A principios de los noventa, un heterogéneo grupo de veinteañeros coincidimos con frecuencia en algunos enclaves del circuito festivalero español. Aficionados al cine de género, la serie B, los cómics y el cine erótico, éramos presencia habitual en Sitges, la Semana de Terror de San Sebastián o Cinema Jove (València), citas cinéfagas proclives al cachondeo nocturno y la fiesta sin freno, donde se disfrutaba tanto de las proyecciones como del despendole posterior, y a veces era bastante fácil abordar a personajes como Peter Jackson, Quentin Tarantino, Roger Avary, Bruce Campbell y otras leyendas que por entonces todavía no lo eran y resultaban muy accesibles a los fans.
Entre aquel batiburrillo de postadolescentes había de todo, y entre los habituales estaban, entre otros, Jesús Palacios, Pedro y Eva Calleja, Rubén Lardín, Borja Crespo, Isabel Andrade, Jordi Costa, Manuel Romo, Sandra Uve, Manuel Valencia, Sergio Rubio, Jorge ‘Putokrío’ Riera, Álex ‘Zinéfilo’ Mendíbil, el malogrado Pedro Duque e incluso una Lucía Etxebarría que todavía no había debutado como novelista. La mayoría hacíamos fanzines (2000 Maníacos, El Grito, Annabel Lee, BURP!), con la aspiración futura de ganarnos la vida escribiendo y, con el paso de los años, muchos conseguimos acceder a los medios profesionales o publicar diferentes libros, por no hablar de dirigir festivales, trabajar en Filmoteca Española o comisariar las exposiciones del CCCB.
Era una fraternidad basada en la amistad intermitente (no todo el mundo se veía con frecuencia, ya que muchos procedíamos de las periferias) y la pasión por un cine que apenas aparecía en las publicaciones respetables y al que, más allá de la diversión, le encontrábamos valores que nos parecían de interés, pese al desprecio sistemático que padecía desde los estamentos oficiales de la crítica.
Quiso la suerte que coincidiéramos en aquellos festivales y saraos con otro grupo de gente de la misma generación que se había metido entre ceja y ceja hacer cine de género, y a la que seguíamos con devoción porque estaban empeñados en que sus películas reflejaran, precisamente, los intereses que compartíamos. Algunos de ellos, además, habían pasado previamente por el mundo del cómic. ¿Sus nombres? Álex de la Iglesia, responsable del celebrado corto Mirindas asesinas (1990), que debutaría en largo en 1993 con Acción mutante; Juanma Bajo Ulloa, que deslumbró en 1991 con Alas de mariposa y cuando le citaban a Orson Welles decía que prefería a la pornostar Tori Welles; Jaume Balagueró, por entonces responsable del fanzine Zineshock, pero a punto de ponerse a filmar cortos como Alicia (1994) o Días sin luz (1996), interpretado por otra actriz porno, la española Maria Bianco; Daniel Monzón, que no tardaría en vender el guion de Desvío al paraíso (Gerardo Herrero, 1994), paso previo a su debut como director con El corazón del guerrero (2000); o el valenciano Paco Plaza, que fue de festival en festival con Tropismos (1995), Tarzán el Café Lisboa (1997) y, sobre todo, Abuelitos (1999)…
Desde algunos sectores se empezó a hablar de un nuevo cine vasco, sumando a De la Iglesia y Bajo Ulloa los nombres de Julio Medem (Vacas, 1992), Daniel Calparsoro (Salto al vacío, 1995) y Enrique Urbizu, que había debutado un poco antes con la comedia Tu novia está loca (1988) y en 1991 demostró que podía ser el mejor director de policiales de este país con Todo por la pasta. Lo ratificaría en años posteriores, con títulos como La caja 507 (2002) o No habrá paz para los malvados (2011). Por Barcelona andaba Óscar Aibar, entre historietas y rock and roll, maquinando Atolladero (1995), un arriesgado debut que a punto estuvo de llevárselo por delante. Y a finales de una década que parecía pasar volando llegarían otros bárbaros del norte, como Nacho Vigalondo o Koldo Serra, dispuestos a recoger el testigo y continuar por caminos similares.
