Ya no soy mitómano. Lo fui, y mucho, pero es un virus benigno que generalmente se manifiesta en la adolescencia y se va curando con la edad y, sobre todo, con el desarrollo de cierto espíritu crítico. La devoción incondicional suele ser una barrera infranqueable para el juicio ecuánime, y no hay artista en la Tierra que tarde o temprano no sea capaz de decepcionarnos. Ya lo decía la canción de los Stranglers: No More Heroes. O aquella otra de Sonic Youth: Kill Your Idols. Tampoco es necesario ser literal, pero sí me parece muy sano cuestionarlos y negarse a aceptar sin reparos cualquier cosa que provenga de ellos, porque, de otro modo, sentimos incluso que les estamos traicionando.
Resulta lícito ponerse una venda en los ojos por iniciativa propia, y hay ejemplos sonados como el de Mariana Enríquez, capaz de perdonar lo que sea a un amplio santoral particular que incluye a Brett Anderson, Novak Djokovic o, por supuesto, Nick Cave. Pero no es mi caso. Puedo seguir admirando la obra de un artista sin necesidad de perdonarle las faltas o comulgar con sus ruedas de molino. Porque todos las tienen. Y cuando se ha presentado la oportunidad, incluso he intentado plantearle mis dudas, como en el caso de Mick Jones. Por cierto, y hablando de The Clash, el otro día me acordé de ellos al ver a su versión de Hacendado lanzando proclamas subversivas desde un escenario instalado, paradojas de la vida, en un espacio que permitía que una dotación municipal de uso comunitario, un parque público, fuera vallado y utilizado por parte de una empresa privada para su propio beneficio económico. Desde abajo, el público levantaba el puño con la mano que le dejaba libre la cervecita. La coherencia es una cualidad tan cara de enarbolar como difícil de mantener en todas y cada una de las decisiones que se toman en la vida.
Pero centremos la cuestión, porque aquí hemos venido a hablar de Nick Cave. Y vaya por delante, para despejar dudas, que me parece uno de los grandes talentos de la música popular del siglo XX. Así, a lo bruto, sin medias tintas. Pero lo cortés no quita lo valiente, y ya hace bastante tiempo que, inevitablemente, empecé a cuestionarme algunas cosas.
Para remontarme al inicio de mi relación personal con Cave habría que irse hasta mediados de los ochenta. Cuando andaba todavía instalado en la resaca de la adolescencia (como decíamos, la época perfecta para apuntalar los mitos), tuve la suerte de que Óscar, un amigo mío, entrara a trabajar como representante de Sanni Records, un subsello de Ariola radicado en Madrid en cuyo catálogo había bastante música de baile, pero que también detentaba en España los derechos de la indie británica Mute, donde grababan, entre otros, Depeche Mode y Nick Cave and the Bad Seeds. Ni que decir tiene que le sobraban las copias promocionales, así que un día apareció con varios vinilos de la banda australiana que pasaron directamente a ocupar un lugar de privilegio en mi todavía incipiente colección. Había escuchado a Cave con anterioridad, pero aquello fue una inmersión en toda regla.
Ya empezaba también a leer los créditos de los discos, y saltaba a la vista que, si bien había un líder claro en el grupo, que además firmaba las letras, era la unión de todos los integrantes, coautores de la música, la que lograba el resultado final. Y es que al lado de Cave estaban el alemán Blixa Bargeld, de Einstürzende Neubauten (que siempre preferí a los propios Bad Seeds), y Barry Adamson, que había sido pieza fundamental en Magazine, otro de mis grupos de cabecera. Le entrevisté en 1998, y su evocación de los primeros años con Cave habla por sí sola: «Fue una formación histórica. Hicimos algunos conciertos que no eran de este mundo, te lo aseguro. Tengo muy buenos recuerdos de aquella banda, con los cuatro haciendo un ruido insano, increíble, era maravilloso. Me acuerdo de un show en Ámsterdam en que nuestra comunicación era casi telepática».
Adamson habla de cuatro personas. El que falta por nombrar es Mick Harvey, que ya estaba al lado de Cave desde los tiempos de su primera banda, The Boys Next Door, y le acompañaría también en la siguiente, The Birthday Party, con la que se labraron una feroz reputación en directo. De hecho, fue estando de gira con ellos por Alemania cuando, según la leyenda, Cave cazó por casualidad a los Neubauten en televisión y al ver a Blixa en la pantalla se dijo a sí mismo que le llamaría para su siguiente proyecto. Y así lo hizo.
