente, el guitarrista está loco o lo que sea. Y muchos compañeros no entienden que nosotros no estamos ahí para servir a los artistas, ni a las discográficas. Nuestro único compromiso es con los lectores y con los oyentes.» Y con los espectadores, en el caso del cine.
El artista no solo te va a comer la oreja, como dice Manrique, sino que puede enfadarse mucho y no aceptar tu punto de vista sobre su trabajo. También las discográficas, que podían reaccionar de manera muy virulenta a una crítica desfavorable. Y en el caso de las multinacionales, hablamos de empresas que pagaban viajes al extranjero a algunos periodistas. Nadie quiere perderse algo así. Por eso resultaba mucho más recomendable e higiénico, aunque resultara tentador, no dejarse querer por ellas cuando te proponían comisariar un recopilatorio o escribir un texto bien pagado para un disco. No son tontas: después de haber recibido un pago de su parte resulta un poco más difícil descalificar uno de sus discos. Somos humanos, al fin y a la postre. Y también por eso muchos se escudan en «escribir solo de lo que me gusta», «evitar los conflictos» o «informar en lugar de criticar». Hay que llevarse bien con todo el mundo, que no se sabe lo que nos deparará el futuro. Y allá cada cual con su sentido de la ética. O de la supervivencia.
En varias décadas como profesional me he encontrado de todo. Desde gente que me ha retirado la palabra hasta otra que ha querido tomarse un café para debatir sobre el contenido de un artículo que le afectaba. Desde músicos que se enfadaron mucho en el momento de leer una crítica y años después reconocieron que daba en el clavo hasta otros que me han defendido, incluso en detrimento suyo, alegando que tenía derecho a escribir lo que considerara oportuno sobre ellos. Lo que creo que no ha sucedido nunca es que dejara de decir algo por miedo a las consecuencias. Y a veces podían ser graves: recuerdo un caso en que una gran promotora de conciertos amenazó al diario donde trabajaba con retirarle toda la publicidad anual (que no era poca) por un artículo que no les gustó un pelo. Mi jefe de redacción de entonces me defendió a capa y espada frente a la promotora y la dirección del medio, algo que le agradeceré siempre. Al final, más por la tibieza ajena que por la franqueza propia, acabas arrastrando cierta fama de intransigente, lo que hoy algunos denominan hater. Bueno, hay cosas peores. Y hasta eso puede ser fuente de buenos momentos, como la tira cómica que me dedicó el gran Isma Rumbeu, músico e ilustrador, en un Mondo Sonoro de 2005, donde me rebautizó como Doctor Guillotina.

No son los únicos riesgos de la crítica de proximidad. La voluntad de no meterse en problemas lleva a veces a ponerse en el extremo contrario. Ya no es que no haya disco (o película) malo entre la producción de tu entorno, sino que prácticamente cada uno que se publica es una obra maestra, o el mejor del año, o un asombroso paso adelante en la carrera de quien lo firma. Una estrategia que, desde luego, evita problemas, pero que tiene otras consecuencias.
La primera es que si todo es excelso, también todo se sitúa al mismo nivel. Y no hace falta señalar que no es así. Esa tabula rasa beneficia a los mediocres y perjudica a los más capaces. La segunda resulta más peligrosa: si mi trabajo es magistral, ¿por qué cuando salgo de mi entorno cercano nadie lo valora como merece? ¿Es el mundo injusto conmigo? ¿Soy víctima de una conspiración? ¿O, quizá, se sobredimensionó mi obra en exceso? Llevo toda la vida viendo cómo esos discos y películas magistrales que, según las crónicas de proximidad, estaban supuestamente destinados a cambiar la historia, son sistemáticamente ignorados cuando cruzan la frontera autonómica. Aún recuerdo la decepción del grupo Una Sonrisa Terrible cuando en Rockdelux les compararon con Presuntos Implicados. Seguramente fue injusto, y sigo pensando que su disco 400 ASA es una delicia absoluta, pero a veces hace mucho frío ahí fuera, y el bofetón de realidad puede ser difícil de asimilar. Y, en su caso, pueden dar gracias de que hubiera espacio en la revista para que al menos apareciera una reseña. Otros ni siquiera tienen esa suerte. Conseguir una página para bandas tan reconocidas y valiosas a nivel valenciano como Gener o Arthur Caravan era casi un milagro. Porque en todas partes cuecen habas, y si siempre se achacó a la cabecera su benevolencia con la escena catalana, es porque el río agua llevaba. No hay más que echar un vistazo a sus listas anuales. La proximidad es lo que tiene.
