Jello Biafra for President

Jello Biafra for President

El pasado 7 de marzo, Jello Biafra fue ingresado en el hospital a causa de un ictus. Desde entonces, no se han dado a conocer noticias sobre el estado de salud del mítico cantante de Dead Kennedys. Esperando que pueda superar con éxito la situación, aprovecho para rescatar un encuentro con él que tuvo lugar en octubre de 2012, cuando estuvo de gira por España junto a una nueva banda, The Guantanamo School of Medicine. Aparte de su papel de referencia en la escena musical punk, Biafra siempre se ha caracterizado por la fuerte carga política de sus letras y opiniones, y no fue diferente en aquella ocasión. Como se puede constatar en la entrevista, conocía la realidad española mejor que muchos ciudadanos del país, estaba al corriente de lo sucedido con el movimiento 15M y desplegaba unas opiniones que, lejos de haber quedado desfasadas, se podrían aplicar perfectamente a lo que sucede en el planeta hoy.

 

JELLO BIAFRA

«BARACK OBAMA HA CREADO UN ESTADO POLICIAL FASCISTA EN EE UU»

 

El legendario fundador de Dead Kennedys recala en Valencia con su nueva banda, The Guantanamo School of Medicine, para presentar su segundo álbum, Enhanced Methods of Questioning, donde mantiene su característico sonido punk y su discurso contra las políticas capitalistas y las grandes corporaciones

 

En su caso, no es exagerado usar la palabra: Jello Biafra es una auténtica leyenda. Fundador de Dead Kennedys, una de las bandas de referencia de la escena punk estadounidense de finales de los setenta, ha dejado atrás el pasado (incluyendo una demanda contra sus excompañeros) y, tras varios años dedicado al spoken word, regresa al frente de su nueva formación: The Guantanamo School of Medicine.

Desde el último LP de Lard, en 2000, no habías liderado una banda. ¿Cómo nació Guantanamo School of Medicine?

Nunca he dejado de hacer música. En los últimos años he grabado discos con los Melvins o Mojo Nixon. Y, por supuesto, con Lard. Pero fui a un concierto de The Stooges y coincidió con que era el día en que Iggy Pop cumplía setenta años. Pensé que al año siguiente yo tendría cincuenta y que debería celebrarlo de algún modo. Así empezó todo, por eso formé la banda.

Incluye a Ralph Spight (Victims Family) y Billy Gould (Faith No More). ¿Cómo los elegiste?

Billy solo participa en los discos, porque Faith No More han vuelto a salir de gira, así que le hemos reemplazado. Es una banda real, y estamos tocando mucho, hasta en lugares como Valencia (risas). Es curioso: vivo a dos o tres manzanas de la calle Valencia, en San Francisco, y conozco la Valencia que existe en California, pero no sé nada de la española.

Llevamos veinte años gobernados por la derecha, así que te vas a sentir en tu salsa.

¿Todavía tenéis estatuas de Franco? Me han dicho que hay sitios donde se han negado a retirarlas. Creo que a mucha gente no le importaría que volviera un gobierno fascista.

No te han informado mal. Tus discos continúan sonando muy crudos y potentes. ¿Sigue habiendo razones para reivindicar el espíritu punk?

Siempre me ha gustado la música fuerte y salvaje. Una de las cosas que hizo el punk a finales de los setenta fue traer de vuelta el espíritu de los orígenes del rock and roll, que había sido destruido por asquerosas bandas de soft rock como los Eagles, la música disco o el rock de estadio. Hay gente que cree que el espíritu punk consiste en beber y drogarse, pero para mí es el mismo que hizo a la gente luchar contra la guerra de Vietnam o las dictaduras. O el que inspiró a Little Richard, Oscar Wilde o quien sea. Quizá incluso Jesucristo, no lo sé. Hay quien cree que presidentes estadounidenses nefastos como Bush o Reagan fueron buenos para el punk, pero no es verdad. Todo el mundo, desde los Dead Kennedys a Black Flag o Crass, en Inglaterra, estábamos expresando rabia en las letras y la música mucho antes de que Reagan fuera elegido o Margaret Thatcher llegara al poder en Gran Bretaña. Los problemas ya eran los mismos que ahora: La dictadura de las grandes corporaciones, que empezó en los años setenta y se ha desarrollado cada vez más rápido. No es casual que los bancos estén llevando a la ruina a Grecia, España, Portugal, Francia, Alemania… Atacan siempre juntos y en todo el mundo al mismo tiempo. Alegan que no tienen dinero con objeto de paralizar los programas contra la pobreza, la educación pública y gratuita… Pero las matemáticas no engañan: No necesitaríamos todas esas monsergas sobre la austeridad si los ricos pagaran los impuestos que deberían pagar. Ni siquiera se trata de capitalismo, hemos vuelto al feudalismo, a la Edad Media, con los grandes señores en sus castillos y los siervos.

¿Y qué podemos hacer?

Esa es la pregunta. Las protestas ya han empezado en España, la gente ha dejado de quedarse sentada sin hacer nada. Sé que hay una lucha importante contra los desahucios, que también se está produciendo en Estados Unidos. Incluso en casas en las que logran desalojar a las familias, están volviendo a entrar y ocupándolas de nuevo, metiendo otra vez los muebles dentro y llamando a los medios de comunicación para humillar a los bancos públicamente, obligándoles a renegociar las hipotecas y los préstamos. Lo que no me cuadra de España es que los problemas económicos y las medidas de austeridad vienen de antes de que Rajoy gobernara. Y la gente, en lugar de escoger una opción diferente, votó a un partido que iba a extremar aún más esas medidas. No sé si los electores solo querían echar a Zapatero o realmente no sabían lo que hacían.

Mucha gente aquí se pregunta lo mismo.

Es difícil de entender. Pero muchos que en noviembre apoyaron a Romney en Estados Unidos, en realidad lo que harán es votar contra Obama. Desgraciadamente, viven creyendo que solo existen dos opciones, la demócrata o la republicana, sin darse cuenta de que hay una candidata mejor: Jill Stein, del Green Party.

Es el partido que apoyas, ¿no?

Sí. Es muy pequeño, pero prefiero votar por algo en lo que creo, aunque no lo consiga, que por algo en lo que no creo. No voté por Obama en las pasadas elecciones y no lo haré en estas.

¿Entonces no te sientes decepcionado con su política, como le pasa a Bruce Springsteen?

Por supuesto que estoy decepcionado. Mucho. En algunos temas, está siendo peor que Bush. Lo peor del caso es que el caballo de Troya de las grandes corporaciones fue Bill Clinton, que desmanteló el sistema sanitario a favor de las empresas privadas y hasta llegó a firmar una ley propuesta por Newt Gingrich que regulaba el control de los medios por parte de las grandes empresas, que tuvieron poder ilimitado para crear un monopolio informativo. Y anuló las leyes que prohibían a los bancos especular con el dinero de la gente como si fueran casinos. ¡Eso causó la Gran Depresión de los años treinta! Ni siquiera Bush lo hizo, fue Clinton. Y Obama ha sido el caballo de Troya para crear un estado policial fascista. No ha cerrado Guantánamo, habla contra las torturas, pero se siguen produciendo… Suya es la ley que permite arrestar a cualquier ciudadano y retenerlo sin juicio durante todo el tiempo que el gobierno considere necesario. Espero que Julian Assange no tenga que vivir los próximos veinte años en la embajada de Ecuador para evitar ser arrestado, porque una vez se retiren los cargos por abuso sexual lo enviarán a Estados Unidos, donde Obama lo hará desaparecer para siempre. Bradley Manning, el soldado norteamericano que filtró a WikiLeaks un vídeo donde se ve a un helicóptero americano matar a un grupo de civiles en Irak, incluidos dos periodistas, lleva dos años arrestado sin cargo alguno. Lo tuvieron encerrado un mes en una celda de aislamiento. Desnudo. Ni siquiera le permitían vestirse. Y eso lo está haciendo Obama.

¿Todavía haces spoken words?

La banda ocupa la mayor parte de mi tiempo ahora. Quizá vuelva a hacerlo, pero no sé cuándo. En España he ofrecido muy pocos. Las audiencias son reducidas, y limitadas a los que entienden inglés. No se cuánta gente vendría a escucharme hablar a toda velocidad durante dos horas sin conocer el idioma (risas).

Hablando con Alejandro Escovedo, admitía que la escena punk de la costa oeste nunca tuvo el impacto de la neoyorquina. ¿Por qué?

Una de las razones es que Nueva York es el centro de los medios de comunicación, está más cerca de Londres y la escena artística es más fuerte allí. En la costa oeste está Hollywood, y luego, muy abajo, en lo más profundo, la escena rock, con la que no tiene nada que ver. San Francisco es aún menos importante, porque ni siquiera tiene Hollywood. Lo bueno de esto fue que las bandas se radicalizaron. En 1980, la mayoría ya sabía que nunca conseguiría un contrato con un sello importante, así que o dejaron de tocar o extremaron su sonido. No es casual que el hardcore comenzara en la costa oeste, antes incluso que en Inglaterra. A Alejandro le conozco mejor ahora que entonces, porque yo empecé un poco más tarde que él. Dead Kennedys son parte de la tercera generación de bandas punk de la ciudad. En la primera estaban The Nuns [con Escovedo], Crime y Mary Monday. La segunda es la de Avengers, Negative Trend, Flippers, The Mutants… Y la siguiente, la primera que logró salir fuera, fue la de Dead Kennedys, aproximadamente un año y medio después de la primera.

Fuiste pionero de la independencia con el sello Alternative Tentacles. ¿Cómo ves la industria actualmente?