Además de Harvey, en ambas formaciones previas a los Bad Seeds estaba también Rowland S. Howard, un fabuloso guitarrista, menos reivindicado de lo que merece, y cómplice fundamental en los aquelarres sonoros que desplegaban.
Atendiendo a la autoría de las canciones, ya desde aquellos primeros pasos, queda claro, como decía, que los textos son cosa de Cave, pero también que muchos de los temas son fruto de la colaboración con los músicos. Si algo ha sabido hacer desde sus inicios, ha sido rodearse siempre de artistas de inmenso talento, teniendo muchas veces a los mejores a su lado, en un proceso de retroalimentación constante, pese a que él se llevara a menudo la totalidad de los laureles. De hecho, en alguna ocasión no ha dudado en calificarse a sí mismo como un caníbal, esto es, como alguien que se alimenta de otros. Ojo: no estamos minusvalorando sus capacidades, sino ponderando las de sus acompañantes, con frecuencia minimizados a su sombra, y entre los que también han estado, a lo largo de los años, personajes ilustres como Kid Congo Powers (The Cramps), Hugo Race, James Johnston (Gallon Drunk) o Jim Sclavunos (Sonic Youth, Tav Falco), y cuya última incorporación sonada fue la de Warren Ellis (Dirty Three), que se subió al barco como miembro oficial de la banda en 1997 (aunque ya había colaborado puntualmente en algún disco previo) y ha terminado por convertirse en la mano derecha actual de Cave, en gran medida responsable también del giro sonoro que se ha operado en los últimos álbumes del grupo.
Por si aquellas canciones que parecían venidas de otro mundo y el elenco de figuras totémicas del submundo rock que orbitaban a su alrededor no fueran suficiente, en 1991 la editorial valenciana Pre-Textos publicó con bastante puntualidad en España Y el asno vio al ángel, la primera novela de Cave, aparecida en inglés en 1989. ¡Así que además escribía! ¡Y también salía en El cielo sobre Berlín, la película de Wim Wenders! ¿Existía un tipo más cool en el universo rock? Definitivamente no.
El libro, de más de 400 páginas, contaba una historia que enlazaba con algunas de las obsesiones que Cave ya había ido mostrando en sus canciones: conexiones con la Biblia y el gótico sureño, muerte, violencia y redención, pero también amor y deseo, relaciones incestuosas, tendencia al tremendismo, religión y espiritualidad… También una cierta obsesión por las narrativas centradas en núcleos familiares disfuncionales y, más adelante, en las dinámicas entre hermanos, sobre todo cuando comience a desarrollar su faceta de guionista cinematográfico, en las películas The Proposition (2005), sobre una historia propia, y Lawless (2012), donde adapta la novela de Matt Bondurant The Wettest Country In The World (1988). Ambas están dirigidas por John Hillcoat, con quien ya había trabajado en Ghosts… of the Civil Dead (1988).

La primera vez que lo vi en directo fue en el Arena Auditorium de Valencia, en 1988, pero tengo más recuerdos de su siguiente escala local, cinco años más tarde, no solo porque la memoria es selectiva, sino porque en aquella visita, perteneciente a la gira del magnífico Henry’s Dream, y pese a su aversión a tratar con los medios, Nick Cave se avino a tener un encuentro con periodistas de la ciudad (no lo haría en Barcelona, donde ofreció el otro concierto español del tour), a la que asistí en calidad de colaborador de Rockdelux, que la publicó en su número 100, en septiembre del 93.
Ni a los periodistas ni a los artistas les gustan las ruedas de prensa. Demasiada dispersión, imposibilidad de hilvanar varias preguntas seguidas, salto de un tema a otro sin solución de continuidad, pereza general por ambas partes… Aún así, un Cave que pedía café con insistencia se prestó al intercambio durante una hora, lidiando con las cuestiones de algunos medios especializados y otros generalistas, bajo la atenta mirada de sus editores españoles y con la ayuda eventual de un visiblemente resacoso Blixa Bargeld, que apareció mediada la charla.