Desde la perspectiva actual, marcada por la irrupción en los últimos años de un buen número de mujeres cineastas de las que, de nuevo, se dice que están cambiando la cara al cine español, resulta extraño constatar que todos fueran hombres. En Cataluña estaba Rosa Vergès, Isabel Coixet había debutado discretamente en 1988, Helena Taberna apenas tenía un par de cortos, Gracia Querejeta hizo su primer largo en 1992, Icíar Bollaín en 1995… Pero ni se las incluía en el mismo saco generacional ni sus intereses estéticos y temáticos parecían coincidir. Y, seguramente, lo más grave: no nos planteábamos su ausencia. Que hoy nos cuestionemos algo así es un avance, le pese a quien le pese. Y parece que le pesa, entre otros, a alguno de aquellos enfants terribles que hoy se muestra absolutamente desubicado, como Bajo Ulloa.
El caso es que fueron unos años verdaderamente excitantes, en los que se palpaba que algunas cosas podían ser diferentes en el panorama del cine español. Con el paso del tiempo es fácil darse cuenta de lo ingenuos que fuimos. Pero entonces los fanzineros sentíamos que formábamos parte de ello, aunque fuera desde una posición marginal, en publicaciones alternativas y simplemente viendo crecer a aquellos cineastas y dando fe de ello. Además, era muy divertido.

Santiago Segura © Daniel García-Sala
Por aquel ecosistema rondaba también habitualmente Santiago Segura. Había pasado por Cinema Jove con el corto Relatos de la medianoche (1989), al que seguirían Evilio (1992), Perturbado (1993), que le proporcionó su primer Goya, o Evilio vuelve (El purificador) (1995), usando siempre la marca Amiguetes Entertainment, convertida legalmente en empresa productora desde 1994. Se le distinguía con facilidad porque no era raro que coronara su cabeza con una extravagante gorra de hélice, lo que permitía deducir desde el primer vistazo que era un tipo cachondo y sin demasiado sentido del ridículo. Él mismo ha dicho en alguna ocasión que era el payaso de la clase y le encantaba. Yo le recuerdo, sin poder precisar el año con exactitud, como maestro de ceremonias en una proyección en Sitges de The Rocky Horror Picture Show que fue una fiesta por todo lo alto.
A la hora de buscar financiación para sus películas tampoco se le habían caído los anillos: No te rías que es peor, Locos por la tele o Vivan los novios fueron, entre otros, algunos de los programas de televisión en los que concursó para obtener el dinero necesario. Para completar los lazos de unión con el resto, era guionista de cómic, ya que escribía la serie Pequeñas viciosas de la colección X de La Cúpula, usando el seudónimo de Beatriz (o simplemente Bea), con José Antonio Calvo Téllez como cómplice a los lápices.

No solo dirigía y protagonizaba sus cortos, sino que también participaba como actor en las películas de otros. En 1993, por ejemplo, fue parte del elenco de Acción mutante. De hecho, tanto él como Álex de la Iglesia han contado en alguna ocasión que se conocieron en el festival valenciano, por entonces un auténtico vivero de promesas del cortometraje. Repitieron en El día de la bestia (1995), que le dio a Segura su segundo Goya (esta vez, como actor revelación) y, sobre todo, le convirtió en una celebridad underground. El éxito de la película y su papel de José María, un fan del heavy metal «satánico y de Carabanchel» catapultaron su exposición mediática, y no tardó en enrolarse en Killer Barbys (1996), el regreso por todo lo alto de Jess Franco, de la mano del sello independiente Subterfuge y con Silvia Superstar encabezando el reparto, que para eso era la cantante del grupo Killer Barbies (la grafía se cambió en el título porque Mattel dijo que nada de usar un nombre de su propiedad en vano). El rodaje gozó de bastante publicidad (sobre todo, comparado con otros de Franco) y parte de la escena indie se subió gozosa al carro para reivindicar al cineasta. Una vez estrenada la película, muchos de ellos se horrorizaron al verla, prueba de que no conocían el trabajo anterior del tío Jess, el mismo que había cimentado su condición de «director de culto».
