Acostumbro a recuperar por aquí entrevistas con artistas internacionales porque, en teoría, siempre han sido más inaccesibles. O, al menos, resultaba más infrecuente tener la oportunidad de charlar habitualmente con ellos. Es cierto que, a lo largo del tiempo, la profesión periodística me ha permitido coincidir más de una vez con Iggy Pop, Chrissie Hynde o Lou Reed, pero la cercanía geográfica de los españoles posibilita, por lógica, que se pueda hablar con ellos prácticamente cada vez que tienen alguna novedad que promocionar. A lo largo de los años, he entrevistado en numerosas ocasiones a músicos como Santiago Auserón, Ariel Rot o Loquillo, entre otros.
No fue el caso de Antonio Vega, con quien solo tengo recuerdo de haberlo hecho un par de veces, y además muy separadas en el tiempo. De la primera ni siquiera he podido localizar la fecha, pero debió ser en torno a 1986/87, coincidiendo con una visita de los todavía en activo Nacha Pop a la discoteca Espiral de L’Eliana. No es posible recuperarla porque nunca apareció publicada en papel, ya que su destino final fue la emisión radiofónica.
Por entonces hacía un programa en Radio Klara y solía acudir a los conciertos cargado con una grabadora para abordar a los músicos cuando tuviera ocasión. Nada de pactar con las compañías discográficas estando en una minúscula radio libre. Aquello eran asaltos en toda regla, pidiendo entrar en camerinos tras la actuación o acudiendo a la prueba de sonido para tratar de registrar algunas impresiones del grupo que compartir con los oyentes.
Conservo una foto que atestigua aquel encuentro, y de la imagen se deducen varias cosas. Por ejemplo, que las grabadoras en los años ochenta eran enormes. O que la gestualidad parece indicar que fue Nacho García Vega, el primo de Antonio Vega, quien lideró la charla. El tópico decía que Nacho era el extrovertido, responsable de las canciones más pop de la banda, mientras que Antonio era su reverso en cuanto a carácter y, por lo tanto, autor de los temas más intimistas y confesionales de su repertorio. Me he molestado en echar un vistazo a algunos de sus discos y, para que conste y cada uno saque sus propias conclusiones, Lucha de gigantes, Chica de ayer, Una décima de segundo, Juego sucio o Magia y precisión son de Antonio, que siempre fue más prolífico, mientras que Vístete, Grité una noche, Agárrate a mí o No necesitas más llevan la firma de Nacho. No acostumbraban a compartir autoría con demasiada frecuencia, pero Sonrisa de ganador o Miedo al terror son algunas de las excepciones.

Nacha Pop se separaron oficialmente en 1988. Dos años después, Nacho formó Rico, una nueva banda, mientras Antonio Vega emprendió en 1991 una carrera en solitario que se inició con el inspirado No me iré mañana, pero que fue perdiendo algo de fuelle con el paso del tiempo, a la vez que se extendían los rumores sobre su estado de salud, pues era un reconocido adicto a la heroína que había pasado tanto por curas de desintoxicación como por recaídas.
En 2001, pasada una década de aquel debut a su nombre, llegó De un lugar perdido, un disco de pop rock adulto, sin aristas, con ocasionales arreglos jazz, que se antojaba corto, con solo nueve canciones, entre las que se contaba el rescate de A trabajos forzados, que había compuesto para Clara Montes.
Esta vez la entrevista sí se hizo según los cánones. Es decir, que fue el sello discográfico el que pactó un encuentro con el artista en un hotel de Valencia y en una fecha concreta. Y allí nos citamos para mantener una charla que aparecería en marzo en Neo, el suplemento del diario Levante.
Antonio Vega se alojaba en una suite con un saloncito separado del dormitorio, donde el periodista esperaba a que apareciera. Cuando lo hizo, su imagen parecía dar la razón a quienes ya entonces manifestaban evidente preocupación por su estado de salud. Extremadamente delgado, taciturno, pero amable, me tendió la mano, se sentó en el cómodo sofá de la habitación y me hizo una pregunta: «¿Te importa si mientras hablamos me entretengo con este reloj?» Un poco descolocado por lo insólito de la situación, le contesté que no y entonces me mostró un reloj de muñeca, con la tapa trasera abierta, que dejaba el mecanismo a la vista. «Me ayuda a concentrarme», añadió, y se puso a hurgar en él con un pequeño gancho metálico. Su atención se focalizaba en lo que tenía entre las manos, la cabeza baja, pero contestaba con claridad y sin titubeos. Hacia la mitad de la entrevista, levantó la vista y me dijo: «¿Quieres tú también un reloj?» Le agradecí el detalle y decliné la oferta, consciente de que habitaba en su propio mundo.
No incluí la anécdota en el texto publicado, que se ciñe al contenido del disco y a algunas cuestiones sobre su carrera musical. Aunque solía plantear temas espinosos a los entrevistados, admito que no me atreví a indagar en la veracidad de algunas informaciones un tanto escabrosas que corrían por la trastienda del sector, y que hablaban de los intentos de su compañía discográfica para que se arreglara la dentadura, o de que tenía un estudio con músicos a su disposición casi de forma permanente para cuando estuviera en condiciones de ir a grabar alguna canción.
