El asunto viene de lejos. De cuando ni siquiera se había cerrado la selección de Cannes y ya por todos los pasillos de la industria del cine español se hablaba de que La bola negra estaría en la competición. Se trabajó mucho —y bien, todo hay que decirlo— para que así fuera: las grandes operaciones requieren de tiempo y dedicación. El resto, como se suele decir, es historia: no solo entró en la principal sección a concurso, sino que además los Javis compartieron exaequo el premio a mejor dirección con Pawel Pawlikowski. La ola ya comenzó a tomar altura en la costa azul francesa, a base de reseñas hiperbólicas, sobre todo por parte de la prensa española, que auguraban lo que vendría después.
Llegó a un punto en que no se podía disentir del obramaestrismo de La bola negra. Significaba estar contra el cine español, a favor de la homofobia, no reconocer el legado de Lorca o, simplemente, no enterarse de nada. Hubo un célebre y bochornoso video donde un comentarista cinematográfico aseguraba que leer una reseña negativa de la película había sido como “tragarse el contenido de un cenicero”, y que el autor del texto era un ejemplo de crítica “vieja” que no entendía la película porque “le faltaba calle” —sí, es lícito reírse—. No argumentaba demasiado, el objetivo era conseguir muchos visionados. Y los tuvo, aunque los comentarios que recibió quizá no fueron los esperados.
Aquella ola originada en mayo en Cannes fue creciendo a pasos agigantados: campanas de Oscar más allá del correspondiente a película internacional —a estas alturas nadie duda que los habrá, y entonces pasarán a ser galardones que premian la calidad, y no pura estrategia industrial—, previsible premio del público en Toronto y desembarco en San Sebastián para llevarse de calle también el galardón que otorgan los espectadores. Un recorrido bastante similar al que hizo en 2025 la controvertida La voz de Hind Rajab (Kaouther Ben Hania), que tuvo su estreno en Venecia, otro de los grandes certámenes europeos, donde ganó el León de Oro, luego pasó por Toronto —aquí le arrebató la gloria Hamnet—, arrasó entre la audiencia de Zinemaldi —incluso con una media unas décimas superior a la obtenida por los Javis este año— y obtuvo la nominación al Oscar, que no ganó. Fue la película-acontecimiento de la temporada. En 2026 no hay duda de cuál le ha tomado el relevo. Y superará con creces sus logros. La comparación no es baladí. Aunque la crítica española sí señaló en el caso de Hind Rajab las inconsistencias de la propuesta y su apelación directa y sin tapujos a las emociones más epidérmicas del público, en ambos casos parece que es necesario apoyar títulos que condenan en un caso el genocidio palestino y en el otro la persecución de la homosexualidad —vía reconciliación nacional—. Así, cuestionar las películas se convierte en un modo de cuestionar sus discursos —no el modo en que se articulan a base de imágenes y sonidos— y, claro, nadie quiere ponerse en tal situación. Con esa baza juegan ambas, aunque se trate de un error que a estas alturas no debería ser necesario aclarar.
Pero la conversión de La bola negra en un auténtico tsunami, y en gran medida el detonante de este texto, ha sido su estreno comercial. La campaña de marketing ha sido de tales dimensiones —portadas por doquier, sobredosis de entrevistas, aluvión de parabienes— que ha sido capaz de generar un FOMO inaudito. El 50% de entradas de cine que se vendieron en España el viernes 25 de septiembre fueron de La bola negra. Y el resto del fin de semana la cosa no se detuvo. El martes siguiente, coincidiendo con el día de descuento en las salas, el titular era que más de dos tercios de quienes habían ido al cine fue para ver la película. Un fenómeno sin parangón. Gente que aseguraba llevar meses sin pisar una sala de cine te comentaba que estaba deseando verla. El lunes nadie quería ser el último en hacer su propio post sobre la película para, en esencia, decir lo mismo que todo el mundo. En un 99%, siguiendo las directrices que habían condicionado el impulso irrefrenable de verla: nadie puede perderse tamaña obra maestra.
Se me ocurrió entrar en un post sobre la película diciendo que no me había gustado y la pregunta inmediata fue: “¿Pero la has visto?” Es decir, que no se concibe que, si se ha visto, no pueda gustar. Si parece exagerado, ojo a este titular: “Los espectadores dictan sentencia a La bola negra con una crítica en la que existe un consenso absoluto”. Por si la presión era poca, Movistar + difunde una publicidad el 29 de septiembre recopilando diversas reseñas anónimas y con la frase: “Confirmado: todos opinamos que es una obra maestra”. Se impone la imposibilidad de mostrarse en desacuerdo. Y si lo haces, eres un hater.
