El 12 de mayo, dos días después de su cierre, los medios daban cuenta de la finalización de la 61ª edición de la Fira del Llibre de València. En las tres primeras líneas del reportaje que firmó Voro Contreras sobre el tema en el diario Levante se señalaba que la organización hacía un balance positivo, «tras superar los 500.000 visitantes y mantener unas ventas globales en torno al millón de euros». Es el criterio habitual para considerar si ha sido un buen año: los números. Al fin y al cabo, a la Fira se va a vender, dando por hecho que así se está apoyando la cultura. Cuanto más alta la cifra, más culta la sociedad.

En otros artículos relacionados con el asunto leo que las autoras que han batido récords son Joana Marcús y «Allice» Kellen —entrecomillo porque así, mal escrito, es como aparece en el titular de Europa Press—. De la primera no había oído hablar en mi vida, pero internet la define como escritora de fantasía, ciencia ficción y romance juvenil, añadiendo que debutó a los trece años​. La segunda, con la que sí me había topado alguna vez en las mesas de novedades, se dedica, según las fuentes, a la literatura romántica juvenil y adulta. Aclaro, por si hiciera falta, que no he leído nada de ninguna de las dos, así que no puedo opinar sobre su trabajo.

Unas semanas antes, se había celebrado un nuevo Sant Jordi de récord en Catalunya. Entre los más vendidos en la gran fiesta del libro, aparecen Paz Padilla, varios presentadores de TV3, diversas monsergas de autoayuda, especialistas en fenómenos masivos como Albert Espinosa y Juan Gómez-Jurado y autores considerados de prestigio que siempre queda bien regalar en fecha señalada: David Uclés, Fernando Aramburu, Eduardo Mendoza…

Colegir de las cifras de ventas globales de este tipo de eventos que la industria editorial española goza de buena salud —o que España lee— es engañoso. Es el equivalente de afirmar que el cine español tiene un gran tirón comercial porque las películas de Santiago Segura recaudan millonadas. Mientras tanto, centenares de libros venden menos de 100 ejemplares y decenas de películas ni siquiera llegan a estrenarse en las salas.

Durante un paseo por la Fira pude constatar personalmente la gran afluencia de público. Lógico: Fin de semana, día soleado, numerosas familias de paseo… Pero sucede como en los conciertos matinales gratuitos al aire libre: No sabes quién ha ido a ver al grupo, quién pasaba por allí o quién va para saludar a los colegas y tomarse una cerveza. También hay público que acude porque le interesa la banda que actúa, del mismo modo que en la Fira se celebraron actos y presentaciones abarrotados de gente, pese a que la de València no destaque precisamente por la abundancia de invitados de alto nivel —especialmente en el terreno internacional—. Otros, en cambio, se desarrollan ante apenas 10 personas. Y lo mismo pasa con las firmas de libros: La cola de Joana Marcús no parecía tener fin, pero lo más habitual es que el autor poco conocido se pase unas horas asándose en el interior de la caseta y, con suerte, eche el garabato de rigor en 3 o 4 ejemplares. Los casos más desalentadores son los de esos desconocidos que te abordan al pasar por su lado —siempre se sitúan en la entrada del stand, para intentar cazar incautos— y te dicen que son escritores, que si te interesa la novela negra ambientada en Valencia que acaban de publicar —a veces, autopublicar—, que te va a encantar. Y que, si quieres, te la firma. Moral no les falta. Pero me temo que venden entre poco y nada. Parece evidente que la mayoría del público de la feria es aleatorio, no visita el recinto como se entra en una librería, donde parte del placer consiste en escarbar en las estanterías o dejarse llevar por el consejo del librero.

En el recorrido, pregunté en algunas casetas de confianza, con resultados desiguales: La mayoría comentaban que la semana se había saldado más o menos como el año anterior, aunque también hubo quien se sinceró y dijo que había vendido un 30% menos. La alegría va por barrios. No faltó tampoco algún comentario sobre la ubicación, el precio a pagar por la caseta si se pertenece o no al gremio organizador y otros factores de influencia, así como el contratiempo de haber tenido varios días de lluvia, que mantiene a la gente dentro de casa e incluso obligó a cerrar los puestos y suspender actividades.

Todas las crónicas coincidieron en señalar también el incremento del número de librerías participantes, subrayando su carácter dinamizador como negocios de barrio. Sin embargo, al ser preguntados en reportajes, lo primero que destacan esos mismos libreros es que en diez días han facturado como en dos meses, y aunque se hace hincapié en que se trata de proyectos independientes, en la mayoría de sus expositores abundan los mismos títulos que se pueden ver en los de las grandes superficies. Porque todo el mundo compra lo mismo. Incluso algún librero rompe una lanza en favor de las autoras de moda mencionadas anteriormente: “Muchas veces se mira este tipo de literatura con recelo en cuanto a nivel literario, pero mueve muchísimo dinero y muchísimo público”. Poco más que añadir. Las razones, de nuevo, obedecen a cuestiones numéricas.