Solo tres años más tarde, en 2004, murió Margarita del Río, su pareja, que trabajaba en EMI. Fue un duro golpe para Antonio Vega, que le dedicaría su último disco, 3000 noches con Marga (2005). En mayo de 2009, él fallecía también a causa de una neumonía aguda, derivada del cáncer de pulmón que padecía. Tenía 51 años.

ANTONIO VEGA
EL CHICO DE AYER
Hagan cuentas: ¿Cuántos músicos de aquellos que a comienzos de los ochenta cambiaron la cara al pop español continúan en activo y ofreciendo material interesante? Probablemente, solo dos: Santiago Auserón y Antonio Vega, ese chico triste y solitario que puso el contrapunto intimista al repertorio de Nacha Pop, uno de los grandes grupos en la historia de nuestra música. Tras la separación de la banda, Vega inició un periplo como solista que no puede calificarse de prolífico, pero que en la mayoría de casos ha estado a la altura de su pasado. De un lugar perdido es el cuarto disco de esa trayectoria, un trabajo que significa también su debut con nueva compañía discográfica y la constatación de que los rumores sobre su estado de salud y su leyenda tóxica no respondían del todo a la realidad. El veterano compositor habla de su nueva criatura sin miedo a coger el toro por los cuernos.
¿Te molesta llevar a cuestas la etiqueta de músico maldito?
Jamás me he considerado un maldito, ni un perdedor ni nada parecido. Al contrario, soy una persona optimista y alegre. Esa es una historia producto de alguna que otra mente calenturienta, que alucinó con historias mitómanas y que se ha recreado en esos terrenos, buscando recursos para seguir avivando una leyenda que no tiene base ninguna en la realidad. Sí, tuve un momento oscuro en mi vida, en el que la alegría brillaba por su ausencia, pero no hay que quedarse en esa etapa y convertirla en el signo de toda una vida.
¿Crees que el problema reside en que a veces se habla más de cualquier otra cosa que de la música?
Exacto. Si hay quien me lleva en el corazón o tiene mis discos en su casa, es por un trabajo musical y literario, no por otras cosas. Luego, cada uno se dibuja su propio perfil del artista en base a lo que conoce o sabe y también a su propia fantasía, pero si estoy donde estoy es porque hasta ese sitio me han llevado mis canciones y mis textos.
En tu nuevo disco incluyes un breve texto donde enlazas el título De un lugar perdido con la frase Anatomía de una ola, título de tu anterior LP. ¿Estás sugiriendo una continuidad entre ambos discos?
Sí que la reivindico, en el sentido de que De un lugar perdido puede dar continuidad a una línea vital mucho más positiva, más esperanzadora, que tuvo su arranque en Anatomía de una ola. Es como una sensación de más brillo, más luz, más ilusión. También surge en contraposición a ese malditismo del que hablábamos antes. Si en algún momento ha habido algún matiz oscurantista en mi vida, con Anatomía de una ola empezó el antídoto, que ahora continúa con De un lugar perdido.
Como siempre, el disco tiene pocas canciones. ¿Has hecho mucha criba o es que tenías poco repertorio?
Todo lo que tenía es lo que he grabado, pero había dos temas más que no se han podido incluir y que, en realidad, daban el toque final al paquete de canciones, que habría llegado a once. No se incluyeron porque no tuvimos tiempo para terminarlas como deseábamos en el estudio y no quisimos bajar el nivel.
Anatomía de una ola fue un disco muy tenso porque significaba el fin de tu relación con Polygram. ¿Te resultó después fácil encontrar compañía discográfica?
No fue difícil. En el momento en que me vi liberado del contrato con Polygram recibí varias ofertas y mi agencia de management empezó a negociar. Todo el mundo sabía que finalizaba mi relación con ellos y había expectativas.
Nacho Béjar ejerce de productor, pero vuestra relación se remonta a varios años atrás. ¿Se le puede considerar tu alma gemela en términos musicales?
Hemos compartido muchas horas con la guitarra, en el estudio, componiendo y hay una convergencia evidente. También la cantidad de trabajo que hemos hecho juntos y los cientos de veces que hemos compartido escenario nos han permitido formar un equipo de trabajo coherente y muy cohesionado. Nacho es, sobre todo, un gran amigo, pero a la vez es un gran profesional y un excelente compositor. La posibilidad de trabajar con él siempre había flotado en el ambiente, y esta vez se ha convertido en realidad, de lo cual estoy muy satisfecho. Más que como productor, ha trabajado codo con codo en un proyecto de una manera en que yo no podría haberlo hecho con ningún otro.
De todos los temas que incluye en el disco, Hojas que arranqué es el que más suena a Nacha Pop. ¿Coincides en la opinión?
Estaciones está cerca de Enganchado a una señal de bus, y Ser un chaval tiene cierta conexión con Sonrisa de ganador, pero, efectivamente, Hojas que arranqué es la canción que más recuerda a Nacha Pop. Escuchándola con los ojos cerrados se diría que pertenece a Buena disposición o Más números, otras letras.