Y el caso es que más allá de los cuatro tópicos que repiten las frases promocionales de la película, no he encontrado demasiados argumentos de peso entre quienes la colocan en tan alto pedestal. La gente, básicamente, se emociona. Y llora. Como en otros casos se entretiene y quema adrenalina. El relato que vehicula la película no importa demasiado porque, a un nivel superficial, parece bastante claro que está del lado bueno de la historia. Parece. Y nosotros, como espectadores, nos sentimos gratificados al ponernos en ese mismo sitio. Si además lo hacemos de la mano de hermosas imágenes que remiten a anuncios de Gaultier, de una trama telenovelesca e incluso de algún vergonzante remedo de imágenes icónicas de Tarkovski —que no se diga que los Javis no pican alto—, mejor que mejor. Y que la crítica rancia diga lo que quiera, que no nos va a aguar la fiesta, porque aquí hemos venido a disfrutar, a ratificar todo eso que dicen los titulares, a que nadie nos amargue la idea preconcebida, a no ser el tipo rarito que levanta la mano y se muestra en desacuerdo por llevar la contraria y hacerse el interesante.
Las cosas, claro, no son tan fáciles. Y si van a llover Oscars desde una industria cada vez más internacional, pero básicamente estadounidense que, digan lo que digan, es mayoritariamente conservadora, es por algo. Y tampoco pasa nada —o no debería— por reconocerlo o por asumir que, detrás de las suntuosas postales que han filmado los Javis, de la excesiva pero celebrada música de Raül Refree y del aclamado debut actoral de un joven músico en ascenso, hay también un discurso que es conveniente analizar. Y para eso está la crítica. Y de eso, al fin, va este texto. De reivindicar una lectura un poco más compleja de la ingente cantidad de imágenes que nos interpelan desde las pantallas. Especialmente, las de cine. Y más especialmente aún, las de productos culturales diseñados de manera tan estratégica como La bola negra.
Se ha escrito ya tanto, y tan bien, sobre la película de los Javis que no seré yo quien se ponga a ello. Va a resultar mucho más interesante ceder la palabra a otros. Y de igual modo que el Huffington Post dedicó un artículo a “lo que ha dicho la crítica de La bola negra” escogiendo a conveniencia los extractos favorables que se ajustaban a sus intereses, procedentes de medios mainstream como El País, El Mundo, ABC o Fotogramas, que hace años que carecen de relevancia en el contexto de la crítica y que abundan en terminología alejada de una mínima objetividad analítica — ‘conmovedora’, ‘sensible’, ‘fascinante’, ‘magistral’, ‘icónica’, ‘emocionante’—, desde esta modesta tribuna hemos seleccionado otras opiniones que nos parecen bastante más acertadas y rigurosas a la hora de leer la película. Son grietas en ese consenso general que parece haberse impuesto por la fuerza y ofrecen claves para abordar la película que van más allá del discurso emocional. Ninguno de sus firmantes, por cierto, es un “viejo”. Y aunque solo hemos seleccionado algunos párrafos significativos, vale la pena invertir el tiempo necesario en leer los textos completos en sus correspondientes enlaces.
Sergi Sánchez, desde hace tiempo una de las plumas cinematográficas más en forma del país, y a quien no se puede acusar de hater, pues elogia sin tapujos La Mesías, serie también dirigida por los Javis, habla de “didactismo, una cierta falta de capacidad de síntesis y un final que no llega nunca”, en una crítica que se cierra con el siguiente párrafo: “Los excesos de los Javis —mucho mejor canalizados en su excelente serie La Mesías— necesitan tomarse menos en serio a sí mismos. En lo ‘queer’ hay siempre una ironía, un sentido del humor, que una película tan grave como La bola negra no acaba de saber manejar, sobre todo en su discutible tramo final. La innecesaria aparición de la figura de Lorca, la tendencia a las frases lapidarias (“El corazón de un maricón es un océano lleno de secretos”), las tesis verbalizadas desde lo lírico y lo prosaico, el montaje paralelo como sempiterna incapacidad para la síntesis, la resistencia a abandonar un relato que hace minutos está más que terminado… En La bola negra hay, en efecto, tantas posibilidades que no hay espacio para imaginar ninguna otra, asfixiada como está bajo el tsunami que levanta la prosa poética de los Javis.”