En 1997 se me ocurrió aprovechar una de las ocasiones en que coincidíamos para pedirle un favor. Andaba yo trabajando para Midons Editorial, que había publicado el libro oficial de El día de la bestia, en un volumen titulado Escalofríos, un compendio de cincuenta películas de terror de culto (sí, todo era de culto entonces) y pensé en pedirle un texto introductorio. Aceptó con amabilidad y redactó un breve y divertido Prólogo amiguetil (cómo iba a llamarse si no) que cumplió con creces mis expectativas y donde hacía referencia, precisamente, al grupo de fans fatales que pululábamos por los festivales del ramo. El editor decidió acompañarlo de una foto suya, pero no incluyó su nombre en la portada, por lo que no sirvió de mucho como reclamo promocional. Después de aquello, cada uno siguió su camino y hasta el día de hoy no hemos vuelto a tener ningún contacto.

La constante presencia en los medios de Segura le servía para contar a quien quisiera escucharle que, al margen de sus andanzas como actor y de sus experiencias en el corto, él quería dirigir un largo. Que tenía la idea muy clara en su cabeza, pero necesitaba el presupuesto para poder sentarse con calma a escribir y desarrollarla para convertirla en una película. Finalmente, el conocido productor Andrés Vicente Gómez le hizo caso y financió el proyecto. Así, en marzo de 1998, llegó a las pantallas Torrente, el brazo tonto de la ley. Y más de uno se quedó de piedra.
La película le proporcionó su tercer Goya (como mejor director novel), pero eso fue casi lo de menos. Tres millones de espectadores y más de diez de recaudación demostraron que había conectado con el público. Y con gran parte de la prensa especializada (incluyendo tótems como Carlos Boyero o Ángel Fernández-Santos), que en su mayoría recibió con los brazos abiertos el retrato del personaje fascista, machista, racista y alcohólico encarnado por el propio Segura. Por entonces, finales de los 90, parecía evidente que la película planteaba una crítica feroz de tan desagradable espécimen, de una España zafia, grosera, maloliente, grasosa y, sobre todo, residual. Nuestra gloriosa transición había dejado atrás unas tipologías y comportamientos que, se suponía, eran cosa del pasado, y tenía sentido reírnos de ellos y ponerles delante un espejo deformante para constatar que eran repugnantes. España 2000 ni siquiera existía y Vox tardaría quince años en aparecer. Nadie se identificaba con Torrente. Se le reían las gracias por patéticas, precisamente.
Mucho ha llovido desde entonces. En lo que respecta al personaje de Torrente, fueron llegando hasta cuatro secuelas, todas ellas grandes éxitos de taquilla, aunque la crítica fue dando la espalda al personaje. Por lo que atañe al Segura cineasta, se dedicó a seguir actuando y a dirigir las mencionadas secuelas, en lo que parecía una carrera como director exclusivamente limitada a la saga. Al mismo tiempo, dio un paso en su faceta como productor, al fundar en 2003 una nueva empresa, Bowfinger International Pictures. Su socia es María Luisa Gutiérrez, que se había unido a Amiguetes Entertainment en 1999.
El movimiento es importante, porque juntos se van a convertir en pocos años en uno de los motores económicos del cine español. Cuando la franquicia del policía fascista entra en barbecho después de pulverizar todos los récords, abren otras vías que también darán pingües beneficios. Así llega, por ejemplo, Sin rodeos (2018), dirigida por el propio Segura y versión española de la chilena Sin filtro (Nicolás López, 2016), que recauda cuatro millones y medio de euros y marca un punto de giro importante, ya que es el primer encuentro de la pareja de productores con la guionista y actriz Marta González de Vega. Ella será el tercer vértice de un exitoso triángulo que se caracteriza por facturar a destajo comedias destinadas al público familiar, de tufo abiertamente reaccionario (apología de las simpáticas proles numerosas, chistes de dudoso gusto) que, para sorpresa de nadie, arrasan en taquilla. Por un lado, la serie Padre no hay más que uno, iniciada en 2020 y con cinco títulos en su haber, a razón de uno por año, todos dirigidos por Segura. Por otro, las dos entregas de ¡A todo tren! (2021 y 2022) y Vacaciones de verano (2023), cortadas por el mismo patrón e incluso repitiendo algunos actores. La compañía productora es una máquina a pleno rendimiento que incluso produce también el fiasco De Caperucita a loba (Chus Gutiérrez, 2023), basada en el espectáculo teatral de la propia González de la Vega.
