Jun 4, 2026 | Libros, Periodismo
El 12 de mayo, dos días después de su cierre, los medios daban cuenta de la finalización de la 61ª edición de la Fira del Llibre de València. En las tres primeras líneas del reportaje que firmó Voro Contreras sobre el tema en el diario Levante se señalaba que la organización hacía un balance positivo, «tras superar los 500.000 visitantes y mantener unas ventas globales en torno al millón de euros». Es el criterio habitual para considerar si ha sido un buen año: los números. Al fin y al cabo, a la Fira se va a vender, dando por hecho que así se está apoyando la cultura. Cuanto más alta la cifra, más culta la sociedad.
En otros artículos relacionados con el asunto leo que las autoras que han batido récords son Joana Marcús y «Allice» Kellen —entrecomillo porque así, mal escrito, es como aparece en el titular de Europa Press—. De la primera no había oído hablar en mi vida, pero internet la define como escritora de fantasía, ciencia ficción y romance juvenil, añadiendo que debutó a los trece años. La segunda, con la que sí me había topado alguna vez en las mesas de novedades, se dedica, según las fuentes, a la literatura romántica juvenil y adulta. Aclaro, por si hiciera falta, que no he leído nada de ninguna de las dos, así que no puedo opinar sobre su trabajo.
Unas semanas antes, se había celebrado un nuevo Sant Jordi de récord en Catalunya. Entre los más vendidos en la gran fiesta del libro, aparecen Paz Padilla, varios presentadores de TV3, diversas monsergas de autoayuda, especialistas en fenómenos masivos como Albert Espinosa y Juan Gómez-Jurado y autores considerados de prestigio que siempre queda bien regalar en fecha señalada: David Uclés, Fernando Aramburu, Eduardo Mendoza…
Colegir de las cifras de ventas globales de este tipo de eventos que la industria editorial española goza de buena salud —o que España lee— es engañoso. Es el equivalente de afirmar que el cine español tiene un gran tirón comercial porque las películas de Santiago Segura recaudan millonadas. Mientras tanto, centenares de libros venden menos de 100 ejemplares y decenas de películas ni siquiera llegan a estrenarse en las salas.
Durante un paseo por la Fira pude constatar personalmente la gran afluencia de público. Lógico: Fin de semana, día soleado, numerosas familias de paseo… Pero sucede como en los conciertos matinales gratuitos al aire libre: No sabes quién ha ido a ver al grupo, quién pasaba por allí o quién va para saludar a los colegas y tomarse una cerveza. También hay público que acude porque le interesa la banda que actúa, del mismo modo que en la Fira se celebraron actos y presentaciones abarrotados de gente, pese a que la de València no destaque precisamente por la abundancia de invitados de alto nivel —especialmente en el terreno internacional—. Otros, en cambio, se desarrollan ante apenas 10 personas. Y lo mismo pasa con las firmas de libros: La cola de Joana Marcús no parecía tener fin, pero lo más habitual es que el autor poco conocido se pase unas horas asándose en el interior de la caseta y, con suerte, eche el garabato de rigor en 3 o 4 ejemplares. Los casos más desalentadores son los de esos desconocidos que te abordan al pasar por su lado —siempre se sitúan en la entrada del stand, para intentar cazar incautos— y te dicen que son escritores, que si te interesa la novela negra ambientada en Valencia que acaban de publicar —a veces, autopublicar—, que te va a encantar. Y que, si quieres, te la firma. Moral no les falta. Pero me temo que venden entre poco y nada. Parece evidente que la mayoría del público de la feria es aleatorio, no visita el recinto como se entra en una librería, donde parte del placer consiste en escarbar en las estanterías o dejarse llevar por el consejo del librero.
En el recorrido, pregunté en algunas casetas de confianza, con resultados desiguales: La mayoría comentaban que la semana se había saldado más o menos como el año anterior, aunque también hubo quien se sinceró y dijo que había vendido un 30% menos. La alegría va por barrios. No faltó tampoco algún comentario sobre la ubicación, el precio a pagar por la caseta si se pertenece o no al gremio organizador y otros factores de influencia, así como el contratiempo de haber tenido varios días de lluvia, que mantiene a la gente dentro de casa e incluso obligó a cerrar los puestos y suspender actividades.
Todas las crónicas coincidieron en señalar también el incremento del número de librerías participantes, subrayando su carácter dinamizador como negocios de barrio. Sin embargo, al ser preguntados en reportajes, lo primero que destacan esos mismos libreros es que en diez días han facturado como en dos meses, y aunque se hace hincapié en que se trata de proyectos independientes, en la mayoría de sus expositores abundan los mismos títulos que se pueden ver en los de las grandes superficies. Porque todo el mundo compra lo mismo. Incluso algún librero rompe una lanza en favor de las autoras de moda mencionadas anteriormente: “Muchas veces se mira este tipo de literatura con recelo en cuanto a nivel literario, pero mueve muchísimo dinero y muchísimo público”. Poco más que añadir. Las razones, de nuevo, obedecen a cuestiones numéricas.
Pero ojo, usamos los números a conveniencia. Porque no estaría de más que las fajas publicitarias que exhiben en letras de gran tamaño reclamos de segunda, tercera o cuarta edición de algún libro —en realidad, reimpresiones— añadieran también el número de ejemplares despachados en cada una de ellas. Que no sería la primera vez que son menos de cien. Lo que cuenta en este caso es que a más ediciones, más éxito. Si no se añade la cantidad —dato que sí se aporta en los bestsellers: «más de 200.000 ejemplares vendidos»—, es que no es relevante.
Y ya que hablamos de cifras y letras, van algunos datos que se contradicen con el optimismo mayoritario testado tras la Fira. Según el estudio anual Mapa de Librerías, que elabora la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros, y ha compartido en sus redes José María Barandiaran, se ha detectado que disminuye la presencia de librerías en la plataforma Todostuslibros: Aún habiendo recibido en los últimos cuatro años casi un millón de euros en subvenciones, no consigue una implantación firme en el territorio. Y también decrece, en contra de lo que parece suceder en València, el número de librerías independientes, mientras que proporcionalmente las que aumentan son las de antiguo y segunda mano. Quizá el precio de las novedades tenga algo que ver.
Aventurarse en el eterno debate entre cantidad y calidad es pisar terreno resbaladizo, y más en un momento en que el ejercicio crítico —es decir, la prescripción especializada— se encuentra en franco retroceso. Pero evaluar asuntos culturales únicamente en función de las cifras resulta extremadamente peligroso. Sería descorazonador sacar el valor del ticket medio entre ventas totales y número de visitantes en un caso como el de la Fira, y además es muy fácil de calcular: Medio millón de asistentes, un millón de euros en ventas, da un saldo de 2 euros de gasto por persona. Una novedad editorial tiene un precio medio de 20 euros. No hace falta ser Pitágoras para concluir que un porcentaje muy elevado de personas que se acercó a los Jardines de Viveros no gastó ni un céntimo en libros. Y no sería por falta de oferta. Las librerías saben que se trata de un evento puntual, cuyo máximo objetivo es visibilizar su existencia —pocas se resisten a participar—, pero que al cliente fiel hay que ganárselo a base de trabajo constante, de cuidar del círculo de proximidad —presentaciones, clubes de lectura, «no lo tengo ahora pero si quieres te lo pido»— o de la especialización temática: feminismo, literatura crítica, en valenciano, etc. El caso de los editores es diferente, ya que en el día a día no es habitual que dispongan de establecimiento comercial propio y llegan al lector precisamente a través de la mediación de las librerías, por lo que una feria ofrece la oportunidad de ponerles cara.
Aunque suene duro, parece que a las ferias acude una mayoría de público que no visita librerías con regularidad. Por eso cada vez proliferan más eventos de corte similar, aunque sean mucho más modestos: porque en unos pocos días, normalmente un fin de semana, todo está al alcance de la mano en el mismo sitio. El objetivo es crear un efecto llamada que implica pasar la mañana o la tarde en un entorno cultural —algunos dirían cultureta— donde, además, puedes comprar algo. Y funciona —muy bien— para iniciativas alternativas que no disponen de espacio en las librerías convencionales porque amplían sus intereses más allá del formato del libro convencional: autoedición, ilustración, ediciones limitadas, fanzines, catálogos de arte…
La cultura, decíamos, se mide en cifras y datos estadísticos. Es una cuestión de cantidad. Va al peso. Hasta extremos realmente ridículos. ARCO es un éxito por su cantidad de visitantes. Como Fitur. El Prado, el Reina Sofía, el IVAM, todos se dan de codazos por ganar el relato numérico. Da igual que los visitantes recorran las salas al trote, sin apenas detenerse en un par de cuadros para hacer la foto de rigor y subirla a las redes. Son ya parte de la estadística que permitirá hinchar el pecho de las instituciones oficiales. Olviden los textos analíticos y los ensayos sesudos, el rey de la cultura es un aparatito conocido como tally clicker, un contador que manejan los bedeles o empleados de cada espacio y que pulsan cada vez que alguien cruza la puerta. Cada persona es un clic. Un número. La calidad de su experiencia en el interior no es mensurable, así que el éxito se mide en función de la cantidad.
Esta dinámica perversa hace tiempo que ha derivado en demencia entre algunos responsables culturales, públicos y privados. Cuando en noviembre de 2023 el gobierno autonómico del Partido Popular despidió de manera improcedente —hay fallo judicial en firme que lo atestigua— a José Luis Pérez Pont como responsable del CCCC (Centre del Carme Cultura Contemporània), uno de los principales argumentos en defensa de su gestión fueron las cifras de asistentes al recinto. Eran, sin duda, espectaculares, producto de un esfuerzo sostenido e indiscutible. Pero, ay, no eran del todo ciertas. Yo mismo comprobé personalmente en numerosas ocasiones cómo se contaba por duplicado o triplicado —¡clic!— a gente que ya estaba dentro del museo asistiendo a un concierto y volvía a entrar después de haber salido a la calle a fumar. Un sistema parecido al de los grandes festivales de música, en los que la persona que compra el abono de tres días cuenta por triplicado, porque acude al recinto cada día.
Se entiende que se usen las cifras en vez de aportar un listado de los artistas de relevancia que han protagonizado las exposiciones del centro, porque llaman más la atención. El problema es que hecha la ley, hecha la trampa. Y siguiendo con los refranes: a rey muerto, rey puesto. El 28 de diciembre del mismo 2023, PP y Vox —conviene recordar que el Conseller de Cultura era un torero— nombraron como sustituto a Nicolás Bugeda, quien seis meses antes había obtenido la incapacidad permanente en grado total. Milagrosamente restablecido, no solo se hizo cargo del espacio, sino que antes de finalizar 2025 ya anunciaba a bombo y platillo que el CCCC había alcanzado los 350.000 asistentes, sobrepasando «todos los datos anuales desde 2015, logrando así el mejor resultado de su historia». A saber cuántos contadores funcionaron simultáneamente ese año.
Y sí, no hay error en lo señalado más arriba: se contaba a la gente que asistía a un concierto. Una de las estrategias de los centros de arte actuales es que han dejado atrás el antiguo concepto de museo, al parecer obsoleto, para convertirse en contenedores multiusos, donde no solo caben exposiciones, sino todo tipo de ferias, actuaciones musicales y cualquier otra actividad que sirva para, efectivamente, atraer público. El CCCC explotó esa vía con gran dedicación, hasta el punto de que en redes sociales hubo quienes dieron un nuevo significado a sus siglas: Chunda Chunda Chunda Chunda. Una programación que, sin duda, atrajo gente joven y permitió recoger eventos de La Mutant que buscaron nueva ubicación cuando las lluvias inundaron las instalaciones de Las Naves. Que disfrutar de una exposición con un grupo o DJ a todo volumen a 50 metros no sea una experiencia agradable es lo de menos.
No es un caso único. El Museo de Bellas Artes de València, una de las pinacotecas más importantes del país, con una colección de tablas góticas de los siglos XIV y XV de relevancia internacional y obras de Botticelli, Velázquez, El Greco, José de Ribera, Zurbarán, Murillo, Goya, Pinazo, Zuloaga y una lista interminable de artistas —de hecho, es uno de los secretos mejor guardados de la ciudad— también ha decidido convertirse en espacio multimedia. Ciclos de cine, conciertos y otras actividades destinadas a captar público joven se suceden en el recinto.
¿Cuál es el problema? ¿Acaso no se puede diversificar la actividad de un espacio público ofreciendo diferentes propuestas multidisciplinares a sus visitantes? Por supuesto que sí. Pueden llamarme suspicaz si quieren, pero parece bastante incongruente que la mayoría de veces esas actividades no tengan relación alguna con el contenido del museo. Es decir, no establecen vínculos con el capital cultural del recinto. Y no, la mayoría de espectadores que acuden al concierto o a la proyección no aprovechan después para darse una vuelta por la sala del Quattrocento ni se dan un baño de pintura manierista antes de volver a casa. Es decir, que hacen una aportación nula al objetivo principal del museo. Más aún: muchas de tales actividades se desarrollan en salas que carecen de las condiciones necesarias para llevarse a cabo: acústica defectuosa, eco, proyecciones deficientes… Quizá es que no son espacios diseñados con ese fin. Flaco favor se hace a la cultura en tales circunstancias. Igual, vaya usted a saber, tampoco hace falta que todos los centros de arte sean multiusos. Incluso es posible que los esfuerzos organizativos y de inversión que se hacen en esas otras actividades —que, es cierto, tampoco son excesivos— pudieran reconducirse a dar mayor visibilidad a las colecciones permanentes, exposiciones temporales, edición puntual de los catálogos…
En estas lides, los gestores de festivales de cine se han convertido en auténticos especialistas del malabarismo numérico. Cualquier excusa es buena para contar asistentes. Y utilizamos el término asistente, y no espectador, porque muchos de ellos ni siquiera pisan las salas de cine, sino que acuden al reclamo de alguna marca de cerveza que instala el preceptivo chiringuito promocional al abrigo del festival —a veces, suministrando alcohol en plena calle, una práctica ilegal—. La inflación de cifras en los certámenes cinematográficos puede alcanzar hasta al que pasa por el hall del local de turno para cruzar al otro lado de la manzana. O lleva hasta el extremo el concepto de «público cautivo». Ya se sabe que proyectar producción local llena las salas, pues acude todo el equipo de la película, familiares y amigos. Pero crear jurados jóvenes de 40 personas —a las que hay que añadir los acreditados— en salas de menos de 200 butacas, es decir, ocupar por parte de la organización el 25% de la capacidad, solo significa una cosa: que no tienes público real. Pero da lo mismo: toda esa gente se cuenta también. Y si aún así no superas la cifra del año anterior, no das la de este año y listo. Tampoco te la va a exigir ningún periodista. Lo importante es elaborar un titular de nota de prensa con gancho, donde no falten palabras como récord o éxito. Incluso si no llegas ni a cinco mil, porque nadie va a hacer la división entre cifra global de asistentes y número de proyecciones. Que además tampoco sería fiable, porque contaría como espectadores a todos aquellos que se pasaron a saludar el día de la fiesta de industria o de la exposición de baratillo de turno —organizada, precisamente, para poder seguir sumando—. Que nadie se rasgue las vestiduras: Todo el mundo lo hace. Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra.
Por otra parte, más allá de la competición entre eventos culturales por ser el que más gente reúne, otra circunstancia espolea esta carrera sin sentido: las cifras son también un baremo a la hora de recibir patrocinios, ayudas, subvenciones oficiales y publicidad. Cuanta más gente alcanzas, más posibilidad tienes de obtenerlas. Y claro, nadie quiere ser el tonto de la clase. El círculo vicioso se completa incrementando el presupuesto a invertir en los medios, que se harán eco de tu actividad no en virtud de su relevancia, sino de lo que les caiga en el bolsillo. Por eso algunas instituciones, públicas y privadas, aparecen a diario en la prensa —digital o en papel, corporativa o supuestamente independiente— y otras se diría que no existen. Ese impacto mediático, por engañoso que sea, también es un factor que suma.
El gran problema con la experiencia cultural es que el nivel de satisfacción es imposible de cuantificar. Tampoco debería ser necesario. Pero nadie desea quedarse fuera del juego. La Fundación Contemporánea hace pública cada año una encuesta considerada de manera unánime el barómetro de la cultura en España. No se sabe quién participa en las votaciones, ni nombres ni procedencia ni profesión, por lo que su fiabilidad es nula —por mucho que se diga que eso preserva su independencia—, pero quienes salen bien parados en ella la enarbolan como prueba de su éxito. Como no podía ser de otra forma, se basa en un ranking, en clasificar numéricamente las propuestas culturales. Tampoco sorprende que los primeros puestos casi siempre sean los mismos, buques insignia estatales como el Reina Sofía, el Prado, el Guggenheim, el CCCB, el Thyssen —¡España, país de museos!—, Zinemaldia, Teatro Real de Madrid… En el ranking autonómico, y pese al récord de espectadores anunciado, el CCCC valenciano ha bajado del puesto 3 al 11. Una cosa es dar cifras uno mismo y otra que te puntúen los demás, claro. Sin embargo, lugares recién abiertos cuando terminaba el periodo de votación aparecen muy bien situados, mientras que otros han desaparecido misteriosamente de una lista fruto del capricho, los intereses y amistades de quienes emiten su veredicto. Porque serán anónimos, pero todos conocemos a alguno. Y sabemos que, a veces, salir o no depende de un solo voto. De ahí que tantos espacios o eventos tengan el mismo porcentaje de valoración. O que aparezcan propuestas realmente pequeñas, muy minoritarias, mientras otras con mucha más visibilidad y reconocimiento popular brillen por su ausencia. De ahí también que en una lista de 29, hasta 23 sean de Valencia, y otros tres más de su provincia. Castellón y Alicante se reparten los 3 restantes. Pocos votantes debe haber allí. Criterio cero, en definitiva.
También hay que admitir que no tiene influencia directa en nada. Los agraciados en el sorteo sacan pecho un par de días en sus redes sociales y una semana más tarde nadie recuerda unos datos que se lleva el viento hasta la encuesta del año siguiente. Entonces, volverá a empezar el juego. El mismo de cada temporada: comparar números, equiparar los guarismos con uno mismo y con la competencia. Morir ahogados por listados, rankings, porcentajes y cantidades. Seguir perpetuando el error de medir el valor de la cultura en cifras.