Pero ojo, usamos los números a conveniencia. Porque no estaría de más que las fajas publicitarias que exhiben en letras de gran tamaño reclamos de segunda, tercera o cuarta edición de algún libro —en realidad, reimpresiones— añadieran también el número de ejemplares despachados en cada una de ellas. Que no sería la primera vez que son menos de cien. Lo que cuenta en este caso es que a más ediciones, más éxito. Si no se añade la cantidad —dato que sí se aporta en los bestsellers: «más de 200.000 ejemplares vendidos»—, es que no es relevante.

Y ya que hablamos de cifras y letras, van algunos datos que se contradicen con el optimismo mayoritario testado tras la Fira. Según el estudio anual Mapa de Librerías, que elabora la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros, y ha compartido en sus redes José María Barandiaran, se ha detectado que disminuye la presencia de librerías en la plataforma Todostuslibros: Aún habiendo recibido en los últimos cuatro años casi un millón de euros en subvenciones, no consigue una implantación firme en el territorio. Y también decrece, en contra de lo que parece suceder en València, el número de librerías independientes, mientras que proporcionalmente las que aumentan son las de antiguo y segunda mano. Quizá el precio de las novedades tenga algo que ver.

Aventurarse en el eterno debate entre cantidad y calidad es pisar terreno resbaladizo, y más en un momento en que el ejercicio crítico —es decir, la prescripción especializada— se encuentra en franco retroceso. Pero evaluar asuntos culturales únicamente en función de las cifras resulta extremadamente peligroso. Sería descorazonador sacar el valor del ticket medio entre ventas totales y número de visitantes en un caso como el de la Fira, y además es muy fácil de calcular: Medio millón de asistentes, un millón de euros en ventas, da un saldo de 2 euros de gasto por persona. Una novedad editorial tiene un precio medio de 20 euros. No hace falta ser Pitágoras para concluir que un porcentaje muy elevado de personas que se acercó a los Jardines de Viveros no gastó ni un céntimo en libros. Y no sería por falta de oferta. Las librerías saben que se trata de un evento puntual, cuyo máximo objetivo es visibilizar su existencia —pocas se resisten a participar—, pero que al cliente fiel hay que ganárselo a base de trabajo constante, de cuidar del círculo de proximidad —presentaciones, clubes de lectura, «no lo tengo ahora pero si quieres te lo pido»— o de la especialización temática: feminismo, literatura crítica, en valenciano, etc. El caso de los editores es diferente, ya que en el día a día no es habitual que dispongan de establecimiento comercial propio y llegan al lector precisamente a través de la mediación de las librerías, por lo que una feria ofrece la oportunidad de ponerles cara.

Aunque suene duro, parece que a las ferias acude una mayoría de público que no visita librerías con regularidad. Por eso cada vez proliferan más eventos de corte similar, aunque sean mucho más modestos: porque en unos pocos días, normalmente un fin de semana, todo está al alcance de la mano en el mismo sitio. El objetivo es crear un efecto llamada que implica pasar la mañana o la tarde en un entorno cultural —algunos dirían cultureta— donde, además, puedes comprar algo. Y funciona —muy bien— para iniciativas alternativas que no disponen de espacio en las librerías convencionales porque amplían sus intereses más allá del formato del libro convencional: autoedición, ilustración, ediciones limitadas, fanzines, catálogos de arte…

La cultura, decíamos, se mide en cifras y datos estadísticos. Es una cuestión de cantidad. Va al peso. Hasta extremos realmente ridículos. ARCO es un éxito por su cantidad de visitantes. Como Fitur. El Prado, el Reina Sofía, el IVAM, todos se dan de codazos por ganar el relato numérico. Da igual que los visitantes recorran las salas al trote, sin apenas detenerse en un par de cuadros para hacer la foto de rigor y subirla a las redes. Son ya parte de la estadística que permitirá hinchar el pecho de las instituciones oficiales. Olviden los textos analíticos y los ensayos sesudos, el rey de la cultura es un aparatito conocido como tally clicker, un contador que manejan los bedeles o empleados de cada espacio y que pulsan cada vez que alguien cruza la puerta. Cada persona es un clic. Un número. La calidad de su experiencia en el interior no es mensurable, así que el éxito se mide en función de la cantidad.