Releyendo el artículo aparecido entonces, constato que la rueda de prensa, que se celebró en un hotel cerca de la playa, fue interrumpida por una llamada telefónica de la Federación Valenciana de Natación, lo que provocó la hilaridad de Cave, y que al finalizar el encuentro se interesó por conocer algo de la ciudad, optando finalmente por visitar el casco antiguo. De las respuestas al batiburrillo de preguntas que le hicimos entre todos los presentes, rescato algunas de interés:
«Fue un gran error trabajar con David Briggs en Henry’s Dream. La compañía de discos llevaba varios años diciéndonos que sería beneficioso para nosotros utilizar un productor, y creían que él, por su trabajo con Neil Young, era apropiado. Pero es muy difícil hacer un buen disco teniéndolo dentro del estudio. Es un maníaco».
«Lo único que intento con mi música y mis escritos es encontrarme a mí mismo como ser humano. Creo que tengo cierta dificultad para expresar mis sentimientos y aquello que quiero comunicar. Quizá esa es la razón por la que Euchrid Eucrow, el protagonista de Y el asno vio al ángel, no puede hablar. Intento crear personajes de ficción que pueden ser extremos, como un asesino, para transmitir mis sentimientos personales. Eso no quiere decir que yo sea un asesino, pero sí hay algo de mí en ellos».
«Escuchar a los críticos y hacerles caso es una batalla perdida».
«No estoy interesado en el rock como algo que debe ser siempre nuevo ni como rebelión antisistema. Solo me interesa como medio expresivo, y se puede expresar gran cantidad de cosas usando los tres acordes de siempre».
«Siempre me ha interesado la Biblia. De pequeño, cuando vivía en Australia, iba tres veces por semana a la iglesia y poco a poco fui interesándome por ella. Cuando empecé a escribir la novela, que se inicia con una cita bíblica, volví a releerla y de nuevo la encontré muy interesante».
«He llegado a pensar en abandonar la música. Exige mucho aguante grabar, tocar, hacer ruedas de prensa… Y al final se convierte en algo triste».
«No me interesa utilizar mi grupo como pancarta de nada, eso se lo dejo a Sting. Creo que hay mucha gente que se siente aliviada de que no haya hecho eso nunca con mi música o con los Bad Seeds».
Desde aquel show del 93 en Valencia, he visto a Nick Cave en directo unas cuantas veces más. Y todas podrían ser calificadas de sobresalientes. En 1998, en el Doctor Music Festival de Escalarre, la banda ofreció un concierto inolvidable, con la luna brillando en lo alto tras el escenario al aire libre y Blixa sustituyendo a Kylie Minogue en When the Wild Roses Grow, con beso final en los labios a Cave. Después, en 2001, en una escala única en España, en La Riviera de Madrid, a donde peregrinamos fieles de todo el país (recuerdo cruzarme con Bunbury, Fernando Alfaro y Nacho Vegas) para asistir a una gloriosa celebración eléctrica imposible de obtener en un recinto que no sea una sala cerrada. Fue, además, la última vez que lo vi con Blixa, que dejó el grupo en 2003 para centrarse en Einstürzende Neubauten, con los que continúa grabando y girando, para alegría de quienes seguimos sus movimientos con fidelidad. No sería la única baja importante en la formación histórica. A principios de 2009, y tras más de 25 años a su lado, Mick Harvey también abandonó la nave. Las clásicas diferencias creativas fueron el motivo aducido, y se han ido concretando en años (y discos) sucesivos, en los que Cave ha dado el control a Warren Ellis y el sonido y la manera de componer han cambiado de manera notoria.
Como buen fan irredento, en 2006 me fui hasta París para ver de nuevo a Cave, en el Grand Rex, otro recinto cerrado. Era una gira de formato más austero, pero en el escenario le acompañaban unos cuantos de sus habituales, empezando por el ya imprescindible Warren Ellis, además de Harvey, Sclavunos y otros Bad Seeds como Thomas Wydler y Martyn P. Casey. Una vez más, memorable, con el público abandonando los asientos del local (en origen, un cine) para abordar las primeras filas y estar cerca de su ídolo. Todavía se podía ver a Cave en un recinto de 2.800 butacas.

Y aún disponía de menos localidades (800, para ser exactos) el Casino de l’Aliança del Poble Nou (Barcelona), donde Cave se presentó en 2009 para leer algunos fragmentos de su segunda novela, La muerte de Bunny Munro, aceptar preguntas del público e interpretar algunas canciones, con Ellis y Casey como escuderos. Más de dos horas de show en las que seguramente el único que lo pasó mal fue el actor Àlex Brendemühl, encargado de leer en castellano los mismos fragmentos de la novela y a quien recuerdo algo nervioso ante el envite.