Abr 16, 2026 | Música, Periodismo
Acostumbro a recuperar por aquí entrevistas con artistas internacionales porque, en teoría, siempre han sido más inaccesibles. O, al menos, resultaba más infrecuente tener la oportunidad de charlar habitualmente con ellos. Es cierto que, a lo largo del tiempo, la profesión periodística me ha permitido coincidir más de una vez con Iggy Pop, Chrissie Hynde o Lou Reed, pero la cercanía geográfica de los españoles posibilita, por lógica, que se pueda hablar con ellos prácticamente cada vez que tienen alguna novedad que promocionar. A lo largo de los años, he entrevistado en numerosas ocasiones a músicos como Santiago Auserón, Ariel Rot o Loquillo, entre otros.
No fue el caso de Antonio Vega, con quien solo tengo recuerdo de haberlo hecho un par de veces, y además muy separadas en el tiempo. De la primera ni siquiera he podido localizar la fecha, pero debió ser en torno a 1986/87, coincidiendo con una visita de los todavía en activo Nacha Pop a la discoteca Espiral de L’Eliana. No es posible recuperarla porque nunca apareció publicada en papel, ya que su destino final fue la emisión radiofónica.
Por entonces hacía un programa en Radio Klara y solía acudir a los conciertos cargado con una grabadora para abordar a los músicos cuando tuviera ocasión. Nada de pactar con las compañías discográficas estando en una minúscula radio libre. Aquello eran asaltos en toda regla, pidiendo entrar en camerinos tras la actuación o acudiendo a la prueba de sonido para tratar de registrar algunas impresiones del grupo que compartir con los oyentes.
Conservo una foto que atestigua aquel encuentro, y de la imagen se deducen varias cosas. Por ejemplo, que las grabadoras en los años ochenta eran enormes. O que la gestualidad parece indicar que fue Nacho García Vega, el primo de Antonio Vega, quien lideró la charla. El tópico decía que Nacho era el extrovertido, responsable de las canciones más pop de la banda, mientras que Antonio era su reverso en cuanto a carácter y, por lo tanto, autor de los temas más intimistas y confesionales de su repertorio. Me he molestado en echar un vistazo a algunos de sus discos y, para que conste y cada uno saque sus propias conclusiones, Lucha de gigantes, Chica de ayer, Una décima de segundo, Juego sucio o Magia y precisión son de Antonio, que siempre fue más prolífico, mientras que Vístete, Grité una noche, Agárrate a mí o No necesitas más llevan la firma de Nacho. No acostumbraban a compartir autoría con demasiada frecuencia, pero Sonrisa de ganador o Miedo al terror son algunas de las excepciones.

Nacha Pop se separaron oficialmente en 1988. Dos años después, Nacho formó Rico, una nueva banda, mientras Antonio Vega emprendió en 1991 una carrera en solitario que se inició con el inspirado No me iré mañana, pero que fue perdiendo algo de fuelle con el paso del tiempo, a la vez que se extendían los rumores sobre su estado de salud, pues era un reconocido adicto a la heroína que había pasado tanto por curas de desintoxicación como por recaídas.
En 2001, pasada una década de aquel debut a su nombre, llegó De un lugar perdido, un disco de pop rock adulto, sin aristas, con ocasionales arreglos jazz, que se antojaba corto, con solo nueve canciones, entre las que se contaba el rescate de A trabajos forzados, que había compuesto para Clara Montes.
Esta vez la entrevista sí se hizo según los cánones. Es decir, que fue el sello discográfico el que pactó un encuentro con el artista en un hotel de Valencia y en una fecha concreta. Y allí nos citamos para mantener una charla que aparecería en marzo en Neo, el suplemento del diario Levante.
Antonio Vega se alojaba en una suite con un saloncito separado del dormitorio, donde el periodista esperaba a que apareciera. Cuando lo hizo, su imagen parecía dar la razón a quienes ya entonces manifestaban evidente preocupación por su estado de salud. Extremadamente delgado, taciturno, pero amable, me tendió la mano, se sentó en el cómodo sofá de la habitación y me hizo una pregunta: «¿Te importa si mientras hablamos me entretengo con este reloj?» Un poco descolocado por lo insólito de la situación, le contesté que no y entonces me mostró un reloj de muñeca, con la tapa trasera abierta, que dejaba el mecanismo a la vista. «Me ayuda a concentrarme», añadió, y se puso a hurgar en él con un pequeño gancho metálico. Su atención se focalizaba en lo que tenía entre las manos, la cabeza baja, pero contestaba con claridad y sin titubeos. Hacia la mitad de la entrevista, levantó la vista y me dijo: «¿Quieres tú también un reloj?» Le agradecí el detalle y decliné la oferta, consciente de que habitaba en su propio mundo.
No incluí la anécdota en el texto publicado, que se ciñe al contenido del disco y a algunas cuestiones sobre su carrera musical. Aunque solía plantear temas espinosos a los entrevistados, admito que no me atreví a indagar en la veracidad de algunas informaciones un tanto escabrosas que corrían por la trastienda del sector, y que hablaban de los intentos de su compañía discográfica para que se arreglara la dentadura, o de que tenía un estudio con músicos a su disposición casi de forma permanente para cuando estuviera en condiciones de ir a grabar alguna canción.
Solo tres años más tarde, en 2004, murió Margarita del Río, su pareja, que trabajaba en EMI. Fue un duro golpe para Antonio Vega, que le dedicaría su último disco, 3000 noches con Marga (2005). En mayo de 2009, él fallecía también a causa de una neumonía aguda, derivada del cáncer de pulmón que padecía. Tenía 51 años.

