Viendo la última versión de Superman (James Gunn, 2025), un minúsculo detalle del blockbuster de DC Studios me llamó la atención. Cuando se hace público el mensaje de destrucción con que los padres del superhéroe lo mandaron a la Tierra y el Hombre de Acero es repudiado por la gente en las calles y se refugia en el interior de un edificio de Stagg Industries, entre la multitud que se agolpa fuera, contra los cristales, increpándole y exigiéndole explicaciones, se atisba fugazmente a un hombre al borde los 80 años, con gafas, barba y pelo cano, vestido con traje y corbata, que intenta grabarle con su teléfono móvil. Se trata de Lloyd Kaufman, cofundador de la productora Troma.

El anecdótico cameo tiene una larga historia detrás, ya que Kaufman fue la primera persona de la industria del cine que dio una oportunidad a un James Gunn que, décadas después, se lo sigue agradeciendo siempre que puede. Pero no todo el mundo obra como él: cuando se hallaba en la cima de su éxito, Kevin Costner intentó hacerse con los derechos de Malibu Hot Summer (Richard Brander, 1981) y Shadows Run Black (Howard Heard, 1985), dos films de ínfimo presupuesto producidos por Mesa Films que fueron sus primeras (y breves) apariciones en el cine. No lo consiguió. Troma se le había adelantado y estaba haciendo un buen negocio en el mercado del video doméstico anunciando la presencia de Costner en ambas películas, incluso a costa de cambiar el título de la primera por el más sugestivo de Sizzle Beach USA.

La anécdota ejemplifica a la perfección dos de los rasgos que identifican a Troma desde sus inicios: oportunidades y oportunismo. O lo que es lo mismo: predisposición para trabajar con gente absolutamente desconocida (que resulta muy barata y, si suena la flauta, acaba alcanzando la fama) y habilidad para sacar el máximo rendimiento económico de todo lo que hace.

De hecho, los casos de Costner y Gunn no son excepciones. Como bien se ha encargado de publicitar la productora a lo largo de los años, hubo otros nombres famosos que dieron sus primeros pasos bajo su protección: Marisa Tomei (El vengador tóxico, 1984), Vincent D’Onofrio (The first turn-on!, 1983), Billy Bob Thornton (Chopper Chicks in Zombietown, 1989) y Samuel L. Jackson (Def by Tempation, 1990) se cuentan también entre los aspirantes a ganarse la vida con la interpretación que superaron un casting de Troma cuando aún eran unos absolutos desconocidos.

Basura autoconsciente

Fundada en 1974 por Lloyd Kaufman y Michael Herz, Troma es una productora independiente neoyorquina que ha cumplido más de medio siglo sin ganar un Oscar, pero también sin engañar a nadie. Kaufman, portavoz de la marca, director, guionista, actor, publicista y mil cosas más, siempre lo ha tenido claro: «A menudo no filmamos lo que queremos, sino lo que podemos», ha manifestado, no teniendo rubor alguno en afirmar: «Aunque creo haber tenido suerte de vez en cuando, muchas películas del catálogo de Troma, son, usando un término técnico, una basura. El talento o el estilo no son las razones por las que Troma ha sobrevivido».

Siguiendo los pasos de Roger Corman, su objetivo era rodar y distribuir películas de bajo presupuesto que pudieran resultar rentables, sin preocuparse por el buen gusto y buscando un target de público integrado por gente joven y sin demasiados prejuicios. Una fórmula que no distaba mucho de la de John Waters (otro de sus modelos), aunque la aspiración de Troma no tuviera como fin último transgredir las convenciones sociales, sino cuadrar los extractos bancarios. Así fue como empezaron a poner en circulación algunas comedias adolescentes de baja estofa y argumento simplón, aderezadas con toda la exhibición de epidermis femenina que permitieran las clasificaciones parentales. Y la cosa funcionó, pese a su caótica forma de trabajar. Refiriéndose a Squeeze Play (1979), que dirigió él mismo, Kaufman aseguraba: «Durante el rodaje, modificábamos el guion sobre la marcha. Mi hermano Charles (coguionista) y yo deambulábamos por el plató entre toma y toma, pensando en posibles bromas. Para mayor desesperación de los actores y del script, solíamos reescribir cada escena antes de grabarla». No busquen, pues, demasiada coherencia en el producto final.

