La biblioteca de Mariana Enríquez

La biblioteca de Mariana Enríquez

Aunque los dos volúmenes de relatos Las cosas que perdimos en el fuego (2016) y Los peligros de fumar en la cama (2017) ya habían puesto en el radar a la argentina Mariana Enríquez, fue la novela Nuestra parte de noche (2019), ganadora del Premio Herralde, la que inició un culto a su figura que no ha dejado de crecer desde entonces. Más allá de los méritos evidentes del libro, su triunfo tenía otras lecturas interesantes, al legitimar el terror como alta literatura en una editorial y una colección que, si bien cuentan con un buen número de autores que se podrían calificar de heterodoxos, de este modo reconocían con honores un género tradicionalmente maltratado desde ciertos sectores literarios de prestigio.

Pero seguramente ni Anagrama esperaba que Mariana Enríquez se convirtiera en el fenómeno que es hoy, con una enorme legión de fans en todo el mundo, pero muy especialmente en el mercado de habla hispana, donde numerosos lectores y lectoras —y una comunidad gótica más grande de lo que se podía imaginar— han encontrado un alma gemela con la que compartir sus inquietudes y miedos.

Así que la editorial, ni corta ni perezosa, ha decidido sacar el máximo rendimiento al asunto, publicando el material inédito en España de la autora. En 2021 llegó la no ficción Alguien camina sobre tu tumba (original de 2014), un recorrido por cementerios de todo el mundo que conecta directamente con los intereses de sus lectores. Menos de un año después, rescató Bajar es lo peor (aparecida en Argentina en 1995), dubitativa novela de juventud con un interés meramente testimonial, tras la que Mariana Enríquez estuvo diez años sin publicar. Sin solución de continuidad, en 2022 llegó a la serie Crónicas el volumen El otro lado. Retratos, fetichismos, confesiones, recopilación de textos periodísticos con edición de Leila Guerriero que había visto la luz de la mano de la Universidad Diego Portales (Chile) en 2020. Y aquí es justo reconocer que, ya en 2018, antes del boom, Anagrama había publicado en su Biblioteca de la Memoria una estupenda biografía de Silvina Ocampo firmada por la Enríquez: La hermana menor.

En marzo de 2024 apareció, por fin, una auténtica novedad: Un lugar soleado para gente sombría, su tercer libro oficial de relatos. Y en 2025, más Mariana Enríquez en los anaqueles, esta vez mediante el rescate de Cómo desaparecer completamente, su segunda novela (edición argentina de 2004), una muestra de realismo sucio todavía fuera del género de horror, pero ya cercana en estilo y temáticas a lo que será su obra posterior y más reconocida.

A esta marea de títulos con origen en Anagrama, cabría sumar la aparición bastante puntual de Éste es el mar (Random House, 2018), el relato de su devoción por la banda británica Suede en Porque demasiado no es suficiente (2023), la colaboración con el ilustrador Dr. Alderete en El año de la rata (2020), la aparición en formato de libro ilustrado de Chicos que vuelven (2015) y Ese verano a oscuras (2019) y la adaptación a novela gráfica de algunos relatos de Las cosas que perdimos en el fuego (2024). Si no me fallan las cuentas, solo falta que alguien se anime a editar en España una Mitología celta que escribió por encargo en 2007. Y, vista la fiebre editorial con ella, no sería extraño que lo hicieran.

No acaba aquí la cosa, sin embargo, ya que este mismo año ha aparecido otro libro suyo. Se titula Archipiélago, lo edita el modesto sello Ampersand y, digámoslo ya, es una auténtica joya, puesto que se trata de un volumen en el que Mariana Enríquez repasa algunas de sus lecturas favoritas.

Un mapa de filias (y alguna fobia)

En ese sentido, y pese a tratarse de una obra de no ficción, Archipiélago es un libro mucho más interesante y atractivo que Cómo desaparecer completamente, porque ofrece un autorretrato como lectora que sirve para explorar las raíces literarias de Mariana Enriquez, sus gustos y los autores y autoras que hicieron de ella quien es. No es tan ambicioso como Danza macabra, de su adorado Stephen King —aquel no solo abordaba literatura, sino también cine, medios de comunicación y análisis del género—, pero comparte con aquel su condición de mapa con el que guiarse para profundizar en la autora.

Y no faltan los nombres más obvios asociados con ella, pero tampoco son pocas las sorpresas. En el primer grupo, y King aparte, no resulta llamativo que confiese su admiración por Arthur Machen, James G. Ballard, Shirley Jackson, Dennis Cooper, William Faulkner, Ian McEwan, Bret Easton Ellis, Edgar Allan Poe, Cormac McCarthy, William Burroughs y hasta Poppy Z. Brite. Escritores singulares, con mundos personales y casi siempre intransferibles, entre los que también hay que citar a Clive Barker, Alan Moore y Anne Rice. Nombres todos ellos capaces de marcar a fuego un trayecto literario de vida, especialmente si se descubren en etapas de formación y crecimiento.

Resulta casi inevitable como lector entrar en el juego que implica un libro así y comparar filias y fobias. Su apología de Ian McEwan, por ejemplo, se centra en sus primeras y perturbadoras novelas, de las que cita Jardín de cemento y El placer del viajero, recordando que el autor inglés tenía una vertiente oscura —extensible a El inocente, que Enríquez no menciona— que se ha ido difuminando con el paso del tiempo y que sus lectores más recientes probablemente desconozcan. Del mismo modo, es fácil coincidir con ella en su apreciación de la saga vampírica de Rice, ya que reconoce tanto su admiración incondicional por Entrevista con el vampiro y Lestat el vampiro como la decepción que supuso La reina de los condenados. En todos los casos, no se limita a ofrecer una mera lista de títulos, sino que Mariana explica y justifica sus intereses como lectora, e incluso en ocasiones admite abiertamente los préstamos tomados de unos y otros a la hora de enfrentar ella misma la creación de una situación o un personaje. Desde ese punto de vista, el libro no puede ser más honesto y esclarecedor.

Muchos de los citados entrarían en la categoría de los autores de culto y tienen conexiones directas o indirectas con la cultura rock, fuente de inspiración también reconocida por Enríquez, que se mantiene al margen en Archipiélago por no ser el objeto del texto, aunque se incluya algún apunte significativo, como su desinterés tanto por The Smiths (otro punto a favor para ella) como por Joy Division (tenemos que hablar de esto, Mariana). En esa línea, también recuerda el impacto que le produjo Héroes, de Ray Loriga, un libro que le llamó la atención desde su portada, con el autor en pose desafiante, como una estrella del rock. Quizá fue una reacción generacional, intuyo que no lo defendería con demasiada convicción si lo releyera hoy en día. Completando un posible triángulo de iniciación en el que entran el horror y la mitología rock, se detiene también en su introducción al erotismo, con diversas reflexiones en torno a Henry Miller, Anaïs Nin o el Marqués de Sade.

De Cortázar prefiere, con diferencia, sus cuentos a la mitificada Rayuela (más puntos a favor), pero admite sin remordimientos que nunca ha podido entrar en el mundo de Jane Austen ni en el de Kafka, y solo de manera tangencial en el de Lovecraft (definitivamente, tenemos que hablar). Son confesiones de una lectora voraz, apasionada, que entre los rusos se queda con Nabokov antes que con Dostoievski, que ama Moby Dick y que se congratula de la brillantez de compañeras como Mónica Ojeda. Y no piense quien esté leyendo esto que le estamos privando del placer de hacer los descubrimientos por sí mismo o misma al ir dejando caer tanta información sobre el contenido del libro. Mariana Enríquez menciona en torno a 350 títulos, que abarcan desde los clásicos de la mitología hasta los asiáticos contemporáneos, pasando por Shakespeare o el boom latinoamericano. Cada una de sus páginas se disfruta tanto como la anterior y es imposible hacer un recuento exhaustivo de la ingente lista de obras y autores que incluye, aunque sí vale la pena añadir el deleite que producen los capítulos dedicados a la poesía, que no son pocos (Plath, Rimbaud, Verlaine, Baudelaire, Keats, Byron).

Archipiélago es un viaje oceánico en el que la autora recala en un puñado de islas para rememorar algunos de los momentos que más placer le han proporcionado como lectora. Y en los trayectos intermedios, cuando navega entre una isla y la siguiente, va dejando apuntes sobre sus usos y costumbres como escritora: su alergia a los talleres literarios, los audiolibros y los clubs de lectura, su manía de salir siempre de casa con un libro, el hecho de no haber necesitado nunca la figura del librero o librera de confianza, la suerte de tener un profesor en la adolescencia que se saltara el programa académico y le descubriera a Hammett, Chandler y Horace McCoy (me pasó lo mismo, y nunca se lo agradeceré lo suficiente), los problemas de leer traducciones (especialmente, si se trata de poesía), el placer de la relectura y otros tantos asuntos colaterales relacionados con el amor por los libros.