Con el audiovisual pasa lo mismo. Cada año, medios e interesados (ahí están las hemerotecas) repiten el mantra: Nos encontramos ante una temporada histórica del cine valenciano. Jamás se vio nada igual. Luego llegan los Goya y otros reconocimientos a nivel estatal y su presencia es menos que testimonial. Películas destinadas a cambiar el rumbo del sector para siempre ni siquiera encuentran distribución, se cuentan con los dedos de una mano las que llegan a algún festival internacional… La industria local está creciendo, pero convertir un desarrollo esforzado y lento, extremadamente complicado y todavía en una fase muy embrionaria (en los premios de la academia valenciana, ha habido categorías con un solo título o con la misma persona nominada tres veces) supone un exceso de triunfalismo que no beneficia a nadie. Y que tampoco funciona de cara a las instituciones, si es que esa es la intención, y menos si gobierna la derecha.
Bien está apoyar la escena local. Sobre todo, si dispones de un programa de radio y das difusión a las bandas emergentes, siempre necesitadas de atención. Y más aún si además tienes una tienda de discos y vendes su material, que al ser mayoritariamente autoeditado no tiene acceso a canales masivos de distribución comercial. Todos salen ganando. Pero exagerar demasiado también acarrea consecuencias, especialmente si los músicos elevados a los altares se creen a pies juntillas que están destinados a revolucionar el curso de la historia y acaban frustrados al comprobar que ni siquiera van a cambiar la de su provincia. Flaco favor se les hace entonces. Y, en esta tesitura, siempre he pensado que es más honesto ponderar su trabajo con ecuanimidad y sin la bufanda puesta. Pero ya no me dedico a la crítica y estas son solo mis opiniones. Si no les gustan, otros tienen otras.
Nov 24, 2025 | Cine, Música
Con motivo del fallecimiento de Jimy Cliff, una de las grandes estrellas del reggae, y como tributo a su figura, recupero el texto sobre Caiga quien caiga (The Harder They Come), la película de Perry Henzell que protagonizó en 1972, aparecido en el libro Sueños eléctricos. 50 películas fundamentales de la cultura rock (UOC, 2016).
La primera película de Perry Henzell sobrepasa su condición de film musical para convertirse en título clave dentro del contexto del cine caribeño, ya que Caiga quien caiga es, de hecho, la primera cinta oficial de producción jamaicana de la historia. Además, resultó clave en la popularización internacional del reggae, antes incluso de la conversión de Bob Marley en estrella global, hecho al que no es ajena la participación en el proyecto de Chris Blackwell (Island Records) como productor ejecutivo (sin acreditar).
El protagonista es Jimmy Cliff, un cantante que había publicado su debut discográfico en 1967. En el film encarna a un chico de pueblo llamado Ivanhoe Martin (basado en un delincuente real de los años cuarenta, popularmente conocido como Rhyging), que viaja a Kingston con la intención de grabar un disco, pero encuentra todo tipo de dificultades en la gran ciudad. Nada más llegar, pierde todas sus pertenencias a causa de un robo callejero y se ve abocado a pernoctar en la calle, sin posibilidad de encontrar trabajo y tratando de sobrevivir como puede. Un predicador le acogerá en su iglesia, pero también le impondrá unas normas contra las que se rebela, al tiempo que establece contacto con un productor musical y una red de distribución de marihuana. Pero durante una redada, dispara y mata a un policía. Convertido en un fugitivo, trata de esconderse en el campo, hasta que es localizado y abatido por los agentes de la ley, en un tiroteo final que remite a Django (Sergio Corbucci, 1966), spaghetti western protagonizado por Franco Nero que el propio Ivanhoe ha visto en una sala de cine a su llegada a la ciudad.