ANTONIO VEGA
EL CHICO DE AYER
Hagan cuentas: ¿Cuántos músicos de aquellos que a comienzos de los ochenta cambiaron la cara al pop español continúan en activo y ofreciendo material interesante? Probablemente, solo dos: Santiago Auserón y Antonio Vega, ese chico triste y solitario que puso el contrapunto intimista al repertorio de Nacha Pop, uno de los grandes grupos en la historia de nuestra música. Tras la separación de la banda, Vega inició un periplo como solista que no puede calificarse de prolífico, pero que en la mayoría de casos ha estado a la altura de su pasado. De un lugar perdido es el cuarto disco de esa trayectoria, un trabajo que significa también su debut con nueva compañía discográfica y la constatación de que los rumores sobre su estado de salud y su leyenda tóxica no respondían del todo a la realidad. El veterano compositor habla de su nueva criatura sin miedo a coger el toro por los cuernos.
¿Te molesta llevar a cuestas la etiqueta de músico maldito?
Jamás me he considerado un maldito, ni un perdedor ni nada parecido. Al contrario, soy una persona optimista y alegre. Esa es una historia producto de alguna que otra mente calenturienta, que alucinó con historias mitómanas y que se ha recreado en esos terrenos, buscando recursos para seguir avivando una leyenda que no tiene base ninguna en la realidad. Sí, tuve un momento oscuro en mi vida, en el que la alegría brillaba por su ausencia, pero no hay que quedarse en esa etapa y convertirla en el signo de toda una vida.
¿Crees que el problema reside en que a veces se habla más de cualquier otra cosa que de la música?
Exacto. Si hay quien me lleva en el corazón o tiene mis discos en su casa, es por un trabajo musical y literario, no por otras cosas. Luego, cada uno se dibuja su propio perfil del artista en base a lo que conoce o sabe y también a su propia fantasía, pero si estoy donde estoy es porque hasta ese sitio me han llevado mis canciones y mis textos.
En tu nuevo disco incluyes un breve texto donde enlazas el título De un lugar perdido con la frase Anatomía de una ola, título de tu anterior LP. ¿Estás sugiriendo una continuidad entre ambos discos?
Sí que la reivindico, en el sentido de que De un lugar perdido puede dar continuidad a una línea vital mucho más positiva, más esperanzadora, que tuvo su arranque en Anatomía de una ola. Es como una sensación de más brillo, más luz, más ilusión. También surge en contraposición a ese malditismo del que hablábamos antes. Si en algún momento ha habido algún matiz oscurantista en mi vida, con Anatomía de una ola empezó el antídoto, que ahora continúa con De un lugar perdido.
Como siempre, el disco tiene pocas canciones. ¿Has hecho mucha criba o es que tenías poco repertorio?
Todo lo que tenía es lo que he grabado, pero había dos temas más que no se han podido incluir y que, en realidad, daban el toque final al paquete de canciones, que habría llegado a once. No se incluyeron porque no tuvimos tiempo para terminarlas como deseábamos en el estudio y no quisimos bajar el nivel.
Anatomía de una ola fue un disco muy tenso porque significaba el fin de tu relación con Polygram. ¿Te resultó después fácil encontrar compañía discográfica?
No fue difícil. En el momento en que me vi liberado del contrato con Polygram recibí varias ofertas y mi agencia de management empezó a negociar. Todo el mundo sabía que finalizaba mi relación con ellos y había expectativas.
Nacho Béjar ejerce de productor, pero vuestra relación se remonta a varios años atrás. ¿Se le puede considerar tu alma gemela en términos musicales?
Hemos compartido muchas horas con la guitarra, en el estudio, componiendo y hay una convergencia evidente. También la cantidad de trabajo que hemos hecho juntos y los cientos de veces que hemos compartido escenario nos han permitido formar un equipo de trabajo coherente y muy cohesionado. Nacho es, sobre todo, un gran amigo, pero a la vez es un gran profesional y un excelente compositor. La posibilidad de trabajar con él siempre había flotado en el ambiente, y esta vez se ha convertido en realidad, de lo cual estoy muy satisfecho. Más que como productor, ha trabajado codo con codo en un proyecto de una manera en que yo no podría haberlo hecho con ningún otro.
De todos los temas que incluye en el disco, Hojas que arranqué es el que más suena a Nacha Pop. ¿Coincides en la opinión?
Estaciones está cerca de Enganchado a una señal de bus, y Ser un chaval tiene cierta conexión con Sonrisa de ganador, pero, efectivamente, Hojas que arranqué es la canción que más recuerda a Nacha Pop. Escuchándola con los ojos cerrados se diría que pertenece a Buena disposición o Más números, otras letras.
En A trabajos forzados adaptas un poema de Antonio Gala. ¿No temías caer en la cursilería que siempre se achaca a su obra?
Sí, es verdad que a veces se le ha calificado de cursi. Lo que pasa es que la poesía, en toda su extensión, y sobre todo cuando se usa un lenguaje coloreado y fantasioso, llega a utilizar recursos que pueden sonar redichos. El origen de la canción fue una adaptación musical de un soneto que hice para Clara Montes, pero me gustó tanto que luego la he recuperado. De los poemas que me dieron a elegir me quedé con éste porque me pareció el que más posibilidades me ofrecía.
¿Has pensado alguna vez en recopilar tus letras de canciones en un libro, como Leonard Cohen, Lou Reed y Corcobado?
De hecho, es una idea que me atrae desde hace mucho tiempo y que tengo guardada para poder hacerla realidad algún día. Me encantaría, desde luego. Creo que las letras se pueden aislar perfectamente de lo musical y tienen un valor poético propio que las hace perfectamente utilizables para una edición en forma de libro.
También han seguido una línea evolutiva. Al principio, se notaba una voluntad de capturar el entorno de una manera realista, como en la magnífica Atrás, mientras que ahora tiendes más a la metáfora. ¿Estás de acuerdo?
Es cierto. Últimamente ha habido una tendencia a utilizar recursos como metáforas y elipsis, que le han dado a los textos, en ocasiones, una forma más invertebrada e intangible. Pero también sigue ahí el texto más accesible en una primera lectura, sin necesidad de interpretaciones de fondo, como ocurría en Atrás, la canción que citas, donde se trata de narrar una historia que no tiene doblez alguno. En determinadas canciones se puede encontrar esa evolución sin necesidad de llegar a terrenos obligatoriamente simbólicos.
Seda y hierro se repite dos veces, en clave reggae y en una versión más intimista. ¿Por qué?
Porque esta canción, que escribí para Margarita, mi mujer, surgió de ese modo, con la guitarra acústica, y esa es la que representa y define mi estilo. La versión reggae resultaba atractiva por el trabajo del grupo, pero la acústica no dejaba de gustarme, así que la incluí como bonus track, fuera de los créditos, en su forma original.
Se prepara un concierto aniversario del Penta, surgen reivindicaciones de la movida… Como protagonista de aquella época, ¿qué opinas de estas celebraciones?
Toda aquella historia tuvo valor en su momento y su lugar. Por lo demás, lo que queda es un recuerdo entrañable y una referencia importante a la hora de escribir la historia de la música. Me parece bien que de vez en cuando se recuerden las cosas y se reaviven aquellos fuegos. No tiene nada de particular y es una manera de, para unos, recordar una bonita historia y, para otros, conocer lo que ocurrió cuando todavía no tenían uso de razón.
¿Cuándo fuiste consciente de que Chica de ayer se había convertido en un himno?
Yo no lo he sido nunca, lo que ocurre es que he tenido que ceñirme a los datos, que no hacen otra cosa que certificar que esa canción se ha convertido en un clásico del pop español. Si me lo dicen el año que la compuse, me echo a reír, porque ninguno podíamos imaginarnos que la historia iría tan lejos, ni mucho menos. Jamás hubiese pensado que Chica de ayer pudiera llegar a significar lo que hoy por hoy significa. Incluso yo mismo, desde mi visión poco objetiva, no acabo de entenderlo en toda su magnitud.
Hasta el punto de que ha dado la vuelta a la historia y ahora no son los grupos españoles quienes versionan a los extranjeros, sino que es un grupo americano como Gigolo Aunts el que versiona a Nacha Pop.
Sí, y su versión me gusta bastante. Me sorprendió gratamente, porque han logrado un sonido muy desenfadado, sin pretensiones. Aunque son americanos, le han dado un aire de pop inglés.
¿Qué te pareció el disco homenaje …Ese chico triste y solitario, que hizo temer por tu salud y reunió a muchos grupos que carecían de conexión lógica contigo o con Nacha Pop?
Fue extraño, porque, en primer lugar, se trataba de un recurso del sello discográfico, que se hallaba en crisis y necesitaba publicar algo que le ayudara a sufragar sus deudas. Precisamente porque la raíz está ahí y no en un homenaje sentido a mi persona es por lo que se contó con artistas que no tenían mucha conexión con mi universo personal o el de Nacha Pop. Por otro lado, tuve esa sensación de la que hablas. El disco se grabó de tal manera que me enteré de que se estaba haciendo prácticamente cuando ya estaba editado, y me llevé una sorpresa bastante desagradable, porque parecía que estaban echándome una paletada de tierra encima. Aluciné. Me dije: «¿Pero qué pasa? Voy a dar todavía mucha guerra, no penséis que os vais a librar de mi ni de coña».
Muchas gracias a Liberto Peiró por la cesión de la foto de apertura. Reservados todos los derechos y el copyright de la imagen.