Archipiélago es una herramienta fundamental para entender mejor quién es y de dónde viene Mariana Enríquez, pero también un recorrido personal por la historia de la literatura que sirve al lector para lo mismo que le sirvieron a ella todas esas lecturas: para seguir descubriendo nombres, títulos e historias que despierten nuestra curiosidad y a su vez nos conduzcan a otros nuevos, porque cada uno de ellos es un eslabón de una cadena que, por suerte, no tiene fin.

Y entre tantos nombres citados, dos ausencias que me han parecido dignas de señalar. En Archipiélago no hay mención alguna a su contemporánea valenciana, Pilar Pedraza, para la que llegó a pedir el Premio Cervantes. Sorprende, ya que pondera con entusiasmo a otras compañeras latinoamericanas y en más de una ocasión ha mostrado su admiración por ella. También llama la atención que no haga ninguna referencia a Aurora Venturini, cuando no solo aprecia su obra, sino que la propia Enríquez es, en parte, responsable de su descubrimiento a nivel popular, ya que formó parte del jurado que, en 2007, otorgó a Venturini, cuando contaba ya 85 años, el Premio de Nueva Novela Página/12 por Las primas, una obra maestra que le abrió las puertas del mundo literario de prestigio después de años en el ostracismo. En todo caso, los interesados en saber más de Venturini a través de las palabras de Mariana, pueden dirigirse a Beatriz Portinari. Un documental sobre Aurora Venturini (Fernando Krapp y Agustina Massa, 2013).

PD. Un pequeño comentario al respecto de la foto de apertura. Esta disparada en modo atraco (aquí te pillo, aquí te mato), previo permiso solicitado, en el claustro del Centre Cultural La Nau de València (de ahí la presencia de los inquietantes gigantes y cabezudos del fondo). Se tomó el 23 de septiembre de 2025, después de una charla en la que Mariana Enríquez presentó Cómo desaparecer completamente, acompañada de la Doctora en Derecho Cristina García Pascual. La escritora estuvo brillante, pero fue una pena que el encuentro se limitara a hablar de su novela reeditada, seguramente por imposición editorial. Si Anagrama pone a tu disposición al autor, se habla del libro que ha publicado Anagrama. No solo ni se mencionó la existencia de Archipiélago (en puridad, la auténtica novedad), sino que además se limitó el tiempo del conversatorio para tener margen suficiente dedicado a las firmas, tanto para los asistentes como para la librería que coorganizaba el acto. Se entiende, más o menos, el fetichismo del autógrafo, pero el verdadero valor de este tipo de actividades debería ser escuchar a la autora, no hacerse un selfie con ella.

 

La nave del misterio de Daniel Estulin

La nave del misterio de Daniel Estulin

A finales de 2011 hice una de las entrevistas más surrealistas de mi vida, y ya es decir. El charlatán conspiracionista lituano Daniel Estulin (ríete tú de Íker Jiménez) había publicado “El instituto Tavistock”, que según la promoción editorial era “un organismo real situado en Essex y creado para controlar el destino de todo el planeta y cambiar el paradigma de la sociedad contemporánea”, que nos tiene “expuestos a los oscuros mecanismos creados por un grupo de psicólogos, psiquiatras y antropólogos pagados por la oligarquía internacional que controla el mundo a fin de favorecer sus propios intereses”. Una de esas formas de control era la música pop, así que la tentación de hablar con él era demasiado grande como para evitarla. Y el tipo no defraudó. Difícil decir mayor cantidad de tonterías en tan poco tiempo. Risas garantizadas.

 

 

DANIEL ESTULIN: «EL HEAVY, EL SKA Y EL PUNK DEGRADAN AL SER HUMANO»

El polémico autor lituano publica El instituto Tavistock, donde desenmascara la existencia de un centro que trabaja para controlar la sociedad a través de las drogas, la televisión o la música rock.

El término conspiranoia adquiere nueva dimensión con Daniel Estulin, autor de El instituto Tavistock, que desvela la existencia de una organización creada para controlar el destino del planeta y cambiar el paradigma de la sociedad contemporánea. El libro revela sus orígenes y modus operandi, pero también cómo combatir sus métodos, entre los que se encuentran la música, la contrainsurgencia, las drogas o la televisión. ¿Visionario o farsante? Juzguen ustedes mismos.

¿El libro es una advertencia?

Los activistas hacen libros de denuncia. Yo no. Vengo del mundo del contraespionaje militar y observo las cosas como lo haría un cirujano cuando se enfrenta a una operación de corazón en la que el paciente tiene el 80% de posibilidades de morir. Y hago todo lo posible para salvarlo. Escribo libros para desvelar un mundo paralelo que, hasta hace poco, la mayoría de gente ni suponía que existía.

Dices que planteas el libro desde un punto de vista científico, pero hablas de «el siniestro movimiento ecologista» o el «sucio e inmoral movimiento hippy». Son calificativos subjetivos, poco rigurosos y nada científicos.

Puedo hacerlo, porque es mi libro. Intento demostrar que existe otra vertiente en el ser humano. El mensaje no es todo lo que explico, denuncio y desvelo del instituto Tavistock, sino que el ser humano es lo más bello que hay en el universo. Es algo sagrado. Y que la gente, por ejemplo, manche su piel con tatuajes, es una aberración total y absoluta, porque no hay nada más bello que el cuerpo.

¿Quiénes y por qué quieren controlarnos?

Los que detentan el poder no pueden permitirse que seamos más. Y para que Rockefeller y los suyos puedan comer y beber, nosotros tenemos que morir. Es lo que estamos viendo con la desindustrialización del mundo y conceptos como crecimiento cero… Arrancar el alma y matar a siete mil millones de personas con armas es complicado, por eso necesitan una telaraña de intereses creados por psicólogos, psiquiatras y antropólogos, que pueden convertirnos en seres sumisos con todos sus recursos. Fíjate en la cerdita Peggy, de Barrio Sesamo. El cerdo, un animal, predica su escala de valores a un niño, que es la cosa más bella y pura que hay en el mundo. Es una aberración, y la gente no se da cuenta.

Según dices en el libro, el rock también es una aberración.

No es que el rock sea una aberración o que la televisión sea mala, eso son tópicos. Pero se pueden utilizar para el mal. La televisión es un arma magnífica para enseñar.

¿Para enseñar qué?

Cultura clásica, como hacía Platón en su escuela. Pero se usa para lavarnos el cerebro. La única música en el mundo que eleva el espíritu del ser humano es la música clásica, porque sus cadencias intentan imitar la belleza del mundo natural. Gente como J. S. Bach es inmortal.

Es difícil creerse tus teorías. Dices que «la MTV fue creada por controladores desde los principales centros de estudios e institutos de lavado de cerebro del mundo con el propósito de destruir completamente la cultura de los jóvenes».

Te pongo un ejemplo: La contracultura de los sesenta. Se creó cuando Martin Luther King, un tipo irrepetible e incorruptible, convenció a una generación entera de jóvenes americanos para crear un mundo mejor. Pero la élite, los poderes fácticos, no podían permitírselo, así que crearon la contracultura, la filosofía new age: las sandalias, las comunas del amor, el pelo largo, los hippies…

Ya. Y Woodstock fue una experiencia piloto del gobierno americano para comprobar los efectos del LSD.

¡Era un experimento social! Es indiscutible. La contracultura procede de experiencias que ya se realizaban en los años treinta con grupos carentes de líder, que no saben exactamente a favor o en contra de qué están. Son algo difuso, sin líder, como el 15-M.

¿Hacen falta líderes, entonces?

Es mucho más fácil controlar y manipular movimientos y sentimientos de grupos sin líder.

¿Por qué es más verdad la tuya que la de los libros de historia? En una nota al pie dices que Jim Morrison (The Doors) bebió la sangre de su pareja en su boda. Pero no se atribuye esa información a ninguna fuente.

Como llegamos tarde con la traducción, no se ha publicado ni una página de los documentos que tenía. No había tiempo. Pero en la edición americana está acreditado todo. ¿No has visto el disco de The Doors en que salen en una foto con el satanista Aleister Crowley?

Sí. ¿Eso quiere decir que bebió sangre de su pareja?

En Los secretos del Club Bilderberg (2006) ya expliqué la relación de Theodor Adorno con The Beatles. Estaba investigando y encontré cartas entre el presidente de EMI y Adorno, a finales de los cincuenta, en las que hablaban del álbum que posteriormente sería conocido como el famoso Sgt. Pepper’s.

¿The Beatles también formaron parte del complot?

Si te das cuenta, la complejidad de la música en ese LP supone un salto cualitativo, brutal. Y The Beatles no sabían tocar nada.