Quizá la industria agonice, pero la música no está muerta. Cada vez es más duro sobrevivir como sello, porque mucha gente comparte archivos por internet y no paga por ellos. En un momento en que la gente no tiene dinero, el problema se explica por sí solo. Muchos prefieren la descarga y asistir a los conciertos. Espero que la gente que comparte archivos por la red, si en el futuro compra, lo haga acudiendo a los pequeños sellos underground o los propios artistas independientes. Si compartes archivos de artistas de grandes compañías, no importa, porque igualmente ganan mucho dinero.

¿Cómo será esta gira?

El sonido del grupo está en algún punto entre Dead Kennedys y The Melvins, que es lo más duro que he hecho. Mayoritariamente tocamos canciones nuevas, aunque también hay alguna de Dead Kennedys. Y la gente no se queja. Hasta en Alemania les gusta (risas). En Munich, un tipo se pasó el concierto pidiendo Too Drunk To Fuck, hasta que le dije: «Mira, esta es una banda nueva, estamos aquí para tocar canciones nuevas. Eso ha significado el punk para mí desde el principio: algo nuevo, así que deja de presionarnos. No voy a quedarme congelado en los ochenta». Al rato, el tipo estaba saltando y celebrando las nuevas canciones.

Mis problemas con Nick Cave

Mis problemas con Nick Cave

Ya no soy mitómano. Lo fui, y mucho, pero es un virus benigno que generalmente se manifiesta en la adolescencia y se va curando con la edad y, sobre todo, con el desarrollo de cierto espíritu crítico. La devoción incondicional suele ser una barrera infranqueable para el juicio ecuánime, y no hay artista en la Tierra que tarde o temprano no sea capaz de decepcionarnos. Ya lo decía la canción de los Stranglers: No More Heroes. O aquella otra de Sonic Youth: Kill Your Idols. Tampoco es necesario ser literal, pero sí me parece muy sano cuestionarlos y negarse a aceptar sin reparos cualquier cosa que provenga de ellos, porque, de otro modo, sentimos incluso que les estamos traicionando.

Resulta lícito ponerse una venda en los ojos por iniciativa propia, y hay ejemplos sonados como el de Mariana Enríquez, capaz de perdonar lo que sea a un amplio santoral particular que incluye a Brett Anderson, Novak Djokovic o, por supuesto, Nick Cave. Pero no es mi caso. Puedo seguir admirando la obra de un artista sin necesidad de perdonarle las faltas o comulgar con sus ruedas de molino. Porque todos las tienen. Y cuando se ha presentado la oportunidad, incluso he intentado plantearle mis dudas, como en el caso de Mick Jones. Por cierto, y hablando de The Clash, el otro día me acordé de ellos al ver a su versión de Hacendado lanzando proclamas subversivas desde un escenario instalado, paradojas de la vida, en un espacio que permitía que una dotación municipal de uso comunitario, un parque público, fuera vallado y utilizado por parte de una empresa privada para su propio beneficio económico. Desde abajo, el público levantaba el puño con la mano que le dejaba libre la cervecita. La coherencia es una cualidad tan cara de enarbolar como difícil de mantener en todas y cada una de las decisiones que se toman en la vida.

Pero centremos la cuestión, porque aquí hemos venido a hablar de Nick Cave. Y vaya por delante, para despejar dudas, que me parece uno de los grandes talentos de la música popular del siglo XX. Así, a lo bruto, sin medias tintas. Pero lo cortés no quita lo valiente, y ya hace bastante tiempo que, inevitablemente, empecé a cuestionarme algunas cosas.

Para remontarme al inicio de mi relación personal con Cave habría que irse hasta mediados de los ochenta. Cuando andaba todavía instalado en la resaca de la adolescencia (como decíamos, la época perfecta para apuntalar los mitos), tuve la suerte de que Óscar, un amigo mío, entrara a trabajar como representante de Sanni Records, un subsello de Ariola radicado en Madrid en cuyo catálogo había bastante música de baile, pero que también detentaba en España los derechos de la indie británica Mute, donde grababan, entre otros, Depeche Mode y Nick Cave and the Bad Seeds. Ni que decir tiene que le sobraban las copias promocionales, así que un día apareció con varios vinilos de la banda australiana que pasaron directamente a ocupar un lugar de privilegio en mi todavía incipiente colección. Había escuchado a Cave con anterioridad, pero aquello fue una inmersión en toda regla.

Ya empezaba también a leer los créditos de los discos, y saltaba a la vista que, si bien había un líder claro en el grupo, que además firmaba las letras, era la unión de todos los integrantes, coautores de la música, la que lograba el resultado final. Y es que al lado de Cave estaban el alemán Blixa Bargeld, de Einstürzende Neubauten (que siempre preferí a los propios Bad Seeds), y Barry Adamson, que había sido pieza fundamental en Magazine, otro de mis grupos de cabecera. Le entrevisté en 1998, y su evocación de los primeros años con Cave habla por sí sola: «Fue una formación histórica. Hicimos algunos conciertos que no eran de este mundo, te lo aseguro. Tengo muy buenos recuerdos de aquella banda, con los cuatro haciendo un ruido insano, increíble, era maravilloso. Me acuerdo de un show en Ámsterdam en que nuestra comunicación era casi telepática».

Adamson habla de cuatro personas. El que falta por nombrar es Mick Harvey, que ya estaba al lado de Cave desde los tiempos de su primera banda, The Boys Next Door, y le acompañaría también en la siguiente, The Birthday Party, con la que se labraron una feroz reputación en directo. De hecho, fue estando de gira con ellos por Alemania cuando, según la leyenda, Cave cazó por casualidad a los Neubauten en televisión y al ver a Blixa en la pantalla se dijo a sí mismo que le llamaría para su siguiente proyecto. Y así lo hizo.

Además de Harvey, en ambas formaciones previas a los Bad Seeds estaba también Rowland S. Howard, un fabuloso guitarrista, menos reivindicado de lo que merece, y cómplice fundamental en los aquelarres sonoros que desplegaban.

Atendiendo a la autoría de las canciones, ya desde aquellos primeros pasos, queda claro, como decía, que los textos son cosa de Cave, pero también que muchos de los temas son fruto de la colaboración con los músicos. Si algo ha sabido hacer desde sus inicios, ha sido rodearse siempre de artistas de inmenso talento, teniendo muchas veces a los mejores a su lado, en un proceso de retroalimentación constante, pese a que él se llevara a menudo la totalidad de los laureles. De hecho, en alguna ocasión no ha dudado en calificarse a sí mismo como un caníbal, esto es, como alguien que se alimenta de otros. Ojo: no estamos minusvalorando sus capacidades, sino ponderando las de sus acompañantes, con frecuencia minimizados a su sombra, y entre los que también han estado, a lo largo de los años, personajes ilustres como Kid Congo Powers (The Cramps), Hugo Race, James Johnston (Gallon Drunk) o Jim Sclavunos (Sonic Youth, Tav Falco), y cuya última incorporación sonada fue la de Warren Ellis (Dirty Three), que se subió al barco como miembro oficial de la banda en 1997 (aunque ya había colaborado puntualmente en algún disco previo) y ha terminado por convertirse en la mano derecha actual de Cave, en gran medida responsable también del giro sonoro que se ha operado en los últimos álbumes del grupo.

Por si aquellas canciones que parecían venidas de otro mundo y el elenco de figuras totémicas del submundo rock que orbitaban a su alrededor no fueran suficiente, en 1991 la editorial valenciana Pre-Textos publicó con bastante puntualidad en España Y el asno vio al ángel, la primera novela de Cave, aparecida en inglés en 1989. ¡Así que además escribía! ¡Y también salía en El cielo sobre Berlín, la película de Wim Wenders! ¿Existía un tipo más cool en el universo rock? Definitivamente no.

El libro, de más de 400 páginas, contaba una historia que enlazaba con algunas de las obsesiones que Cave ya había ido mostrando en sus canciones: conexiones con la Biblia y el gótico sureño, muerte, violencia y redención, pero también amor y deseo, relaciones incestuosas, tendencia al tremendismo, religión y espiritualidad… También una cierta obsesión por las narrativas centradas en núcleos familiares disfuncionales y, más adelante, en las dinámicas entre hermanos, sobre todo cuando comience a desarrollar su faceta de guionista cinematográfico, en las películas The Proposition (2005), sobre una historia propia, y Lawless (2012), donde adapta la novela de Matt Bondurant The Wettest Country In The World (1988). Ambas están dirigidas por John Hillcoat, con quien ya había trabajado en Ghosts… of the Civil Dead (1988).

La primera vez que lo vi en directo fue en el Arena Auditorium de Valencia, en 1988, pero tengo más recuerdos de su siguiente escala local, cinco años más tarde, no solo porque la memoria es selectiva, sino porque en aquella visita, perteneciente a la gira del magnífico Henry’s Dream, y pese a su aversión a tratar con los medios, Nick Cave se avino a tener un encuentro con periodistas de la ciudad (no lo haría en Barcelona, donde ofreció el otro concierto español del tour), a la que asistí en calidad de colaborador de Rockdelux, que la publicó en su número 100, en septiembre del 93.

Ni a los periodistas ni a los artistas les gustan las ruedas de prensa. Demasiada dispersión, imposibilidad de hilvanar varias preguntas seguidas, salto de un tema a otro sin solución de continuidad, pereza general por ambas partes… Aún así, un Cave que pedía café con insistencia se prestó al intercambio durante una hora, lidiando con las cuestiones de algunos medios especializados y otros generalistas, bajo la atenta mirada de sus editores españoles y con la ayuda eventual de un visiblemente resacoso Blixa Bargeld, que apareció mediada la charla.