La taquilla y la comedia no son los únicos objetivos de Bowfinger, que al mismo tiempo estrena algunos films dramáticos y termina por dar la campanada con el thriller La infiltrada (Arantxa Echevarría, 2024), con el que María Luisa Gutiérrez obtiene su primer Goya (en un extraño exaequo con El 47). Si de la película puede decirse que parece financiada por el Ministerio del Interior, el discurso que su productora pronunció en la gala de premios tampoco se quedó corto: dedicatoria a las víctimas de ETA (pero no a las del terrorismo de Estado), equidistancia ideológica (muy aplaudida por algunos medios de derechas como The Objective, que lo reprodujo íntegro) y dedicatoria especial: «Quiero compartir mi trocito de Goya con mi socio Santiago Segura, porque nuestra empresa hace películas, comedias familiares que dan mucha taquilla y gracias a ellas podemos hacer películas arriesgadas como esta. En una industria sana se necesitan los dos cines. Uno no puede vivir sin el otro. Quiero compartirlo también con mis colegas productores independientes, aquellos que hacen apuestas arriesgadas por películas que quizás no tienen un rédito en taquilla. Porque la cultura no solo tiene que tener un rédito en taquilla, pero que luego van viajando por todo el mundo como marca España». Saquen sus propias conclusiones.
Durante todo este tiempo, Segura también ha diversificado sus intereses. En abril de 2025, la web Divinity recapitulaba sobre sus negocios e informaba de su participación en diversas empresas, como Promociones Skolnick S.L., con la que gestiona alquileres de bienes inmobiliarios, o el holding AE William, que según el artículo firmado por la periodista Andrea Fergón, es «el que más beneficio le reporta», pero también el que «le ha traído quebraderos de cabeza, pues la Audiencia Nacional le condenó a pagar 827.000 euros por haber eludido el pago de esa misma cantidad en el Impuesto de Sociedades de 2011», sentencia que fue confirmada por el Tribunal Supremo en febrero de 2026.
No es el único lío en que se ha visto envuelto. En algunas entrevistas aseguró que le daba «miedo que a día de hoy algunos intentarían prohibir» la saga Torrente. Empezaba así a alinearse con otros profesionales del espectáculo que se han acogido al discurso contra la corrección política, según el cual no se puede ofender a algunos sectores a riesgo de sufrir una campaña de cancelación.
Lo que seguramente no esperaba era la contestación de Celia de Molina a aquella afirmación. En su Twitter, la actriz escribía: «¿Sabes lo que sí que da miedo? Que hagas un casting, que te pidan desnudarte, que lo pongan en los extras del DVD de la película en la que no te han cogido y que acabes en páginas porno». Se refería a las pruebas para Torrente 2: Misión en Marbella (2001) y los hechos sucedieron tal como los relata la afectada. El revuelo mediático llevó a la Unión de Actores y Actrices a anunciar que investigarían lo sucedido, pero no trascendieron más datos al respecto. Para actualizar la información de este texto contacté con la asociación. Tras señalar que son hechos ocurridos hace muchos años, me comunicaron que se habló con la productora del film para que se eliminara el contenido de las páginas eróticas en que aparecía y el asunto quedó zanjado. Pero, a día de hoy, una sencilla búsqueda en Google todavía permite acceder al video.
A Segura se le han ido acumulando las polémicas y los problemas. Y con Torrente Presidente parece haber colmado todas las expectativas al respecto. Desde el primer largometraje de la serie, cada vez que ha tenido nueva película que promocionar (es decir, casi cada año), su presencia en los medios ha sido extenuante, con más de treinta apariciones en El Hormiguero, por poner un ejemplo. Y claro, cuanto más hablas, más posibilidades tienes de meter la pata. En apenas dos meses ha batido récords. Lo curioso es que se define como «de izquierdas, liberal» (¿comorl?) y se solivianta cuando le llaman facha. Pero claro, es que si dices cosas de facha, sigues la agenda facha cada vez que te pones ante un micrófono, acudes a vertederos mediáticos fachas, presentas galas de exaltación facha como los Army Awards y llenas tus películas de fachas reales… Pues qué quieres que te diga.