Quedaban cuatro años para que llegara Peaky Blinders y, con ella, el gran salto a audiencias masivas y, consecuentemente, a recintos mucho más grandes, de esos en los que, en realidad, el concierto se ve en las pantallas laterales y es imposible reproducir la experiencia de la sala cerrada. Tiene gracia que, tras varias décadas de trabajo, ese crecimiento exponencial de público haya tenido lugar gracias a una serie de televisión (el fútbol de los culturetas) y a una canción (Red Right Hand) que llevaba apareciendo en la exitosa saga cinematográfica Scream desde la primera película (1996) sin conseguir el mismo efecto.
No he visto a Nick Cave en directo desde aquel 2009 en Barcelona. No me ha apetecido hacerlo en Palacios de Deportes ni en los sobremasificados festivales actuales. Y, por lo que me dicen quienes continúan asistiendo a sus conciertos, sigue siendo todo un espectáculo disfrutarlo sobre el escenario (a él y a su soberbia banda). Pero ya no me despierta el deseo de viajar a París, Madrid o Barcelona.
¡Un momento! ¿Escucho voces alegando el manido tópico de que el artista ha dejado de gustarme porque ya no es minoritario, exclusivo de la reducida secta que lo sigue desde sus inicios? No tan deprisa. La prueba de que mi interés por él no ha decrecido es que he seguido adquiriendo, quizá por inercia o completismo, la mayoría de libros con su firma o sobre su trayectoria (diría que solo me falta el de la bolsa para el mareo, pero todo tiene un límite). Y cuando en 2022 me propusieron participar en el libro colectivo Más allá del documento, sobre las derivas contemporáneas del cine de no ficción, propuse el texto El fantasma de Nick Cave. Fronteras entre realidad y representación en el documental musical, un intento de exploración de las relaciones del cantante australiano con el cine. Son, por lo tanto, décadas de interés por el artista, que a medida que pasaba el tiempo se han ido matizando hasta empezar a ver al personaje con otros ojos. A tener, sí, algunos problemas con Nick Cave. Lo que no significa que cuestione su talento. Orson Welles afirmó una vez que Elia Kazan era un traidor por vender a sus compañeros al senador McCarthy durante la caza de brujas, y le recriminó que además hiciera después la película La ley del silencio (On The Waterfront, 1954), una apología de la delación. Y en esa misma declaración añadió que Kazan era un gran director. Pues eso: Que lo cortés no quita lo valiente.

Así que vaya por delante una aclaración: Esto no es una enmienda a la cancelación de Nick Cave. En primer lugar, porque salvo alguna rara excepción, esa cancelación que algunos esgrimen como instrumento de la ‘dictadura woke’ (cuesta escribirlo sin reírse) no existe. Lo prueba la enorme cantidad de artistas y famosos supuestamente cancelados que siguen disponiendo de foros mediáticos para propagar sus opiniones tóxicas con el beneplácito de un alto porcentaje del público y la aquiescencia de un sector de la clase intelectual que esgrime argumentos sonrojantes para defender lo indefendible, especialmente cuando se trata de acusaciones de abuso, violencia sexual, machismo y homofobia. Mientras tanto, por cierto, Pablo Hasél sigue en prisión.
Y, ya que estamos, aprovechemos también para desterrar por siempre jamás aquello de que «hay que separar la obra del artista», como si no tuviera nada que ver la una con el otro. Como si la obra no fuera un reflejo directo del artista, su pensamiento, sus circunstancias, preocupaciones e intereses. Por eso Sonic Youth cantaban Youth Against Fascism y Los Meconios corean Vamos a volver al 36. Por eso Céline escribió Viaje al fin de la noche y por eso Eisenstein rodó El acorazado Potemkin y Riefenstahl El triunfo de la voluntad.
Nadie me va a arrebatar el placer de seguir escuchando The Mercy Seat, From Her To Eternity, Papa Won’t Leave You, Henry, Into My Arms, Deanna, The Weeping Song, There She Goes, My Beautiful World o, por supuesto, Red Right Hand, pero tampoco me impedirá confrontar algunas decisiones o declaraciones de su autor que me resultan, cuando menos, cuestionables.