Andreu Todolí, responsable del podcast La Quimera Cultural, aporta también interesantes reflexiones sobre la película, que entran en cuestiones espinosas e incómodas para el espectador progresista obnubilado ante una lectura epidérmica del film: “Hay algo profundamente problemático en la manera en que La bola negra mira al franquismo. Los Javis construyen una película sobre la memoria, la homosexualidad y la violencia política pero, paradójicamente, terminan despolitizando aquello que pretenden abordar. El soldado franquista de 1937 aparece como un hombre arrastrado por las circunstancias, alguien a quien ‘le ponen un fusil en las manos’, y su relación con el republicano herido se convierte en la vía para humanizar al verdugo”.
Su argumentación continúa: “La guerra deja de ser conflicto, represión y violencia sistemática para convertirse en tragedia entre individuos de bandos enfrentados que descubren que el amor está por encima de todo. Si los franquistas son hombres apolíticos, empujados por las circunstancias, ¿quién ejerció entonces la violencia contra los homosexuales? El problema aquí no es humanizar a un personaje franquista, sino borrar aquello que hace políticamente significativo que lo sea. La despolitización impide comprender la historia misma”. Recomiendo leer su reseña completa en su perfil de Instagram.
En una línea similar se posicionaba, ya desde Cannes, la crítica de Rubén Téllez Brotons para El Antepenúltimo Mohicano. Comparto aquí su demoledora conclusión, pero también conviene leer el texto completo para entender cómo llega hasta ella: “La mercantilización que Calvo y Ambrossi hacen de Lorca resulta problemática. En primer lugar, porque, como hacen con otros tantos elementos y personajes a lo largo de la película, lo condenan a ser mero folclore. En segundo lugar, porque lo abstraen de su contexto histórico para poder presentar la homosexualidad del protagonista de su obra inconclusa como un elemento conciliador de clase y, desde ahí, extrapolarlo al resto de personajes de la película. La bola negra, por tanto, bien puede verse como un efectista producto de manufactura española —aglutina todos los clichés— que exportar al extranjero. Más allá de esa lectura, lo que queda es una obra que a ratos blanquea el fascismo y a ratos lo ensalza”. Que nadie se escandalice: No quedan muy lejos las estentóreas declaraciones de Jaime de los Santos en el Congreso. Sí, se puede ser gay y de derechas. Y no pasa nada. Otra cosa es que un alto porcentaje de la audiencia progresista de la película no descubra el huevo de Pascua hasta que se lo señalan y entonces empiecen la negación y las dudas.
Para terminar, Elisa McCausland y Diego Salgado, poco sospechosos de arremeter contra los blockbusters (a su modo, La bola negra lo es), también muestran muchas reservas hacia la película en su crítica para El Salto. Tras celebrar inicialmente su espíritu pop y su falta de prejuicios academicistas, lamentan la posterior deriva grandilocuente por la que se precipita: “Son los propios directores quienes dejan de confiar a partir de cierto punto en ese primer registro, donde se trataba de pillar al vuelo los sentidos más complejos de la película —y, si no, tampoco pasaba nada, lo fascinante estribaba en dejarse arrebatar por el espectáculo y el melodrama—, para entregarse a la severidad impostada, la efusión lírica y las explicaciones reiterativas en torno a lo que simbolizan Lorca, la condición gay, la(s) bola(s) negra(s)… El influjo nefasto a varios niveles del fragmento ambientado en 2017 —las presencias disonantes de Carlos González y Glenn Close, las artificiosas discusiones materno-filiales…— ocasiona que los directores despierten bruscamente del sueño enfebrecido de la(s) forma(s) para abocarse y abocarnos a la razón instrumental de los discursos explícitos y el doctrinario poético, con un subrayado culminante tan desafortunado como la aparición del propio Federico García Lorca en un blanco y negro ratonero, de valor supuestamente solemne y memorialístico, que sirve al objetivo de que el propio poeta nos explique la película y humedezca nuestros ojos por enésima vez.”
Son demasiadas opiniones disidentes —y hay más, es solo de una muestra— como para que se trate de un complot. Así pues, no, no es obligatorio que nos guste La bola negra. Un mínimo análisis de fondo deja en evidencia una película a la que se le ven demasiado las costuras. A eso se dedica la crítica cuando se ejerce con criterio, rigor y lejos de intereses espurios, sean del tipo que sean.