En el libro dices también que «toda clase de degeneración musical es un producto fabricado por orden de un laboratorio». ¿A qué te refieres cuando hablas de «toda clase de degeneración musical»?

Si coges música como el ska o el punk… Bueno, es un decir, porque eso no es música, es ruido. ¿A qué fin sirve esto? Al satanismo. En los conciertos hay miles de jóvenes haciendo el mismo gesto al mismo tiempo. Es un movimiento de fuerza negativa. ¡Una locura!

¿El ska y el punk son satánicos?

No elevan de ninguna forma el espíritu. Al contrario. Te degradan como ser humano. Desde la forma de vestirse de las personas hasta su modo de comportarse. Nos convierten en animales. Un ser humano no es un animal.

¿No tiene una parte animal el ser humano?

Por supuesto. No somos perfectos. Por eso hay que crear leyes que limiten los impulsos humanos. Las degeneraciones nos degradan. No se puede negar que el heavy metal degrada al ser humano al nivel de una bestia.

¿No era Hitler quien hablaba de arte degenerado?

No son términos hitlerianos, hablo del concepto de belleza de la cultura clásica. Cualquier cosa que nos rebaje al nivel animal es una degradación.

Alejandro Amenábar, cautivo de sí mismo

Alejandro Amenábar, cautivo de sí mismo

La trayectoria de Alejandro Amenábar puede considerarse relativamente breve. Aparte de varios cortos y la serie La fortuna (2021), solo ha realizado ocho largometrajes en tres décadas. Tesis (1996), Abre los ojos (1997) y Los otros (The Others, 2001) parecían definir a un director de nicho, interesado en las derivas del fantástico –incluso el terror–, que dio un inesperado giro con Mar adentro (2004), una película inspirada en hechos reales donde abordaba un tema de relevancia social y mediática como la eutanasia, y que obtuvo el Óscar a la mejor película internacional. Desde entonces, con la excepción de Regresión (Regression, 2015), un thriller según modelos de producción estadounidenses, abandona el género y su interés vira hacia los films de época, protagonizados por personajes carismáticos como Hipatia de Alejandría en Ágora (2009), Miguel de Unamuno en Mientras dure la guerra (2019) o, ahora, Miguel de Cervantes en El cautivo (2025). En todos los casos, brillantes intelectuales que combaten la ignorancia y la injusticia, encarnada en cada caso por fundamentalistas cristianos, militares golpistas o representantes del Imperio Otomano. En resumidas cuentas: la razón, el pensamiento y la inteligencia frente a la violencia y la barbarie. Pero que las grandes palabras no lleven a equívoco: Amenábar nunca plantea propuestas radicales, sino de puro sentido común. Lo suyo es la moderación, cuando no una equidistancia que genera no pocas dudas.

Al margen de una serie de RTVE, dirigida en 1981 por Alfonso Ungría y con guiones supervisados por Camilo José Cela, existe un film previo titulado Cervantes (Vincent Sherman, 1967), basado en Un hombre llamado Cervantes, una biografía novelada del alemán Bruno Frank publicada en 1963. En esencia, se trata de una película de aventuras –en el mercado anglosajón llevó el subtítulo de The Young Rebel from La Mancha y en Francia se estrenó como Les aventures extraordinaires de Cervantes–, que centra su metraje en la reconstrucción de la batalla naval de Lepanto y en las conquistas románticas del escritor, presentado como un héroe tanto en el amor como en la guerra. Aunque siempre ha intentado conjugar el gran espectáculo con la autoría, Amenábar opta por una aproximación más austera a Miguel de Cervantes y toma como columna vertebral de su historia –aunque no como única fuente– la Topografía e historia general de Argel (1612), del clérigo portugués Antonio de Sosa, al que convierte en narrador de un film que, como siempre en su caso, no oculta su ambición.

El cautivo se centra en los cinco años que Cervantes –encarnado por Julio Peña– pasó como prisionero en Argel, en espera de rescate tras ser capturado en el mar por corsarios. En la fortaleza donde está recluido, y mientras concibe diferentes planes de fuga, contará historias a sus compañeros para entretener las largas y penosas horas de confinamiento, con tal gracia y donaire que es fácil entrever en el joven a un escritor de éxito futuro. Amenábar, por tanto, no está tan interesado en pirotécnicas refriegas navales como en mostrar una faceta más personal e intima del personaje, interpretando su cautiverio como un periodo clave tanto en la creación de su obra más famosa como en su orientación sexual.

Lo primero viene vehiculado a través de las pedestres alusiones al Quijote que salpican el metraje, presentando a Fray Juan Gil (Cesar Sarachu) y su acompañante como una suerte de precedentes del ingenioso hidalgo y su escudero, mostrando como por azar –pero hasta en dos ocasiones– una bacía de barbero o recurriendo a los molinos de viento manchegos –también dos veces–, que además funcionarán como metáfora identitaria y de sus ansias de libertad. Todo un Reader’s Digest cervantino, que incluso alcanza a explicar su futura adopción de Saavedra como segundo apellido. Un puñado de trillados guiños cómplices al espectador que ponen de manifiesto, una vez más, que la sutileza nunca ha sido una de las virtudes de Amenábar.

En cuanto a la orientación sexual de Cervantes, es donde la película pone toda la carne en el asador, consciente de que aborda un asunto controvertido. Son los «dos minutos polémicos que darán mucho que hablar y no gustarán a todos», en palabras de un Arturo Pérez-Reverte que, por otra parte y para sorpresa de nadie, se ha deshecho en elogios hacia la película. No es ningún secreto que hacen referencia a las posibles inclinaciones homosexuales de Cervantes. Que hayan surgido historiadores ofendidos o guardianes de las esencias patrias poniendo el grito en el cielo a causa de tamaño atrevimiento, sin entender que –aunque haya que recordarlo una vez más–, con independencia de con quién se acostara el escritor y aunque se inspire en hechos históricos, El cautivo es una ficción, no es asunto nuestro. Sí lo es, por contra, el hecho de que precisamente se trate de una ficción y, por tanto, la torpeza con que Amenábar la pone en escena, tanto en lo que respecta a la fallida caracterización del bajá de Argel –un Alessandro Borghi a mitad de camino entre Sandokán y Tino Casal, que hace lo que puede por evitar el ridículo–, como por la resolución de la consumación de la relación entre ambos, mediante un medroso fundido encadenado que remite al Hollywood más timorato, con la diferencia de que aquella mojigatería respondía a limitaciones censoras y la de Amenábar a un pudor que se contradice con su voluntad de romper tabúes.

La película funciona por acumulación. Como si el plano secuencia de dos minutos y medio que la inicia, para presentar y poner en relación a todos los personajes –excepto el bajá– mediante una forzada coreografía, cerrada sobre el rostro del protagonista, fuera la unidad de medida por la que se regirá el film. A la episódica voz en off de Sosa (Miguel Rellán) se añadirá, por ejemplo, una capa narrativa más mediante la visualización de la historia que Cervantes va contando a los demás prisioneros y al bajá. El procedimiento subraya la fuerza de la imaginación como tabla de salvación para sus compañeros y como puerta del deseo para el gobernador musulmán, metáfora evidente –una más– del poder de fascinación que implica contar historias. La ficción, pues, nos salva. Lo que implica, en última instancia y en un previsible juego de muñecas rusas, que la película también. Ya dijimos que Amenábar es ambicioso.

Y en tal tesitura, parece que poco importan los medios para lograrlo, aunque el andamiaje argumental se tambalee a menudo. De Sosa es, cuando el guion lo exige, una suerte de conseguidor que igual posee mapas del territorio que libros prohibidos. El bajá habla cinco lenguas, es una persona letrada y la literatura árabe no es precisamente parca en obras de relevancia, pero necesita que el español le cuente nuevas historias, convertido en una Sherezade que por cada nuevo relato consigue un día de libertad en Argel, una ciudad diversa, colorista, permisiva y abierta a la libertad sexual, pero en la que «no hay ninguna librería». Tampoco los añorados molinos que reactivarán el patriotismo del personaje de Abderramán (Roberto Álamo).

El mayor pecado de El cautivo, en todo caso, es el de otras películas de su director: un maniqueísmo de trazo grueso que convierte un film pretendidamente transgresor en una sucesión de rancios tópicos. Porque eso y no otra cosa, un tópico, es el inane relato de amor intercultural que cuenta Cervantes a sus oyentes. O el personaje de Blanco de Paz (Fernando Tejero), cura alcahuete y sin matiz alguno, unidimensional, burdamente castigado al final de la película sin que, por supuesto, se ponga en cuestión la institución a la que pertenece –salvaguardada por los otros dos clérigos con protagonismo en la historia–. O incluso algunos recursos que, de tan manidos, perdieron su eficacia tiempo atrás: el personaje que se niega a hacer algo y lo está haciendo en el plano siguiente –usado dos veces, a falta de una–, o los cuchicheos disimulados a espaldas de los guardias –siempre tan tontos–. Cada vez que los protagonistas elaboran un plan de fuga, dan ganas de volver a ver La gran evasión (The Great Scape, John Sturges, 1963). Esta impersonal repetición de fórmulas gastadas es también la baza principal de Jurassic World: El renacer (Jurassic World: Rebirth, Gareth Edwards, 2025), saludada con alborozo por una buena parte de la crítica y el público, así que quizá los equivocados seamos nosotros. Va a ser cierto que «lo viejo funciona», como dicen en el decepcionante Eternauta de Netflix.