Vaya por delante que ni he visto la película ni tengo intención de verla. Aquí estamos hablando de Santiago Segura, no de José Luis Torrente, por mucho que haga tiempo que parece difícil distinguir persona y personaje y dejando de lado (pero sin olvidarlo) que la obra siempre es un reflejo del autor. Un autor que no tiene problema en blanquear a personajes como el director porno Torbe (varias veces detenido por agresión sexual), el estafador conocido como El Pequeño Nicolás (condenado por el Supremo), el acosador mediático Vito Quiles, el expresidente M. Rajoy o Kevin Spacey, que al menos es actor, y también uno de los nombres que siempre enarbolan aquellos que hablan de persecución y falsas denuncias (fue absuelto de nueve en 2023), pero que acaba de cerrar un acuerdo extrajudicial (es decir, que ha comprado su silencio) con las tres personas que le habían acusado de acoso sexual en un tribunal londinense de la jurisdicción civil, según ha publicado El País, que añade: «El caso debía ser visto en el Tribunal Superior de Inglaterra y Gales a finales de este año, pero el pacto alcanzado con sus acusadores archiva definitivamente el proceso».
Todos ellos, en el fondo, unos tipos simpáticos e inofensivos, parece querernos decir Segura, que les cede la pantalla para que riamos con ellos unos cuantos chistes políticamente incorrectos sin sentir vergüenza de nosotros mismos. Casi se diría que hasta les hace justicia al contar con ellos, al sacarlos de esa injusta marginación a la que les ha condenado una sociedad intolerante, en la que «ya no se puede hacer broma con nada, porque todo puede ofender a alguien». Repasando el listado de famosos que se han acogido al argumento, incapaces de entender que la realidad social del país, afortunadamente, ha cambiado en los últimos veinticinco años, solo da ganas de una cosa: correr a toda velocidad para alejarse de ellos. Porque lo que parece no entender el bueno de Santiago es que lo que en 1998 era una caricatura, en 2026 es una amenaza real.
Metido en camisa de once varas, Segura no ha tenido suficiente con batir todos los récords de taquilla y ha decidido pisar todos los charcos posibles. Ha amenazado con denunciar a Jóvenes Más Madrid, ha frivolizado sobre temas como el colectivo trans, la ley del sí es sí o la okupación, siempre alineado con los postulados de la ultraderecha sobre estos temas, o ha llamado imbécil y basura humana a un crítico por desvelar los cameos del film ¡una vez ya estrenado!
Tampoco ayuda que Macarena Olona recomiende Torrente Presidente en redes sociales, que Abascal diga que se lo ha pasado muy bien con ella o que una periodista como Rebeca Argudo, la misma que se exhibía con una camiseta con el lema Fachita cool y escribió un artículo titulado ¿De verdad nos están matando? donde afirmaba que «no existe un feminicidio», celebre la película después de haber publicado un tuit en el que decía, literalmente: «Si es real que Santiago Segura está rodando una película de Torrente Presidente, y con todo lo que estamos conociendo del PSOE (¡¡en el poder!!) no se le ha ocurrido otra cosa que llamar NOX al partido, me parece de una indecencia y un servilismo difícilmente igualable». Después del estreno, claro, ha recogido cable.
En varias entrevistas, el cineasta ha manifestado que le encanta que público de diferentes creencias políticas se junte en el cine y se ría con su personaje, pero lo cierto es que la mayoría de parabienes llegan todos del mismo lado. Que Andreu Buenafuente, Jordi Évole o El Gran Wyoming, supuestamente en el otro extremo del espectro ideológico, hayan asomado también por la pantalla en las sucesivas entregas es, simplemente, corporativismo gremial. Puro amiguetismo.
Segura ha dicho que los votantes de Vox son «gente desencantada», que «quiere sentido común, que alguien le diga las cosas que quieren oír y no cosas que no entienden». Que no se sacuda las responsabilidades: Si la ultraderecha le jalea, algo habrá hecho él para que suceda. Y es que con amiguetes así…

Santiago Segura en una imagen tomada en Valencia en 2004 © Daniel García-Sala
Agradecimiento especial a Daniel García-Sala, autor de las dos fotografías de Santiago Segura que aparecen en el artículo.