Abr 6, 2026 | Cine
A principios de los noventa, un heterogéneo grupo de veinteañeros coincidimos con frecuencia en algunos enclaves del circuito festivalero español. Aficionados al cine de género, la serie B, los cómics y el cine erótico, éramos presencia habitual en Sitges, la Semana de Terror de San Sebastián o Cinema Jove (València), citas cinéfagas proclives al cachondeo nocturno y la fiesta sin freno, donde se disfrutaba tanto de las proyecciones como del despendole posterior, y a veces era bastante fácil abordar a personajes como Peter Jackson, Quentin Tarantino, Roger Avary, Bruce Campbell y otras leyendas que por entonces todavía no lo eran y resultaban muy accesibles a los fans.
Entre aquel batiburrillo de postadolescentes había de todo, y entre los habituales estaban, entre otros, Jesús Palacios, Pedro y Eva Calleja, Rubén Lardín, Borja Crespo, Isabel Andrade, Kikol Grau, Jordi Costa, Manuel Romo, Sandra Uve, Manuel Valencia, Sergio Rubio, Jorge ‘Putokrío’ Riera, Álex ‘Zinéfilo’ Mendíbil, el malogrado Pedro Duque e incluso una Lucía Etxebarría que todavía no había debutado como novelista. La mayoría hacíamos fanzines (2000 Maníacos, El Grito, Annabel Lee, BURP!), con la aspiración futura de ganarnos la vida escribiendo y, con el paso de los años, muchos conseguimos acceder a los medios profesionales o publicar diferentes libros, por no hablar de dirigir festivales, trabajar en Filmoteca Española o comisariar las exposiciones del CCCB.
Era una fraternidad basada en la amistad intermitente (no todo el mundo se veía con frecuencia, ya que muchos procedíamos de las periferias) y la pasión por un cine que apenas aparecía en las publicaciones respetables y al que, más allá de la diversión, le encontrábamos valores que nos parecían de interés, pese al desprecio sistemático que padecía desde los estamentos oficiales de la crítica.
Quiso la suerte que coincidiéramos en aquellos festivales y saraos con otro grupo de gente de la misma generación que se había metido entre ceja y ceja hacer cine de género, y a la que seguíamos con devoción porque estaban empeñados en que sus películas reflejaran, precisamente, los intereses que compartíamos. Algunos de ellos, además, habían pasado previamente por el mundo del cómic. ¿Sus nombres? Álex de la Iglesia, responsable del celebrado corto Mirindas asesinas (1990), que debutaría en largo en 1993 con Acción mutante; Juanma Bajo Ulloa, que deslumbró en 1991 con Alas de mariposa y cuando le citaban a Orson Welles decía que prefería a la pornostar Tori Welles; Jaume Balagueró, por entonces responsable del fanzine Zineshock, pero a punto de ponerse a filmar cortos como Alicia (1994) o Días sin luz (1996), interpretado por otra actriz porno, la española Maria Bianco; Daniel Monzón, que no tardaría en vender el guion de Desvío al paraíso (Gerardo Herrero, 1994), paso previo a su debut como director con El corazón del guerrero (2000); el singular Nacho Cerdá, con sus cortos Aftermath (1994) y Genesis (1998); o el valenciano Paco Plaza, que fue de festival en festival con Tropismos (1995), Tarzán el Café Lisboa (1997) y, sobre todo, Abuelitos (1999)…
Desde algunos sectores se empezó a hablar de un nuevo cine vasco, sumando a De la Iglesia y Bajo Ulloa los nombres de Julio Medem (Vacas, 1992), Daniel Calparsoro (Salto al vacío, 1995) y Enrique Urbizu, que había debutado un poco antes con la comedia Tu novia está loca (1988) y en 1991 demostró que podía ser el mejor director de policiales de este país con Todo por la pasta. Lo ratificaría en años posteriores, con títulos como La caja 507 (2002) o No habrá paz para los malvados (2011). Por Barcelona andaba Óscar Aibar, entre historietas y rock and roll, maquinando Atolladero (1995), un arriesgado debut que a punto estuvo de llevárselo por delante. Y a finales de una década que parecía pasar volando llegarían otros bárbaros del norte, como Nacho Vigalondo o Koldo Serra, dispuestos a recoger el testigo y continuar por caminos similares.
Desde la perspectiva actual, marcada por la irrupción en los últimos años de un buen número de mujeres cineastas de las que, de nuevo, se dice que están cambiando la cara al cine español, resulta extraño constatar que todos fueran hombres. En Cataluña estaba Rosa Vergès, Isabel Coixet había debutado discretamente en 1988, Helena Taberna apenas tenía un par de cortos, Gracia Querejeta hizo su primer largo en 1992, Icíar Bollaín en 1995… Pero ni se las incluía en el mismo saco generacional ni sus intereses estéticos y temáticos parecían coincidir. Y, seguramente, lo más grave: no nos planteábamos su ausencia. Que hoy nos cuestionemos algo así es un avance, le pese a quien le pese. Y parece que le pesa, entre otros, a alguno de aquellos enfants terribles que hoy se muestra absolutamente desubicado, como Bajo Ulloa.
El caso es que fueron unos años verdaderamente excitantes, en los que se palpaba que algunas cosas podían ser diferentes en el panorama del cine español. Con el paso del tiempo es fácil darse cuenta de lo ingenuos que fuimos. Pero entonces los fanzineros sentíamos que formábamos parte de ello, aunque fuera desde una posición marginal, en publicaciones alternativas y simplemente viendo crecer a aquellos cineastas y dando fe de ello. Además, era muy divertido.

Santiago Segura © Daniel García-Sala
Por aquel ecosistema rondaba también habitualmente Santiago Segura. Había pasado por Cinema Jove con el corto Relatos de la medianoche (1989), al que seguirían Evilio (1992), Perturbado (1993), que le proporcionó su primer Goya, o Evilio vuelve (El purificador) (1995), usando siempre la marca Amiguetes Entertainment, convertida legalmente en empresa productora desde 1994. Se le distinguía con facilidad porque no era raro que coronara su cabeza con una extravagante gorra de hélice, lo que permitía deducir desde el primer vistazo que era un tipo cachondo y sin demasiado sentido del ridículo. Él mismo ha dicho en alguna ocasión que era el payaso de la clase y le encantaba. Yo le recuerdo, sin poder precisar el año con exactitud, como maestro de ceremonias en una proyección en Sitges de The Rocky Horror Picture Show que fue una fiesta de principio a fin.
A la hora de buscar financiación para sus películas tampoco se le habían caído los anillos: No te rías que es peor, Locos por la tele o Vivan los novios fueron, entre otros, algunos de los programas de televisión en los que concursó para obtener el dinero necesario. Para completar los lazos de unión con el resto, era guionista de cómic, ya que escribía la serie Pequeñas viciosas de la colección X de La Cúpula, usando el seudónimo de Beatriz (o simplemente Bea), con José Antonio Calvo Téllez como cómplice a los lápices.

No solo dirigía y protagonizaba sus cortos, sino que también participaba como actor en las películas de otros. En 1993, por ejemplo, fue parte del elenco de Acción mutante. De hecho, tanto él como Álex de la Iglesia han contado en alguna ocasión que se conocieron en el festival valenciano, por entonces un auténtico vivero de promesas del cortometraje. Repitieron en El día de la bestia (1995), que le dio a Segura su segundo Goya (esta vez, como actor revelación) y, sobre todo, le convirtió en una celebridad underground. El éxito de la película y su papel de José María, un fan del heavy metal «satánico y de Carabanchel» catapultaron su exposición mediática, y no tardó en enrolarse en Killer Barbys (1996), el regreso por todo lo alto de Jess Franco, de la mano del sello independiente Subterfuge y con Silvia Superstar encabezando el reparto, que para eso era la cantante del grupo Killer Barbies (la grafía se cambió en el título porque Mattel dijo que nada de usar un nombre de su propiedad en vano). El rodaje gozó de bastante publicidad (sobre todo, comparado con otros de Franco) y parte de la escena indie se subió gozosa al carro para reivindicar al cineasta. Una vez estrenada la película, muchos de ellos se horrorizaron al verla, prueba de que no conocían el trabajo anterior del tío Jess, el mismo que había cimentado su condición de «director de culto».
En 1997 se me ocurrió aprovechar una de las ocasiones en que coincidíamos para pedirle un favor. Andaba yo trabajando para Midons Editorial, que había publicado el libro oficial de El día de la bestia, en un volumen titulado Escalofríos, un compendio de cincuenta películas de terror de culto (sí, todo era de culto entonces) y pensé en pedirle un texto introductorio. Aceptó con amabilidad y redactó un breve y divertido Prólogo amiguetil (cómo iba a llamarse si no) que cumplió con creces mis expectativas y donde hacía referencia, precisamente, al grupo de fans fatales que pululábamos por los festivales del ramo. El editor decidió acompañarlo de una foto suya, pero no incluyó su nombre en la portada, por lo que no sirvió de mucho como reclamo promocional. Después de aquello, cada uno siguió su camino y hasta el día de hoy no hemos vuelto a tener ningún contacto.

La constante presencia en los medios de Segura le servía para contar a quien quisiera escucharle que, al margen de sus andanzas como actor y de sus experiencias en el corto, él quería dirigir un largo. Que tenía la idea muy clara en su cabeza, pero necesitaba el presupuesto para poder sentarse con calma a escribir y desarrollarla para convertirla en una película. Finalmente, el conocido productor Andrés Vicente Gómez le hizo caso y financió el proyecto. Así, en marzo de 1998, llegó a las pantallas Torrente, el brazo tonto de la ley. Y más de uno se quedó de piedra.
La película le proporcionó su tercer Goya (como mejor director novel), pero eso fue casi lo de menos. Tres millones de espectadores y más de diez de recaudación demostraron que había conectado con el público. Y con gran parte de la prensa especializada (incluyendo tótems como Carlos Boyero o Ángel Fernández-Santos), que en su mayoría recibió con los brazos abiertos el retrato del personaje fascista, machista, racista y alcohólico encarnado por el propio Segura. Por entonces, finales de los 90, parecía evidente que la película planteaba una crítica feroz de tan desagradable espécimen, de una España zafia, grosera, maloliente, grasosa y, sobre todo, residual. Nuestra gloriosa transición había dejado atrás unas tipologías y comportamientos que, se suponía, eran cosa del pasado, y tenía sentido reírnos de ellos y ponerles delante un espejo deformante para constatar que eran repugnantes. España 2000 ni siquiera existía y Vox tardaría quince años en aparecer. Nadie se identificaba con Torrente. Se le reían las gracias por patéticas, precisamente.
Mucho ha llovido desde entonces. En lo que respecta al personaje de Torrente, fueron llegando hasta cuatro secuelas, todas ellas grandes éxitos de taquilla, aunque la crítica fue dando la espalda al personaje. Por lo que atañe al Segura cineasta, se dedicó a seguir actuando y a dirigir las mencionadas secuelas, en lo que parecía una carrera como director exclusivamente limitada a la saga. Al mismo tiempo, dio un paso en su faceta como productor, al fundar en 2003 una nueva empresa, Bowfinger International Pictures. Su socia es María Luisa Gutiérrez, que se había unido a Amiguetes Entertainment en 1999.
El movimiento es importante, porque juntos se van a convertir en pocos años en uno de los motores económicos del cine español. Cuando la franquicia del policía fascista entra en barbecho después de pulverizar todos los récords, abren otras vías que también darán pingües beneficios. Así llega, por ejemplo, Sin rodeos (2018), dirigida por el propio Segura y versión española de la chilena Sin filtro (Nicolás López, 2016), que recauda cuatro millones y medio de euros y marca un punto de giro importante, ya que es el primer encuentro de la pareja de productores con la guionista y actriz Marta González de Vega. Ella será el tercer vértice de un exitoso triángulo que se caracteriza por facturar a destajo comedias destinadas al público familiar, de tufo abiertamente reaccionario (apología de las simpáticas proles numerosas, chistes de dudoso gusto) que, para sorpresa de nadie, arrasan en taquilla. Por un lado, la serie Padre no hay más que uno, iniciada en 2020 y con cinco títulos en su haber, a razón de uno por año, todos dirigidos por Segura. Por otro, las dos entregas de ¡A todo tren! (2021 y 2022) y Vacaciones de verano (2023), cortadas por el mismo patrón e incluso repitiendo algunos actores. La compañía productora es una máquina a pleno rendimiento que incluso produce también el fiasco De Caperucita a loba (Chus Gutiérrez, 2023), basada en el espectáculo teatral de la propia González de la Vega.
La taquilla y la comedia no son los únicos objetivos de Bowfinger, que al mismo tiempo estrena algunos films dramáticos y termina por dar la campanada con el thriller La infiltrada (Arantxa Echevarría, 2024), con el que María Luisa Gutiérrez obtiene su primer Goya (en un extraño exaequo con El 47). Si de la película puede decirse que parece financiada por el Ministerio del Interior, el discurso que su productora pronunció en la gala de premios tampoco se quedó corto: dedicatoria a las víctimas de ETA (pero no a las del terrorismo de Estado), equidistancia ideológica (muy aplaudida por algunos medios de derechas como The Objective, que lo reprodujo íntegro) y dedicatoria especial: «Quiero compartir mi trocito de Goya con mi socio Santiago Segura, porque nuestra empresa hace películas, comedias familiares que dan mucha taquilla y gracias a ellas podemos hacer películas arriesgadas como esta. En una industria sana se necesitan los dos cines. Uno no puede vivir sin el otro. Quiero compartirlo también con mis colegas productores independientes, aquellos que hacen apuestas arriesgadas por películas que quizás no tienen un rédito en taquilla. Porque la cultura no solo tiene que tener un rédito en taquilla, pero que luego van viajando por todo el mundo como marca España». Saquen sus propias conclusiones.
Durante todo este tiempo, Segura también ha diversificado sus intereses. En abril de 2025, la web Divinity recapitulaba sobre sus negocios e informaba de su participación en diversas empresas, como Promociones Skolnick S.L., con la que gestiona alquileres de bienes inmobiliarios, o el holding AE William, que según el artículo firmado por la periodista Andrea Fergón, es «el que más beneficio le reporta», pero también el que «le ha traído quebraderos de cabeza, pues la Audiencia Nacional le condenó a pagar 827.000 euros por haber eludido el pago de esa misma cantidad en el Impuesto de Sociedades de 2011», sentencia que fue confirmada por el Tribunal Supremo en febrero de 2026.
No es el único lío en que se ha visto envuelto. En algunas entrevistas aseguró que le daba «miedo que a día de hoy algunos intentarían prohibir» la saga Torrente. Empezaba así a alinearse con otros profesionales del espectáculo que se han acogido al discurso contra la corrección política, según el cual no se puede ofender a algunos sectores a riesgo de sufrir una campaña de cancelación.
Lo que seguramente no esperaba era la contestación de Celia de Molina a aquella afirmación. En su Twitter, la actriz escribía: «¿Sabes lo que sí que da miedo? Que hagas un casting, que te pidan desnudarte, que lo pongan en los extras del DVD de la película en la que no te han cogido y que acabes en páginas porno». Se refería a las pruebas para Torrente 2: Misión en Marbella (2001) y los hechos sucedieron tal como los relata la afectada. El revuelo mediático llevó a la Unión de Actores y Actrices a anunciar que investigarían lo sucedido, pero no trascendieron más datos al respecto. Para actualizar la información de este texto contacté con la asociación. Tras señalar que son hechos ocurridos hace muchos años, me comunicaron que se habló con la productora del film para que se eliminara el contenido de las páginas eróticas en que aparecía y el asunto quedó zanjado. Pero, a día de hoy, una sencilla búsqueda en Google todavía permite acceder al video.
A Segura se le han ido acumulando las polémicas y los problemas. Y con Torrente Presidente parece haber colmado todas las expectativas al respecto. Desde el primer largometraje de la serie, cada vez que ha tenido nueva película que promocionar (es decir, casi cada año), su presencia en los medios ha sido extenuante, con más de treinta apariciones en El Hormiguero, por poner un ejemplo. Y claro, cuanto más hablas, más posibilidades tienes de meter la pata. En apenas dos meses ha batido récords. Lo curioso es que se define como «de izquierdas, liberal» (¿comorl?) y se solivianta cuando le llaman facha. Pero claro, es que si dices cosas de facha, sigues la agenda facha cada vez que te pones ante un micrófono, acudes a vertederos mediáticos fachas, presentas galas de exaltación facha como los Army Awards y llenas tus películas de fachas reales… Pues qué quieres que te diga.