Pero resulta lamentable que Amenábar no muestre un ápice de valentía. Porque la trama gay no lo es. Ni el burdo juego que pretende generar suspense a partir de la posible muerte de Cervantes, apuntada hasta en tres ocasiones a lo largo del film. El espectador sabe que no sucederá, porque aún tiene que escribir el Quijote, por lo que tal suspense resulta hueco y artificioso, apenas un truco que solo funcionará con los ingenuos, porque el cineasta nacido en Chile ni siquiera se plantea el desafío de saltar al vacío y llegar hasta el final. No es su objetivo, ya lo deja claro con un innecesario plano introductorio en el arranque del film. Y tampoco es el Quentin Tarantino de Malditos bastardos (Inglorious Basterds, 2009), capaz de cambiar el curso de la Historia para, él sí, glorificar hasta sus últimas consecuencias el poder de la ficción.

Con razón la película le ha gustado a Pérez-Reverte. La idea de la aventura que defiende es la misma que la suya, cincelada a base de clichés y cartón piedra. De buenos y malos. De justificaciones de cara a la galería en diálogos forzados como el de Dorador (Luis Callejo), comentando que las vejaciones que sufren por parte de los moros son las mismas que los cristianos ejercen sobre ellos cuando tienen ocasión. Por las dudas.

En una escena –que tiene también lectura sexual, por cierto– en la que Cervantes le está contando una historia, el bajá le lanza a la cara restos de un espeso fluido alimentario sin identificar y le acusa de contarle cosas muy vistas. No puede ser más irónico. En otro momento, le reprochará también «endulzar las historias para que la gente se emocione». El chiste se cuenta solo. Resulta paradójico que una película que habla del escritor responsable de la primera novela moderna sea tan antigua en sus formas y en su discurso.

El film pretende ser un alegato a favor de la tolerancia, pero las imágenes que lo vehiculan son tan relamidas, tan literales, que niegan por completo al espectador la posibilidad de reflexionar por sí mismo. El cautivo es una película que se sitúa por voluntad propia en un pasado (histórico, audiovisual) que no juega ningún papel en el cine contemporáneo. Amenábar confirma así su condición de director ensimismado, aislado del ecosistema cinematográfico actual, reaccionario pese a su discurso conciliador. Una forma, quizá, de reivindicar su singularidad, pero también de constatar que está en fuera de juego.

Daniel Johnston. En su propia realidad

Daniel Johnston. En su propia realidad

Como la de muchos otros músicos a lo largo de la historia de la música popular, y pese a que gozó de un momento de cierto éxito, la de Daniel Johnston es una historia triste. Un hombre inestable, con síndrome maníaco-depresivo, que vivía en su propio mundo, hacía dibujos y escribía canciones que grababa en casetes y distribuía de manera doméstica desde principios de los ochenta y que, una década más tarde, se convertiría en una estrella fugaz del rock alternativo de los noventa gracias a que Kurt Cobain se puso una camiseta que lucía un personaje suyo.
Años después, el documental The Devil and Daniel Johnston (2005) volvería a poner de actualidad su figura, reivindicando su ingenua manera de enfrentarse a la vida, pero mostrando también las no pocas zonas oscuras de su personalidad, que sin embargo no le impedían salir de gira con frecuencia. En abril de 2012 recaló por primera vez en Valencia y surgió la posibilidad de hacerle una entrevista por teléfono. Los precedentes eran de lo más variopinto (desde conversaciones afables hasta compañeros a los que colgó el teléfono a los cinco minutos), pero valía la pena correr el riesgo de hablar con él.
La charla fue bien y apareció publicada en Neo, el suplemento del diario Levante. Fue como hablar con un niño, capaz de excitarse con los detalles más nimios o de repetir una y otra vez las mismas cosas, que habitaba una realidad espacio-temporal propia, donde se confundían fechas, ciudades, grabaciones y hasta personas. De ahí que en el texto aparezcan algunas aclaraciones mías entre corchetes.
Johnston tocaba en cada país con músicos diferentes, así que completé la entrevista con un despiece en el que hablaba Marcos Junquera, batería de aquella gira, y con otro texto breve sobre las exposiciones de su obra gráfica que se celebraron en Madrid y Barcelona por aquellas fechas. Como he señalado en alguna otra ocasión al rescatar textos aparecidos años atrás en Neo, fue un lujo absoluto, un auténtico privilegio poder contar durante tantos años con aquel espacio semanal en un periódico generalista, con total libertad para escoger los contenidos según mi criterio, al margen de su impacto entre el público mayoritario, y para enfocarlos como me daba la gana. Algo poco común entonces y absolutamente extraordinario hoy en día.
Daniel Johnston murió de un infarto el 11 de septiembre de 2019, pero como sucede con todo icono de la cultura pop, el sistema capitalista se encarga de seguir sacándole partido. Zara vende actualmente aquella camiseta que llevaba Kurt Cobain en los noventa. Y la banda sonora del remake de Sé lo que hicisteis el último verano (I Know What You Did Last Summer, Jennifer Kaytin Robinson, 2025) incluye una versión de su canción Devil Town a cargo de la australiana Angie McMahon.
Las dos fotos suyas que ilustran el texto son de Peter Juhl, y forman parte de las imágenes promocionales que entonces distribuyó entre los medios la promotora de la gira.

DANIEL JOHNSTON: «CREO QUE HE IDO MEJORANDO CON LOS AÑOS»

Es una de las personalidades más singulares de la escena internacional. Y aunque cuenta con una extensa discografía, Daniel Johnston debe parte de su fama a su particular condición: es tan conocido por sus fabulosas canciones como por el síndrome maníaco-depresivo que padece, especialmente a partir del documental The Devil and Daniel Johnston (Jeff Feuerzeig, 2005), que popularizó su figura entre el público. Nacido en 1961 y reivindicado por artistas del calibre de Tom Waits, The Flaming Lips o Sonic Youth, protagoniza una gira española de carácter excepcional, para la que ha concedido algunas entrevistas.

¿Cómo te sientes ante este tour?

He estado en España ya varias veces con anterioridad, según recuerdo. He girado mucho por Europa en los últimos diez años. He visitado Alemania, que es uno de mis países favoritos, y también he ido de gira a Japón varias veces. Es muy divertido salir a tocar por ahí, eso seguro.

En 2003 actuaste en el Festival de Benicàssim. ¿Te acuerdas del concierto?

No lo recuerdo. En ocasiones, me cuesta acordarme de los conciertos, porque mucha veces estoy ofreciendo una actuación en algún sitio y ni siquiera sé en qué país me encuentro. Pero también me pasa estando a un par de horas de Austin (Texas), que es donde vivo. Estaba en una actuación y dije: «Es estupendo estar de nuevo aquí, en Europa» (risas). Muchas veces no sé dónde estoy cuando voy de gira. Es divertido (risas).

¿Te gusta salir de gira? ¿Disfrutas con ello?

Sí, es muy divertido. Más diversión de la que he tenido nunca, en realidad. Estoy intentando escribir algunas canciones nuevas para la próxima vez que salga de gira, porque lo disfruto mucho.

Me gustaría hablar de tu último disco, Beam Me Up (2010), que grabaste con Beam, un grupo holandés de once miembros y orientación jazz. ¿Cómo surgió la idea?

Bueno, no sé de qué disco me hablas, pero he hecho muchas grabaciones, así que puede que sea un disco pirata. Nunca he oído hablar de ese álbum, pero mucha gente graba conciertos y los edita de forma ilegal, así que quizá sea uno de esos casos. Hay tantas cintas circulando con actuaciones mías… El mercado está lleno.

Ya, pero diría que este disco es oficial. Aparece en la página del sello alemán Hazelwood Records (sello que también edita a Grant Hart, por ejemplo), está en Spotify…

Debe ser un concierto, he hecho muchos en los últimos años y es realmente difícil controlarlo todo. Voy a muchas ciudades, y en cada una toco con una banda diferente.

¿Tienes control sobre tus grabaciones?

Sí, me gusta mucho publicar nuevos discos, y estoy trabajando en uno este año, que sacaré con mis amigos. ¿Has escuchado Is and Always Was? Salió hace un año más o menos [Se editó en 2009].

Sí, conozco el disco. Entonces, ¿estás preparando nuevas grabaciones?

