En febrero de 2022, después de mucho tiempo sin saber de él, recibí una llamada de Emilio Ruiz. Nos conocíamos desde los ochenta, cuando él ejercía de lugarteniente de Napoleón Beltrán (fallecido en 2018) en la Sala Arena Auditorium, anteriormente conocida como Pachá. Como mano derecha del propietario, se encargaba de multitud de tareas, relacionadas con la contratación de las bandas que actuaban en la sala, pero también con la relación con los medios. No hace falta decir que, a lo largo de los años, tuvimos nuestros más y nuestros menos, pero el tiempo, dicen, lo cura todo.
Emilio andaba empeñado en resucitar la memoria de Garage, la sala de menor tamaño situada en el piso superior del Auditorium, en origen abierta como café y posteriormente reconvertida en club para actuaciones en directo. A fecha de hoy, nunca he sabido si la grafía utilizada era un error ortográfico o si el nombre estaba en inglés (o francés, très chic). En todo caso, la operación reivindicativa tenía sentido, puesto que la hermana pequeña de Arena ha quedado a menudo en segundo plano cuando se ha glosado la historia del local, siempre centrada en los grandes nombres que pasaron por su escenario principal, cuando lo cierto es que aquel reducto, de sonido absolutamente impecable y pensado para acoger bandas minoritarias o de menor impacto popular, posee, como mínimo, la misma aura mítica. Pocos locales de este país, Madrid y Barcelona al margen, pueden hacer gala de haber acogido entre sus cuatro paredes a personajes como Alex Chilton, Nico, John Cale, los Flamin’ Groovies, The Gun Club y Jonathan Richman, sin olvidar a Sonic Youth y Pixies cuando todavía eran nombres de culto (Frank Black y los suyos volverían para actuar en la sala grande), o a un sinfín de formaciones que no han pasado de ser letra pequeña en los libros de historia, pero que ofrecieron conciertos memorables, como The Smithereens, Flesh for Lulu, Young Fresh Fellows y los The Weather Prophets, entre muchos otros. Y sin dejar de lado a todos los grupos que empezaban a despuntar en el panorama nacional y a la abundante escena local, que siempre tuvo a su disposición el escenario de Garage, un espacio que además contaba con programadores externos propios. Inicialmente, se encargó de confeccionar el cartel mensual el tándem integrado por el músico Remi Carreres (Glamour, Comité Cisne) y el periodista del diario Levante José R. Seguí (lo de tener plumillas en nomina no es nuevo). Más tarde les tomó el relevo Manolo Rock, que venía de hacer una labor sobresaliente, y con muchos menos medios, en la legendaria Gasolinera.
La idea de Emilio era (hasta donde sé, y más de tres años después, lo sigue siendo, aunque de momento no hay novedades al respecto) publicar un libro colectivo con fotos y textos que recordaran Garage, y de ahí aquella llamada de 2022: Quería unas breves líneas (apenas medio folio) relacionadas con alguna anécdota o concierto que, como visitante habitual de la sala, activara mis recuerdos y pudiera contribuir a la causa. Lo primero que me vino a la mente fueron, claro, algunos conciertos inolvidables, entre ellos varios de los citados previamente. Lógico, ya que las actuaciones en directo eran la materia prima de la sala, pero poco a poco fueron surgiendo otros recuerdos relacionados con ella, con el foco en cuestiones colaterales. Por ejemplo, la mala educación de una importante parte del público que se pasó el concierto de John Cale en la parte de atrás del local, de cháchara, ignorándolo, mientras el músico trataba de ofrecer un show intimista acompañado únicamente de su piano. Era 1992, no había teléfonos móviles, pero ya se estilaba el postureo de ir a un concierto a dejarse ver y no a disfrutar de la música. O aquella rueda de prensa de febrero del 96, cuando Blur, que actuaban por la noche en el Auditorium, recibieron previamente a los medios en Garage.
Sin embargo, a la hora de decidirme opté por un par de anécdotas personales que ahora me permito desarrollar con un poco más de espacio y que, además, y por suerte, van acompañadas de foto.
La primera se remonta a febrero de 1989. Ramones actuaban en Arena, y por partida doble. El jueves 9 y el viernes 10. Su primera visita a València databa del 10 de noviembre de 1981, en la sala Bony de Torrente. Por entonces contaba yo unos 14 tiernos añitos recién cumplidos y ni siquiera me enteré del concierto, aunque ya escuchaba en la radio aquella famosa cuña que decía: «¿Dónde va la gente? A la Bony de Torrente».
En 1989 la cosa fue distinta. Hasta el punto de asistir a los dos conciertos. En el primero, el objetivo era saciar la pasión de fan, y acabé en primera fila, a codazos, cantando y bailando como un energúmeno. El segundo me lo tomé con más calma y lo disfruté desde cierta distancia, con la placidez de la deuda saldada. No sabía que aún tendría la oportunidad de verlos dos veces más: El 4 de diciembre de 1990 y el 13 de marzo de 1991, ambas también en Arena.