Vaya por delante que ni he visto la película ni tengo intención de verla. Aquí estamos hablando de Santiago Segura, no de José Luis Torrente, por mucho que haga tiempo que parece difícil distinguir persona y personaje y dejando de lado (pero sin olvidarlo) que la obra siempre es un reflejo del autor. Un autor que no tiene problema en blanquear a personajes como el director porno Torbe (varias veces detenido por agresión sexual), el estafador conocido como El Pequeño Nicolás (condenado por el Supremo), el acosador mediático Vito Quiles, el expresidente M. Rajoy o Kevin Spacey, que al menos es actor, y también uno de los nombres que siempre enarbolan aquellos que hablan de persecución y falsas denuncias (fue absuelto de nueve en 2023), pero que acaba de cerrar un acuerdo extrajudicial (es decir, que ha comprado su silencio) con las tres personas que le habían acusado de acoso sexual en un tribunal londinense de la jurisdicción civil, según ha publicado El País, que añade: «El caso debía ser visto en el Tribunal Superior de Inglaterra y Gales a finales de este año, pero el pacto alcanzado con sus acusadores archiva definitivamente el proceso».
Todos ellos, en el fondo, unos tipos simpáticos e inofensivos, parece querernos decir Segura, que les cede la pantalla para que riamos con ellos unos cuantos chistes políticamente incorrectos sin sentir vergüenza de nosotros mismos. Casi se diría que hasta les hace justicia al contar con ellos, al sacarlos de esa injusta marginación a la que les ha condenado una sociedad intolerante, en la que «ya no se puede hacer broma con nada, porque todo puede ofender a alguien». Repasando el listado de famosos que se han acogido al argumento, incapaces de entender que la realidad social del país, afortunadamente, ha cambiado en los últimos veinticinco años, solo da ganas de una cosa: correr a toda velocidad para alejarse de ellos. Porque lo que parece no entender el bueno de Santiago es que lo que en 1998 era una caricatura, en 2026 es una amenaza real.
Metido en camisa de once varas, Segura no ha tenido suficiente con batir todos los récords de taquilla y ha decidido pisar todos los charcos posibles. Ha amenazado con denunciar a Jóvenes Más Madrid, ha frivolizado sobre temas como el colectivo trans, la ley del sí es sí o la okupación, siempre alineado con los postulados de la ultraderecha sobre estos temas, o ha llamado imbécil y basura humana a un crítico por desvelar los cameos del film ¡una vez ya estrenado!
Tampoco ayuda que Macarena Olona recomiende Torrente Presidente en redes sociales, que Abascal diga que se lo ha pasado muy bien con ella o que una periodista como Rebeca Argudo, la misma que se exhibía con una camiseta con el lema Fachita cool y escribió un artículo titulado ¿De verdad nos están matando? donde afirmaba que «no existe un feminicidio», celebre la película después de haber publicado un tuit en el que decía, literalmente: «Si es real que Santiago Segura está rodando una película de Torrente Presidente, y con todo lo que estamos conociendo del PSOE (¡¡en el poder!!) no se le ha ocurrido otra cosa que llamar NOX al partido, me parece de una indecencia y un servilismo difícilmente igualable». Después del estreno, claro, ha recogido cable.
En varias entrevistas, el cineasta ha manifestado que le encanta que público de diferentes creencias políticas se junte en el cine y se ría con su personaje, pero lo cierto es que la mayoría de parabienes llegan todos del mismo lado. Que Andreu Buenafuente, Jordi Évole o El Gran Wyoming, supuestamente en el otro extremo del espectro ideológico, hayan asomado también por la pantalla en las sucesivas entregas es, simplemente, corporativismo gremial. Puro amiguetismo.
Segura ha dicho que los votantes de Vox son «gente desencantada», que «quiere sentido común, que alguien le diga las cosas que quieren oír y no cosas que no entienden». Que no se sacuda las responsabilidades: Si la ultraderecha le jalea, algo habrá hecho él para que suceda. Y es que con amiguetes así…

Santiago Segura en una imagen tomada en Valencia en 2004 © Daniel García-Sala
Agradecimiento especial a Daniel García-Sala, autor de las dos fotografías de Santiago Segura que aparecen en el artículo.
Mar 28, 2026 | Música
El pasado 7 de marzo, Jello Biafra fue ingresado en el hospital a causa de un ictus. Desde entonces, no se han dado a conocer noticias sobre el estado de salud del mítico cantante de Dead Kennedys. Esperando que pueda superar con éxito la situación, aprovecho para rescatar un encuentro con él que tuvo lugar en octubre de 2012, cuando estuvo de gira por España junto a una nueva banda, The Guantanamo School of Medicine. Aparte de su papel de referencia en la escena musical punk, Biafra siempre se ha caracterizado por la fuerte carga política de sus letras y opiniones, y no fue diferente en aquella ocasión. Como se puede constatar en la entrevista, conocía la realidad española mejor que muchos ciudadanos del país, estaba al corriente de lo sucedido con el movimiento 15M y desplegaba unas opiniones que, lejos de haber quedado desfasadas, se podrían aplicar perfectamente a lo que sucede en el planeta hoy.