Sí.

¿Con The Nightmares?

El problema de la continuidad de Danny & The Nightmares es que el guitarrista murió hace poco. Ha sido una tragedia. Pero tenemos un disco que acabamos antes de que falleciera y estoy contento de poder publicarlo. Fue una pena, porque planeaba seguir con ellos y podían haber llegado a ser famosos algún día. Quizá la banda vuelva a reunirse alguna vez. Vamos a editar ese disco, porque es estupendo. Se titula Death of Satan [Munster lo sacó en 2013]. Estoy muy emocionado con él, es uno de mis favoritos. Debería salir pronto.

Te preguntaba por el grupo porque te vi tocando con ellos en el documental The Devil and Daniel Johnston.

Cuando intenté ver la película por primera vez, estuve varias horas pensando si hacerlo o no. Porque, bueno, un título como El diablo y Daniel Johnston me impactó mucho solo con leerlo, así que aunque llevo muchos años cantando sobre esos temas, ver un título como ese fue extraño. El diablo y yo… Era un poco aterrador (risas).

Pero tú has pasado tu vida luchando contra el demonio.

Eso creo.

¿Sigues haciéndolo?

Sí, sobre todo en los cómics y ese tipo de cosas. No sé por qué. No soy muy amable en los cómics, me meto en problemas.

¿Qué sentimientos te despierta la película? ¿Te gusta?

Sí, es bastante guay. No sabía qué pensar cuando la vi, pero todos mis amigos la vieron en un estreno especial que hicimos y les gustó mucho. Es una comedia.

¿Una comedia?

Sí, eso creo. Tiene mucho humor.

Pero es tu vida real.

Sí, es verdad (pausa). Es verdad.

¿Cómo es un día cualquiera en tu vida cuando no estás de gira?

Normalmente, me levanto por la mañana y me pongo a ver películas. Me echo algunas pequeñas siestas a lo largo del día, durante un par de horas más o menos, y también escribo canciones. Veo películas… Es bastante guay, tengo mi propia casa y la gente viene a verme. Muchas chicas guapas se pasan por aquí para saludarme y hacerse sesiones de fotos, es muy divertido. Hace poco fuimos a un restaurante mexicano y me invitaron.

Debo confesarte que me asustaba un poco esta entrevista, por tu estado de salud, pero te veo mejor que nunca.

Gracias, es muy amable por tu parte.

¿Te sientes bien ahora?

Creo que estoy mejorando.

Porque la enfermedad es para siempre, ¿no?

Sí (largo silencio).

No solo vienes a España para tocar en directo. También se van a exponer tus ilustraciones en Madrid y Barcelona. ¿Crees que tu trabajo musical y tus pinturas son parte de la misma expresión artística?

Suelo hacer exposiciones siempre que puedo ir de gira. Para mí, es prácticamente lo mismo la pintura que la música. Siempre tengo ideas y las plasmo en personajes de cómic o en canciones. Es un poco lo mismo.

Pero el proceso es diferente.

Bien, sí, ¿sabes? creo que musicalmente he ido mejorando con los años, desde Songs of Pain [originalmente aparecido en formato casete en 1981], que mis seguidores admiran mucho y tuvo muy buenas críticas y siempre será favorita de los fans, pero las canciones de los años siguientes han ido mejorando.

¿Vas a tocar con músicos españoles?

Sí, cada vez que voy a un país, toco con músicos distintos en cada ciudad. Es muy emocionante conocer gente diferente cada vez.

¿No es complicado?

Sí, supongo, pero suelen elegir casi siempre las mismas canciones, y eso lo hace mucho más fácil para mí.

¿Seguís alguna disciplina de ensayos?

Sí, normalmente tenemos una banda diferente en cada ciudad [En España, será la misma en todas las escalas de la gira], nos juntamos antes del show, ensayamos y hacemos el concierto esa misma noche. Para mí es realmente una experiencia muy buena, tocar con diferentes bandas que siempre se saben las canciones muy bien, lo cual me impresiona aunque sea la primera vez que tocamos. Mis acordes son muy normales, y la gente se lo pasa bien, vienen muchas chicas y firmo autógrafos. Es muy divertido (risas).

¿Viajas solo?

Normalmente me acompaña mi hermano, y a veces hay más gente. En los últimos años he girado por toda Europa, Alemania es mi país favorito, Berlín es una ciudad estupenda. Y hemos ido a Japón y sitios así.

¿Qué esperas de esta gira?

La verdad es que no sé qué esperar. He ido un par de veces a España, y no está tan lleno como en otros países, pero es guay ir a diferentes lugares.

Gracias, Daniel.

Muchas gracias por llamar. Cuídate. Adiós.

TOCAR CON DANIEL JOHNSTON

Marcos Junquera (Betunizer) acompaña al americano en la gira

El batería Marcos Junquera (Betunizer, La Orquesta del Caballo Ganador) será uno de los músicos que acompañe a Johnston en España. «Por lo visto, iba a actuar en el festival Tanned Tin (Castellón) el año pasado, pero al final no lo hizo. Yo estuve allí tocando con Laetitita Sadier y la verdad es que no hubo apenas ensayos, pero aun así el concierto salió muy bien. Me imagino que eso ha influido. Por otro lado, yo ya había colaborado con otros artistas en el festival, como Ora Cogan y Paula Frazer».

El repertorio y los ensayos están pactados de antemano. «Es lo típico en estos casos. La idea es trabajar con la banda la lista de temas que nos mande Daniel y luego, el día 18 de abril por la mañana, tenemos un ensayo todos juntos en La Casa Encendida (Madrid). Les agradecemos que nos hayan facilitado el espacio. Solo habrá un ensayo y no creo que sea muy largo, la verdad».

Para Marcos es una ocasión muy especial. «Mi concepción de lo que debe ser un buen músico nunca ha sido la del instrumentista competente, profesional y buen intérprete, sino la de aquel que es capaz de enseñarte quién es, aquel que te muestra a una persona. Es una cualidad muy difícil de encontrar, y cada músico la persigue como buenamente puede. O, al menos, deberían hacerlo. En el caso de Daniel, creo que sale de una manera totalmente natural, te enseña quién es con una franqueza que es prácticamente imposible de encontrar, es brutal. Dicho esto, para mí hay poca diferencia entre escuchar True Love Will Find You in the End (Johnston), Naima (John Coltrane) o Riverman (Nick Drake). Tocar con alguien que es capaz de hacer eso… Uf, es la hostia. Estoy muy emocionado».

Pese a su experiencia, admite que se trata de una apuesta de riesgo, teniendo en cuenta las peculiaridades de Johnston, aunque no duda del carácter excepcional de la ocasión. «No tengo ni idea de cómo puede afectar la personalidad de Daniel a los conciertos, me imagino que con alguien así será ir a todo o nada. Yo, evidentemente, no me la jugaría si estuviera en el público: puede ser que haga el concierto del año. A saber…»

PESADILLAS Y OBSESIONES DE PAPEL

Una exposición con su obra gráfica visitará Madrid y Barcelona

Coincidiendo con su gira española, La Casa Encendida (Madrid) acoge del 20 de abril al 10 de junio la exposición Visiones simbólicas. Una mirada al universo de Daniel Johnston, que supone una aproximación al particular mundo del músico a través de su colección personal de dibujos, atesorada por su exmanager Jeff Tartakov.

Personajes de su infancia, como el Capitán América, el increíble Hulk, el Diablo o el fantasma Casper, con otros de creación propia, enigmáticos y oscuros, como Polka Dot Underwear Guy (el tipo de los calzoncillos de lunares), Joe The Boxer (Joe el boxeador) y su alter ego, la rana Jeremiah, se muestran como espejos de su realidad personal y contribuyen a dibujar el perfil del artista y a establecer conexiones entre los aspectos que conforman su universo creativo.

La muestra (que en septiembre se trasladará al Espai Cultural Caja Madrid de Barcelona) permite descubrir a un creador único, con una historia personal dura y enternecedora, marcada por el amor, la religión, los conflictos familiares y los problemas psicológicos, temas que están indivisiblemente ligados a sus dibujos a lápiz y rotulador. Una faceta que desarrolla desde hace más de treinta años, al tiempo que registraba maquetas con una rudimentaria grabadora en el garaje de su casa.

Johnston saldría del anonimato a partir de que Kurt Cobain comenzara a lucir una camiseta con uno de sus diseños más famosos. Millones de fans de Nirvana comenzaron a preguntarse quién era el autor de aquel dibujo, y en cuestión de meses la difusión de sus canciones experimentó un incremento notable. El resto es historia.