Y lo cierto es que la cosa viene de lejos. Casi desde el principio. Decía Cave en aquella rueda de prensa en Valencia que «de pequeño, cuando vivía en Australia, iba tres veces por semana a la iglesia y poco a poco fui interesándome por la Biblia». Es curioso: yo estudié en Salesianos y en Jesuitas, donde teníamos misa semanal obligatoria, y en lugar de interesarme por los textos sagrados traté de huir de su adoctrinamiento como alma que lleva el diablo. Con el tiempo he sabido apreciar, como Robert Crumb, el gran libro de ficción que es la Biblia, que incluye una gran cantidad de sexo perverso y violencia gore en el Viejo Testamento, pero nunca despertó en mí ese interés por la espiritualidad que Cave, justo es reconocerlo, comparte con millones de personas en todo el planeta. Entiendo y respeto que el libro haya sido fuente de inspiración inagotable y que el cantante disfrute de una profunda vida interior, pero me molesta que eso haya ido derivando en un mesianismo cada vez más acentuado. No es el único en el sector, y al menos hay que reconocerle que ha sabido llevar esa conexión entre electricidad rock y trascendencia a cotas especialmente memorables, como las exhibidas en la gira del doble Abattoir Blues/The Lyre of Orpheus, donde se reclamaba heredero de la tradición gospel y se hacia acompañar por un coro de voces femeninas. Mi problema con el trance de Cave es que está más cerca del éxtasis místico que del lujurioso desenfreno sexual que propone, por ejemplo, Jon Spencer, otro cantante con clara vocación de predicador. Y, también, que siempre preferiré al tipo que se retorcía convulsivamente en el escenario con The Birthday Party al actual crooner de traje sastre y pelo Grecian 2000. Se podrá argumentar, no sin razón, que los años pasan para todos y que no tiene sentido hacer con casi 70 años lo que uno hacía a los 25. Y es cierto. Pero tengo dos palabras para, al menos, ponerlo en duda: Iggy Pop. Que, además, está al borde de los 80.
Por otra parte, sería realmente estúpido negar que la búsqueda de trascendencia espiritual ha sido el motor de incontables obras maestras. De Bach a Coltrane, de Dylan a Arvo Pärt, pasando por el éxtasis de Santa Teresa de Jesús y decenas de pintores superlativos, la inspiración religiosa es una constante en la historia del arte. A mí se me atraganta, qué le vamos a hacer. Y más ahora que parece ser tendencia en España, abanderada por el Lux de Rosalía (disculpen la obviedad) y el éxito de la película Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa, que incluye una secuencia en la que las niñas protagonistas cantan a coro, miren qué casualidad, Into My Arms. No Alabaré, Hosanna en el cielo, Tú has venido a la orilla o Yo tengo un gozo en el alma. No, una de Nick Cave. Que seremos beatas, oiga, pero modernas.

Si el mesianismo de Cave se limitara a sus discos y conciertos, no dejaría de ser un ejemplo más de artista pagado de sí mismo, condición por otra parte habitual cuando el ego juega un papel importante tanto en la obra como en la percepción que el público tiene de él. Del mismo modo, su diversificación de actividades se entiende como producto de su necesidad de expresarse a través de diferentes disciplinas (música, literatura, cine). Todo bien. Lo que resulta un poco sospechoso es que esa necesidad se ampliara a la cerámica justo en plena covid-19, esto es, cuando era imposible actuar en directo y los ingresos producto de las giras se esfumaron. Que fuera entonces cuando Nick Cave decidiera dar una nueva vuelta de tuerca a sus ángeles y demonios en forma de simpáticas figuritas dignas de un Lladró del lado oscuro parecía, básicamente, una nueva manera de sacar los cuartos a sus fans. Venían con excusa culturalista, inspiradas en unas tallas típicas de Staffordshire en el siglo XIX, y han pasado por diferentes galerías y museos, un circuito diferente (y más lucrativo) al del merchandising tradicional, que se concentra tanto en su web como en Cave Things, donde, aparte de los discos, libros y camisetas habituales, es posible encontrar prácticamente de todo: Desde chancletas, paraguas, toallas de baño, pegatinas, abanicos, tazas o delantales hasta el nada barato colgante con la mano derecha roja diseñado por su esposa, Susie Bick, o una sección infantil denominada Shit for Kids. Sí, es que Cave es muy punk. Y en lo que respecta a hacer negocio con su marca, el artista de culto más cerca de Taylor Swift. Huelga decir que está en su derecho.Como tampoco nadie puede censurarle que en 2018 pusiera en marcha la web The Red Hand Files (sí, el partido que le está sacando a la canción es asombroso). En su origen, y como él mismo la definió, era una idea