Releyendo el artículo aparecido entonces, constato que la rueda de prensa, que se celebró en un hotel cerca de la playa, fue interrumpida por una llamada telefónica de la Federación Valenciana de Natación, lo que provocó la hilaridad de Cave, y que al finalizar el encuentro se interesó por conocer algo de la ciudad, optando finalmente por visitar el casco antiguo. De las respuestas al batiburrillo de preguntas que le hicimos entre todos los presentes, rescato algunas de interés:

«Fue un gran error trabajar con David Briggs en Henry’s Dream. La compañía de discos llevaba varios años diciéndonos que sería beneficioso para nosotros utilizar un productor, y creían que él, por su trabajo con Neil Young, era apropiado. Pero es muy difícil hacer un buen disco teniéndolo dentro del estudio. Es un maníaco».

«Lo único que intento con mi música y mis escritos es encontrarme a mí mismo como ser humano. Creo que tengo cierta dificultad para expresar mis sentimientos y aquello que quiero comunicar. Quizá esa es la razón por la que Euchrid Eucrow, el protagonista de Y el asno vio al ángel, no puede hablar. Intento crear personajes de ficción que pueden ser extremos, como un asesino, para transmitir mis sentimientos personales. Eso no quiere decir que yo sea un asesino, pero sí hay algo de mí en ellos».

«Escuchar a los críticos y hacerles caso es una batalla perdida».

«No estoy interesado en el rock como algo que debe ser siempre nuevo ni como rebelión antisistema. Solo me interesa como medio expresivo, y se puede expresar gran cantidad de cosas usando los tres acordes de siempre».

«Siempre me ha interesado la Biblia. De pequeño, cuando vivía en Australia, iba tres veces por semana a la iglesia y poco a poco fui interesándome por ella. Cuando empecé a escribir la novela, que se inicia con una cita bíblica, volví a releerla y de nuevo la encontré muy interesante».

«He llegado a pensar en abandonar la música. Exige mucho aguante grabar, tocar, hacer ruedas de prensa… Y al final se convierte en algo triste».

«No me interesa utilizar mi grupo como pancarta de nada, eso se lo dejo a Sting. Creo que hay mucha gente que se siente aliviada de que no haya hecho eso nunca con mi música o con los Bad Seeds».

Desde aquel show del 93 en Valencia, he visto a Nick Cave en directo unas cuantas veces más. Y todas podrían ser calificadas de sobresalientes. En 1998, en el Doctor Music Festival de Escalarre, la banda ofreció un concierto inolvidable, con la luna brillando en lo alto tras el escenario al aire libre y Blixa sustituyendo a Kylie Minogue en When the Wild Roses Grow, con beso final en los labios a Cave. Después, en 2001, en una escala única en España, en La Riviera de Madrid, a donde peregrinamos fieles de todo el país (recuerdo cruzarme con Bunbury, Fernando Alfaro y Nacho Vegas) para asistir a una gloriosa celebración eléctrica imposible de obtener en un recinto que no sea una sala cerrada. Fue, además, la última vez que lo vi con Blixa, que dejó el grupo en 2003 para centrarse en Einstürzende Neubauten, con los que continúa grabando y girando, para alegría de quienes seguimos sus movimientos con fidelidad. No sería la única baja importante en la formación histórica. A principios de 2009, y tras más de 25 años a su lado, Mick Harvey también abandonó la nave. Las clásicas diferencias creativas fueron el motivo aducido, y se han ido concretando en años (y discos) sucesivos, en los que Cave ha dado el control a Warren Ellis y el sonido y la manera de componer han cambiado de manera notoria.

Como buen fan irredento, en 2006 me fui hasta París para ver de nuevo a Cave, en el Grand Rex, otro recinto cerrado. Era una gira de formato más austero, pero en el escenario le acompañaban unos cuantos de sus habituales, empezando por el ya imprescindible Warren Ellis, además de Harvey, Sclavunos y otros Bad Seeds como Thomas Wydler y Martyn P. Casey. Una vez más, memorable, con el público abandonando los asientos del local (en origen, un cine) para abordar las primeras filas y estar cerca de su ídolo. Todavía se podía ver a Cave en un recinto de 2.800 butacas.

Y aún disponía de menos localidades (800, para ser exactos) el Casino de l’Aliança del Poble Nou (Barcelona), donde Cave se presentó en 2009 para leer algunos fragmentos de su segunda novela, La muerte de Bunny Munro, aceptar preguntas del público e interpretar algunas canciones, con Ellis y Casey como escuderos. Más de dos horas de show en las que seguramente el único que lo pasó mal fue el actor Àlex Brendemühl, encargado de leer en castellano los mismos fragmentos de la novela y a quien recuerdo algo nervioso ante el envite.

Quedaban cuatro años para que llegara Peaky Blinders y, con ella, el gran salto a audiencias masivas y, consecuentemente, a recintos mucho más grandes, de esos en los que, en realidad, el concierto se ve en las pantallas laterales y es imposible reproducir la experiencia de la sala cerrada. Tiene gracia que, tras varias décadas de trabajo, ese crecimiento exponencial de público haya tenido lugar gracias a una serie de televisión (el fútbol de los culturetas) y a una canción (Red Right Hand) que llevaba apareciendo en la exitosa saga cinematográfica Scream desde la primera película (1996) sin conseguir el mismo efecto.

No he visto a Nick Cave en directo desde aquel 2009 en Barcelona. No me ha apetecido hacerlo en Palacios de Deportes ni en los sobremasificados festivales actuales. Y, por lo que me dicen quienes continúan asistiendo a sus conciertos, sigue siendo todo un espectáculo disfrutarlo sobre el escenario (a él y a su soberbia banda). Pero ya no me despierta el deseo de viajar a París, Madrid o Barcelona.

¡Un momento! ¿Escucho voces alegando el manido tópico de que el artista ha dejado de gustarme porque ya no es minoritario, exclusivo de la reducida secta que lo sigue desde sus inicios? No tan deprisa. La prueba de que mi interés por él no ha decrecido es que he seguido adquiriendo, quizá por inercia o completismo, la mayoría de libros con su firma o sobre su trayectoria (diría que solo me falta el de la bolsa para el mareo, pero todo tiene un límite). Y cuando en 2022 me propusieron participar en el libro colectivo Más allá del documento, sobre las derivas contemporáneas del cine de no ficción, propuse el texto El fantasma de Nick Cave. Fronteras entre realidad y representación en el documental musical, un intento de exploración de las relaciones del cantante australiano con el cine. Son, por lo tanto, décadas de interés por el artista, que a medida que pasaba el tiempo se han ido matizando hasta empezar a ver al personaje con otros ojos. A tener, sí, algunos problemas con Nick Cave. Lo que no significa que cuestione su talento. Orson Welles afirmó una vez que Elia Kazan era un traidor por vender a sus compañeros al senador McCarthy durante la caza de brujas, y le recriminó que además hiciera después la película La ley del silencio (On The Waterfront, 1954), una apología de la delación. Y en esa misma declaración añadió que Kazan era un gran director. Pues eso: Que lo cortés no quita lo valiente.

Así que vaya por delante una aclaración: Esto no es una enmienda a la cancelación de Nick Cave. En primer lugar, porque salvo alguna rara excepción, esa cancelación que algunos esgrimen como instrumento de la ‘dictadura woke’ (cuesta escribirlo sin reírse) no existe. Lo prueba la enorme cantidad de artistas y famosos supuestamente cancelados que siguen disponiendo de foros mediáticos para propagar sus opiniones tóxicas con el beneplácito de un alto porcentaje del público y la aquiescencia de un sector de la clase intelectual que esgrime argumentos sonrojantes para defender lo indefendible, especialmente cuando se trata de acusaciones de abuso, violencia sexual, machismo y homofobia. Mientras tanto, por cierto, Pablo Hasél sigue en prisión.

Y, ya que estamos, aprovechemos también para desterrar por siempre jamás aquello de que «hay que separar la obra del artista», como si no tuviera nada que ver la una con el otro. Como si la obra no fuera un reflejo directo del artista, su pensamiento, sus circunstancias, preocupaciones e intereses. Por eso Sonic Youth cantaban Youth Against Fascism y Los Meconios corean Vamos a volver al 36. Por eso Céline escribió Viaje al fin de la noche y por eso Eisenstein rodó El acorazado Potemkin y Riefenstahl El triunfo de la voluntad.

Nadie me va a arrebatar el placer de seguir escuchando The Mercy Seat, From Her To Eternity, Papa Won’t Leave You, Henry, Into My Arms, Deanna, The Weeping Song, There She Goes, My Beautiful World o, por supuesto, Red Right Hand, pero tampoco me impedirá confrontar algunas decisiones o declaraciones de su autor que me resultan, cuando menos, cuestionables.

Y lo cierto es que la cosa viene de lejos. Casi desde el principio. Decía Cave en aquella rueda de prensa en Valencia que «de pequeño, cuando vivía en Australia, iba tres veces por semana a la iglesia y poco a poco fui interesándome por la Biblia». Es curioso: yo estudié en Salesianos y en Jesuitas, donde teníamos misa semanal obligatoria, y en lugar de interesarme por los textos sagrados traté de huir de su adoctrinamiento como alma que lleva el diablo. Con el tiempo he sabido apreciar, como Robert Crumb, el gran libro de ficción que es la Biblia, que incluye una gran cantidad de sexo perverso y violencia gore en el Viejo Testamento, pero nunca despertó en mí ese interés por la espiritualidad que Cave, justo es reconocerlo, comparte con millones de personas en todo el planeta. Entiendo y respeto que el libro haya sido fuente de inspiración inagotable y que el cantante disfrute de una profunda vida interior, pero me molesta que eso haya ido derivando en un mesianismo cada vez más acentuado. No es el único en el sector, y al menos hay que reconocerle que ha sabido llevar esa conexión entre electricidad rock y trascendencia a cotas especialmente memorables, como las exhibidas en la gira del doble Abattoir Blues/The Lyre of Orpheus, donde se reclamaba heredero de la tradición gospel y se hacia acompañar por un coro de voces femeninas. Mi problema con el trance de Cave es que está más cerca del éxtasis místico que del lujurioso desenfreno sexual que propone, por ejemplo, Jon Spencer, otro cantante con clara vocación de predicador. Y, también, que siempre preferiré al tipo que se retorcía convulsivamente en el escenario con The Birthday Party al actual crooner de traje sastre y pelo Grecian 2000. Se podrá argumentar, no sin razón, que los años pasan para todos y que no tiene sentido hacer con casi 70 años lo que uno hacía a los 25. Y es cierto. Pero tengo dos palabras para, al menos, ponerlo en duda: Iggy Pop. Que, además, está al borde de los 80.