Troma: Instinto de supervivencia

Troma: Instinto de supervivencia

Viendo la última versión de Superman (James Gunn, 2025), un minúsculo detalle del blockbuster de DC Studios me llamó la atención. Cuando se hace público el mensaje de destrucción con que los padres del superhéroe lo mandaron a la Tierra y el Hombre de Acero es repudiado por la gente en las calles y se refugia en el interior de un edificio de Stagg Industries, entre la multitud que se agolpa fuera, contra los cristales, increpándole y exigiéndole explicaciones, se atisba fugazmente a un hombre al borde los 80 años, con gafas, barba y pelo cano, vestido con traje y corbata, que intenta grabarle con su teléfono móvil. Se trata de Lloyd Kaufman, cofundador de la productora Troma.

El anecdótico cameo tiene una larga historia detrás, ya que Kaufman fue la primera persona de la industria del cine que dio una oportunidad a un James Gunn que, décadas después, se lo sigue agradeciendo siempre que puede. Pero no todo el mundo obra como él: cuando se hallaba en la cima de su éxito, Kevin Costner intentó hacerse con los derechos de Malibu Hot Summer (Richard Brander, 1981) y Shadows Run Black (Howard Heard, 1985), dos films de ínfimo presupuesto producidos por Mesa Films que fueron sus primeras (y breves) apariciones en el cine. No lo consiguió. Troma se le había adelantado y estaba haciendo un buen negocio en el mercado del video doméstico anunciando la presencia de Costner en ambas películas, incluso a costa de cambiar el título de la primera por el más sugestivo de Sizzle Beach USA.

La anécdota ejemplifica a la perfección dos de los rasgos que identifican a Troma desde sus inicios: oportunidades y oportunismo. O lo que es lo mismo: predisposición para trabajar con gente absolutamente desconocida (que resulta muy barata y, si suena la flauta, acaba alcanzando la fama) y habilidad para sacar el máximo rendimiento económico de todo lo que hace.

De hecho, los casos de Costner y Gunn no son excepciones. Como bien se ha encargado de publicitar la productora a lo largo de los años, hubo otros nombres famosos que dieron sus primeros pasos bajo su protección: Marisa Tomei (El vengador tóxico, 1984), Vincent D’Onofrio (The first turn-on!, 1983), Billy Bob Thornton (Chopper Chicks in Zombietown, 1989) y Samuel L. Jackson (Def by Tempation, 1990) se cuentan también entre los aspirantes a ganarse la vida con la interpretación que superaron un casting de Troma cuando aún eran unos absolutos desconocidos.

Basura autoconsciente

Fundada en 1974 por Lloyd Kaufman y Michael Herz, Troma es una productora independiente neoyorquina que ha cumplido más de medio siglo sin ganar un Oscar, pero también sin engañar a nadie. Kaufman, portavoz de la marca, director, guionista, actor, publicista y mil cosas más, siempre lo ha tenido claro: «A menudo no filmamos lo que queremos, sino lo que podemos», ha manifestado, no teniendo rubor alguno en afirmar: «Aunque creo haber tenido suerte de vez en cuando, muchas películas del catálogo de Troma, son, usando un término técnico, una basura. El talento o el estilo no son las razones por las que Troma ha sobrevivido».

Siguiendo los pasos de Roger Corman, su objetivo era rodar y distribuir películas de bajo presupuesto que pudieran resultar rentables, sin preocuparse por el buen gusto y buscando un target de público integrado por gente joven y sin demasiados prejuicios. Una fórmula que no distaba mucho de la de John Waters (otro de sus modelos), aunque la aspiración de Troma no tuviera como fin último transgredir las convenciones sociales, sino cuadrar los extractos bancarios. Así fue como empezaron a poner en circulación algunas comedias adolescentes de baja estofa y argumento simplón, aderezadas con toda la exhibición de epidermis femenina que permitieran las clasificaciones parentales. Y la cosa funcionó, pese a su caótica forma de trabajar. Refiriéndose a Squeeze Play (1979), que dirigió él mismo, Kaufman aseguraba: «Durante el rodaje, modificábamos el guion sobre la marcha. Mi hermano Charles (coguionista) y yo deambulábamos por el plató entre toma y toma, pensando en posibles bromas. Para mayor desesperación de los actores y del script, solíamos reescribir cada escena antes de grabarla». No busquen, pues, demasiada coherencia en el producto final.

El caso es que las películas funcionaron… hasta que dejaron de hacerlo. ¿El motivo? Sorprendentemente, o no tanto, Hollywood empezó a producir films como Porky’s (Bob Clark, 1981), Movida de verano (Spring Break, Sean S. Cunningham, 1983) y Hot Dog (Peter Markle, 1984). Es decir, comedias juveniles descerebradas con alcohol, chicas en bikini y chistes de dudoso gusto. ¿Les suena? Pues no va a ser la primera vez que pase. Con más medios de producción, mayor presupuesto y mejores campañas de promoción, se comieron el mercado de la serie B sin apenas despeinarse. Pero Kaufman no iba a rendirse fácilmente.

La edad de oro de la sangre

Aunque la prioridad inicial eran las comedias teen, Troma ya había incursionado en el terror con El día de la madre (Mother’s Day, Charles Kaufman, 1980), donde mezclaban humor negro con gore, actualizando para las nuevas generaciones los desmembramientos y demás violencia gráfica que desde inicios de los sesenta practicaba Herschell Gordon Lewis. Tan avispado como siempre, en 1981 el bueno de Lloyd también rescató y distribuyó The Incredible Torture Show, una delicatessen de 1976 dirigida por Joel M. Reed, que rebautizó como Bloodsucking Freaks (a España llegaría con el título de Sardú). Eran pequeños pasos en el subgénero que culminarían con el rodaje de El vengador tóxico (The Toxic Avenger, Kaufman & Herz, 1984), la película que iba a marcar un antes y un después en su trayectoria. «La gente se volvió loca, quería volver a verla sin parar. Empezamos a recibir cartas de admiradores… Fue el momento en el que realmente nació Troma, cuando todo se puso en su sitio», confirmaba un Kaufman que por fin respiró económicamente: «Fue la época dorada del vídeo doméstico, y gracias a eso nos forramos».

Resulta innecesario resumir la trama de la película, pero por si queda alguien que no la conozca, recordaremos que cuenta la historia de Melvin, un joven poco agraciado y de personalidad apocada que trabaja limpiando un gimnasio y es objeto de burla por parte de los musculosos clientes del local, que lo hacen blanco de todas sus bromas pesadas. Huyendo precisamente de una de ellas, y vestido con un tutú rosa, cae por una ventana y va a parar a un bidón de residuos radiactivos, que le convierten en el superhéroe del título: un tipo deforme, que soluciona los problemas con extrema violencia armado de un mocho pero que, en el fondo, tiene buen corazón, como comprueba su atractiva novia invidente. En la película se puede encontrar, si se quiere, una cierta voluntad de denuncia del bullying y de los peligros de la energía nuclear, así como una parodia del género superheroico, aunque el principal objetivo de Kaufman era entretener a la chavalería, que respondió de manera abrumadora a la propuesta y propició el comienzo de la auténtica edad de oro de Troma.

El personaje, popularmente conocido como Toxie, gozaría de tres secuelas, y abriría en la productora la espita del splatter, terreno en el que su reinado fue incuestionable a lo largo de los años ochenta. Tras las aventuras del engendro de la fregona llegarían un sinfín de subproductos del subproducto (que ya es decir): desde Mutantes en la universidad (Class of Nuke ‘Em High, Richard W. Haines & Lloyd Kaufman, 1986) a surfistas nazis (Surf Nazis Must Die, Peter George, 1987), pasando por los muertos vivientes hambrientos de Zombie Island Massacre (John Carter, 1984) y de Zombies paletos (Redneck Zombies, Pericles Lewnes, 1987), rodada directamente en vídeo. Todo valía para abastecer generosamente a los videoclubs de chistes malos, sangre de pega, cabezas reventadas, extremidades amputadas y mujeres en topless.

Al respecto de esta última cuestión, se acusa con frecuencia a Troma de sexismo y cosificación de la mujer. Con razón. Pero conviene hacer algunas puntualizaciones, sin que signifiquen justificar su proceder. Kaufman siempre se ha quejado de que se les echan en cara prácticas habituales del cine mainstream de las que nadie se queja, y no puede decirse que mienta. Por un lado, no se trata de una costumbre que se le pueda achacar únicamente a ellos, sino que atraviesa la historia de Hollywood desde su origen. Y, a diferencia del cine mainstream, en Troma tampoco se ahorran la exhibición de genitales masculinos. Por otro lado, abundan en su trayectoria los títulos en los que las mujeres toman las riendas, no se someten, son poderosas y disfrutan de sus cuerpos con total libertad y sin sufrir la dominación del hombre (como sucede con los films de Russ Meyer, otro de los modelos de Troma), con ejemplos tan rotundos como Chopper Chicks in Zombietown (Dan Hoskins, 1989) y They Call Me Macho Woman! (Patrick G. Donahue, 1989). ¿Y no es eso es lo que todo el mundo llamó empoderamiento y elogió en Thelma y Louise (Ridley Scott, 1991)? Finalmente, en sus producciones han tenido cabida, casi desde el principio, personajes y actores que representaban sexualidades no normativas.