En A trabajos forzados adaptas un poema de Antonio Gala. ¿No temías caer en la cursilería que siempre se achaca a su obra?
Sí, es verdad que a veces se le ha calificado de cursi. Lo que pasa es que la poesía, en toda su extensión, y sobre todo cuando se usa un lenguaje coloreado y fantasioso, llega a utilizar recursos que pueden sonar redichos. El origen de la canción fue una adaptación musical de un soneto que hice para Clara Montes, pero me gustó tanto que luego la he recuperado. De los poemas que me dieron a elegir me quedé con éste porque me pareció el que más posibilidades me ofrecía.
¿Has pensado alguna vez en recopilar tus letras de canciones en un libro, como Leonard Cohen, Lou Reed y Corcobado?
De hecho, es una idea que me atrae desde hace mucho tiempo y que tengo guardada para poder hacerla realidad algún día. Me encantaría, desde luego. Creo que las letras se pueden aislar perfectamente de lo musical y tienen un valor poético propio que las hace perfectamente utilizables para una edición en forma de libro.
También han seguido una línea evolutiva. Al principio, se notaba una voluntad de capturar el entorno de una manera realista, como en la magnífica Atrás, mientras que ahora tiendes más a la metáfora. ¿Estás de acuerdo?
Es cierto. Últimamente ha habido una tendencia a utilizar recursos como metáforas y elipsis, que le han dado a los textos, en ocasiones, una forma más invertebrada e intangible. Pero también sigue ahí el texto más accesible en una primera lectura, sin necesidad de interpretaciones de fondo, como ocurría en Atrás, la canción que citas, donde se trata de narrar una historia que no tiene doblez alguno. En determinadas canciones se puede encontrar esa evolución sin necesidad de llegar a terrenos obligatoriamente simbólicos.
Seda y hierro se repite dos veces, en clave reggae y en una versión más intimista. ¿Por qué?
Porque esta canción, que escribí para Margarita, mi mujer, surgió de ese modo, con la guitarra acústica, y esa es la que representa y define mi estilo. La versión reggae resultaba atractiva por el trabajo del grupo, pero la acústica no dejaba de gustarme, así que la incluí como bonus track, fuera de los créditos, en su forma original.
Se prepara un concierto aniversario del Penta, surgen reivindicaciones de la movida… Como protagonista de aquella época, ¿qué opinas de estas celebraciones?
Toda aquella historia tuvo valor en su momento y su lugar. Por lo demás, lo que queda es un recuerdo entrañable y una referencia importante a la hora de escribir la historia de la música. Me parece bien que de vez en cuando se recuerden las cosas y se reaviven aquellos fuegos. No tiene nada de particular y es una manera de, para unos, recordar una bonita historia y, para otros, conocer lo que ocurrió cuando todavía no tenían uso de razón.
¿Cuándo fuiste consciente de que Chica de ayer se había convertido en un himno?
Yo no lo he sido nunca, lo que ocurre es que he tenido que ceñirme a los datos, que no hacen otra cosa que certificar que esa canción se ha convertido en un clásico del pop español. Si me lo dicen el año que la compuse, me echo a reír, porque ninguno podíamos imaginarnos que la historia iría tan lejos, ni mucho menos. Jamás hubiese pensado que Chica de ayer pudiera llegar a significar lo que hoy por hoy significa. Incluso yo mismo, desde mi visión poco objetiva, no acabo de entenderlo en toda su magnitud.
Hasta el punto de que ha dado la vuelta a la historia y ahora no son los grupos españoles quienes versionan a los extranjeros, sino que es un grupo americano como Gigolo Aunts el que versiona a Nacha Pop.
Sí, y su versión me gusta bastante. Me sorprendió gratamente, porque han logrado un sonido muy desenfadado, sin pretensiones. Aunque son americanos, le han dado un aire de pop inglés.
¿Qué te pareció el disco homenaje …Ese chico triste y solitario, que hizo temer por tu salud y reunió a muchos grupos que carecían de conexión lógica contigo o con Nacha Pop?
Fue extraño, porque, en primer lugar, se trataba de un recurso del sello discográfico, que se hallaba en crisis y necesitaba publicar algo que le ayudara a sufragar sus deudas. Precisamente porque la raíz está ahí y no en un homenaje sentido a mi persona es por lo que se contó con artistas que no tenían mucha conexión con mi universo personal o el de Nacha Pop. Por otro lado, tuve esa sensación de la que hablas. El disco se grabó de tal manera que me enteré de que se estaba haciendo prácticamente cuando ya estaba editado, y me llevé una sorpresa bastante desagradable, porque parecía que estaban echándome una paletada de tierra encima. Aluciné. Me dije: «¿Pero qué pasa? Voy a dar todavía mucha guerra, no penséis que os vais a librar de mi ni de coña».
Muchas gracias a Liberto Peiró por la cesión de la foto de apertura. Reservados todos los derechos y el copyright de la imagen.