El caso es que las películas funcionaron… hasta que dejaron de hacerlo. ¿El motivo? Sorprendentemente, o no tanto, Hollywood empezó a producir films como Porky’s (Bob Clark, 1981), Movida de verano (Spring Break, Sean S. Cunningham, 1983) y Hot Dog (Peter Markle, 1984). Es decir, comedias juveniles descerebradas con alcohol, chicas en bikini y chistes de dudoso gusto. ¿Les suena? Pues no va a ser la primera vez que pase. Con más medios de producción, mayor presupuesto y mejores campañas de promoción, se comieron el mercado de la serie B sin apenas despeinarse. Pero Kaufman no iba a rendirse fácilmente.

La edad de oro de la sangre

Aunque la prioridad inicial eran las comedias teen, Troma ya había incursionado en el terror con El día de la madre (Mother’s Day, Charles Kaufman, 1980), donde mezclaban humor negro con gore, actualizando para las nuevas generaciones los desmembramientos y demás violencia gráfica que desde inicios de los sesenta practicaba Herschell Gordon Lewis. Tan avispado como siempre, en 1981 el bueno de Lloyd también rescató y distribuyó The Incredible Torture Show, una delicatessen de 1976 dirigida por Joel M. Reed, que rebautizó como Bloodsucking Freaks (a España llegaría con el título de Sardú). Eran pequeños pasos en el subgénero que culminarían con el rodaje de El vengador tóxico (The Toxic Avenger, Kaufman & Herz, 1984), la película que iba a marcar un antes y un después en su trayectoria. «La gente se volvió loca, quería volver a verla sin parar. Empezamos a recibir cartas de admiradores… Fue el momento en el que realmente nació Troma, cuando todo se puso en su sitio», confirmaba un Kaufman que por fin respiró económicamente: «Fue la época dorada del vídeo doméstico, y gracias a eso nos forramos».

Resulta innecesario resumir la trama de la película, pero por si queda alguien que no la conozca, recordaremos que cuenta la historia de Melvin, un joven poco agraciado y de personalidad apocada que trabaja limpiando un gimnasio y es objeto de burla por parte de los musculosos clientes del local, que lo hacen blanco de todas sus bromas pesadas. Huyendo precisamente de una de ellas, y vestido con un tutú rosa, cae por una ventana y va a parar a un bidón de residuos radiactivos, que le convierten en el superhéroe del título: un tipo deforme, que soluciona los problemas con extrema violencia armado de un mocho pero que, en el fondo, tiene buen corazón, como comprueba su atractiva novia invidente. En la película se puede encontrar, si se quiere, una cierta voluntad de denuncia del bullying y de los peligros de la energía nuclear, así como una parodia del género superheroico, aunque el principal objetivo de Kaufman era entretener a la chavalería, que respondió de manera abrumadora a la propuesta y propició el comienzo de la auténtica edad de oro de Troma.

El personaje, popularmente conocido como Toxie, gozaría de tres secuelas, y abriría en la productora la espita del splatter, terreno en el que su reinado fue incuestionable a lo largo de los años ochenta. Tras las aventuras del engendro de la fregona llegarían un sinfín de subproductos del subproducto (que ya es decir): desde Mutantes en la universidad (Class of Nuke ‘Em High, Richard W. Haines & Lloyd Kaufman, 1986) a surfistas nazis (Surf Nazis Must Die, Peter George, 1987), pasando por los muertos vivientes hambrientos de Zombie Island Massacre (John Carter, 1984) y de Zombies paletos (Redneck Zombies, Pericles Lewnes, 1987), rodada directamente en vídeo. Todo valía para abastecer generosamente a los videoclubs de chistes malos, sangre de pega, cabezas reventadas, extremidades amputadas y mujeres en topless.

Al respecto de esta última cuestión, se acusa con frecuencia a Troma de sexismo y cosificación de la mujer. Con razón. Pero conviene hacer algunas puntualizaciones, sin que signifiquen justificar su proceder. Kaufman siempre se ha quejado de que se les echan en cara prácticas habituales del cine mainstream de las que nadie se queja, y no puede decirse que mienta. Por un lado, no se trata de una costumbre que se le pueda achacar únicamente a ellos, sino que atraviesa la historia de Hollywood desde su origen. Y, a diferencia del cine mainstream, en Troma tampoco se ahorran la exhibición de genitales masculinos. Por otro lado, abundan en su trayectoria los títulos en los que las mujeres toman las riendas, no se someten, son poderosas y disfrutan de sus cuerpos con total libertad y sin sufrir la dominación del hombre (como sucede con los films de Russ Meyer, otro de los modelos de Troma), con ejemplos tan rotundos como Chopper Chicks in Zombietown (Dan Hoskins, 1989) y They Call Me Macho Woman! (Patrick G. Donahue, 1989). ¿Y no es eso es lo que todo el mundo llamó empoderamiento y elogió en Thelma y Louise (Ridley Scott, 1991)? Finalmente, en sus producciones han tenido cabida, casi desde el principio, personajes y actores que representaban sexualidades no normativas.