La máquina imparable de Troma no descansaba en aquellos años. Y si abundaban las películas de usar y tirar, la entrada de dinero también sirvió para diversificar el negocio. En el terreno de la distribución, fueron los responsables de que en Estados Unidos llegaran a las pantallas films como Mi cena con André (My Dinner with André, Louis Malle, 1981), Santa Sangre (Alejandro Jodorowsky, 1989), Wildrose (John Hanson, 1984), Mi vecino Totoro (Tonari no Totoro, Hayao Miyazaki, 1989) y la deliciosa El monstruo en el armario (Monster in the Closet, Bob Dahlin, 1986), entre decenas de títulos más. También acogieron bajo su seno comedias gore foráneas como la divertida Rabid Grannies (1988), del belga Emmanuel Kervyn. Y, sobre todo, corrieron algunos riesgos tan evidentes como financiar Screamplay (1985), la única película de Rufus Butler Seder, un sangriento delirio expresionista en blanco y negro, que incluye a George Kuchar (junto a su hermano Mike, nombre de referencia del cine underground estadounidense) y que fue un sonoro fracaso. Abriendo la nueva década, cabe referenciar también otro film destacable: la estilizada blaxpoitation vampírica Def by Temptation (James Bond III, 1990).

Conocedores de su público, en la segunda mitad de los ochenta habían empezado también a establecer lazos con la comunidad musical alternativa. La banda sonora de Chopper Chicks in Zombietown, por ejemplo, incluye a Alex Chilton, Camper Van Beethoven, The dB’s, Tav Falco, Lucinda Williams y The Celibate Rifles.

 

Gore sin fronteras

Si los ochenta acabaron de lujo para Troma, los noventa iban a empezar todavía mejor. Aunque en España sus películas solo se conocían a través del video doméstico, la comedia gore empezaba a salir del nicho de la serie Z y se convertía en un género con un número creciente de adeptos, a lo que tampoco fue ajena la aparición de un director australiano hoy convertido en estrella y llamado Peter Jackson, que con Mal gusto (Bad Taste, 1987), Meeth The Feebles (1989) y, sobre todo, Braindead (1992), demostró que hasta podía ser comercial.

En 1989, Troma había cumplido quince años y atravesaba su mejor momento. Era un fenómeno que se había gestado al margen del mainstream, desde la más absoluta independencia y apostando por un cine trash que no merecía consideración alguna por parte de la crítica establecida. Tan solo publicaciones alternativas y fanzines habían comenzado a hacerse eco de su existencia. Pero resultaba imposible ignorarlos, sobre todo cuando Kaufman se presentaba en Cannes y montaba números promocionales estrafalarios, siempre acompañado por algún incauto dispuesto a enfundarse la máscara de Toxie y enarbolar un mocho. De risa, sí, pero suficiente como para atraer a numerosos compradores (sobre todo, asiáticos) hacia sus productos. Y como si alguien quiere algo, Kaufman se lo da, 1990 es el año en que nace Sgt. Kabukiman NYPD, siguiendo esquemas similares a los del vengador tóxico. En este caso, el tipo torpe y sin habilidades sociales es un oficial de policía neoyorquino, que tras un tiroteo en un teatro kabuki sufre una mutación que lo convierte en un superhéroe capaz de volar y (atención) lanzar rollitos de primavera explosivos. El personaje no solo hizo las delicias de los distribuidores orientales, sino que abrió una nueva vía de negocio para Troma: «Es una película más ambiciosa, que ha costado cuatro millones de dólares y está rodada en diferentes localizaciones por todo el mundo», explicaba Kaufman. «Es un film de acción, de aventuras, una comedia muy imaginativa y para todos los públicos. Nunca nos habíamos atrevido a tanto». ¿Troma haciendo cine familiar? Más o menos.

Con un catálogo tan amplio, varios personajes de culto en su haber y un éxito difícil de cuestionar, era casi imposible seguir ignorando a Kaufman y su troupe. Y, como suele suceder en estos casos, la cosa fue de 0 a 100. En 1991, el American Film Institute les dedica una retrospectiva homenaje, a la que sigue otra en el BFI de Londres. Y la mecha prende en todo el mundo. Sus películas siguen siendo las mismas, pero ahora se proyectan en los grandes templos del cine de autor. Ese mismo año, tiene lugar el desembarco de Kaufman en España, que incluye ciclos en el desaparecido Imagfic (Madrid), en la Mostra de València (supuestamente, un festival de cine del Mediterráneo) y, sobre todo, en el Patronato Municipal de Cultura de San Sebastián, que no solo pone a Troma en contexto, dentro de un programa más amplio sobre cine de terror low cost bautizado como De la B a la Z (junto a Jackson, Elvira, Larry Cohen o los hermanos Chiodo), sino que además lo acompaña de un número de la revista DeZine que incluye un par de entrevistas con Kaufman, quien se pasará los noventa de festival en festival por todo el mundo, aprovechando que el gore está de moda. Tanto, que incluso la editorial valenciana La Máscara decidirá en 1996 publicar un libro sobre el tema, Sangre sudor y vísceras. Historia del cine gore, firmado por Manuel Valencia (creador del fanzine 2000 Maníacos) y un servidor.

¿Quiere eso decir que se duerme en los laureles? No exactamente, porque Troma tiene más vidas que un gato, y pese a que la década no ofrece tantos títulos memorables como la anterior, mantiene a la productora en una posición envidiable. Por un lado, sacando partido de su creciente fama a base de secuelas de Mutantes en la universidad. Por otro, exprimiendo al máximo las posibilidades del merchandising y su vertiente autorreferencial: la ciudad de Tromaville sigue siendo omnipresente en sus películas, el medio de difusión The Troma Times continúa propagando sus conquistas y la diversificación alcanza incluso a una línea de cómics en colaboración con Marvel. Por último, pero no menos importante, conservan su olfato para detectar talentos de futuro, como un par de estudiantes llamados Trey Parker y Matt Stone, que en 1993 ruedan como pueden la divertidísima Cannibal! The Musical. Que, efectivamente, es lo que promete su título: un musical protagonizado por caníbales. Después de tres años de dar vueltas con la película bajo el brazo, Troma la adquiere para distribuirla en cines y en menos de doce meses la pareja da el salto definitivo creando la serie de animación South Park para Comedy Central, a la que seguirán otros éxitos de alcance global como The Book of Mormon, otro musical, pero esta vez con mormones.

 

Chico para todo

En los noventa es también cuando se incorpora a Troma un joven llamado James Gunn. Su llegada va a ser importante no solo por su trayectoria posterior, de sobra conocida, sino porque conecta de inmediato con el espíritu de la productora, que no es otro que el de otorgar el máximo protagonismo a los inadaptados y convertirlos en los auténticos héroes de sus historias. De hecho, es lo que Gunn hizo después en films como Guardianes de la galaxia (Guardians of the Galaxy, 2014). Pero no adelantemos acontecimientos.

Dice la leyenda que Gunn llamo a la puerta de Troma en busca de cualquier trabajo disponible, y que cuando Lloyd Kaufman se enteró de que estaba escribiendo su primera novela, le encargó un guion. La novela, notable, aparecería finalmente en el año 2000, y hasta se tradujo al castellano: El coleccionista de juguetes (Literatura Mondadori, 2002). El guion sería Tromeo and Juliet (1996), le reportó a Gunn 150 dólares y fue el inicio de una colaboración breve, pero fructífera.

Como se puede deducir por el título, se trata de una versión del clásico de Shakespeare al estilo Troma, y lo cierto es que solo pasará a la historia por la participación de Gunn, aunque también contiene algún detalle común a otras producciones de esos años. Por ejemplo, la presencia de la scream queen Debbie Rochon y algunos llamativos cameos. La productora es ya una referencia en el mercado del cine de explotación y nadie hace ascos a que su nombre se vea asociado con ella. Al menos, en el ámbito de las subculturas juveniles. Así, el narrador de la película es nada menos que Lemmy (además, Motörhead cuelan una canción en una banda sonora donde también aparecen Sublime, Unsane o Superchunk) y entre los extras se puede localizar al famoso actor porno Ron Jeremy.