Ramones arrasaban en València. De hecho, en aquella gira tocaron también en Madrid, Barcelona y San Sebastián, pero solo repitieron aquí. Su visita era un acontecimiento y, como tal congregó a mucha gente que venía de fuera, como un par de buenos amigos de Castellón: Juan Antonio Morcillo y Pedro López. El primero había estado en Los Auténticos y comandaba por entonces una de las mejores bandas de rock del País Valenciano, Morcillo el Bellaco y los Rítmicos, donde tocaba el bajo el segundo, que ya andaba dando forma a un proyecto paralelo que alcanzaría el éxito en todo el país: Los Romeos.
Como Ramones tocaban dos días, tras el primer concierto los responsables de Arena organizaron un afterparty en el Garage, y allá que subimos los tres a tomar una cerveza y comentar el show de los neoyorquinos. A los pocos minutos, y para nuestra sorpresa, apareció Joey Ramone, y los cuatro nos unimos en cordial conversación. Pero quien conocía a Morcillo sabía que era un tipo imprevisible. Y cuando el fotógrafo Manuel Noguera, que andaba por allí, nos propuso sacar algunas fotos para inmortalizar la ocasión, al bueno de Juan no se le ocurrió otra cosa que sacarse un pene de goma y colocárselo en la nariz. Imposible tratar de comprender el motivo por el que llevaba tal accesorio en el bolsillo, y mucho menos la razón por la que se lo había traído al concierto, pero allí estaba. Cuando Joey se dio cuenta, no solo se partió de risa, sino que echó mano del apéndice nasal, para regocijo de todos los presentes. Un momento irrepetible. Cuando veo la foto me apena pensar que soy el único que queda vivo de aquel curioso cuarteto.
El segundo recuerdo es de 1994, y podría definirse como un conciertus interruptus. El de The Breeders. La banda paralela de Kim Deal, bajista de los Pixies, estaba en su punto álgido de popularidad gracias al álbum Last Splash. De hecho, el LP había sido escogido como el mejor de 1993 en la votación anual de los oyentes que habíamos celebrado en el programa Sigue la pista, que conducía de lunes a jueves en Radio Color, la emisora local de Onda Cero en València. Para hacer la encuesta, imprimimos unos trípticos que dejamos en tiendas de discos y garitos con varias opciones finalistas, con objeto de que fuera el público habitual del programa y de la escena local el que decidiera los ganadores. A la vista de los nombres propuestos, parece que no fue una mala temporada.
A algunos de los ganadores estatales (recuerdo a Los Planetas como grupo revelación y a Lagartija Nick como mejor LP nacional) fue fácil darles la placa del premio cuando se acercaron a la ciudad, pero entregar las internacionales estaba fuera de nuestro alcance. Hasta que Garage anunció que The Breeders actuarían en la sala.
Así que nos plantamos en el backstage de Arena la tarde del 28 de abril y pudimos otorgar el reconocimiento a la banda en pleno. Fue un encuentro breve, de nuevo inmortalizado por Manuel Noguera, preludio del espectacular concierto que nos esperaba esa noche. O, al menos, eso pensábamos.
Porque el concierto fue uno de los más breves de la historia. Apenas tres canciones. Con la sala a rebosar y el techo goteando por la condensación del sudor que provocaba el calor, fue salir la banda al escenario, tocar el primer acorde y hacer que la masa de gente que abarrotaba la sala empezara a saltar como si no hubiese un mañana.
¿Se habían vendido más entradas de las permitidas? Nunca lo sabremos, pero el caso es que el suelo vibraba como nunca antes había sucedido en Garage, y después de las tres primeras canciones, los organizadores detuvieron la actuación para apaciguar al público y comunicar que si la gente continuaba dando botes de aquella manera, habría que suspender el concierto, porque la estabilidad del suelo peligraba. Hecho el anuncio, The Breeders volvieron al escenario y reanudaron el show nada menos que con Cannonball. Ya no hubo más. Al escuchar el mayor éxito de la banda, el público se volvió loco, el riesgo de desplome resultó evidente y no quedó otra que cancelar.
Tras el incidente, los responsables de Arena nos llevaron a algunos periodistas al piso de abajo para que pudiéramos comprobar el estado de las vigas, demostrando que no habían tomado la decisión por capricho, sino por prudencia. Pocos meses después, en septiembre del mismo año, el suelo de la sala Erne, de Oiartzun (Guipúzcoa) se hundió durante un concierto de Bad Religion. El suceso se saldó con quince personas hospitalizadas, pero quienes estuvieron allí (entre ellos, Jay Bentley, bajista de la banda americana) comentaron que fue un milagro que no se produjeran muertes.
Nunca volví a tener la ocasión de ver a The Breeders, pero jamás olvidaré aquella noche.