sencilla, que le daba la posibilidad de establecer un espacio donde pudiera responder preguntas de sus fans. De hecho, ha protagonizado ocasionales encuentros por todo el mundo en los que aceptaba el intercambio con la audiencia, como hizo en el Casino de l’Aliança del Poble Nou. Una forma de acercar el mito a los simples mortales, de explicarse a sí mismo y, sobre todo, de seguir construyendo el personaje. Los Red Hand Files, de algún modo, permiten ese intercambio sin necesidad de hacer giras, desde la comodidad del ordenador de casa. Como es fácil deducir, la web se ha terminado convirtiendo en la consulta de un gurú. Cave se ha transformado en uno de esos todólogos que pueblan las tertulias televisivas, expertos en cualquier tema que les pongan delante. Da igual la política internacional que las enfermedades del alma, en las que sus fans le consideran un especialista. Todo un atrevimiento el del australiano, que debe lidiar, por ejemplo, con mensajes de atribulados adolescentes de tendencias suicidas. No querría tener en mis manos la responsabilidad de aconsejarles. Pero Cave está acostumbrado a meterse en camisa de once varas, y si algo no le ha molestad nunca es exponerse. Lo ha hecho, incluso, poniéndose ante la cámara en One More Time With Feeling (Andrew Dominik, 2016), un documental que aborda directamente la muerte de su hijo Arthur. Para unos, un exorcismo necesario; para otros, puro exhibicionismo emocional.Hablamos, por cierto, de un músico que protagonizó tres documentales en apenas nueve años. Una cifra realmente inusual, teniendo en cuenta que no hablamos de un artista masivo. Hay que admitir que todos ellos son de interés para sus seguidores, sin duda alguna. Sobre todo, 20.000 días en la Tierra (Iain Forsyth y Jane Pollard, 2014), otro vehículo minuciosamente elaborado para apuntalar su personaje.En esa línea va también el libro Fe, esperanza y carnicería, que recoge una serie de conversaciones con el periodista Seán O’Hagan. Es como si todo lo que diga Nick Cave importe. Como si necesitáramos que su luz nos ilumine sin descanso. En la contraportada se destaca una de sus sabias reflexiones: «El joven Nick Cave podía permitirse ser desdeñoso con el mundo porque no tenía ni idea de lo que le deparaba el futuro. Ahora veo que este desdén o desprecio por el mundo era una especie de ostentación o condescendencia, incluso un derroche de vanidad. No sabía del valor de la vida, de su fragilidad. No tenía ni idea de lo difícil pero esencial que es amar el mundo y tratarlo con misericordia. Y, como decía, no tenía ni idea de lo que le deparaba el camino».Al margen del arrebato místico, nada sorprendente, y de que ya sabemos qué tipo de gente es la que habla de sí misma en tercera persona, lo podría haber resumido sin ser tan pomposo: «Me he hecho mayor. Los años te otorgan madurez y una perspectiva diferente de las cosas». Algo que, efectivamente, necesitábamos que nos dijera Cave, porque es el tipo de verdad que no somos capaces de alcanzar a través de nuestra propia experiencia. ¿Estamos ya frente el Paulo Coelho del rock? ¿Ante el próximo redactor de frases para los sobres de azúcar de las cafeterías? Exagero, por supuesto, pero tanta sobreexposición corre el riesgo de resultar estomagante. Al menos, lo ha sido para mí.

Y aún faltaba la guinda del pastel, la que nos enfanga en el territorio de lo ideológico (como si el misticismo no lo fuera). Hablamos, claro, del Nick Cave que defiende a su amigo Wim Wenders cuando dice que el cine no debe meterse en política y que justifica sus conciertos en Israel basándose en una postura firme contra el boicot cultural, al que califica de «cobarde y vergonzoso», desvinculando su actuación de las políticas del gobierno israelí. Imaginamos que Cave supone que ninguno de sus fans en Israel votó por Netanyahu y que un genocidio no es razón suficiente para posicionarse. Una vez más, está en su derecho. Pero Andrew Mitrovica se lo dejó claro en un artículo de 2024: «Actúa en Israel, pero no finjas que no lo sabías». En su texto, el periodista señala que, adoptando esa posición, Cave se atribuye un papel que le va con un guante: el de «renegado que se resiste a las fuerzas de rechazo ‘tradicionales’, empeñadas en amordazarlo a él y, por extensión, a su arte». En 2017, Cave dirigió una carta a Brian Eno asegurando que no apoyaba al gobierno israelí ni lo culpaba, atención, de las «injusticias sufridas por la población palestina». Y unas líneas después acudía a la palabra mágica para legitimar sus opiniones: el boicot a Israel podía considerarse antisemita. Es lo mismo que acusar de antiblanco a quien se opuso al apartheid sudafricano. Pero sucede.