Kaufman no desaprovecha las ambiciones literarias de Gunn y le propone de inmediato coescribir una biografía que será, además, una historia de Troma y un manual sobre sus métodos de producción y distribución. Así nace Todo lo que siempre quise saber sobre cine lo aprendí de ‘El vengador tóxico’, editado originalmente en 1998 y publicado dos veces en España, prueba de su tirón entre el público hispanohablante: primero por la ya desaparecida Tyrannosaurus Books, en 2015, y después por Applehead Team, en 2021 (aparece como agotado en su web, pero rastreando por internet todavía se puede encontrar algún ejemplar). El libro, del que están extraídas la mayoría de declaraciones de Kaufman que salpican este texto, sigue la estela del célebre Cómo hice cien películas en Hollywood y nunca perdí un centavo, de Roger Corman (no es casualidad que sea el autor del prólogo), y no solo es tremendamente divertido, sino que además relata los constantes enfrentamientos de Troma con los organismos censores estadounidenses y recoge infinidad de anécdotas y peripecias relacionadas con la trayectoria de la marca.

Al año siguiente, el libro será la fuente de inspiración de la película Terror Firmer (1999), que Kaufman dirige e interpreta (en el papel de un director de cine ciego) y que sigue los parámetros de títulos precedentes: la banda sonora la edita Go-Kart Records e incluye a Down By Law, Parasites, Lunachicks (que aparecen en el film), All, Anti-Flag, Girls Against Boys, NoFX, The Melvins y Rocket from the Crypt. Un auténtico catálogo del rock alternativo de la época, con el que compartían público. Además, apariciones de los ya habituales Lemmy, Ron Jeremy o Debbie Rochon y algunos nuevos, como Johnette Napolitano (del grupo Concrete Blonde), Trey Parker y Matt Stone, Eli Roth (futuro director de Cabin Fever y Hostel, entre otras) y hasta Nick Zedd, interpretando a un personaje que finalmente se quedaría en la sala de montaje, pero cuya presencia supone un reconocimiento en toda regla a otro titán del cine marginal americano, porque si los medios convencionales apenas habían prestado atención a Troma, al menos sabían que existía, pero esperar que tuvieran alguna noción sobre el movimiento Cinema of Transgression era, directamente, pedir peras al olmo. Gunn no colabora en el guion de Terror Firmer, pero sí lo hace un por entonces desconocido Douglas Buck, que años más tarde firmaría Sisters (2006), remake de la película de culto de Brian de Palma. El name-dropping puede resultar abrumador, pero sirve para poner de manifiesto la cantidad de gente que, de un modo u otro, ha estado en la órbita Troma.

 

Nuevo siglo, la historia de siempre

Pasada la euforia, con el cambio de siglo Troma vuelve, de algún modo, al origen. Es decir, a funcionar como un estudio independiente de recursos suficientes, pero limitados, que opera en los márgenes de la gran industria. La primera década transcurre de manera más bien discreta, con la productora empezando a volcarse de lleno en su vertiente digital y produciendo un número reducido de films, entre ellos la cuarta entrega del vengador tóxico (Citizen Toxie: The Toxic Avenger IV, Kaufman, 2000), que sigue subrayando una deriva autorreferencial en la que también se enmarcan el making of de Terror Firmer o All the Love You Cannes! (Gabriel Friedman, Kaufman & Sean McGrath, 2002), documental sobre las distintas visitas de Troma al festival de la costa azul a lo largo de los años.

Otra estrategia que se repite es la del libro. Make Your Own Damn Movie! Secrets of a Renegade Director, que Kaufman firma en 2003 en colaboración con Adam Jahnke y Trent Haaga, dará lugar a una película homónima en 2005, pero esta vez no tendrá traducción al castellano. Del mismo modo, y pese a la exposición de que gozó en España en las dos décadas anteriores (que se prolonga con un nuevo ciclo en la Mostra de València del año 2000), el libro Dentro y fuera de Hollywood. La tradición independiente en el cine americano, coordinado por Roberto Cueto y Antonio Weinrichter para el Festival de Gijón de 2004, ignora a la Troma en sus más de 500 páginas, que solo contienen una mención indirecta (en realidad, una cita a Screamplay en unas líneas sobre los hermanos Kuchar). El mismo año, Peter Biskind, autor de Moteros tranquilos, toros salvajes, publica en Estados Unidos una continuación de aquel ensayo titulada Sexo, mentiras y Hollywood. Miramax, Sundance y el cine independiente (traducido un par de años después por Anagrama en el mercado español). Pese a su extensión, más de 700 páginas, no contiene ni una sola referencia a Troma.

Mushnik’s Entertainment y Friki Films tratarán de revitalizar la marca en nuestro país con una serie de ediciones en DVD de algunos de sus clásicos, y hasta ruedan en 2010 un documental dirigido por Marc Gras sobre su influencia española, titulado Troma is Spanish for Troma, donde tuve el honor de participar junto a Nacho Cerdá, Hernán Migoya, Joaquín Ladrón, Naxo Fiol y Manuel Valencia, entre otros. Pero la sensación general es que Troma es un asunto del pasado. Entre otras cosas, porque muchos de sus códigos han sido totalmente asimilados por el cine convencional y ya no tienen nada de transgresor ni novedoso. Y así, mientras Troma va languideciendo en el olvido, echando mano de sus nuevas estrellas femeninas hasta el punto de crear un apartado en su web dedicado a las tromettes y sacando todo el partido que pueden a su legado previo a través de las redes sociales y el streaming, el gore se asienta definitivamente en el mainstream echando mano de un término que lo hace sesudo y respetable. Si, por poner un ejemplo, el cómic pudo convertirse en novela gráfica para aparecer en los suplementos literarios de los periódicos de prestigio, era cuestión de tiempo que apareciera el término que sirviera para intelectualizar los desmanes de la Troma y otros adictos a la sangre fácil. Empezó a ser utilizado cuando David Cronenberg comenzó a refinar su oferta cinematográfica, al disponer de presupuestos más holgados para traducir en imágenes su imaginario de la Nueva Carne, y hoy se ha impuesto como reiterativo lugar común. Hablamos, claro, del body horror.

Es una ley no escrita en el negocio de la cultura, el arte y el espectáculo: Aguanta. Si lo haces, tarde o temprano llegará el momento de la reivindicación. Y si Troma logró sobrevivir a una travesía del desierto que se prolongó durante mucho tiempo, le ha llegado el momento (otra vez). Kaufman, muy activo en redes sociales, no ha escatimado elogios al hablar de La sustancia (Coralie Fargeat, 2024), galardonada con un Oscar por sus efectos de maquillaje y con el premio al mejor guion (!) en Cannes. También le ha encantado Sangre en los labios (Love Lies Bleeding, Rose Glass, 2024), por las mismas obvias razones. En privado, el viejo zorro debe estar riendo a mandíbula batiente, al constatar que, por fin, la fórmula Troma ha llegado a lo más alto. Porque La sustancia, saludada como el último grito en body horror, no es más que una versión de gran presupuesto de una película Troma. Todos y cada uno de los ingredientes están ahí: discurso tan elemental que resulta sonrojante, carencia absoluta de sutileza narrativa, exhibición de cuerpos femeninos y abundancia de gore y prótesis de látex.

Nadie le va a reconocer a Kaufman que sin Troma no existiría La sustancia, pero quizá, después de más de cincuenta años al frente de su productora, todavía le quede una última victoria moral. Y solo puede llegar de la mano de su héroe más famoso, el vengador tóxico. Porque el 26 de septiembre de este año se estrena, por primera vez en los cines comerciales españoles, una película de la Troma. Concretamente, el remake de The Toxic Avenger. A diferencia de la película de 1984, rodada con un presupuesto ínfimo por un puñado de entusiastas aficionados, esta vez se trata de una coproducción con Legendary Entertainment, compañía involucrada, entre otros títulos, en los Batman de Christopher Nolan, Watchmen y otros films de Zack Snyder y Guillermo del Toro o el Dune de Denis Villeneuve. Lejos quedan los tiempos en que Kevin Costner quería hacerse con los derechos de las películas Troma en que aparecía con la intención de borrarlas del mapa. Ahora, en el reparto de la nueva versión del vengador tóxico aparecen estrellas como Peter Dinklage, Kevin Bacon o Elijah Wood (bueno, este no cuenta, porque se apunta a un bombardeo). Y el director es Macon Blair, ganador del Gran Premio del Jurado en Sundance 2017 con su debut, Ya no me siento a gusto en este mundo (I Don’t Feel at Home in This World Anymore). Eso sí, algunas cosas nunca cambian. El reboot de Toxie se rodó en 2023 y aunque pasó por algunos festivales especializados, ha tenido que esperar más de dos años para conseguir un distribuidor y poder ser estrenada, por culpa de su calificación para mayores de 18 años. ¿Qué esperaban?

Por supuesto que el nuevo vengador tóxico no es más que un hermoso caso de justicia poética y no va a ser ningún gran éxito. Tan seguro como que Kaufman y Troma seguirán adelante mientras su cuerpo aguante. Demostrando que quien resiste, gana. Y que no hay corriente contracultural que nazca y se desarrolle en los márgenes, por subterránea que sea, que no acabe siendo fagocitada por la gran industria.