Por otra parte, sería realmente estúpido negar que la búsqueda de trascendencia espiritual ha sido el motor de incontables obras maestras. De Bach a Coltrane, de Dylan a Arvo Pärt, pasando por el éxtasis de Santa Teresa de Jesús y decenas de pintores superlativos, la inspiración religiosa es una constante en la historia del arte. A mí me cuesta, qué le vamos a hacer. Y más ahora que parece ser tendencia en España, abanderada por el Lux de Rosalía (disculpen la obviedad) y el éxito de la película Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa, que incluye una secuencia en la que las niñas protagonistas cantan a coro, miren qué casualidad, Into My Arms. No Alabaré, Hosanna en el cielo, Tú has venido a la orilla o Yo tengo un gozo en el alma. No, una de Nick Cave. Que seremos beatas, oiga, pero modernas.

Si el mesianismo de Cave se limitara a sus discos y conciertos, no dejaría de ser un ejemplo más de artista pagado de sí mismo, condición por otra parte habitual cuando el ego juega un papel importante tanto en la obra como en la percepción que el público tiene de él. Del mismo modo, su diversificación de actividades se entiende como producto de su necesidad de expresarse a través de diferentes disciplinas (música, literatura, cine). Todo bien. Lo que resulta un poco sospechoso es que esa necesidad se ampliara a la cerámica justo en plena covid-19, esto es, cuando era imposible actuar en directo y los ingresos producto de las giras se esfumaron. Que fuera entonces cuando Nick Cave decidiera dar una nueva vuelta de tuerca a sus ángeles y demonios en forma de simpáticas figuritas dignas de un Lladró del lado oscuro parecía, básicamente, una nueva manera de sacar los cuartos a sus fans. Venían con excusa culturalista, inspiradas en unas tallas típicas de Staffordshire en el siglo XIX, y han pasado por diferentes galerías y museos, un circuito diferente (y más lucrativo) al del merchandising tradicional, que se concentra tanto en su web como en Cave Things, donde, aparte de los discos, libros y camisetas habituales, es posible encontrar prácticamente de todo: Desde chancletas, paraguas, toallas de baño, pegatinas, abanicos, tazas o delantales hasta el nada barato colgante con la mano derecha roja diseñado por su esposa, Susie Bick, o una sección infantil denominada Shit for Kids. Sí, es que Cave es muy punk. Y en lo que respecta a hacer negocio con su marca, el artista de culto más cerca de Taylor Swift. Huelga decir que está en su derecho.

Como tampoco nadie puede censurarle que en 2018 pusiera en marcha la web The Red Hand Files (sí, el partido que le está sacando a la canción es asombroso). En su origen, y como él mismo la definió, era una idea sencilla, que le daba la posibilidad de establecer un espacio donde pudiera responder preguntas de sus fans. De hecho, ha protagonizado ocasionales encuentros por todo el mundo en los que aceptaba el intercambio con la audiencia, como hizo en el Casino de l’Aliança del Poble Nou. Una forma de acercar el mito a los simples mortales, de explicarse a sí mismo y, sobre todo, de seguir construyendo el personaje. Los Red Hand Files, de algún modo, permiten ese intercambio sin necesidad de hacer giras, desde la comodidad del ordenador de casa. Como es fácil deducir, la web se ha terminado convirtiendo en la consulta de un gurú. Cave se ha transformado en uno de esos todólogos que pueblan las tertulias televisivas, expertos en cualquier tema que les pongan delante. Da igual la política internacional que las enfermedades del alma, en las que sus fans le consideran un especialista. Todo un atrevimiento el del australiano, que debe lidiar, por ejemplo, con mensajes de atribulados adolescentes de tendencias suicidas. No querría tener en mis manos la responsabilidad de aconsejarles. Y sorprende en alguien que, según decía en aquella rueda de presa en Valencia, tiene «cierta dificultad para expresar mis sentimientos y aquello que quiero comunicar».

Pero Cave está acostumbrado a meterse en camisa de once varas, y si algo no le ha molestado nunca es exponerse. Lo ha hecho, incluso, poniéndose ante la cámara en One More Time With Feeling (Andrew Dominik, 2016), un documental que aborda directamente la muerte de su hijo Arthur. Para unos, un exorcismo necesario; para otros, puro exhibicionismo emocional.

Hablamos, por cierto, de un músico que protagonizó tres documentales en apenas nueve años. Una cifra realmente inusual, teniendo en cuenta que no hablamos de un artista masivo. Hay que admitir que todos ellos son de interés para sus seguidores, sin duda alguna. Sobre todo, 20.000 días en la Tierra (Iain Forsyth y Jane Pollard, 2014), otro vehículo minuciosamente elaborado para apuntalar su personaje.

En esa línea va también el libro Fe, esperanza y carnicería, que recoge una serie de conversaciones con el periodista Seán O’Hagan. Es como si todo lo que diga Nick Cave importe. Como si necesitáramos que su luz nos ilumine sin descanso. En la contraportada se destaca una de sus sabias reflexiones: «El joven Nick Cave podía permitirse ser desdeñoso con el mundo porque no tenía ni idea de lo que le deparaba el futuro. Ahora veo que este desdén o desprecio por el mundo era una especie de ostentación o condescendencia, incluso un derroche de vanidad. No sabía del valor de la vida, de su fragilidad. No tenía ni idea de lo difícil pero esencial que es amar el mundo y tratarlo con misericordia. Y, como decía, no tenía ni idea de lo que le deparaba el camino».

Al margen del arrebato místico, nada sorprendente, y de que ya sabemos qué tipo de gente es la que habla de sí misma en tercera persona, lo podría haber resumido sin ser tan pomposo: «Me he hecho mayor. Los años te otorgan madurez y una perspectiva diferente de las cosas». Algo que, efectivamente, necesitábamos que nos dijera Cave, porque es el tipo de verdad que no somos capaces de alcanzar a través de nuestra propia experiencia. ¿Estamos ya frente el Paulo Coelho del rock? ¿Ante el próximo redactor de frases para los sobres de azúcar de las cafeterías? Exagero, por supuesto, pero tanta sobreexposición corre el riesgo de resultar estomagante. Al menos, lo ha sido para mí.

Y aún faltaba la guinda del pastel, la que nos enfanga en el territorio de lo ideológico (como si el misticismo no lo fuera). Hablamos, claro, del Nick Cave que defiende a su amigo Wim Wenders cuando dice que el cine no debe meterse en política y que justifica sus conciertos en Israel basándose en una postura firme contra el boicot cultural, al que califica de «cobarde y vergonzoso», desvinculando su actuación de las políticas del gobierno israelí. Imaginamos que Cave supone que ninguno de sus fans en Israel votó por Netanyahu y que un genocidio no es razón suficiente para posicionarse. Una vez más, está en su derecho. Pero Andrew Mitrovica se lo dejó claro en un artículo de 2024: «Actúa en Israel, pero no finjas que no lo sabías». En su texto, el periodista señala que, adoptando esa posición, Cave se atribuye un papel que le encaja como un guante: el de «renegado que se resiste a las fuerzas de rechazo ‘tradicionales’, empeñadas en amordazarlo a él y, por extensión, a su arte». En 2017, Cave dirigió una carta a Brian Eno asegurando que no apoyaba al gobierno israelí ni lo culpaba, atención, de las «injusticias sufridas por la población palestina». Y unas líneas después acudía a la palabra mágica para legitimar sus opiniones: el boicot a Israel podía considerarse antisemita. Es lo mismo que acusar de antiblanco a quien se opuso al apartheid sudafricano. Pero sucede.

En el libro Sound System. El poder político de la música (Katakrak, 2018), y su adenda posterior, El genocidio en Gaza y los fantasmas de Spotify (Katakrak, 2025), el músico Dave Randall cuenta que algunos miembros del Socialist Worker Party británico le pidieron que se afiliara. «Les dije que los artistas deben ser políticamente independientes. No les costó mucho convencerme de que mi respuesta había sido una chorrada con ínfulas». Randall era entonces componente de Faithless, una banda mucho menos cool que la de Cave, y su decisión de convertirse en activista le creó muchos problemas con su manager y hasta con sus compañeros de grupo (que abandonó definitivamente en 2011). Pero ya no dice chorradas con ínfulas. Tampoco lo hace una lista de nombres que no cabría en varias páginas y que incluye a Billy Bragg, Paul Weller, Primal Scream, Massive Attack, Elvis Costello, Portishead, Pixies, Cat Power, Santana, Devendra Banhart, Tindersticks, Billie Eilish, Dua Lipa, Björk, Bob Vylan, Paul Simonon (The Clash), The Weeknd… Frente a su clara toma de postura, otros se refugian en la equidistancia o alardean de su ignorancia sobre el tema. Sleaford Mods, muy working class ellos, se marcharon del escenario en Madrid porque les lanzaron un pañuelo palestino desde el público. Poco después, el cantante James Williamson se justificaba diciendo: «No me pidan que en un concierto elija un bando para algo sobre lo que no tengo ninguna idea real. Soy cantante, mi trabajo es la música. Lo único que realmente sé sobre la guerra es que estoy harto y cansado de la muerte prematura como todos nosotros. Del asesinato de cualquiera bajo cualquier maldita red de creencias». Todos iguales. Ni de izquierdas ni de derechas.