JELLO BIAFRA
«BARACK OBAMA HA CREADO UN ESTADO POLICIAL FASCISTA EN EE UU»
El legendario fundador de Dead Kennedys recala en Valencia con su nueva banda, The Guantanamo School of Medicine, para presentar su segundo álbum, Enhanced Methods of Questioning, donde mantiene su característico sonido punk y su discurso contra las políticas capitalistas y las grandes corporaciones
En su caso, no es exagerado usar la palabra: Jello Biafra es una auténtica leyenda. Fundador de Dead Kennedys, una de las bandas de referencia de la escena punk estadounidense de finales de los setenta, ha dejado atrás el pasado (incluyendo una demanda contra sus excompañeros) y, tras varios años dedicado al spoken word, regresa al frente de su nueva formación: The Guantanamo School of Medicine.
Desde el último LP de Lard, en 2000, no habías liderado una banda. ¿Cómo nació Guantanamo School of Medicine?
Nunca he dejado de hacer música. En los últimos años he grabado discos con los Melvins o Mojo Nixon. Y, por supuesto, con Lard. Pero fui a un concierto de The Stooges y coincidió con que era el día en que Iggy Pop cumplía setenta años. Pensé que al año siguiente yo tendría cincuenta y que debería celebrarlo de algún modo. Así empezó todo, por eso formé la banda.
Incluye a Ralph Spight (Victims Family) y Billy Gould (Faith No More). ¿Cómo los elegiste?
Billy solo participa en los discos, porque Faith No More han vuelto a salir de gira, así que le hemos reemplazado. Es una banda real, y estamos tocando mucho, hasta en lugares como Valencia (risas). Es curioso: vivo a dos o tres manzanas de la calle Valencia, en San Francisco, y conozco la Valencia que existe en California, pero no sé nada de la española.
Llevamos veinte años gobernados por la derecha, así que te vas a sentir en tu salsa.
¿Todavía tenéis estatuas de Franco? Me han dicho que hay sitios donde se han negado a retirarlas. Creo que a mucha gente no le importaría que volviera un gobierno fascista.
No te han informado mal. Tus discos continúan sonando muy crudos y potentes. ¿Sigue habiendo razones para reivindicar el espíritu punk?
Siempre me ha gustado la música fuerte y salvaje. Una de las cosas que hizo el punk a finales de los setenta fue traer de vuelta el espíritu de los orígenes del rock and roll, que había sido destruido por asquerosas bandas de soft rock como los Eagles, la música disco o el rock de estadio. Hay gente que cree que el espíritu punk consiste en beber y drogarse, pero para mí es el mismo que hizo a la gente luchar contra la guerra de Vietnam o las dictaduras. O el que inspiró a Little Richard, Oscar Wilde o quien sea. Quizá incluso Jesucristo, no lo sé. Hay quien cree que presidentes estadounidenses nefastos como Bush o Reagan fueron buenos para el punk, pero no es verdad. Todo el mundo, desde los Dead Kennedys a Black Flag o Crass, en Inglaterra, estábamos expresando rabia en las letras y la música mucho antes de que Reagan fuera elegido o Margaret Thatcher llegara al poder en Gran Bretaña. Los problemas ya eran los mismos que ahora: La dictadura de las grandes corporaciones, que empezó en los años setenta y se ha desarrollado cada vez más rápido. No es casual que los bancos estén llevando a la ruina a Grecia, España, Portugal, Francia, Alemania… Atacan siempre juntos y en todo el mundo al mismo tiempo. Alegan que no tienen dinero con objeto de paralizar los programas contra la pobreza, la educación pública y gratuita… Pero las matemáticas no engañan: No necesitaríamos todas esas monsergas sobre la austeridad si los ricos pagaran los impuestos que deberían pagar. Ni siquiera se trata de capitalismo, hemos vuelto al feudalismo, a la Edad Media, con los grandes señores en sus castillos y los siervos.
¿Y qué podemos hacer?
Esa es la pregunta. Las protestas ya han empezado en España, la gente ha dejado de quedarse sentada sin hacer nada. Sé que hay una lucha importante contra los desahucios, que también se está produciendo en Estados Unidos. Incluso en casas en las que logran desalojar a las familias, están volviendo a entrar y ocupándolas de nuevo, metiendo otra vez los muebles dentro y llamando a los medios de comunicación para humillar a los bancos públicamente, obligándoles a renegociar las hipotecas y los préstamos. Lo que no me cuadra de España es que los problemas económicos y las medidas de austeridad vienen de antes de que Rajoy gobernara. Y la gente, en lugar de escoger una opción diferente, votó a un partido que iba a extremar aún más esas medidas. No sé si los electores solo querían echar a Zapatero o realmente no sabían lo que hacían.
Mucha gente aquí se pregunta lo mismo.
Es difícil de entender. Pero muchos que en noviembre apoyaron a Romney en Estados Unidos, en realidad lo que harán es votar contra Obama. Desgraciadamente, viven creyendo que solo existen dos opciones, la demócrata o la republicana, sin darse cuenta de que hay una candidata mejor: Jill Stein, del Green Party.
Es el partido que apoyas, ¿no?
Sí. Es muy pequeño, pero prefiero votar por algo en lo que creo, aunque no lo consiga, que por algo en lo que no creo. No voté por Obama en las pasadas elecciones y no lo haré en estas.
¿Entonces no te sientes decepcionado con su política, como le pasa a Bruce Springsteen?
Por supuesto que estoy decepcionado. Mucho. En algunos temas, está siendo peor que Bush. Lo peor del caso es que el caballo de Troya de las grandes corporaciones fue Bill Clinton, que desmanteló el sistema sanitario a favor de las empresas privadas y hasta llegó a firmar una ley propuesta por Newt Gingrich que regulaba el control de los medios por parte de las grandes empresas, que tuvieron poder ilimitado para crear un monopolio informativo. Y anuló las leyes que prohibían a los bancos especular con el dinero de la gente como si fueran casinos. ¡Eso causó la Gran Depresión de los años treinta! Ni siquiera Bush lo hizo, fue Clinton. Y Obama ha sido el caballo de Troya para crear un estado policial fascista. No ha cerrado Guantánamo, habla contra las torturas, pero se siguen produciendo… Suya es la ley que permite arrestar a cualquier ciudadano y retenerlo sin juicio durante todo el tiempo que el gobierno considere necesario. Espero que Julian Assange no tenga que vivir los próximos veinte años en la embajada de Ecuador para evitar ser arrestado, porque una vez se retiren los cargos por abuso sexual lo enviarán a Estados Unidos, donde Obama lo hará desaparecer para siempre. Bradley Manning, el soldado norteamericano que filtró a WikiLeaks un vídeo donde se ve a un helicóptero americano matar a un grupo de civiles en Irak, incluidos dos periodistas, lleva dos años arrestado sin cargo alguno. Lo tuvieron encerrado un mes en una celda de aislamiento. Desnudo. Ni siquiera le permitían vestirse. Y eso lo está haciendo Obama.
¿Todavía haces spoken words?
La banda ocupa la mayor parte de mi tiempo ahora. Quizá vuelva a hacerlo, pero no sé cuándo. En España he ofrecido muy pocos. Las audiencias son reducidas, y limitadas a los que entienden inglés. No se cuánta gente vendría a escucharme hablar a toda velocidad durante dos horas sin conocer el idioma (risas).
Hablando con Alejandro Escovedo, admitía que la escena punk de la costa oeste nunca tuvo el impacto de la neoyorquina. ¿Por qué?
Una de las razones es que Nueva York es el centro de los medios de comunicación, está más cerca de Londres y la escena artística es más fuerte allí. En la costa oeste está Hollywood, y luego, muy abajo, en lo más profundo, la escena rock, con la que no tiene nada que ver. San Francisco es aún menos importante, porque ni siquiera tiene Hollywood. Lo bueno de esto fue que las bandas se radicalizaron. En 1980, la mayoría ya sabía que nunca conseguiría un contrato con un sello importante, así que o dejaron de tocar o extremaron su sonido. No es casual que el hardcore comenzara en la costa oeste, antes incluso que en Inglaterra. A Alejandro le conozco mejor ahora que entonces, porque yo empecé un poco más tarde que él. Dead Kennedys son parte de la tercera generación de bandas punk de la ciudad. En la primera estaban The Nuns [con Escovedo], Crime y Mary Monday. La segunda es la de Avengers, Negative Trend, Flippers, The Mutants… Y la siguiente, la primera que logró salir fuera, fue la de Dead Kennedys, aproximadamente un año y medio después de la primera.
Fuiste pionero de la independencia con el sello Alternative Tentacles. ¿Cómo ves la industria actualmente?
Quizá la industria agonice, pero la música no está muerta. Cada vez es más duro sobrevivir como sello, porque mucha gente comparte archivos por internet y no paga por ellos. En un momento en que la gente no tiene dinero, el problema se explica por sí solo. Muchos prefieren la descarga y asistir a los conciertos. Espero que la gente que comparte archivos por la red, si en el futuro compra, lo haga acudiendo a los pequeños sellos underground o los propios artistas independientes. Si compartes archivos de artistas de grandes compañías, no importa, porque igualmente ganan mucho dinero.
¿Cómo será esta gira?
El sonido del grupo está en algún punto entre Dead Kennedys y The Melvins, que es lo más duro que he hecho. Mayoritariamente tocamos canciones nuevas, aunque también hay alguna de Dead Kennedys. Y la gente no se queja. Hasta en Alemania les gusta (risas). En Munich, un tipo se pasó el concierto pidiendo Too Drunk To Fuck, hasta que le dije: «Mira, esta es una banda nueva, estamos aquí para tocar canciones nuevas. Eso ha significado el punk para mí desde el principio: algo nuevo, así que deja de presionarnos. No voy a quedarme congelado en los ochenta». Al rato, el tipo estaba saltando y celebrando las nuevas canciones.

Mar 18, 2026 | Música
Ya no soy mitómano. Lo fui, y mucho, pero es un virus benigno que generalmente se manifiesta en la adolescencia y se va curando con la edad y, sobre todo, con el desarrollo de cierto espíritu crítico. La devoción incondicional suele ser una barrera infranqueable para el juicio ecuánime, y no hay artista en la Tierra que tarde o temprano no sea capaz de decepcionarnos. Ya lo decía la canción de los Stranglers: No More Heroes. O aquella otra de Sonic Youth: Kill Your Idols. Tampoco es necesario ser literal, pero sí me parece muy sano cuestionarlos y negarse a aceptar sin reparos cualquier cosa que provenga de ellos, porque, de otro modo, sentimos incluso que les estamos traicionando.
Resulta lícito ponerse una venda en los ojos por iniciativa propia, y hay ejemplos sonados como el de Mariana Enríquez, capaz de perdonar lo que sea a un amplio santoral particular que incluye a Brett Anderson, Novak Djokovic o, por supuesto, Nick Cave. Pero no es mi caso. Puedo seguir admirando la obra de un artista sin necesidad de perdonarle las faltas o comulgar con sus ruedas de molino. Porque todos las tienen. Y cuando se ha presentado la oportunidad, incluso he intentado plantearle mis dudas, como en el caso de Mick Jones. Por cierto, y hablando de The Clash, el otro día me acordé de ellos al ver a su versión de Hacendado lanzando proclamas subversivas desde un escenario instalado, paradojas de la vida, en un espacio que permitía que una dotación municipal de uso comunitario, un parque público, fuera vallado y utilizado por parte de una empresa privada para su propio beneficio económico. Desde abajo, el público levantaba el puño con la mano que le dejaba libre la cervecita. La coherencia es una cualidad tan cara de enarbolar como difícil de mantener en todas y cada una de las decisiones que se toman en la vida.
Pero centremos la cuestión, porque aquí hemos venido a hablar de Nick Cave. Y vaya por delante, para despejar dudas, que me parece uno de los grandes talentos de la música popular del siglo XX. Así, a lo bruto, sin medias tintas. Pero lo cortés no quita lo valiente, y ya hace bastante tiempo que, inevitablemente, empecé a cuestionarme algunas cosas.
Para remontarme al inicio de mi relación personal con Cave habría que irse hasta mediados de los ochenta. Cuando andaba todavía instalado en la resaca de la adolescencia (como decíamos, la época perfecta para apuntalar los mitos), tuve la suerte de que Óscar, un amigo mío, entrara a trabajar como representante de Sanni Records, un subsello de Ariola radicado en Madrid en cuyo catálogo había bastante música de baile, pero que también detentaba en España los derechos de la indie británica Mute, donde grababan, entre otros, Depeche Mode y Nick Cave and the Bad Seeds. Ni que decir tiene que le sobraban las copias promocionales, así que un día apareció con varios vinilos de la banda australiana que pasaron directamente a ocupar un lugar de privilegio en mi todavía incipiente colección. Había escuchado a Cave con anterioridad, pero aquello fue una inmersión en toda regla.
Ya empezaba también a leer los créditos de los discos, y saltaba a la vista que, si bien había un líder claro en el grupo, que además firmaba las letras, era la unión de todos los integrantes, coautores de la música, la que lograba el resultado final. Y es que al lado de Cave estaban el alemán Blixa Bargeld, de Einstürzende Neubauten (que siempre preferí a los propios Bad Seeds), y Barry Adamson, que había sido pieza fundamental en Magazine, otro de mis grupos de cabecera. Le entrevisté en 1998, y su evocación de los primeros años con Cave habla por sí sola: «Fue una formación histórica. Hicimos algunos conciertos que no eran de este mundo, te lo aseguro. Tengo muy buenos recuerdos de aquella banda, con los cuatro haciendo un ruido insano, increíble, era maravilloso. Me acuerdo de un show en Ámsterdam en que nuestra comunicación era casi telepática».
Adamson habla de cuatro personas. El que falta por nombrar es Mick Harvey, que ya estaba al lado de Cave desde los tiempos de su primera banda, The Boys Next Door, y le acompañaría también en la siguiente, The Birthday Party, con la que se labraron una feroz reputación en directo. De hecho, fue estando de gira con ellos por Alemania cuando, según la leyenda, Cave cazó por casualidad a los Neubauten en televisión y al ver a Blixa en la pantalla se dijo a sí mismo que le llamaría para su siguiente proyecto. Y así lo hizo.
Además de Harvey, en ambas formaciones previas a los Bad Seeds estaba también Rowland S. Howard, un fabuloso guitarrista, menos reivindicado de lo que merece, y cómplice fundamental en los aquelarres sonoros que desplegaban.
Atendiendo a la autoría de las canciones, ya desde aquellos primeros pasos, queda claro, como decía, que los textos son cosa de Cave, pero también que muchos de los temas son fruto de la colaboración con los músicos. Si algo ha sabido hacer desde sus inicios, ha sido rodearse siempre de artistas de inmenso talento, teniendo muchas veces a los mejores a su lado, en un proceso de retroalimentación constante, pese a que él se llevara a menudo la totalidad de los laureles. De hecho, en alguna ocasión no ha dudado en calificarse a sí mismo como un caníbal, esto es, como alguien que se alimenta de otros. Ojo: no estamos minusvalorando sus capacidades, sino ponderando las de sus acompañantes, con frecuencia minimizados a su sombra, y entre los que también han estado, a lo largo de los años, personajes ilustres como Kid Congo Powers (The Cramps), Hugo Race, James Johnston (Gallon Drunk) o Jim Sclavunos (Sonic Youth, Tav Falco), y cuya última incorporación sonada fue la de Warren Ellis (Dirty Three), que se subió al barco como miembro oficial de la banda en 1997 (aunque ya había colaborado puntualmente en algún disco previo) y ha terminado por convertirse en la mano derecha actual de Cave, en gran medida responsable también del giro sonoro que se ha operado en los últimos álbumes del grupo.
Por si aquellas canciones que parecían venidas de otro mundo y el elenco de figuras totémicas del submundo rock que orbitaban a su alrededor no fueran suficiente, en 1991 la editorial valenciana Pre-Textos publicó con bastante puntualidad en España Y el asno vio al ángel, la primera novela de Cave, aparecida en inglés en 1989. ¡Así que además escribía! ¡Y también salía en El cielo sobre Berlín, la película de Wim Wenders! ¿Existía un tipo más cool en el universo rock? Definitivamente no.
El libro, de más de 400 páginas, contaba una historia que enlazaba con algunas de las obsesiones que Cave ya había ido mostrando en sus canciones: conexiones con la Biblia y el gótico sureño, muerte, violencia y redención, pero también amor y deseo, relaciones incestuosas, tendencia al tremendismo, religión y espiritualidad… También una cierta obsesión por las narrativas centradas en núcleos familiares disfuncionales y, más adelante, en las dinámicas entre hermanos, sobre todo cuando comience a desarrollar su faceta de guionista cinematográfico, en las películas The Proposition (2005), sobre una historia propia, y Lawless (2012), donde adapta la novela de Matt Bondurant The Wettest Country In The World (1988). Ambas están dirigidas por John Hillcoat, con quien ya había trabajado en Ghosts… of the Civil Dead (1988).

