La trayectoria de Alejandro Amenábar puede considerarse relativamente breve. Aparte de varios cortos y la serie La fortuna (2021), solo ha realizado ocho largometrajes en tres décadas. Tesis (1996), Abre los ojos (1997) y Los otros (The Others, 2001) parecían definir a un director de nicho, interesado en las derivas del fantástico –incluso el terror–, que dio un inesperado giro con Mar adentro (2004), una película inspirada en hechos reales donde abordaba un tema de relevancia social y mediática como la eutanasia, y que obtuvo el Óscar a la mejor película internacional. Desde entonces, con la excepción de Regresión (Regression, 2015), un thriller según modelos de producción estadounidenses, abandona el género y su interés vira hacia los films de época, protagonizados por personajes carismáticos como Hipatia de Alejandría en Ágora (2009), Miguel de Unamuno en Mientras dure la guerra (2019) o, ahora, Miguel de Cervantes en El cautivo (2025). En todos los casos, brillantes intelectuales que combaten la ignorancia y la injusticia, encarnada en cada caso por fundamentalistas cristianos, militares golpistas o representantes del Imperio Otomano. En resumidas cuentas: la razón, el pensamiento y la inteligencia frente a la violencia y la barbarie. Pero que las grandes palabras no lleven a equívoco: Amenábar nunca plantea propuestas radicales, sino de puro sentido común. Lo suyo es la moderación, cuando no una equidistancia que genera no pocas dudas.

Al margen de una serie de RTVE, dirigida en 1981 por Alfonso Ungría y con guiones supervisados por Camilo José Cela, existe un film previo titulado Cervantes (Vincent Sherman, 1967), basado en Un hombre llamado Cervantes, una biografía novelada del alemán Bruno Frank publicada en 1963. En esencia, se trata de una película de aventuras –en el mercado anglosajón llevó el subtítulo de The Young Rebel from La Mancha y en Francia se estrenó como Les aventures extraordinaires de Cervantes–, que centra su metraje en la reconstrucción de la batalla naval de Lepanto y en las conquistas románticas del escritor, presentado como un héroe tanto en el amor como en la guerra. Aunque siempre ha intentado conjugar el gran espectáculo con la autoría, Amenábar opta por una aproximación más austera a Miguel de Cervantes y toma como columna vertebral de su historia –aunque no como única fuente– la Topografía e historia general de Argel (1612), del clérigo portugués Antonio de Sosa, al que convierte en narrador de un film que, como siempre en su caso, no oculta su ambición.

El cautivo se centra en los cinco años que Cervantes –encarnado por Julio Peña– pasó como prisionero en Argel, en espera de rescate tras ser capturado en el mar por corsarios. En la fortaleza donde está recluido, y mientras concibe diferentes planes de fuga, contará historias a sus compañeros para entretener las largas y penosas horas de confinamiento, con tal gracia y donaire que es fácil entrever en el joven a un escritor de éxito futuro. Amenábar, por tanto, no está tan interesado en pirotécnicas refriegas navales como en mostrar una faceta más personal e intima del personaje, interpretando su cautiverio como un periodo clave tanto en la creación de su obra más famosa como en su orientación sexual.

Lo primero viene vehiculado a través de las pedestres alusiones al Quijote que salpican el metraje, presentando a Fray Juan Gil (Cesar Sarachu) y su acompañante como una suerte de precedentes del ingenioso hidalgo y su escudero, mostrando como por azar –pero hasta en dos ocasiones– una bacía de barbero o recurriendo a los molinos de viento manchegos –también dos veces–, que además funcionarán como metáfora identitaria y de sus ansias de libertad. Todo un Reader’s Digest cervantino, que incluso alcanza a explicar su futura adopción de Saavedra como segundo apellido. Un puñado de trillados guiños cómplices al espectador que ponen de manifiesto, una vez más, que la sutileza nunca ha sido una de las virtudes de Amenábar.

En cuanto a la orientación sexual de Cervantes, es donde la película pone toda la carne en el asador, consciente de que aborda un asunto controvertido. Son los «dos minutos polémicos que darán mucho que hablar y no gustarán a todos», en palabras de un Arturo Pérez-Reverte que, por otra parte y para sorpresa de nadie, se ha deshecho en elogios hacia la película. No es ningún secreto que hacen referencia a las posibles inclinaciones homosexuales de Cervantes. Que hayan surgido historiadores ofendidos o guardianes de las esencias patrias poniendo el grito en el cielo a causa de tamaño atrevimiento, sin entender que –aunque haya que recordarlo una vez más–, con independencia de con quién se acostara el escritor y aunque se inspire en hechos históricos, El cautivo es una ficción, no es asunto nuestro. Sí lo es, por contra, el hecho de que precisamente se trate de una ficción y, por tanto, la torpeza con que Amenábar la pone en escena, tanto en lo que respecta a la fallida caracterización del bajá de Argel –un Alessandro Borghi a mitad de camino entre Sandokán y Tino Casal, que hace lo que puede por evitar el ridículo–, como por la resolución de la consumación de la relación entre ambos, mediante un medroso fundido encadenado que remite al Hollywood más timorato, con la diferencia de que aquella mojigatería respondía a limitaciones censoras y la de Amenábar a un pudor que se contradice con su voluntad de romper tabúes.