Esta dinámica perversa hace tiempo que ha derivado en demencia entre algunos responsables culturales, públicos y privados. Cuando en noviembre de 2023 el gobierno autonómico del Partido Popular despidió de manera improcedente —hay fallo judicial en firme que lo atestigua­— a José Luis Pérez Pont como responsable del CCCC (Centre del Carme Cultura Contemporània), uno de los principales argumentos en defensa de su gestión fueron las cifras de asistentes al recinto. Eran, sin duda, espectaculares, producto de un esfuerzo sostenido e indiscutible. Pero, ay, no eran del todo ciertas. Yo mismo comprobé personalmente en numerosas ocasiones cómo se contaba por duplicado o triplicado —¡clic!— a gente que ya estaba dentro del museo asistiendo a un concierto y volvía a entrar después de haber salido a la calle a fumar. Un sistema parecido al de los grandes festivales de música, en los que la persona que compra el abono de tres días cuenta por triplicado, porque acude al recinto cada día.

Se entiende que se usen las cifras en vez de aportar un listado de los artistas de relevancia que han protagonizado las exposiciones del centro, porque llaman más la atención. El problema es que hecha la ley, hecha la trampa. Y siguiendo con los refranes: a rey muerto, rey puesto. El 28 de diciembre del mismo 2023, PP y Vox —conviene recordar que el Conseller de Cultura era un torero— nombraron como sustituto a Nicolás Bugeda, quien seis meses antes había obtenido la incapacidad permanente en grado total. Milagrosamente restablecido, no solo se hizo cargo del espacio, sino que antes de finalizar 2025 ya anunciaba a bombo y platillo que el CCCC había alcanzado los 350.000 asistentes, sobrepasando «todos los datos anuales desde 2015, logrando así el mejor resultado de su historia». A saber cuántos contadores funcionaron simultáneamente ese año.

Y sí, no hay error en lo señalado más arriba: se contaba a la gente que asistía a un concierto. Una de las estrategias de los centros de arte actuales es que han dejado atrás el antiguo concepto de museo, al parecer obsoleto, para convertirse en contenedores multiusos, donde no solo caben exposiciones, sino todo tipo de ferias, actuaciones musicales y cualquier otra actividad que sirva para, efectivamente, atraer público. El CCCC explotó esa vía con gran dedicación, hasta el punto de que en redes sociales hubo quienes dieron un nuevo significado a sus siglas: Chunda Chunda Chunda Chunda. Una programación que, sin duda, atrajo gente joven y permitió recoger eventos de La Mutant que buscaron nueva ubicación cuando las lluvias inundaron las instalaciones de Las Naves. Que disfrutar de una exposición con un grupo o DJ a todo volumen a 50 metros no sea una experiencia agradable es lo de menos.

No es un caso único. El Museo de Bellas Artes de València, una de las pinacotecas más importantes del país, con una colección de tablas góticas de los siglos XIV y XV de relevancia internacional y obras de Botticelli, Velázquez, El Greco, José de Ribera, Zurbarán, Murillo, Goya, Pinazo, Zuloaga y una lista interminable de artistas —de hecho, es uno de los secretos mejor guardados de la ciudad— también ha decidido convertirse en espacio multimedia. Ciclos de cine, conciertos y otras actividades destinadas a captar público joven se suceden en el recinto.

¿Cuál es el problema? ¿Acaso no se puede diversificar la actividad de un espacio público ofreciendo diferentes propuestas multidisciplinares a sus visitantes? Por supuesto que sí. Pueden llamarme suspicaz si quieren, pero parece bastante incongruente que la mayoría de veces esas actividades no tengan relación alguna con el contenido del museo. Es decir, no establecen vínculos con el capital cultural del recinto. Y no, la mayoría de espectadores que acuden al concierto o a la proyección no aprovechan después para darse una vuelta por la sala del Quattrocento ni se dan un baño de pintura manierista antes de volver a casa. Es decir, que hacen una aportación nula al objetivo principal del museo. Más aún: muchas de tales actividades se desarrollan en salas que carecen de las condiciones necesarias para llevarse a cabo: acústica defectuosa, eco, proyecciones deficientes… Quizá es que no son espacios diseñados con ese fin. Flaco favor se hace a la cultura en tales circunstancias. Igual, vaya usted a saber, tampoco hace falta que todos los centros de arte sean multiusos. Incluso es posible que los esfuerzos organizativos y de inversión que se hacen en esas otras actividades —que, es cierto, tampoco son excesivos— pudieran reconducirse a dar mayor visibilidad a las colecciones permanentes, exposiciones temporales, edición puntual de los catálogos…