Quizá sea una casualidad, o quizá no, pero Sleaford Mods, Radiohead (así como Thom Yorke en solitario) y Nick Cave and the Bad Seeds están representados por la misma agencia de contratación, ATC Management, perteneciente a un grupo global en el que participan empresas como Schroders, una multinacional británica de gestión de activos con más de 4.700 empleados en Europa, América, Asia, África y Oriente Medio. Ya se sabe: Sigue el rastro del dinero.

Que alguien tan inteligente como Cave crea que no existe relación entre la ciudadanía de un país y su gobierno es tanto como desconocer el funcionamiento de un régimen democrático. Los gobiernos son elegidos por el pueblo, y actúan según su mandato mayoritario. Fin de la cita, que diría M. Rajoy. Mitrovica recoge también la decepción de un fan que no entendía que Cave mostrara solidaridad con los ucranianos pero no con los palestinos. El cantante se elevó en el aire para afirmar que simpatizaba profundamente con «el trágico destino de todos los inocentes». Amén. Una frase tan bonita como carente de significado cuando ante un genocidio se habla de «situación compleja» (¡hola, Thom Yorke!).

En fin, Nick, que empiezan a ser demasiadas cosas. Que igual no eres tú y soy yo. Hace décadas descubrí a un gran cantante, compositor y performer y el lote ha acabado incluyendo a un gurú, un mesías egomaníaco, un ceramista y, ay, un aprendiz de sionista. Parece un chiste malo. Mientras termino este texto leo que Ejae, una cantante surcoreana-estadounidense del universo k-pop de la que no había oído hablar en mi vida de boomer obsoleto y desorientado, te acaba de arrebatar el Oscar a mejor canción original, al que optabas con Bryce Dessner por Train Dreams. Otra vez será. Seguramente hay alguna moraleja en ello que se me escapa. Supongo que este ya no es nuestro mundo. Ni el mío ni el tuyo. Por eso creo que lo mejor que podemos hacer es no perder la dignidad. Pero quién soy yo para dar consejos.

¿Qué fue de Hal Hartley?

¿Qué fue de Hal Hartley?

Menudos fueron los años 90 para el cine indie americano. Aquello era un paraíso. No dejaban de llegar películas de esas que te hacían estallar la cabeza. Para mi generación, fue una época que nos proporcionó una ingente cantidad de imágenes icónicas, que definieron la postmodernidad y que conectaban como nunca la escena audiovisual con la musical. La cosa ya venía de los 80, con cineastas como Jarmusch, Rudolph, Ferrara, Spike Lee o los Coen que, en su mayoría, prolongaban su gran racha, pero en la década siguiente se convirtió en auténtico fenómeno, coincidiendo con la reconversión del Utah US Film Festival (fundado en 1978) en el Festival de Sundance. La nueva marca nació en 1991, y desde entonces el certamen fue el termómetro oficial del estado del cine estadounidense más mordaz, atrevido y excitante del momento, rampa de lanzamiento o espacio de consolidación para gente como Tarantino, Soderbergh, Kevin Smith, Robert Rodríguez, Rose Troche, Todd Haynes, la productora Christine Vachon, Larry Clark, Gregg Araki o Tom DiCillo. También para el neoyorquino Hal Hartley, que de hecho ganó aquel mismo año el premio al mejor guion en el festival por Trust (Confía en mí).

Los cinéfilos inquietos ya sabían de él por su anterior film, La increíble verdad (The Unbelievable Truth, 1989), así que Trust no hizo más que confirmar que la de Hartley era una de las voces más personales del grupo. Y, pese a todo, no estábamos preparados para lo que vendría después. Simple Men (1992) es una de esas películas que pasan a la historia por una secuencia mítica, inolvidable. Para algunos fue una verdadera epifanía, y la prueba definitiva de que el cine y la música iban de la mano en la escena independiente estadounidense. Hablo, claro, del momento en que los protagonistas bailan al son de Kool Thing, de Sonic Youth. Estar en la sala y asistir a aquella coreografía (totalmente caprichosa en el contexto del film, por otra parte) significaba sentirse parte de algo, saber que habitabas el mismo mundo que Hartley y muchos otros, una sensación de pertenencia que reconocerá quien la experimentó entonces.

 

 

Amateur (1994) y Flirt (1995) mantuvieron a Hartley en el Olimpo de la escena independiente, allanando el camino hacia la maravillosa Henry Fool (1998), quizá su película más completa, ganadora del premio al mejor guion en Cannes. Marcó una consagración que seguramente fue también el momento álgido en su trayectoria, una de las más destacadas de los noventa, década que cerró nada menos que con The Book of Love (1998), donde dio el papel protagonista a una PJ Harvey a la que convirtió en María Magdalena. Otra prueba de unas afinidades musicales que llevaba tiempo cultivando también en el terreno del videoclip, donde ha trabajado con Yo La Tengo, Everything But The Girl y Berth Orton.

A partir de entonces comienza a dar algunos bandazos que, si bien se traducen en títulos de interés (unos más que otros), derivan hacia su paulatina desaparición de las carteleras comerciales españolas. Ni la insólita No Such Thing (2001) ni The Girl from Monday (2005), premiada en Sitges, llegan a los cines. La apreciable Fay Grim sí lo hace, casi de tapadillo, y recauda unos testimoniales 9.000 euros (menos de 10.000 espectadores), probablemente uno de los principales motivos por los que, desde entonces, ninguna otra película suya haya llegado a nuestro país, pese a que Ned Rifle (2014) incluso se hizo con un premio menor en Berlín.

Parecía que su tiempo había pasado, y lo cierto es que en algunos casos se inclinó por unas formas cercanas al cine experimental, a menudo algo crípticas, que tampoco se lo pusieron fácil a los distribuidores para apostar por él, aunque hay que recordar que Avalon, en formato doméstico y en una serie denominada Filmoteca Fnac, en colaboración con el centro comercial homónimo, probó suerte con algunas ediciones de sus películas en una serie en la que también aparecieron DVDs de Fassbinder, Cassavetes, Herzog, Jarmusch o Pasolini, entre muchos otros.

Al indagar un poco en sus pasos más recientes, veo que Hartley tiene una cuidada web donde no solo vende sus películas, sino también sus libros y sus bandas sonoras (compuso la mayoría de las que acompañaban sus films). También que realizó un nuevo film en 2024, Where to Land, con el que ganó un premio en Lisboa (lejos quedaron los tiempos de Sundance, Cannes o la Berlinale) y cuyo protagonista es un director de cine al que todo su entorno cercano cree a punto de morir. ¿Una metáfora sobre su propia situación profesional?

Valga para reivindicar su trabajo y su figura el rescate de la entrevista que le hice en 1994, para el trimestral Factory.

 

 

HAL HARTLEY

EL AMOR ES EXTRAÑO

Cuatro películas han bastado a Hal Hartley para convertirse en una de las realidades más firmes del último cine independiente americano. En todas ellas, el cineasta ha demostrado su capacidad para crear un universo personal que bebe a partes iguales de la tradición autoral europea (reconoce abiertamente influencias de Godard, Antonioni y Bresson) y de la cultura popular norteamericana (rock, televisión, cómics)

Tiene el típico aspecto que normalmente se atribuye al joven intelectual americano: delgado, tímido, apocado, como si tuviera constantemente el pensamiento a kilómetros de distancia del sitio donde se encuentra. Habla despacio, en un invariable tono monocorde salpicado de enigmáticas pausas. En resumen: no puede decirse que llame la atención. Sus films, sin embargo, producen el efecto contrario. Pese al desordenado estreno que han tenido en nuestro país desde la llegada de Trust en 1992, los largometrajes realizados por Hartley ganan adeptos en progresión geométrica. Una vez se entra en ese particular mundo poblado por mafiosos amnésicos, mecánicos rockeros, epilépticas, hermanos a la búsqueda del padre, padres a la búsqueda del hijo y monjas que dejan el hábito para ganarse la vida escribiendo pornografía, es difícil salir de él. En sus cuatro films, Hartley ha demostrado que se puede ser culto sin caer en la pedantería, que la música pop puede adquirir tanta importancia como cualquier personaje y, en definitiva, que es posible hacer un cine moderno sin caer en las astracanadas folclóricas de Pedro Almodóvar.

Hartley nació en Long Island en 1959, y su carrera hasta llegar al largometraje está jalonada de los pasos habituales: Escuela de Arte en Massachusetts, cortos experimentales en Boston y, finalmente, ingreso en la Escuela de Cine de Nueva York, en 1980. Kid, su primer corto, supuso también su tesis de graduación, en 1985. El trabajo cinematográfico de escasa o media duración es fundamental en su trayectoria, pues a pesar de acceder al largo en 1989, Hartley no ha dejado de cultivarlo. «Los cortometrajes me ofrecen la posibilidad de hacer cosas que serían imposibles dentro de un largo. Me dan más libertad y a la vez me sirven de práctica, porque necesito trabajar, en el sentido de crear imágenes, con más frecuencia de la que me permite la realización de largometrajes».