La máquina imparable de Troma no descansaba en aquellos años. Y si abundaban las películas de usar y tirar, la entrada de dinero también sirvió para diversificar el negocio. En el terreno de la distribución, fueron los responsables de que en Estados Unidos llegaran a las pantallas films como Mi cena con André (My Dinner with André, Louis Malle, 1981), Santa Sangre (Alejandro Jodorowsky, 1989), Wildrose (John Hanson, 1984), Mi vecino Totoro (Tonari no Totoro, Hayao Miyazaki, 1989) y la deliciosa El monstruo en el armario (Monster in the Closet, Bob Dahlin, 1986), entre decenas de títulos más. También acogieron bajo su seno comedias gore foráneas como la divertida Rabid Grannies (1988), del belga Emmanuel Kervyn. Y, sobre todo, corrieron algunos riesgos tan evidentes como financiar Screamplay (1985), la única película de Rufus Butler Seder, un sangriento delirio expresionista en blanco y negro, que incluye a George Kuchar (junto a su hermano Mike, nombre de referencia del cine underground estadounidense) y que fue un sonoro fracaso. Abriendo la nueva década, cabe referenciar también otro film destacable: la estilizada blaxpoitation vampírica Def by Temptation (James Bond III, 1990).

Conocedores de su público, en la segunda mitad de los ochenta habían empezado también a establecer lazos con la comunidad musical alternativa. La banda sonora de Chopper Chicks in Zombietown, por ejemplo, incluye a Alex Chilton, Camper Van Beethoven, The dB’s, Tav Falco, Lucinda Williams y The Celibate Rifles.

 

Gore sin fronteras

Si los ochenta acabaron de lujo para Troma, los noventa iban a empezar todavía mejor. Aunque en España sus películas solo se conocían a través del video doméstico, la comedia gore empezaba a salir del nicho de la serie Z y se convertía en un género con un número creciente de adeptos, a lo que tampoco fue ajena la aparición de un director australiano hoy convertido en estrella y llamado Peter Jackson, que con Mal gusto (Bad Taste, 1987), Meeth The Feebles (1989) y, sobre todo, Braindead (1992), demostró que hasta podía ser comercial.

En 1989, Troma había cumplido quince años y atravesaba su mejor momento. Era un fenómeno que se había gestado al margen del mainstream, desde la más absoluta independencia y apostando por un cine trash que no merecía consideración alguna por parte de la crítica establecida. Tan solo publicaciones alternativas y fanzines habían comenzado a hacerse eco de su existencia. Pero resultaba imposible ignorarlos, sobre todo cuando Kaufman se presentaba en Cannes y montaba números promocionales estrafalarios, siempre acompañado por algún incauto dispuesto a enfundarse la máscara de Toxie y enarbolar un mocho. De risa, sí, pero suficiente como para atraer a numerosos compradores (sobre todo, asiáticos) hacia sus productos. Y como si alguien quiere algo, Kaufman se lo da, 1990 es el año en que nace Sgt. Kabukiman NYPD, siguiendo esquemas similares a los del vengador tóxico. En este caso, el tipo torpe y sin habilidades sociales es un oficial de policía neoyorquino, que tras un tiroteo en un teatro kabuki sufre una mutación que lo convierte en un superhéroe capaz de volar y (atención) lanzar rollitos de primavera explosivos. El personaje no solo hizo las delicias de los distribuidores orientales, sino que abrió una nueva vía de negocio para Troma: «Es una película más ambiciosa, que ha costado cuatro millones de dólares y está rodada en diferentes localizaciones por todo el mundo», explicaba Kaufman. «Es un film de acción, de aventuras, una comedia muy imaginativa y para todos los públicos. Nunca nos habíamos atrevido a tanto». ¿Troma haciendo cine familiar? Más o menos.

