Lucrecia Martel acaba de pasar por los CaixaForum de Madrid, Barcelona y València. El motivo de la visita no era su última película, el documental Nuestra tierra (2025), que sigue sin conocer estreno comercial en España, sino una charla con la periodista Noelia Ramírez en torno al título de “¿Cuándo empieza y acaba una película?” Como era de esperar, y a tenor de la importancia de la directora argentina, en las dos primeras ciudades se agotaron las entradas rápidamente; en València, tierra de cultura, aún quedaban algunas el día del evento. En ningún caso se proyectó el film, de dos horas de duración. Suponemos que hubiera prolongado el acto demasiado tiempo, aunque CaixaForum organiza habitualmente sesiones de cine y, se supone, la relevancia de Martel se deriva, precisamente, de su trabajo, que no es otro que el de hacer películas.

Zama, su última ficción, data de 2017. Hace casi una década. Una fabulosa adaptación de la novela homónima de Antonio Benedetto, cuya producción necesitó de la participación de ¡once países!, y cuya preparación y rodaje implicó no pocas dificultades. Y es que, pese a su prestigio internacional, Lucrecia Martel encuentra cada vez más problemas para rodar. Sin ir más lejos, Nuestra tierra es producto de un proceso de trabajo de catorce años. Desde que rompió su relación con la productora Lita Stantic, que confió ciegamente en ella desde La ciénaga (2001) y fue además una de las impulsoras del llamado Nuevo Cine Argentino de finales de los noventa y principios de los 2000, cada vez le ha resultado más complicado sacar adelante sus proyectos personales.

Así pues, se brinda con mucha frecuencia a dar charlas y talleres por todo el mundo. No es ocupación menor en su caso, pues a diferencia de otros y otras cineastas, posee un poderoso discurso sobre el lenguaje del cine, su relación con la historia y su función social y política. Escucharla con atención implica siempre aprender y conocer puntos de vista al margen del relato oficial, que, salvo excepciones, suele contener un porcentaje equitativo de obviedades, engolamiento, metralla promocional y lugares comunes.

Lleva ya muchos años ofreciendo esas conferencias, hasta el punto de que un puñado de ellas han sido recogidas en un libro por la editorial Caja Negra, titulado Un destino común. Intervenciones públicas y conversaciones (2025), del que ya dimos cuenta en este blog. En aquellas páginas se resumía con precisión su ideario en torno a muchos de los temas que le preocupan, que son los que también suele desarrollar en sus apariciones públicas. Y que, el libro lo pone de manifiesto, se suelen reiterar en cada encuentro con la audiencia, porque la mayoría de sus opiniones son fruto de la reflexión rigurosa, están firmemente asentadas y, en esencia, no cambian. Una forma educada de decir, sí, que suele repetir muchas de ellas con frecuencia, lo cual no es un problema si el espectador la escucha por primera vez, pero ofrece pocas novedades para quien la siga desde hace tiempo y se haya preocupado por leer las numerosas entrevistas que ha concedido a lo largo de los años.

Del mismo modo, esos temas habituales de su pensamiento se han convertido en fácil recurso en sus entrevistas. No hay conversación con Lucrecia Martel en la que no se mencione su trabajo con el sonido. No existe. Busquen, si no me creen. Es como tratar de encontrar una reseña sobre Tarantino que no haga referencia a sus set pieces o una sobre Nolan donde no aparezca la palabra inmersivo. La teoría de Martel, interesantísima y fundamental para entender su cine, ha terminado a la postre por mutar en muletilla, mero lugar común.

Recuerdo una masterclass suya en el festival de Rotterdam de 2018, junto al recientemente fallecido Simon Field. Para explicar la difusión líquida del sonido en una proyección cinematográfica hizo la ya conocida comparación entre la sala de cine y una piscina. Traía consigo una cubitera de vidrio. En un momento determinado, la tapó con la pantalla de su móvil encendida, y pidió que atenuaran las luces del lugar. Al girar la cubitera, como por arte de magia, el móvil se convirtió en una pantalla de cine. Una explicación tan sencilla como hermosa, que dejó a la audiencia con la boca abierta. Y que, lo confieso, le robé años después sin rubor alguno (acreditando la fuente, por supuesto) para una presentación de Mulholland Drive (David Lynch, 2001) en los cines Babel.