En el libro Sound System. El poder político de la música (Katakrak, 2018), y su adenda posterior, El genocidio en Gaza y los fantasmas de Spotify (Katakrak, 2025), el músico Dave Randall cuenta que algunos miembros del Socialist Worker Party británico le pidieron que se afiliara. «Les dije que los artistas deben ser políticamente independientes. No les costó mucho convencerme de que mi respuesta había sido una chorrada con ínfulas». Randall era entonces componente de Faithless, una banda mucho menos cool que la de Cave, y su decisión de convertirse en activista le creó muchos problemas con su manager y hasta con sus compañeros de grupo (que abandonó definitivamente en 2011). Pero ya no dice chorradas con ínfulas. Tampoco lo hace una lista de nombres que no cabría en varias páginas y que incluye a Billy Bragg, Paul Weller, Primal Scream, Massive Attack, Elvis Costello, Portishead, Pixies, Cat Power, Santana, Devendra Banhart, Tindersticks, Billie Eilish, Dua Lipa, Björk, Bob Vylan, Paul Simonon (The Clash), The Weeknd… Frente a su clara toma de postura, otros se refugian en la equidistancia o alardean de su ignorancia sobre el tema. Sleaford Mods, muy working class ellos, se marcharon del escenario en Madrid porque les lanzaron un pañuelo palestino desde el público. Poco después, el cantante James Williamson se justificaba diciendo: «No me pidan que en un concierto elija un bando para algo sobre lo que no tengo ninguna idea real. Soy cantante, mi trabajo es la música. Lo único que realmente sé sobre la guerra es que estoy harto y cansado de la muerte prematura como todos nosotros. Del asesinato de cualquiera bajo cualquier maldita red de creencias». Todos iguales. Ni de izquierdas ni de derechas.
Quizá sea una casualidad, o quizá no, pero Sleaford Mods, Radiohead (así como Thom Yorke en solitario) y Nick Cave and the Bad Seeds están representados por la misma agencia de contratación, ATC Management, perteneciente a un grupo global en el que participan empresas como Schroders, una multinacional británica de gestión de activos con más de 4.700 empleados en Europa, América, Asia, África y Oriente Medio. Ya se sabe: Sigue el rastro del dinero.
Que alguien tan inteligente como Cave crea que no existe relación entre la ciudadanía de un país y su gobierno es tanto como desconocer el funcionamiento de un régimen democrático. Los gobiernos son elegidos por el pueblo, y actúan según su mandato mayoritario. Fin de la cita, que diría M. Rajoy. Mitrovica recoge también la decepción de un fan que no entendía que Cave mostrara solidaridad con los ucranianos pero no con los palestinos. El cantante se elevó en el aire para afirmar que simpatizaba profundamente con «el trágico destino de todos los inocentes». Amén. Una frase tan bonita como carente de significado cuando ante un genocidio se habla de «situación compleja» (¡hola, Thom Yorke!).
En fin, Nick, que empiezan a ser demasiadas cosas. Que igual no eres tú y soy yo. Hace décadas descubrí a un gran cantante, compositor y performer y el lote ha acabado incluyendo a un gurú, un mesías egomaníaco, un ceramista y, ay, un sionista. Parece un chiste malo. Mientras termino este texto leo que Ejae, una cantante surcoreana-estadounidense del universo k-pop de la que no había oído hablar en mi vida de boomer obsoleto y desorientado, te acaba de arrebatar el Oscar a mejor canción original, al que optabas con Bryce Dessner por Train Dreams. Otra vez será. Seguramente hay alguna moraleja en ello que se me escapa. Supongo que este ya no es nuestro mundo. Ni el mío ni el tuyo. Por eso creo que lo mejor que podemos hacer es no perder la dignidad. Pero quién soy yo para dar consejos.