La increíble verdad (The Unbelievable Truth, 1989) fue su debut en el largo, y ya contenía algunas de las constantes de su cine, desde el empleo de música rock en la banda sonora al uso de un lenguaje cinematográfico que le emparentaba con Jean-Luc Godard, pasando por la utilización de una serie de brillantes actores (Adrienne Shelly, Robert Burke y, posteriormente, Martin Donovan y Elina Löwensohn) que invariablemente se encuentran con el director en posteriores trabajos. «Hasta cierto punto parece que siempre utilizo a los mismos actores. Pongo mucho cuidado en no mantener una compañía e insisto mucho en eso. Me refiero a una compañía en el sentido teatral, donde siempre desempeñan los papeles los mismos actores. Y no deseo llegar a eso. Me sirvo de los actores con muchas precauciones y… con mucho egoísmo, debo reconocerlo. Por ejemplo, Adrienne Shelly está perfecta en La increíble verdad. Pero no me di cuenta hasta el montaje, por la celeridad con que se rodó la película. Y estuvo perfecta en Trust. Lo mismo cabe decir de Martin Donovan y Robert Burke. Hace falta más de una película para juzgar correctamente a un actor».

En su segundo film, Trust (1991), Hartley depuró enormemente su estilo y comenzaron a llover los galardones. Hasta seis recogió, entre ellos el Gran Premio del Jurado en el festival de Sundance, el termómetro oficioso del cine indie USA (dos años más tarde, ganó Reservoir Dogs). Después llegaría Simple Men (1992), a concurso en Cannes y poseedora de esa soberbia escena en la que los protagonistas coreografían el Kool Thing de Sonic Youth, y recientemente se ha estrenado Amateur (1994), donde mantiene sus constantes (personajes inadaptados, caligrafía rupturista, narración fragmentaria), pero a la vez amplía sus miras, al contar con Isabelle Huppert como protagonista. Dado su frenético ritmo de trabajo, posiblemente en 1995 nos llegué Flirt, un proyecto que se encuentra bastante avanzado y que «es una comedia de situación sobre un joven que debe tomar la gran decisión de elegir entre su novia y otra chica. Tarda demasiado en decidirse y las pierde a las dos, metiéndose en problemas muy serios, porque si persigues a dos conejos corres el peligro de no cazar ninguno».

Cine…

Quentin Tarantino dijo que no hacía homenajes, sino que robaba lo que le interesaba de la cultura popular. ¿Se puede entender de la misma forma los guiños que incluyen tus films?

No conocía la cita de Tarantino, pero es una inversión directa de una de Godard. En cuanto a los guiños a otros cineastas, no son específicos. Puede haber referencias, pero lo que a mí me interesa es reflexionar sobre la actual sociedad del entretenimiento, y hago alusiones a aspectos contemporáneos de la cultura de la diversión, desde los programas policiales de televisión o la pornografía hasta la forma en que muestro Nueva York. Si hay guiños claros no son necesariamente intencionados. Por ejemplo, cuando rodamos una escena de tortura, obligatoriamente nos acordamos de la de Reservoir Dogs en la que Michael Madsen maltrata a un policía. Desde el momento del estreno de la película se vio claramente que esa escena se convertiría en un clásico y es evidente que desde ese momento cualquier secuencia de tortura que se filme deberá tenerla en cuenta como referente.

¿Puede interpretarse, entonces, como una referencia al actual cine de terror hiperbólico la escena de Amateur en que Isabelle Huppert aparece armada con un taladro?

Podría verse así, pero busco más los aspectos cotidianos. Para mi es una referencia a los calendarios que tienen los talleres colgados en las paredes, en los que cada mes aparece una mujer desnuda con una herramienta distinta: una llave inglesa, un taladro…

¿Tienes un especial interés por subvertir los géneros? La increíble verdad parece una comedia y Amateur un thriller, pero se rigen por tus códigos personales.

En el caso de Amateur, sí. Es como un thriller de acción, casi como un cop show televisivo, pero llevado a cabo por una persona que nunca se había interesado por ese género y, por lo tanto, no lo hace del todo bien. Lo que me interesa precisamente es ese espacio que existe entre el programa de televisión y mi propia capacidad para realizarlo.

¿Es especialmente difícil la labor de montaje en tus películas, construidas casi siempre como rompecabezas?

Para mí, el montaje es otra etapa de la interpretación. No importa lo claro que esté todo en el guion, a la hora de montar te encuentras con otra realidad, con otro grupo de imágenes que tienen su propia validez, trascendiendo lo escrito en un principio.

…Sexo…

En Amateur, Martin Donovan e Isabelle Huppert se pasan la película intentando practicar sexo sin conseguirlo, y la pornografía es un importante telón de fondo, mientras que en La increíble verdad reivindicabas el sexo emocional. ¿Qué papel otorgas al sexo en tus films?

En mi opinión, el sexo no debe consumarse nunca en las películas. Hay que coquetear con el público. En la vida real, muchas veces nos quedamos dormidos después del sexo. Sin embargo, en todo lo que precede estamos muy despiertos y vitales. Me parece más interesante.

…Y rock’n’roll

¿Qué tal fue tu experiencia como asistente de dirección en el film de Laurie Anderson Home of the Brave (1986)?

No cobré nada por el trabajo, pero con Laurie aprendí muchísimo sobre cómo mantener la calma y cómo explicar tus ideas de forma eficaz a los demás. Colaboré en la construcción de unos grandes instrumentos blancos. Fue muy interesante y lo pasé realmente bien.

En el 93 te iniciaste en el campo del videoclip con Yo La Tengo (cuya música también has utilizado en tus films) y Everything But The Girl. ¿Consideras positivos los resultados?

Sí. Lo mejor de todo fue que tenía total libertad para hacer lo que quisiera. Para Everything But The Girl hice The Only Living Boy in New York, y para Yo La Tengo From A Motel 6. Mi intención era evitar a toda costa que se hiciera playback. Desafortunadamente, aunque los grupos quedaron muy contentos con el trabajo, fue imposible ver los clips por la MTV, precisamente porque no contenían playbacks.

¿Mantienes algún tipo de relación especial con Yo La Tengo?

Son gente muy maja, muy tímidos. Siento una afinidad enorme con ellos, porque tienen una gran integridad y se niegan totalmente a comprometerse. Por eso son relativamente pobres, aunque son conocidos dentro de su ambiente.

 

Crédito foto de apertura: Michael Koshkin/Possible Films

La vida es mucho peor sin Portishead

La vida es mucho peor sin Portishead

Habían pasado más de diez años desde su segundo disco, escuetamente titulado con el nombre del trío, y pocos esperaban una nueva entrega de Portishead, pero, finalmente, en 2008, llegó Third, un álbum a la altura de su leyenda que presentaron en España con dos conciertos en el Primavera Sound, uno en el Auditori del Forum y el otro en uno de los escenarios principales.
Nunca he sido demasiado partidario de hacer entrevistas en festivales. Asistir a la cantidad de conciertos simultáneos que tienen lugar en los diferentes espacios ya es suficiente quebradero de cabeza como para estar también pendiente de los artistas en las zonas de backstage o en los hoteles limítrofes con el recinto. Pero claro, se trataba de Portishead, una de las bandas que habían marcado el sonido de la segunda mitad de los noventa, y la oportunidad de hablar con Geoff Barrow o Adrian Utley (ni pensar en Beth Gibbons, alérgica a los encuentros promocionales) no se podía dejar escapar.
Al revisitar aquella conversación (que finalmente fue con Utley), constato la cantidad de cosas que han cambiado desde mayo de 2008, la fecha en que se produjo. Entonces hablamos del auge de Myspace (según Wikipedia, la red social más visitada en el mundo entre 2005 y 2008), sin sospechar que la recién estrenada Spotify (fundada en 2006) se comería todo el pastel de la industria. Y andaban por el mismo hotel MGMT, grupo que por entonces parecía que iba a comerse el mundo (o eso decían algunos) y del que nadie se acuerda hoy, pese a que editaron disco en 2024.
Por lo que respecta a Portishead, Utley afirma en la entrevista, aparecida en el suplemento del diario Levante, que ya estaban «pensado en grabar otro LP», pero Third nunca tuvo continuidad. Y Gibbons, que en 2002 ya había sido infiel al grupo grabando un disco con Rustin Man, debutó en solitario en 2024 con el maravilloso Lives Outgrown.
Se diría que Portishead permanecen desde entonces en estado latente. No ha habido nuevos álbumes, pero si reapariciones fugaces. La grabación de una versión del S.O.S. de Abba para la banda sonora de la película High-Rise (Ben Wheatley, 2015) o su coherente regreso al escenario en septiembre de 2025, para participar junto a otros artistas en un concierto organizado por Brian Eno en el Wembley Arena en apoyo al pueblo palestino, permiten albergar alguna esperanza. Por pequeña que sea.

 

 

PORTISHEAD

REGRESO TRIUNFAL

El trío de Bristol, formado por Beth Gibbons, Adrian Utley y Geoff Barrow, rompe una década de silencio discográfico con el hipnótico Third, el mejor álbum de su trayectoria

El escenario es el habitual en una promoción coincidente con un macrofestival: En un hotel de lujo de Barcelona, a escasos metros del Fórum, un puñado de periodistas esperan riguroso turno para hablar con Portishead. La sensación de caos se acrecienta en el presente caso, porque el trío de Bristol (en realidad, dúo, ya que la vocalista Beth Gibbons no habla con la prensa) concede las entrevistas en el mismo espacio que MGMT, el nuevo hype pop americano. Geoff Barrows y Adrian Utley (quien responderá finalmente a nuestro cuestionario) atienden a los medios para hablar del sobresaliente Third, su tercer álbum de estudio y el primero que graban en diez años, muy pocas horas antes de ofrecer el primero de sus dos conciertos triunfales en el festival Primavera Sound.

Tras diez años de silencio, ¿os habéis sentido presionados a la hora de confeccionar Third?