Pese a la escasez de presupuesto y medios, Henzell, que también se hace cargo de la producción y el guión (en colaboración con Trevor D. Rhone), elabora un retrato realista de la Jamaica de los años setenta que, por momentos (la secuencia en el vertedero de basura), podría confundirse con un documental. Lejos de ofrecer una visión idílica de la vida en la isla, afila el discurso crítico y muestra un país ahogado por la miseria, la violencia, la droga, la corrupción y el fanatismo religioso. Su mirada sobre el negocio discográfico es un buen ejemplo: Tras un intento fallido de trabajar con el empresario musical más importante de Kingston, Ivanhoe graba con un productor independiente, que le tima. La canción resultante, The Harder They Come, no logra acceder a las emisoras de radio, todas bajo control del principal sello de la ciudad, ante el que finalmente tiene que claudicar, vendiendo sus derechos de autor por veinte míseros dólares. Las coacciones a los locutores son habituales en un negocio monopolizado por un único productor, y solo cuando Ivan se pliega a sus leoninas condiciones consigue que su single llegue a las ondas.
La descripción del funcionamiento del negocio de las drogas no es más complaciente. La película muestra sin tapujos cómo se realiza el tráfico de marihuana (en grandes sacas que viajan al extranjero en aviones que apenas tocan el suelo de Jamaica para despegar nuevamente con el cargamento en la bodega) y la implicación de la policía en el proceso. Más aún: La muerte de Ivanhoe será producto de un acuerdo entre las autoridades y los traficantes, ya que ambos desean la desaparición de un personaje que, gracias a la popularidad de The Harder They Come, que alcanza la categoría de himno, se está convirtiendo en un auténtico héroe callejero.
Caiga quien caiga establece abiertamente la relación entre la industria del reggae y el consumo de marihuana, y pese a la precariedad de medios con que está realizada es un impagable documento que explica la idiosincrasia particular de Jamaica (pocos habían visto en un cine peinados a base de dreadlocks o escuchado el idioma patois) y el caldo de cultivo donde se gestó un género musical que conquistaría el mundo en años posteriores. En ese sentido, la banda sonora de la película fue decisiva en el impacto del film, y todas sus canciones son clásicos hoy en día: You Can Get What You Really Want, Many Rivers To Cross, Sitting Here In Limbo y, por supuesto, The Harder They Come (todas de Jimmy Cliff), Pressure Drop y Sweet and Dandy (ambas de The Maytals), Johnny Too Bad (The Slickers), 007 Shanty Town (Desmond Dekker), Hold Your Brakes (Scotty) o Rivers of Babylon (The Melodians, acreditados como Melodiana) catapultaron un film en el que también hace una breve aparición como DJ el cantante, compositor y productor Prince Buster, una de las más importantes figuras del ska y el rocksteady.
También inspirada en la historia del propio Cliff, que había nacido en 1948 en St. James, al norte de la isla, y se había trasladado en 1962 a Kingston, donde se introdujo en el ambiente musical de la capital, Caiga quien caiga tuvo un gran éxito en su país de origen, donde según palabras de su director, “que la población negra se viera por primera vez en la pantalla generó una reacción popular increíble”, pero además se convirtió en un título de culto en Estados Unidos, donde fue distribuida por Roger Corman. En Inglaterra, el cineasta y DJ Don Letts recuerda que el film “me dio un verdadero sentido de empoderamiento, una sensación de identidad mucho más relevante que Shaft (Gordon Parks, 1971) o Super Fly (Gordon Parks Jr., 1972). Nos enseñó sobre nuestra cultura. Yo tenía el elemento musical sobre la vida en Jamaica, pero me faltaba el visual. El modo en que Henzell entreteje la música con el argumento es remarcable y me dejó una impresión que ha inspirado mi vida y mi trabajo. Filmó en lugares que no habíamos visto antes: El gueto, el canal, no la postal típica de Jamaica. Fue a través de Caiga quien caiga y del punk como conseguí el estilo que quería para expresarme” (del libro Culture Clash: Dread Meets Punk Rockers, de Don Letts y David Nobakht).
Como él, muchos jamaicanos de segunda generación, nacidos lejos de la isla, establecieron un vínculo con sus orígenes gracias a la película.