En estas lides, los gestores de festivales de cine se han convertido en auténticos especialistas del malabarismo numérico. Cualquier excusa es buena para contar asistentes. Y utilizamos el término asistente, y no espectador, porque muchos de ellos ni siquiera pisan las salas de cine, sino que acuden al reclamo de alguna marca de cerveza que instala el preceptivo chiringuito promocional al abrigo del festival —a veces, suministrando alcohol en plena calle, una práctica ilegal—. La inflación de cifras en los certámenes cinematográficos puede alcanzar hasta al que pasa por el hall del local de turno para cruzar al otro lado de la manzana. O lleva hasta el extremo el concepto de «público cautivo». Ya se sabe que proyectar producción local llena las salas, pues acude todo el equipo de la película, familiares y amigos. Pero crear jurados jóvenes de 40 personas —a las que hay que añadir los acreditados— en salas de menos de 200 butacas, es decir, ocupar por parte de la organización el 25% de la capacidad, solo significa una cosa: que no tienes público real. Pero da lo mismo: toda esa gente se cuenta también. Y si aún así no superas la cifra del año anterior, no das la de este año y listo. Tampoco te la va a exigir ningún periodista. Lo importante es elaborar un titular de nota de prensa con gancho, donde no falten palabras como récord o éxito. Incluso si no llegas ni a cinco mil, porque nadie va a hacer la división entre cifra global de asistentes y número de proyecciones. Que además tampoco sería fiable, porque contaría como espectadores a todos aquellos que se pasaron a saludar el día de la fiesta de industria o de la exposición de baratillo de turno —organizada, precisamente, para poder seguir sumando—. Que nadie se rasgue las vestiduras: Todo el mundo lo hace. Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra.

Por otra parte, más allá de la competición entre eventos culturales por ser el que más gente reúne, otra circunstancia espolea esta carrera sin sentido: las cifras son también un baremo a la hora de recibir patrocinios, ayudas, subvenciones oficiales y publicidad. Cuanta más gente alcanzas, más posibilidad tienes de obtenerlas. Y claro, nadie quiere ser el tonto de la clase. El círculo vicioso se completa incrementando el presupuesto a invertir en los medios, que se harán eco de tu actividad no en virtud de su relevancia, sino de lo que les caiga en el bolsillo. Por eso algunas instituciones, públicas y privadas, aparecen a diario en la prensa —digital o en papel, corporativa o supuestamente independiente— y otras se diría que no existen. Ese impacto mediático, por engañoso que sea, también es un factor que suma.

El gran problema con la experiencia cultural es que el nivel de satisfacción es imposible de cuantificar. Tampoco debería ser necesario. Pero nadie desea quedarse fuera del juego. La Fundación Contemporánea hace pública cada año una encuesta considerada de manera unánime el barómetro de la cultura en España. No se sabe quién participa en las votaciones, ni nombres ni procedencia ni profesión, por lo que su fiabilidad es nula —por mucho que se diga que eso preserva su independencia—, pero quienes salen bien parados en ella la enarbolan como prueba de su éxito. Como no podía ser de otra forma, se basa en un ranking, en clasificar numéricamente las propuestas culturales. Tampoco sorprende que los primeros puestos casi siempre sean los mismos, buques insignia estatales como el Reina Sofía, el Prado, el Guggenheim, el CCCB, el Thyssen —¡España, país de museos!—, Zinemaldia, Teatro Real de Madrid… En el ranking autonómico, y pese al récord de espectadores anunciado, el CCCC valenciano ha bajado del puesto 3 al 11. Una cosa es dar cifras uno mismo y otra que te puntúen los demás, claro. Sin embargo, lugares recién abiertos cuando terminaba el periodo de votación aparecen muy bien situados, mientras que otros han desaparecido misteriosamente de una lista fruto del capricho, los intereses y amistades de quienes emiten su veredicto. Porque serán anónimos, pero todos conocemos a alguno. Y sabemos que, a veces, salir o no depende de un solo voto. De ahí que tantos espacios o eventos tengan el mismo porcentaje de valoración. O que aparezcan propuestas realmente pequeñas, muy minoritarias, mientras otras con mucha más visibilidad y reconocimiento popular brillen por su ausencia. De ahí también que en una lista de 29, hasta 23 sean de Valencia, y otros tres más de su provincia. Castellón y Alicante se reparten los 3 restantes. Pocos votantes debe haber allí. Criterio cero, en definitiva.

También hay que admitir que no tiene influencia directa en nada. Los agraciados en el sorteo sacan pecho un par de días en sus redes sociales y una semana más tarde nadie recuerda unos datos que se lleva el viento hasta la encuesta del año siguiente. Entonces, volverá a empezar el juego. El mismo de cada temporada: comparar números, equiparar los guarismos con uno mismo y con la competencia. Morir ahogados por listados, rankings, porcentajes y cantidades. Seguir perpetuando el error de medir el valor de la cultura en cifras.