La película funciona por acumulación. Como si el plano secuencia de dos minutos y medio que la inicia, para presentar y poner en relación a todos los personajes –excepto el bajá– mediante una forzada coreografía, cerrada sobre el rostro del protagonista, fuera la unidad de medida por la que se regirá el film. A la episódica voz en off de Sosa (Miguel Rellán) se añadirá, por ejemplo, una capa narrativa más mediante la visualización de la historia que Cervantes va contando a los demás prisioneros y al bajá. El procedimiento subraya la fuerza de la imaginación como tabla de salvación para sus compañeros y como puerta del deseo para el gobernador musulmán, metáfora evidente –una más– del poder de fascinación que implica contar historias. La ficción, pues, nos salva. Lo que implica, en última instancia y en un previsible juego de muñecas rusas, que la película también. Ya dijimos que Amenábar es ambicioso.

Y en tal tesitura, parece que poco importan los medios para lograrlo, aunque el andamiaje argumental se tambalee a menudo. De Sosa es, cuando el guion lo exige, una suerte de conseguidor que igual posee mapas del territorio que libros prohibidos. El bajá habla cinco lenguas, es una persona letrada y la literatura árabe no es precisamente parca en obras de relevancia, pero necesita que el español le cuente nuevas historias, convertido en una Sherezade que por cada nuevo relato consigue un día de libertad en Argel, una ciudad diversa, colorista, permisiva y abierta a la libertad sexual, pero en la que «no hay ninguna librería». Tampoco los añorados molinos que reactivarán el patriotismo del personaje de Abderramán (Roberto Álamo).

El mayor pecado de El cautivo, en todo caso, es el de otras películas de su director: un maniqueísmo de trazo grueso que convierte un film pretendidamente transgresor en una sucesión de rancios tópicos. Porque eso y no otra cosa, un tópico, es el inane relato de amor intercultural que cuenta Cervantes a sus oyentes. O el personaje de Blanco de Paz (Fernando Tejero), cura alcahuete y sin matiz alguno, unidimensional, burdamente castigado al final de la película sin que, por supuesto, se ponga en cuestión la institución a la que pertenece –salvaguardada por los otros dos clérigos con protagonismo en la historia–. O incluso algunos recursos que, de tan manidos, perdieron su eficacia tiempo atrás: el personaje que se niega a hacer algo y lo está haciendo en el plano siguiente –usado dos veces, a falta de una–, o los cuchicheos disimulados a espaldas de los guardias –siempre tan tontos–. Cada vez que los protagonistas elaboran un plan de fuga, dan ganas de volver a ver La gran evasión (The Great Scape, John Sturges, 1963). Esta impersonal repetición de fórmulas gastadas es también la baza principal de Jurassic World: El renacer (Jurassic World: Rebirth, Gareth Edwards, 2025), saludada con alborozo por una buena parte de la crítica y el público, así que quizá los equivocados seamos nosotros. Va a ser cierto que «lo viejo funciona», como dicen en el decepcionante Eternauta de Netflix.

Pero resulta lamentable que Amenábar no muestre un ápice de valentía. Porque la trama gay no lo es. Ni el burdo juego que pretende generar suspense a partir de la posible muerte de Cervantes, apuntada hasta en tres ocasiones a lo largo del film. El espectador sabe que no sucederá, porque aún tiene que escribir el Quijote, por lo que tal suspense resulta hueco y artificioso, apenas un truco que solo funcionará con los ingenuos, porque el cineasta nacido en Chile ni siquiera se plantea el desafío de saltar al vacío y llegar hasta el final. No es su objetivo, ya lo deja claro con un innecesario plano introductorio en el arranque del film. Y tampoco es el Quentin Tarantino de Malditos bastardos (Inglorious Basterds, 2009), capaz de cambiar el curso de la Historia para, él sí, glorificar hasta sus últimas consecuencias el poder de la ficción.

Con razón la película le ha gustado a Pérez-Reverte. La idea de la aventura que defiende es la misma que la suya, cincelada a base de clichés y cartón piedra. De buenos y malos. De justificaciones de cara a la galería en diálogos forzados como el de Dorador (Luis Callejo), comentando que las vejaciones que sufren por parte de los moros son las mismas que los cristianos ejercen sobre ellos cuando tienen ocasión. Por las dudas.

En una escena –que tiene también lectura sexual, por cierto– en la que Cervantes le está contando una historia, el bajá le lanza a la cara restos de un espeso fluido alimentario sin identificar y le acusa de contarle cosas muy vistas. No puede ser más irónico. En otro momento, le reprochará también «endulzar las historias para que la gente se emocione». El chiste se cuenta solo. Resulta paradójico que una película que habla del escritor responsable de la primera novela moderna sea tan antigua en sus formas y en su discurso.

El film pretende ser un alegato a favor de la tolerancia, pero las imágenes que lo vehiculan son tan relamidas, tan literales, que niegan por completo al espectador la posibilidad de reflexionar por sí mismo. El cautivo es una película que se sitúa por voluntad propia en un pasado (histórico, audiovisual) que no juega ningún papel en el cine contemporáneo. Amenábar confirma así su condición de director ensimismado, aislado del ecosistema cinematográfico actual, reaccionario pese a su discurso conciliador. Una forma, quizá, de reivindicar su singularidad, pero también de constatar que está en fuera de juego.