La primera vez que lo vi en directo fue en el Arena Auditorium de Valencia, en 1988, pero tengo más recuerdos de su siguiente escala local, cinco años más tarde, no solo porque la memoria es selectiva, sino porque en aquella visita, perteneciente a la gira del magnífico Henry’s Dream, y pese a su aversión a tratar con los medios, Nick Cave se avino a tener un encuentro con periodistas de la ciudad (no lo haría en Barcelona, donde ofreció el otro concierto español del tour), a la que asistí en calidad de colaborador de Rockdelux, que la publicó en su número 100, en septiembre del 93.
Ni a los periodistas ni a los artistas les gustan las ruedas de prensa. Demasiada dispersión, imposibilidad de hilvanar varias preguntas seguidas, salto de un tema a otro sin solución de continuidad, pereza general por ambas partes… Aún así, un Cave que pedía café con insistencia se prestó al intercambio durante una hora, lidiando con las cuestiones de algunos medios especializados y otros generalistas, bajo la atenta mirada de sus editores españoles y con la ayuda eventual de un visiblemente resacoso Blixa Bargeld, que apareció mediada la charla.
Releyendo el artículo aparecido entonces, constato que la rueda de prensa, que se celebró en un hotel cerca de la playa, fue interrumpida por una llamada telefónica de la Federación Valenciana de Natación, lo que provocó la hilaridad de Cave, y que al finalizar el encuentro se interesó por conocer algo de la ciudad, optando finalmente por visitar el casco antiguo. De las respuestas al batiburrillo de preguntas que le hicimos entre todos los presentes, rescato algunas de interés:
«Fue un gran error trabajar con David Briggs en Henry’s Dream. La compañía de discos llevaba varios años diciéndonos que sería beneficioso para nosotros utilizar un productor, y creían que él, por su trabajo con Neil Young, era apropiado. Pero es muy difícil hacer un buen disco teniéndolo dentro del estudio. Es un maníaco».
«Lo único que intento con mi música y mis escritos es encontrarme a mí mismo como ser humano. Creo que tengo cierta dificultad para expresar mis sentimientos y aquello que quiero comunicar. Quizá esa es la razón por la que Euchrid Eucrow, el protagonista de Y el asno vio al ángel, no puede hablar. Intento crear personajes de ficción que pueden ser extremos, como un asesino, para transmitir mis sentimientos personales. Eso no quiere decir que yo sea un asesino, pero sí hay algo de mí en ellos».
«Escuchar a los críticos y hacerles caso es una batalla perdida».
«No estoy interesado en el rock como algo que debe ser siempre nuevo ni como rebelión antisistema. Solo me interesa como medio expresivo, y se puede expresar gran cantidad de cosas usando los tres acordes de siempre».
«Siempre me ha interesado la Biblia. De pequeño, cuando vivía en Australia, iba tres veces por semana a la iglesia y poco a poco fui interesándome por ella. Cuando empecé a escribir la novela, que se inicia con una cita bíblica, volví a releerla y de nuevo la encontré muy interesante».
«He llegado a pensar en abandonar la música. Exige mucho aguante grabar, tocar, hacer ruedas de prensa… Y al final se convierte en algo triste».
«No me interesa utilizar mi grupo como pancarta de nada, eso se lo dejo a Sting. Creo que hay mucha gente que se siente aliviada de que no haya hecho eso nunca con mi música o con los Bad Seeds».
Desde aquel show del 93 en Valencia, he visto a Nick Cave en directo unas cuantas veces más. Y todas podrían ser calificadas de sobresalientes. En 1998, en el Doctor Music Festival de Escalarre, la banda ofreció un concierto inolvidable, con la luna brillando en lo alto tras el escenario al aire libre y Blixa sustituyendo a Kylie Minogue en When the Wild Roses Grow, con beso final en los labios a Cave. Después, en 2001, en una escala única en España, en La Riviera de Madrid, a donde peregrinamos fieles de todo el país (recuerdo cruzarme con Bunbury, Fernando Alfaro y Nacho Vegas) para asistir a una gloriosa celebración eléctrica imposible de obtener en un recinto que no sea una sala cerrada. Fue, además, la última vez que lo vi con Blixa, que dejó el grupo en 2003 para centrarse en Einstürzende Neubauten, con los que continúa grabando y girando, para alegría de quienes seguimos sus movimientos con fidelidad. No sería la única baja importante en la formación histórica. A principios de 2009, y tras más de 25 años a su lado, Mick Harvey también abandonó la nave. Las clásicas diferencias creativas fueron el motivo aducido, y se han ido concretando en años (y discos) sucesivos, en los que Cave ha dado el control a Warren Ellis y el sonido y la manera de componer han cambiado de manera notoria.
Como buen fan irredento, en 2006 me fui hasta París para ver de nuevo a Cave, en el Grand Rex, otro recinto cerrado. Era una gira de formato más austero, pero en el escenario le acompañaban unos cuantos de sus habituales, empezando por el ya imprescindible Warren Ellis, además de Harvey, Sclavunos y otros Bad Seeds como Thomas Wydler y Martyn P. Casey. Una vez más, memorable, con el público abandonando los asientos del local (en origen, un cine) para abordar las primeras filas y estar cerca de su ídolo. Todavía se podía ver a Cave en un recinto de 2.800 butacas.

Y aún disponía de menos localidades (800, para ser exactos) el Casino de l’Aliança del Poble Nou (Barcelona), donde Cave se presentó en 2009 para leer algunos fragmentos de su segunda novela, La muerte de Bunny Munro, aceptar preguntas del público e interpretar algunas canciones, con Ellis y Casey como escuderos. Más de dos horas de show en las que seguramente el único que lo pasó mal fue el actor Àlex Brendemühl, encargado de leer en castellano los mismos fragmentos de la novela y a quien recuerdo algo nervioso ante el envite.
Quedaban cuatro años para que llegara Peaky Blinders y, con ella, el gran salto a audiencias masivas y, consecuentemente, a recintos mucho más grandes, de esos en los que, en realidad, el concierto se ve en las pantallas laterales y es imposible reproducir la experiencia de la sala cerrada. Tiene gracia que, tras varias décadas de trabajo, ese crecimiento exponencial de público haya tenido lugar gracias a una serie de televisión (el fútbol de los culturetas) y a una canción (Red Right Hand) que llevaba apareciendo en la exitosa saga cinematográfica Scream desde la primera película (1996) sin conseguir el mismo efecto.
No he visto a Nick Cave en directo desde aquel 2009 en Barcelona. No me ha apetecido hacerlo en Palacios de Deportes ni en los sobremasificados festivales actuales. Y, por lo que me dicen quienes continúan asistiendo a sus conciertos, sigue siendo todo un espectáculo disfrutarlo sobre el escenario (a él y a su soberbia banda). Pero ya no me despierta el deseo de viajar a París, Madrid o Barcelona.
¡Un momento! ¿Escucho voces alegando el manido tópico de que el artista ha dejado de gustarme porque ya no es minoritario, exclusivo de la reducida secta que lo sigue desde sus inicios? No tan deprisa. La prueba de que mi interés por él no ha decrecido es que he seguido adquiriendo, quizá por inercia o completismo, la mayoría de libros con su firma o sobre su trayectoria (diría que solo me falta el de la bolsa para el mareo, pero todo tiene un límite). Y cuando en 2022 me propusieron participar en el libro colectivo Más allá del documento, sobre las derivas contemporáneas del cine de no ficción, propuse el texto El fantasma de Nick Cave. Fronteras entre realidad y representación en el documental musical, un intento de exploración de las relaciones del cantante australiano con el cine. Son, por lo tanto, décadas de interés por el artista, que a medida que pasaba el tiempo se han ido matizando hasta empezar a ver al personaje con otros ojos. A tener, sí, algunos problemas con Nick Cave. Lo que no significa que cuestione su talento. Orson Welles afirmó una vez que Elia Kazan era un traidor por vender a sus compañeros al senador McCarthy durante la caza de brujas, y le recriminó que además hiciera después la película La ley del silencio (On The Waterfront, 1954), una apología de la delación. Y en esa misma declaración añadió que Kazan era un gran director. Pues eso: Que lo cortés no quita lo valiente.

Así que vaya por delante una aclaración: Esto no es una enmienda a la cancelación de Nick Cave. En primer lugar, porque salvo alguna rara excepción, esa cancelación que algunos esgrimen como instrumento de la ‘dictadura woke’ (cuesta escribirlo sin reírse) no existe. Lo prueba la enorme cantidad de artistas y famosos supuestamente cancelados que siguen disponiendo de foros mediáticos para propagar sus opiniones tóxicas con el beneplácito de un alto porcentaje del público y la aquiescencia de un sector de la clase intelectual que esgrime argumentos sonrojantes para defender lo indefendible, especialmente cuando se trata de acusaciones de abuso, violencia sexual, machismo y homofobia. Mientras tanto, por cierto, Pablo Hasél sigue en prisión.
Y, ya que estamos, aprovechemos también para desterrar por siempre jamás aquello de que «hay que separar la obra del artista», como si no tuviera nada que ver la una con el otro. Como si la obra no fuera un reflejo directo del artista, su pensamiento, sus circunstancias, preocupaciones e intereses. Por eso Sonic Youth cantaban Youth Against Fascism y Los Meconios corean Vamos a volver al 36. Por eso Céline escribió Viaje al fin de la noche y por eso Eisenstein rodó El acorazado Potemkin y Riefenstahl El triunfo de la voluntad.
Nadie me va a arrebatar el placer de seguir escuchando The Mercy Seat, From Her To Eternity, Papa Won’t Leave You, Henry, Into My Arms, Deanna, The Weeping Song, There She Goes, My Beautiful World o, por supuesto, Red Right Hand, pero tampoco me impedirá confrontar algunas decisiones o declaraciones de su autor que me resultan, cuando menos, cuestionables.
Y lo cierto es que la cosa viene de lejos. Casi desde el principio. Decía Cave en aquella rueda de prensa en Valencia que «de pequeño, cuando vivía en Australia, iba tres veces por semana a la iglesia y poco a poco fui interesándome por la Biblia». Es curioso: yo estudié en Salesianos y en Jesuitas, donde teníamos misa semanal obligatoria, y en lugar de interesarme por los textos sagrados traté de huir de su adoctrinamiento como alma que lleva el diablo. Con el tiempo he sabido apreciar, como Robert Crumb, el gran libro de ficción que es la Biblia, que incluye una gran cantidad de sexo perverso y violencia gore en el Viejo Testamento, pero nunca despertó en mí ese interés por la espiritualidad que Cave, justo es reconocerlo, comparte con millones de personas en todo el planeta. Entiendo y respeto que el libro haya sido fuente de inspiración inagotable y que el cantante disfrute de una profunda vida interior, pero me molesta que eso haya ido derivando en un mesianismo cada vez más acentuado. No es el único en el sector, y al menos hay que reconocerle que ha sabido llevar esa conexión entre electricidad rock y trascendencia a cotas especialmente memorables, como las exhibidas en la gira del doble Abattoir Blues/The Lyre of Orpheus, donde se reclamaba heredero de la tradición gospel y se hacia acompañar por un coro de voces femeninas. Mi problema con el trance de Cave es que está más cerca del éxtasis místico que del lujurioso desenfreno sexual que propone, por ejemplo, Jon Spencer, otro cantante con clara vocación de predicador. Y, también, que siempre preferiré al tipo que se retorcía convulsivamente en el escenario con The Birthday Party al actual crooner de traje sastre y pelo Grecian 2000. Se podrá argumentar, no sin razón, que los años pasan para todos y que no tiene sentido hacer con casi 70 años lo que uno hacía a los 25. Y es cierto. Pero tengo dos palabras para, al menos, ponerlo en duda: Iggy Pop. Que, además, está al borde de los 80.
Por otra parte, sería realmente estúpido negar que la búsqueda de trascendencia espiritual ha sido el motor de incontables obras maestras. De Bach a Coltrane, de Dylan a Arvo Pärt, pasando por el éxtasis de Santa Teresa de Jesús y decenas de pintores superlativos, la inspiración religiosa es una constante en la historia del arte. A mí me cuesta, qué le vamos a hacer. Y más ahora que parece ser tendencia en España, abanderada por el Lux de Rosalía (disculpen la obviedad) y el éxito de la película Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa, que incluye una secuencia en la que las niñas protagonistas cantan a coro, miren qué casualidad, Into My Arms. No Alabaré, Hosanna en el cielo, Tú has venido a la orilla o Yo tengo un gozo en el alma. No, una de Nick Cave. Que seremos beatas, oiga, pero modernas.