En todo caso, si sufrimos alguna presión fue interna. Queríamos hacer un buen disco, y la verdad es que no nos importaba lo que pensaran los demás. Ahora la cosa es diferente, porque lo estamos mostrando al mundo y nos encantaría que a la gente le gustara, que entiendan lo que hemos intentado hacer. Pero cuando estás trabajando, tratas de disfrutar de lo que estás haciendo, La presión no es una de las fuerzas motrices para nosotros a la hora de hacer música.

En una década, la industria del disco ha cambiado enormemente. ¿En qué lo habéis notado?

Lo que está pasando es interesante, aunque resulta complicado desentrañar su significado. En estos momentos, gran parte del trabajo se desarrolla en internet. Es parte de nuestra vida. Hace diez años, estaba empezando a imponerse, pero hace solo quince prácticamente ni existía. Eso lo ha cambiado todo en el entorno de la música. Myspace está poniendo de manifiesto que las compañías de discos pueden no ser necesarias y eso ha asustado a la industria. Las técnicas han evolucionado y han demostrado lo estúpido de su trabajo. Todo se cuestiona actualmente y creo que eso es bueno. Vivimos en una situación caótica. Third estaba colgado en la red ocho semanas antes de que se publicara. Es un problema, porque no podemos vivir de la nada. Ha cambiado el valor de las cosas. No hablo de dinero, pero es evidente que debemos buscar un modo de continuar haciendo música. La industria está cambiando, eso está claro.

En mi opinión, el disco es bastante oscuro. ¿Refleja vuestro estado anímico durante la grabación?

Estoy de acuerdo, y es una consecuencia de cómo nos sentíamos haciendo música juntos nuevamente. La frustración por haber pasado tanto tiempo carentes de creatividad. No encontrábamos las respuestas que buscábamos. Por otra parte, a nivel político el mundo está realmente jodido. Todos los días pasan cosas que no deberían ocurrir. En Inglaterra, la situación política es lamentable. No nos sentimos especialmente felices y es lógico que eso se refleje en las canciones. Ahora tenemos hijos, y el futuro no parece halagüeño. Lo que ocurre a nuestro alrededor influye en lo que escribimos y en cómo suena.

¿Podría decirse que Third es un disco político?

Cuanto más hablo de ello, más cuenta me doy de que es así. Creo que el álbum es un reflejo de nuestro descontento político.

Quizá por eso es también bastante triste.

Sí, aunque nuestra música siempre ha sido muy emocional y ha desprendido cierta tristeza. Es algo que tiene que ver con el hecho de usar acordes mayores o menores. Los menores se asocian con la tristeza y los mayores con la felicidad. Nuestro objetivo era escribir música triste usando acordes mayores.

Canciones como Machine Gun y We Carry On tienen unos ritmos que remiten al krautrock. ¿Ha sido una de las referencias mientras grababais?

Absolutamente. Geoff es un gran seguidor de Can. Pero es un género que nos ha interesado siempre. Llevamos años citando a Silver Apples, una banda electrónica americana. Y a The Human League, especialmente en sus discos primerizos, que usaban la electrónica de un modo muy interesante.

En ese caso, imagino que también os interesa la que hizo B.E.F. (British Electric Foundation), el grupo que montó Martyn Ware cuando se marchó de The Human League, previo a la creación de Heaven 17.

No los conozco. ¿Y dices que estaba Martyn Ware? Pues tendré que buscar sus discos. En aquella época se hizo mucha música interesante. Obviamente, todos habían escuchado a Kraftwerk y a otros grupos electrónicos primitivos, que también han sido una influencia importante para nosotros.

Lo llamativo es que el disco también incluye un tema de corte folk tan diferente del resto como Deep Water, sostenido casi únicamente por la voz de Beth y un ukelele, y sin embargo, el álbum tiene una cohesión sorprendente.

Era lo que buscábamos, y por eso nos hemos tomado tanto tiempo para grabar. Hemos discutido cada detalle hasta conseguir un disco de sonido global. Escuchando Silence o Hunter, las dos primeras canciones, parece que entras en mundos diferentes, y por eso las referencias son múltiples. Hunter tiene un poco de Black Sabbath y un poco de Steve Reich. Muchas cosas distintas en busca de un resultado común. La idea era que el disco fuera como un viaje sonoro.

¿Sois conscientes de la importancia que ha tenido Portishead en los últimos quince años?

No pienso mucho en ello. Hemos vendido muchos discos, la gente ha venido a vernos, hemos generado un sonido que otros han reproducido… Supongo que sabemos que hemos tenido cierta importancia. Imagino que todo disco que obtiene una gran repercusión mundial tiene algún tipo de influencia en el futuro, de un modo u otro.

Una curiosidad final. Técnicamente, Third (Tercero) es vuestro cuarto LP. ¿No contáis el directo Roseland NYC Live?

Sí, pero es un disco en vivo integrado por canciones pertenecientes a los dos primeros. Pensamos que Roseland NYC Live tiene entidad por sí mismo, estamos muy orgullosos de él, pero está más conectado con los otros dos, mientras que Third contiene material nuevo grabado en estudio.

 

EL RESURGIR MUSICAL DE BRISTOL

Massive Attack y Tricky también editarán nuevo disco a lo largo de este año

En 2008 no solo regresa Portishead. Massive Attack y Tricky, los otros dos nombres clave de la escena de Bristol en los noventa, y por ende, del trip-hop, también editarán material nuevo en breve. Los primeros, cuatro años después de la banda sonora Danny The Dog. El segundo, cuando se cumple un lustro de Back To Mine. ¿Resurge la ciudad británica? «Es cierto que ambos discos saldrán este año», admite Utley. «Pero se trata de una coincidencia. Massive Attack ya han terminado el suyo y están de gira. A Tricky hace años que no le veo, pero siempre ha sido muy prolífico. Lo raro es que llevara tanto tiempo sin publicar nada. No he escuchado sus nuevos discos todavía». En cuanto a sus planes de futuro, parece que sus seguidores no tendrán que esperar otra década para escuchar la continuación de Third. «Ya estamos pensando en grabar otro LP. Hemos dado un gran paso, así que primero vamos a acabar la gira actual y después nos ocuparemos de otras cosas que son prioritarias, porque todos tenemos familia. Pero nos pondremos pronto a trabajar en nuevas composiciones». Falta saber si Third engendrará una descendencia tan numerosa como Dummy, su influyente debut. «Sería interesante comprobarlo, porque cuando publicamos Dummy nos sonaba como si fuera un disco antiguo, y no sospechábamos que fuera a tener tanto éxito». De hecho, aunque han evitado grabar un disco al que se pudiera colgar la hoy desnaturalizada etiqueta trip-hop, Portishead no reniegan de su pasado, y los dos conciertos que ofrecieron en Primavera Sound fueron pródigos en temas de sus todavía vigentes primeros álbumes, como Cowboys o Wandering Star. Es la ventaja de ser unos clásicos en vida.

 

 

Amos Poe, entre Godard y el CBGB

Amos Poe, entre Godard y el CBGB

Se ha muerto Amos Poe, figura clave del cine underground estadounidense, y la prensa española ni se ha enterado. Hace unos días sucedió lo mismo con Mohammad Bakri, nombre imprescindible del cine árabe. Las agendas de los medios no tienen tiempo ni espacio para personajes de gran relevancia histórica, pero lejos de los focos y el glamour. Quizá ni los conocen. Una lástima.
Con motivo del fallecimiento de Poe, un cineasta a contracorriente que deja para la historia el documental The Blank Generation y un buen puñado de películas al margen de la gran industria, recupero una entrevista que le hice en 1998, para la revista trimestral Factory.

 

 

AMOS POE

EL JINETE OCULTO

El cine independiente americano no sería lo mismo sin él, pero ninguna de sus películas se ha proyectado nunca en el festival de Sundance. Amos Poe, francotirador solitario, se dispone a cumplir medio siglo sin ceder un ápice en sus convicciones

Cuando se habla de cine independiente norteamericano, los primeros nombres que acuden a la mente son los de Spike Lee, los hermanos Coen, Hal Hartley, Kevin Smith, Jim Jarmusch e incluso Quentin Tarantino. En los últimos años, un nutrido grupo de jóvenes directores estadounidenses ha codificado unos modos estéticos y narrativos, y una amplia gama de personajes y situaciones, que casi permiten hablar de un género en sí mismo, hasta el punto de que realizadores de otra latitudes (el taiwanés Ang Lee en El banquete de boda, el croata Goran Rusinovic en Mondo Bobo) se han apropiado en ocasiones de sus procedimientos.

Pero el concepto de cine independiente ha cambiado mucho desde sus orígenes, directamente conectados con la cultura underground. Kenneth Anger (ya en los años cuarenta), Jonas Mekas, los hermanos Kuchar, John Cassavetes o Paul Morrissey fueron algunos de los directores que contribuyeron a cimentar un estilo marcadamente rupturista y hoy casi olvidado. En los noventa, y salvo excepciones, un film independiente solo es el modo más fácil y rápido de obtener éxito con el fin de encontrar acomodo en la gran industria. Los francotiradores de antaño escasean, pero todavía quedan supervivientes. Amos Poe es uno de ellos.