Con un catálogo tan amplio, varios personajes de culto en su haber y un éxito difícil de cuestionar, era casi imposible seguir ignorando a Kaufman y su troupe. Y, como suele suceder en estos casos, la cosa fue de 0 a 100. En 1991, el American Film Institute les dedica una retrospectiva homenaje, a la que sigue otra en el BFI de Londres. Y la mecha prende en todo el mundo. Sus películas siguen siendo las mismas, pero ahora se proyectan en los grandes templos del cine de autor. Ese mismo año, tiene lugar el desembarco de Kaufman en España, que incluye ciclos en el desaparecido Imagfic (Madrid), en la Mostra de València (supuestamente, un festival de cine del Mediterráneo) y, sobre todo, en el Patronato Municipal de Cultura de San Sebastián, que no solo pone a Troma en contexto, dentro de un programa más amplio sobre cine de terror low cost bautizado como De la B a la Z (junto a Jackson, Elvira, Larry Cohen o los hermanos Chiodo), sino que además lo acompaña de un número de la revista DeZine que incluye un par de entrevistas con Kaufman, quien se pasará los noventa de festival en festival por todo el mundo, aprovechando que el gore está de moda. Tanto, que incluso la editorial valenciana La Máscara decidirá en 1996 publicar un libro sobre el tema, Sangre sudor y vísceras. Historia del cine gore, firmado por Manuel Valencia (creador del fanzine 2000 Maníacos) y un servidor.

¿Quiere eso decir que se duerme en los laureles? No exactamente, porque Troma tiene más vidas que un gato, y pese a que la década no ofrece tantos títulos memorables como la anterior, mantiene a la productora en una posición envidiable. Por un lado, sacando partido de su creciente fama a base de secuelas de Mutantes en la universidad. Por otro, exprimiendo al máximo las posibilidades del merchandising y su vertiente autorreferencial: la ciudad de Tromaville sigue siendo omnipresente en sus películas, el medio de difusión The Troma Times continúa propagando sus conquistas y la diversificación alcanza incluso a una línea de cómics en colaboración con Marvel. Por último, pero no menos importante, conservan su olfato para detectar talentos de futuro, como un par de estudiantes llamados Trey Parker y Matt Stone, que en 1993 ruedan como pueden la divertidísima Cannibal! The Musical. Que, efectivamente, es lo que promete su título: un musical protagonizado por caníbales. Después de tres años de dar vueltas con la película bajo el brazo, Troma la adquiere para distribuirla en cines y en menos de doce meses la pareja da el salto definitivo creando la serie de animación South Park para Comedy Central, a la que seguirán otros éxitos de alcance global como The Book of Mormon, otro musical, pero esta vez con mormones.

 

Chico para todo

En los noventa es también cuando se incorpora a Troma un joven llamado James Gunn. Su llegada va a ser importante no solo por su trayectoria posterior, de sobra conocida, sino porque conecta de inmediato con el espíritu de la productora, que no es otro que el de otorgar el máximo protagonismo a los inadaptados y convertirlos en los auténticos héroes de sus historias. De hecho, es lo que Gunn hizo después en films como Guardianes de la galaxia (Guardians of the Galaxy, 2014). Pero no adelantemos acontecimientos.

Dice la leyenda que Gunn llamo a la puerta de Troma en busca de cualquier trabajo disponible, y que cuando Lloyd Kaufman se enteró de que estaba escribiendo su primera novela, le encargó un guion. La novela, notable, aparecería finalmente en el año 2000, y hasta se tradujo al castellano: El coleccionista de juguetes (Literatura Mondadori, 2002). El guion sería Tromeo and Juliet (1996), le reportó a Gunn 150 dólares y fue el inicio de una colaboración breve, pero fructífera.

Como se puede deducir por el título, se trata de una versión del clásico de Shakespeare al estilo Troma, y lo cierto es que solo pasará a la historia por la participación de Gunn, aunque también contiene algún detalle común a otras producciones de esos años. Por ejemplo, la presencia de la scream queen Debbie Rochon y algunos llamativos cameos. La productora es ya una referencia en el mercado del cine de explotación y nadie hace ascos a que su nombre se vea asociado con ella. Al menos, en el ámbito de las subculturas juveniles. Así, el narrador de la película es nada menos que Lemmy (además, Motörhead cuelan una canción en una banda sonora donde también aparecen Sublime, Unsane o Superchunk) y entre los extras se puede localizar al famoso actor porno Ron Jeremy.