Si el mesianismo de Cave se limitara a sus discos y conciertos, no dejaría de ser un ejemplo más de artista pagado de sí mismo, condición por otra parte habitual cuando el ego juega un papel importante tanto en la obra como en la percepción que el público tiene de él. Del mismo modo, su diversificación de actividades se entiende como producto de su necesidad de expresarse a través de diferentes disciplinas (música, literatura, cine). Todo bien. Lo que resulta un poco sospechoso es que esa necesidad se ampliara a la cerámica justo en plena covid-19, esto es, cuando era imposible actuar en directo y los ingresos producto de las giras se esfumaron. Que fuera entonces cuando Nick Cave decidiera dar una nueva vuelta de tuerca a sus ángeles y demonios en forma de simpáticas figuritas dignas de un Lladró del lado oscuro parecía, básicamente, una nueva manera de sacar los cuartos a sus fans. Venían con excusa culturalista, inspiradas en unas tallas típicas de Staffordshire en el siglo XIX, y han pasado por diferentes galerías y museos, un circuito diferente (y más lucrativo) al del merchandising tradicional, que se concentra tanto en su web como en Cave Things, donde, aparte de los discos, libros y camisetas habituales, es posible encontrar prácticamente de todo: Desde chancletas, paraguas, toallas de baño, pegatinas, abanicos, tazas o delantales hasta el nada barato colgante con la mano derecha roja diseñado por su esposa, Susie Bick, o una sección infantil denominada Shit for Kids. Sí, es que Cave es muy punk. Y en lo que respecta a hacer negocio con su marca, el artista de culto más cerca de Taylor Swift. Huelga decir que está en su derecho.
Como tampoco nadie puede censurarle que en 2018 pusiera en marcha la web The Red Hand Files (sí, el partido que le está sacando a la canción es asombroso). En su origen, y como él mismo la definió, era una idea sencilla, que le daba la posibilidad de establecer un espacio donde pudiera responder preguntas de sus fans. De hecho, ha protagonizado ocasionales encuentros por todo el mundo en los que aceptaba el intercambio con la audiencia, como hizo en el Casino de l’Aliança del Poble Nou. Una forma de acercar el mito a los simples mortales, de explicarse a sí mismo y, sobre todo, de seguir construyendo el personaje. Los Red Hand Files, de algún modo, permiten ese intercambio sin necesidad de hacer giras, desde la comodidad del ordenador de casa. Como es fácil deducir, la web se ha terminado convirtiendo en la consulta de un gurú. Cave se ha transformado en uno de esos todólogos que pueblan las tertulias televisivas, expertos en cualquier tema que les pongan delante. Da igual la política internacional que las enfermedades del alma, en las que sus fans le consideran un especialista. Todo un atrevimiento el del australiano, que debe lidiar, por ejemplo, con mensajes de atribulados adolescentes de tendencias suicidas. No querría tener en mis manos la responsabilidad de aconsejarles. Y sorprende en alguien que, según decía en aquella rueda de presa en Valencia, tiene «cierta dificultad para expresar mis sentimientos y aquello que quiero comunicar».
Pero Cave está acostumbrado a meterse en camisa de once varas, y si algo no le ha molestado nunca es exponerse. Lo ha hecho, incluso, poniéndose ante la cámara en One More Time With Feeling (Andrew Dominik, 2016), un documental que aborda directamente la muerte de su hijo Arthur. Para unos, un exorcismo necesario; para otros, puro exhibicionismo emocional.
Hablamos, por cierto, de un músico que protagonizó tres documentales en apenas nueve años. Una cifra realmente inusual, teniendo en cuenta que no hablamos de un artista masivo. Hay que admitir que todos ellos son de interés para sus seguidores, sin duda alguna. Sobre todo, 20.000 días en la Tierra (Iain Forsyth y Jane Pollard, 2014), otro vehículo minuciosamente elaborado para apuntalar su personaje.
En esa línea va también el libro Fe, esperanza y carnicería, que recoge una serie de conversaciones con el periodista Seán O’Hagan. Es como si todo lo que diga Nick Cave importe. Como si necesitáramos que su luz nos ilumine sin descanso. En la contraportada se destaca una de sus sabias reflexiones: «El joven Nick Cave podía permitirse ser desdeñoso con el mundo porque no tenía ni idea de lo que le deparaba el futuro. Ahora veo que este desdén o desprecio por el mundo era una especie de ostentación o condescendencia, incluso un derroche de vanidad. No sabía del valor de la vida, de su fragilidad. No tenía ni idea de lo difícil pero esencial que es amar el mundo y tratarlo con misericordia. Y, como decía, no tenía ni idea de lo que le deparaba el camino».
Al margen del arrebato místico, nada sorprendente, y de que ya sabemos qué tipo de gente es la que habla de sí misma en tercera persona, lo podría haber resumido sin ser tan pomposo: «Me he hecho mayor. Los años te otorgan madurez y una perspectiva diferente de las cosas». Algo que, efectivamente, necesitábamos que nos dijera Cave, porque es el tipo de verdad que no somos capaces de alcanzar a través de nuestra propia experiencia. ¿Estamos ya frente el Paulo Coelho del rock? ¿Ante el próximo redactor de frases para los sobres de azúcar de las cafeterías? Exagero, por supuesto, pero tanta sobreexposición corre el riesgo de resultar estomagante. Al menos, lo ha sido para mí.

Y aún faltaba la guinda del pastel, la que nos enfanga en el territorio de lo ideológico (como si el misticismo no lo fuera). Hablamos, claro, del Nick Cave que defiende a su amigo Wim Wenders cuando dice que el cine no debe meterse en política y que justifica sus conciertos en Israel basándose en una postura firme contra el boicot cultural, al que califica de «cobarde y vergonzoso», desvinculando su actuación de las políticas del gobierno israelí. Imaginamos que Cave supone que ninguno de sus fans en Israel votó por Netanyahu y que un genocidio no es razón suficiente para posicionarse. Una vez más, está en su derecho. Pero Andrew Mitrovica se lo dejó claro en un artículo de 2024: «Actúa en Israel, pero no finjas que no lo sabías». En su texto, el periodista señala que, adoptando esa posición, Cave se atribuye un papel que le encaja como un guante: el de «renegado que se resiste a las fuerzas de rechazo ‘tradicionales’, empeñadas en amordazarlo a él y, por extensión, a su arte». En 2017, Cave dirigió una carta a Brian Eno asegurando que no apoyaba al gobierno israelí ni lo culpaba, atención, de las «injusticias sufridas por la población palestina». Y unas líneas después acudía a la palabra mágica para legitimar sus opiniones: el boicot a Israel podía considerarse antisemita. Es lo mismo que acusar de antiblanco a quien se opuso al apartheid sudafricano. Pero sucede.
En el libro Sound System. El poder político de la música (Katakrak, 2018), y su adenda posterior, El genocidio en Gaza y los fantasmas de Spotify (Katakrak, 2025), el músico Dave Randall cuenta que algunos miembros del Socialist Worker Party británico le pidieron que se afiliara. «Les dije que los artistas deben ser políticamente independientes. No les costó mucho convencerme de que mi respuesta había sido una chorrada con ínfulas». Randall era entonces componente de Faithless, una banda mucho menos cool que la de Cave, y su decisión de convertirse en activista le creó muchos problemas con su manager y hasta con sus compañeros de grupo (que abandonó definitivamente en 2011). Pero ya no dice chorradas con ínfulas. Tampoco lo hace una lista de nombres que no cabría en varias páginas y que incluye a Billy Bragg, Paul Weller, Primal Scream, Massive Attack, Elvis Costello, Portishead, Pixies, Cat Power, Santana, Devendra Banhart, Tindersticks, Billie Eilish, Dua Lipa, Björk, Bob Vylan, Paul Simonon (The Clash), The Weeknd… Frente a su clara toma de postura, otros se refugian en la equidistancia o alardean de su ignorancia sobre el tema. Sleaford Mods, muy working class ellos, se marcharon del escenario en Madrid porque les lanzaron un pañuelo palestino desde el público. Poco después, el cantante James Williamson se justificaba diciendo: «No me pidan que en un concierto elija un bando para algo sobre lo que no tengo ninguna idea real. Soy cantante, mi trabajo es la música. Lo único que realmente sé sobre la guerra es que estoy harto y cansado de la muerte prematura como todos nosotros. Del asesinato de cualquiera bajo cualquier maldita red de creencias». Todos iguales. Ni de izquierdas ni de derechas.
Quizá sea una casualidad, o quizá no, pero Sleaford Mods, Radiohead (así como Thom Yorke en solitario) y Nick Cave and the Bad Seeds están representados por la misma agencia de contratación, ATC Management, perteneciente a un grupo global en el que participan empresas como Schroders, una multinacional británica de gestión de activos con más de 4.700 empleados en Europa, América, Asia, África y Oriente Medio. Ya se sabe: Sigue el rastro del dinero.
Que alguien tan inteligente como Cave crea que no existe relación entre la ciudadanía de un país y su gobierno es tanto como desconocer el funcionamiento de un régimen democrático. Los gobiernos son elegidos por el pueblo, y actúan según su mandato mayoritario. Fin de la cita, que diría M. Rajoy. Mitrovica recoge también la decepción de un fan que no entendía que Cave mostrara solidaridad con los ucranianos pero no con los palestinos. El cantante se elevó en el aire para afirmar que simpatizaba profundamente con «el trágico destino de todos los inocentes». Amén. Una frase tan bonita como carente de significado cuando ante un genocidio se habla de «situación compleja» (¡hola, Thom Yorke!).
En fin, Nick, que empiezan a ser demasiadas cosas. Que igual no eres tú y soy yo. Hace décadas descubrí a un gran cantante, compositor y performer y el lote ha acabado incluyendo a un gurú, un mesías egomaníaco, un ceramista y, ay, un aprendiz de sionista. Parece un chiste malo. Mientras termino este texto leo que Ejae, una cantante surcoreana-estadounidense del universo k-pop de la que no había oído hablar en mi vida de boomer obsoleto y desorientado, te acaba de arrebatar el Oscar a mejor canción original, al que optabas con Bryce Dessner por Train Dreams. Otra vez será. Seguramente hay alguna moraleja en ello que se me escapa. Supongo que este ya no es nuestro mundo. Ni el mío ni el tuyo. Por eso creo que lo mejor que podemos hacer es no perder la dignidad. Pero quién soy yo para dar consejos.