Nacido en Israel en 1950, ocho años después se trasladó a Nueva York con su madre y su hermana. Durante su adolescencia mostró interés por la fotografía y los deportes, y posteriormente estudió Administración de Empresas, pero pronto desarrolló un manifiesto interés por el lenguaje cinematográfico, especialmente a partir de algunos primerizos trabajos amateurs como reportero políticamente comprometido. Hacia mediados de los setenta ya contaba con varios cortos en Súper 8, entre ellos The White Film (basado en el White Album de los Beatles). Fue entonces cuando comenzó a realizar las no budget movies (películas sin presupuesto), de las que se considera inventor. «En aquella época yo era un director joven y obsesivo. Nunca fui a una escuela de cine, simplemente veía películas. Llevaba desde 1969 haciendo films experimentales en Súper 8. Entre 1975 y 1976, Ivan Kral y yo rodamos The Blank Generation por dos mil quinientos dólares. Cuando se comprobó su éxito, decidí crear un nuevo movimiento cinematográfico al estilo de la nouvelle vague francesa. Mi teoría era que si yo podía hacer un largometraje por cinco mil dólares, otros jóvenes directores y artistas como yo lo conseguirían igualmente, y que todos, como grupo, podríamos ser reconocidos de algún modo en el ámbito cultural americano. Con esa intención rodé Unmade Beds en 1976″.

 

Live at CBGB

El mediometraje The Blank Generation (1976) fue, efectivamente, el comienzo de todo. No solo porque significó el inicio oficial de la carrera de Poe, sino por su carácter de cinta testimonial. En apenas una hora, desfilan por la pantalla Ramones, Blondie, Patti Smith, Talking Heads, Television, Heartbreakers y otras lumbreras menores de la efervescente escena rock neoyorquina de la época. El tono documental (blanco y negro, encuadres estáticos) y la falta de medios (desincronización total entre imágenes y música) marcan un film gestado de modo accidental. «En 1974 trabajaba en el departamento de importación y exportación de una pequeña distribuidora cinematográfica, New Line Cinema. Contraté a un asistente, Ivan Kral. Era un expatriado checo, como mi padre, y muy pronto nos hicimos grandes amigos. En 1975 conocimos a Richard Hell, que estaba en Television, a Patti Smith, Debbie Harry y un montón más de gente. Ivan se unió a Blondie como bajista, aunque luego pasó al grupo de Patti. Decidimos filmar a la mayoría de grupos en el CBGB. Al principio no teníamos ni idea de que estábamos haciendo una película. El modelo en que me basé fue la filmación Zapruder del asesinato de Kennedy, una película que considero entre las más importantes del siglo XX, aunque esté rodada en 8mm. The Blank Generation salió adelante y la montamos en una sesión ininterrumpida de veinticuatro horas. Es lo que llamo cine de la presencia».

El ambiente, obvio es decirlo, era único. «Los tres clubs más importantes eran el Max’s Kansas City, el CBGB y, un poco más tarde, el Mudd Club. El sitio para colocarse era el Mickey’s, en University Place. La emergente escena musical tenía las mismas influencias que yo como realizador cinematográfico. La sincronía entre ambos era perfecta. Los músicos estaban interesados en Godard, Cassavetes o Warhol. Todo el mundo iba al cine y al CBGB. Fue una época magnífica. Chris Stein, Debbie, Patti, Richard Hell… Todos eran fans acérrimos de Godard».

Al lado de Poe, otros cineastas comenzaban a dar sus primeros pasos, también alentados por el clima de agitación cultural que vivía la Gran Manzana. Entre ellos, Eric Mitchell, cuya película Underground USA contó con Jim Jarmusch en el sonido, Tom DiCillo en la fotografía y James White (alias James Chance) en la banda sonora. «Eric era mi otro gran colaborador en aquella época. Su aportación fue básica tanto en la sensibilidad francesa como en las subversiones warholianas de Unmade Beds. En 1977, escribí The Foreigner para él. En el 90 volvió a protagonizar Triple Bogey On A Par 5 Hole, mi película favorita. Eric también se convirtió en cineasta. En Nueva York parece que surge uno nuevo cada semana: Jim Jarmusch, James Nares, Sara Driver, Charlie Ahearn, Beth y Scott B., Susan Seidelman, Becky Johnston, Vivienne Dick, Spike Lee, Nick Zedd, John Sayles, Kathryn Bigelow, Abel Ferrara, Nick Gómez… Muchos viven en el mismo bloque de edificios».

 

Godard, mon amour

Tras The Blank Generation llegó Unmade Beds (1976), considerada por la crítica un remake del clásico de Godard Al final de la escapada (1960). «El lenguaje era el característico de las no budget movies neoyorquinas de los últimos setenta y los primeros ochenta. Yo tenía 26 años, la misma edad que Orson Welles cuando rodó Ciudadano Kane, lo cual me hace sentirme enormemente humillado. Mi intención al hacer Unmade Beds, más que rendir homenaje a Godard, era poner en marcha una vía alternativa para hacer cine».

Sin embargo, la presencia del iconoclasta realizador francés es una constante en la obra de Poe, que inició su siguiente film, The Foreigner (1977/78), de forma muy similar a Alphaville (1965). «Godard fue, y es todavía, una de las más importantes influencias para mí. Su modernidad, sentido del humor y belleza me emocionan. Warhol también fue importante, adoro sus películas, me enseñó mucho sobre la economía de la imagen, como Kubrick. Y también Cassavetes, que me hizo sentir como un alma gemela, era un artista de gran calibre. Billy Wilder también fue una de las luces que me guió. Buñuel y De Sica me conectaron con la sensibilidad mediterránea, personificaron mis sueños. Y Sturges, Leone, Welles, Huston, Antonioni, Pabst, Mizoguchi, Bresson, Scorsese, Spielberg, Lucas, Woody Allen, Truffaut y muchos más».

Después llegaría Subway Riders (1979/81), la historia de un músico (encarnado por John Lurie y el propio Poe) que se convierte en asesino por culpa de sus vecinos, que no le permiten expresarse tocando. Un argumento similar al del debut de Abel Ferrara, El asesino del taladro (The Driller Killer), rodado en las mismas fechas. «No me había dado cuenta de las similitudes. Recuerdo cuando se estrenó El asesino del taladro. Creo que conocí a Abel por entonces. En todo caso, Subway Riders es la heroine movie definitiva. La escena en que Susan Tyrrell se chuta en la boca es la mejor en su género desde que Sinatra lo hizo en El hombre del brazo de oro (Otto Preminger, 1955)».

Lurie, componente de The Lounge Lizards, ha sido uno de los más estrechos colaboradores de Poe desde sus comienzos. «No era músico, ni actor; era, y es, un artista. Siempre mostraba su mejor sonrisa. Lo pasamos muy bien juntos. Abandonó Subway Riders cuando se dio cuenta de que el coproductor era un auténtico maníaco, por eso yo acabé su papel. Seguimos siendo amigos. John, Eric Mitchell, Glenn O’Brien, Jim Jarmusch, Richard Edson, James Nares, Jean-Michel Basquiat… Eran la panda de ratas del downtown«.

 

Oportunidades perdidas

La película que marca su profesionalización definitiva es Alphabet City. «La hice entre 1983 y 1984, después de dejar la heroína. Conocía las calles de la droga y tenía la oportunidad de rodar en 35mm. Era extremadamente feliz. Traté de hacer una película política, una especie de La batalla de Argel (Gillo Pontecorvo, 1966), pero el distribuidor lo evitó. Cuando me di cuenta de que no podía contar la historia que quería, olvidé el tono realista y me lancé a tumba abierta para conseguir un estilo moderno y funky: color, sombras y grano. Creo que perdimos la oportunidad de hacer una gran película, pero aún así, tiene sus momentos».

Las dificultades para imponer su criterio en proyectos y rodajes le obligan a partir de entonces a buscar refugio en parcelas que no le permiten expresarse a gusto. Una es la realización de clips musicales. «Mi trabajo como director de videos no tiene la más mínima trascendencia; básicamente, me la suda. Algunos fueron divertidos, pero… Todavía me gusta uno que hice con Run DMC, You Talk Too Much.» La otra es la redacción de guiones. «He escrito unos cien entre 1987 y 1997. En el 87 me despidieron de Rocket Gibraltar, una película protagonizada por Burt Lancaster y dirigida por Daniel Petrie para Columbia, el primer estudio para el que trabajaba. Escribir el guion, hice el casting… La verdad es que debí despedirme yo mismo. Mi carrera como director estaba bajo mínimos, pero me ofrecían dinero por escribir. Tengo tres hijos a los que amo, así que me convertí en guionista profesional, pero sigo deseando dirigir, por eso me siento infeliz».

No es para menos, teniendo en cuenta el resultado que han arrojado sus últimos intentos. «En 1990, un productor llamado John Heyman, un genio del timo, me financió una película de bajo presupuesto, Triple Bogey On A Par 5 Hole. Recibió excelentes críticas, pero permanece sin descubrir, porque raramente consigo estrenar en los Estados Unidos. Más tarde, en 1994, hice Dead Weekend, otra oportunidad perdida. Me sentía como Ed Wood. Es, definitivamente, una película de autocine. Hacerla fue una pesadilla infernal. Si hubiera un juicio de Nuremberg para los malos productores, aquellos gilipollas deberían ser colgados».

No es extraño, por tanto, que su opinión sobre la independencia cinematográfica sea más ácida y desencantada que la de otros directores. «El cine independiente americano es mejor que nunca, ¿pero a quién le importa? La idea principal debe ser siempre hacer buenas películas. El festival de Sundance, por ejemplo, nunca ha proyectado ni uno de mis films, por alguna razón que desconozco. Robert Redford me odia. En el momento actual, las películas en idioma extranjero son un género por sí mismas: Películas Extranjeras. Siempre habrá unas cuantas al año. La cultura americana es, mayoritariamente, un terreno baldío, repleto de narcisismo y vanidad».

Eso sí, le guste o no a Robert Redford, Poe no piensa tirar la toalla. «Actualmente trabajo en varios proyectos. Un documental titulado John The Cop y una película de ficción, Kid Killer. También estoy escribiendo una serie para televisión, un thriller trágico. Y he terminado Frogs For Snakes, producida por The Shooting Gallery y con Barbara Hershey, Robbie Coltrane y John Leguizamo».