Tampoco suele faltar, a un nivel mucho más prosaico, la pregunta sobre la llamada por parte de Marvel para tantearla como directora de Black Widow (Cate Shortland, 2021). Lo ha contado un millón de veces, pero vuelve a hacerlo, sin mostrar cansancio, repitiendo la anécdota y sus motivos para no involucrarse en el proyecto. Recientemente se ha incorporado al repertorio la cuestión relacionada con los salvajes recortes al INCAA (Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales) propuestos por Milei, golpe mortal al cine argentino que generó una oleada de protestas entre los profesionales del medio. Y así, explicando una y otra vez las mismas cosas, Lucrecia Martel, como tantos otros, recorre festivales, centros culturales y universidades (es Honoris Causa por las de Rosario y Córdoba) alrededor del planeta, una fuente de ingresos que se ha convertido en fundamental para ella porque, como ya se ha dicho, no siempre puede desempeñar su principal oficio: dirigir películas.

Entre los 11 países que contribuyeron a que Zama fuera una realidad estaba España. Concretamente El Deseo, la productora de los hermanos Almodóvar, que también participó en La niña santa (2004) y La mujer sin cabeza (2008), pero ya no en Nuestra tierra. Es mucho más rentable, y se entiende, invertir en La bola negra (Javier Ambrossi y Javier Calvo, 2026) que en un documental sobre el asesinato del desconocido activista indígena Javier Chocobar y la expulsión de su comunidad de sus territorios en Argentina.

Lucrecia Martel no rueda poco porque quiere, sino porque no puede rodar más. No olvidemos que David Lynch se convirtió en veneno para los productores desde 2006, año en que realizó Inland Empire. Nadie quiso apostar por un largometraje suyo desde entonces y hasta su muerte, en 2025. Se refugió en la música, los videoclips y algunos cortos hasta que se produjo el milagro de Twin Peaks: The Return (2017), al abrigo del culto creado en torno a la serie. Ahí demostró que continuaba siendo un cineasta indomable, con una mirada única, capaz de seguir revolucionando el audiovisual. Fue un espejismo. Aunque la crítica la calificó, con razón, de obra maestra, la audiencia no respondió como se esperaba, y si existía alguna posibilidad de que Lynch volviera a dirigir una película, se esfumó definitivamente.

Lucrecia Martel también ha intentado seguir filmando después de Zama. Terminal Norte (2021) fue un mediometraje documental para televisión en el que registró el regreso a su Salta natal a consecuencia de la pandemia y el confinamiento, que compartió con la cantante Julieta Laso y otras artistas. Y en 2022 rodó el corto Camarera de piso gracias a la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México). Pero no parece haber productores interesados en que una cineasta libre y radical como ella vuelva a dirigir un largometraje de ficción. Y aunque su nombre ha sonado a lo largo de los años asociado a diversos proyectos (¡lo que hubiéramos dado por ver su versión de El eternauta!), por un motivo u otro nunca se llegan a concretar. La limitada circulación de Nuestra tierra parece redundar en ese progresivo desplazamiento hacia los márgenes que ha experimentado la comercialización y difusión de su cine. Un hecho que sorprende aún más tratándose de una cineasta fundamental en el siglo XXI, objeto constante de trabajos analíticos y espejo en el que se miran otras muchas profesionales del medio (en España, sin ir más lejos, son unas cuantas).