Kaufman no desaprovecha las ambiciones literarias de Gunn y le propone de inmediato coescribir una biografía que será, además, una historia de Troma y un manual sobre sus métodos de producción y distribución. Así nace Todo lo que siempre quise saber sobre cine lo aprendí de ‘El vengador tóxico’, editado originalmente en 1998 y publicado dos veces en España, prueba de su tirón entre el público hispanohablante: primero por la ya desaparecida Tyrannosaurus Books, en 2015, y después por Applehead Team, en 2021 (aparece como agotado en su web, pero rastreando por internet todavía se puede encontrar algún ejemplar). El libro, del que están extraídas la mayoría de declaraciones de Kaufman que salpican este texto, sigue la estela del célebre Cómo hice cien películas en Hollywood y nunca perdí un centavo, de Roger Corman (no es casualidad que sea el autor del prólogo), y no solo es tremendamente divertido, sino que además relata los constantes enfrentamientos de Troma con los organismos censores estadounidenses y recoge infinidad de anécdotas y peripecias relacionadas con la trayectoria de la marca.

Al año siguiente, el libro será la fuente de inspiración de la película Terror Firmer (1999), que Kaufman dirige e interpreta (en el papel de un director de cine ciego) y que sigue los parámetros de títulos precedentes: la banda sonora la edita Go-Kart Records e incluye a Down By Law, Parasites, Lunachicks (que aparecen en el film), All, Anti-Flag, Girls Against Boys, NoFX, The Melvins y Rocket from the Crypt. Un auténtico catálogo del rock alternativo de la época, con el que compartían público. Además, apariciones de los ya habituales Lemmy, Ron Jeremy o Debbie Rochon y algunos nuevos, como Johnette Napolitano (del grupo Concrete Blonde), Trey Parker y Matt Stone, Eli Roth (futuro director de Cabin Fever y Hostel, entre otras) y hasta Nick Zedd, interpretando a un personaje que finalmente se quedaría en la sala de montaje, pero cuya presencia supone un reconocimiento en toda regla a otro titán del cine marginal americano, porque si los medios convencionales apenas habían prestado atención a Troma, al menos sabían que existía, pero esperar que tuvieran alguna noción sobre el movimiento Cinema of Transgression era, directamente, pedir peras al olmo. Gunn no colabora en el guion de Terror Firmer, pero sí lo hace un por entonces desconocido Douglas Buck, que años más tarde firmaría Sisters (2006), remake de la película de culto de Brian de Palma. El name-dropping puede resultar abrumador, pero sirve para poner de manifiesto la cantidad de gente que, de un modo u otro, ha estado en la órbita Troma.

 

Nuevo siglo, la historia de siempre

Pasada la euforia, con el cambio de siglo Troma vuelve, de algún modo, al origen. Es decir, a funcionar como un estudio independiente de recursos suficientes, pero limitados, que opera en los márgenes de la gran industria. La primera década transcurre de manera más bien discreta, con la productora empezando a volcarse de lleno en su vertiente digital y produciendo un número reducido de films, entre ellos la cuarta entrega del vengador tóxico (Citizen Toxie: The Toxic Avenger IV, Kaufman, 2000), que sigue subrayando una deriva autorreferencial en la que también se enmarcan el making of de Terror Firmer o All the Love You Cannes! (Gabriel Friedman, Kaufman & Sean McGrath, 2002), documental sobre las distintas visitas de Troma al festival de la costa azul a lo largo de los años.

Otra estrategia que se repite es la del libro. Make Your Own Damn Movie! Secrets of a Renegade Director, que Kaufman firma en 2003 en colaboración con Adam Jahnke y Trent Haaga, dará lugar a una película homónima en 2005, pero esta vez no tendrá traducción al castellano. Del mismo modo, y pese a la exposición de que gozó en España en las dos décadas anteriores (que se prolonga con un nuevo ciclo en la Mostra de València del año 2000), el libro Dentro y fuera de Hollywood. La tradición independiente en el cine americano, coordinado por Roberto Cueto y Antonio Weinrichter para el Festival de Gijón de 2004, ignora a la Troma en sus más de 500 páginas, que solo contienen una mención indirecta (en realidad, una cita a Screamplay en unas líneas sobre los hermanos Kuchar). El mismo año, Peter Biskind, autor de Moteros tranquilos, toros salvajes, publica en Estados Unidos una continuación de aquel ensayo titulada Sexo, mentiras y Hollywood. Miramax, Sundance y el cine independiente (traducido un par de años después por Anagrama en el mercado español). Pese a su extensión, más de 700 páginas, no contiene ni una sola referencia a Troma.