 

 

Asistimos a la charla de Lucrecia en CaixaForum, por supuesto. Formaba parte de un heterogéneo programa genéricamente llamado En pausa: Diálogos para pensar el presente, por el que han pasado o pasarán desde Manuela Carmena hasta Amador Fernández-Savater y Julian Barnes. La dinámica del ciclo consiste en la lectura inicial por parte del invitado de un texto encargado previamente y una conversación posterior. Lucrecia, fiel a su espíritu rebelde, escribió el texto, pero prefirió no leerlo y trasladar las ideas de su contenido de manera más coloquial y menos encorsetada. Su decisión derivó en una exposición algo dispersa, con temas que prometía retomar y luego acababan en el limbo, con alguna deriva humorística que el público (ferviente devoto) agradeció, pero finalmente resultó demasiado digresiva, vaga y, en alguna ocasión, hasta contradictoria (o así lo parece el hecho de negar al cine la posibilidad de búsqueda de la verdad después de invertir personalmente más de una década en esclarecer unos hechos históricos concretos).

No ayudó tampoco la participación de Noelia Ramírez en la conversación posterior. Si algo pone de manifiesto Un destino común es que Lucrecia Martel necesita compañeros a su nivel. Los que la secundan en el libro quedan en evidencia con frecuencia, y en este caso se repitió la historia. Es cierto que eso nos evitó el regodeo en el sonido, Marvel y (casi) la situación en Argentina, pero no hubo compensación por ello. A la salida, había quien se lamentaba de que se hubiera hablado poco de cine. No es lo mismo conversar con Simon Field, productor y programador, que con una periodista cultural generalista. Lo más curioso del caso es que la película más citada, con diferencia, fue Nuestra tierra. Cada vez que hablaba de ella, añadía un “no sé si la vieron” o un “si tienen oportunidad de verla”, consciente de que no es tarea fácil. Y sí, claro que la vimos. Pero por nuestros propios medios, no en una sala de cine.

Hace unos años, una élite de cinéfilos propuso en València unas jornadas que llegaron a definir como “un festival sin películas”. La ridícula boutade seguramente fue celebrada por su reducido círculo de acólitos, y en realidad tenía un cierto sentido crítico, al poner el foco en la hipertrofia de los certámenes cinematográficos, la manifiesta incapacidad para la reflexión que ofrecen sus apretadas agendas y su condición de mercados puramente industriales. Pero más allá de la baladronada, que careció por completo de alcance fuera del pequeño círculo autosatisfecho que la proponía, conviene no equivocarse: No hay cine, ni reflexión sobre el medio, sin películas. Por eso, como dice el imprescindible ensayo de Aarón Rodríguez Serrano, hay que “volver al cine”, a las imágenes, y encontrar en su significado una manera de entendernos a nosotros mismos y el mundo en que vivimos. Y por eso sería tan importante que Lucrecia Martel no tuviera que pasarse la vida viajando para dar una charla tras otra y pudiera brindarnos con más frecuencia sus películas.

Porque una cosa es la teoría y otra la práctica. Werner Herzog estuvo unos años dando un taller de cine en el que pedía que los alumnos acudieran con unas buenas botas. Su idea de enseñar cine era salir a caminar. Y, en el camino, aprender de lo contemplado, educar la mirada. Lucrecia Martel dijo el otro día que una película es un 95% de conversar con la gente, conocerla, escucharla, ser conscientes de nuestro entorno cercano. Son hermosas maneras de entender el arte y la creación, y funcionan estupendamente en la teoría y frente a unos seguidores que han convertido a ambos directores en auténticos gurús (podríamos decir algo sobre las intervenciones del público, pero preferimos correr un tupido velo). Y claro que se entiende lo que Herzog y Martel quieren decir. Pero también corren el peligro de caer en cierta autocomplacencia rayana en los manuales de autoayuda. Hay que caminar mucho y hablar con mucha gente para hacer una película, claro. Pero sin una cámara, no podremos hacerla.

Aunque pueda parecerlo, estos párrafos no son una queja por que Martel siga ofreciendo charlas y conferencias, aunque no siempre sean de gran brillantez y a veces el cansancio impida centrar mejor el discurso. Al contrario, se trata más bien de una reivindicación, una súplica a aquellos que tienen poder para hacerlo: Salven a la cineasta Martel. Permítanle hacer películas, denle la oportunidad de seguir fascinando al mundo con imágenes (y sí, sonidos). Tiene 59 años, le queda mucho tiempo por delante para ofrecernos su talento en una pantalla. No podemos permitirnos el lujo de prescindir de una artista como ella.