Mushnik’s Entertainment y Friki Films tratarán de revitalizar la marca en nuestro país con una serie de ediciones en DVD de algunos de sus clásicos, y hasta ruedan en 2010 un documental dirigido por Marc Gras sobre su influencia española, titulado Troma is Spanish for Troma, donde tuve el honor de participar junto a Nacho Cerdá, Hernán Migoya, Joaquín Ladrón, Naxo Fiol y Manuel Valencia, entre otros. Pero la sensación general es que Troma es un asunto del pasado. Entre otras cosas, porque muchos de sus códigos han sido totalmente asimilados por el cine convencional y ya no tienen nada de transgresor ni novedoso. Y así, mientras Troma va languideciendo en el olvido, echando mano de sus nuevas estrellas femeninas hasta el punto de crear un apartado en su web dedicado a las tromettes y sacando todo el partido que pueden a su legado previo a través de las redes sociales y el streaming, el gore se asienta definitivamente en el mainstream echando mano de un término que lo hace sesudo y respetable. Si, por poner un ejemplo, el cómic pudo convertirse en novela gráfica para aparecer en los suplementos literarios de los periódicos de prestigio, era cuestión de tiempo que apareciera el término que sirviera para intelectualizar los desmanes de la Troma y otros adictos a la sangre fácil. Empezó a ser utilizado cuando David Cronenberg comenzó a refinar su oferta cinematográfica, al disponer de presupuestos más holgados para traducir en imágenes su imaginario de la Nueva Carne, y hoy se ha impuesto como reiterativo lugar común. Hablamos, claro, del body horror.

Es una ley no escrita en el negocio de la cultura, el arte y el espectáculo: Aguanta. Si lo haces, tarde o temprano llegará el momento de la reivindicación. Y si Troma logró sobrevivir a una travesía del desierto que se prolongó durante mucho tiempo, le ha llegado el momento (otra vez). Kaufman, muy activo en redes sociales, no ha escatimado elogios al hablar de La sustancia (Coralie Fargeat, 2024), galardonada con un Oscar por sus efectos de maquillaje y con el premio al mejor guion (!) en Cannes. También le ha encantado Sangre en los labios (Love Lies Bleeding, Rose Glass, 2024), por las mismas obvias razones. En privado, el viejo zorro debe estar riendo a mandíbula batiente, al constatar que, por fin, la fórmula Troma ha llegado a lo más alto. Porque La sustancia, saludada como el último grito en body horror, no es más que una versión de gran presupuesto de una película Troma. Todos y cada uno de los ingredientes están ahí: discurso tan elemental que resulta sonrojante, carencia absoluta de sutileza narrativa, exhibición de cuerpos femeninos y abundancia de gore y prótesis de látex.

Nadie le va a reconocer a Kaufman que sin Troma no existiría La sustancia, pero quizá, después de más de cincuenta años al frente de su productora, todavía le quede una última victoria moral. Y solo puede llegar de la mano de su héroe más famoso, el vengador tóxico. Porque el 26 de septiembre de este año se estrena, por primera vez en los cines comerciales españoles, una película de la Troma. Concretamente, el remake de The Toxic Avenger. A diferencia de la película de 1984, rodada con un presupuesto ínfimo por un puñado de entusiastas aficionados, esta vez se trata de una coproducción con Legendary Entertainment, compañía involucrada, entre otros títulos, en los Batman de Christopher Nolan, Watchmen y otros films de Zack Snyder y Guillermo del Toro o el Dune de Denis Villeneuve. Lejos quedan los tiempos en que Kevin Costner quería hacerse con los derechos de las películas Troma en que aparecía con la intención de borrarlas del mapa. Ahora, en el reparto de la nueva versión del vengador tóxico aparecen estrellas como Peter Dinklage, Kevin Bacon o Elijah Wood (bueno, este no cuenta, porque se apunta a un bombardeo). Y el director es Macon Blair, ganador del Gran Premio del Jurado en Sundance 2017 con su debut, Ya no me siento a gusto en este mundo (I Don’t Feel at Home in This World Anymore). Eso sí, algunas cosas nunca cambian. El reboot de Toxie se rodó en 2023 y aunque pasó por algunos festivales especializados, ha tenido que esperar más de dos años para conseguir un distribuidor y poder ser estrenada, por culpa de su calificación para mayores de 18 años. ¿Qué esperaban?

Por supuesto que el nuevo vengador tóxico no es más que un hermoso caso de justicia poética y no va a ser ningún gran éxito. Tan seguro como que Kaufman y Troma seguirán adelante mientras su cuerpo aguante. Demostrando que quien resiste, gana. Y que no hay corriente contracultural que nazca y se desarrolle en los márgenes, por subterránea que sea, que no acabe siendo fagocitada por la gran industria.